Don Hugo: ¿Leyó usted, don Víctor, ese artículo que le recomendé sobre el origen de nuestros apellidos de oficio?
Don Víctor: Sí, claro, ¡magnífico! Son muy certeras las deducciones que apunta su autora, Isabel Martín.
Don Hugo: Sí, fue profesora de mi nieta. Aprendió mucho con ella y le profesa un gran cariño, pero no sé cómo conseguir sus señas porque tengo una pregunta que hacerle.
Don Víctor: Quizás sea por qué sólo los gallegos tienen apellidos femeninos, como “Lavandeira”, por ejemplo.
Don Hugo: Eso también, pero lo que más me intriga es que teniendo tantos Guerrero, Ballestero, Caballero, Coronel, Abad, Duque, Rey, Escribano, Herrero, Marchante, Sastre y Barbero, ¿cómo no hay ni un Juglar ni un Volatinero, que es como me gustaría apellidarme a mí?
Don Víctor: Tal vez se deba a la vida errante de unos y otros.
Don Hugo: Es verdad, no vivían avencidados en una comunidad, que es la que apellida para distinguir a un Juan de otro Juan, según argumenta la filóloga.
Don Víctor: Claro, piedra que rueda, no cría musgo.
Don Hugo: Ya lo dijo José Alfredo Jiménez.
Don Víctor: ¿El rey?
Don Hugo: El mismo. (cantando:) Una piedra en el camino / me enseñó que mi destino…
Don Víctor y don Hugo (cantando:) … era rodar y rodar. / Rodar y rodar.
Don Víctor: Siempre me ha gustado que eligiera usted el Veronés de “Afrodita y Adonis” cuando obtuvo el permiso para copiarlo.
Don Hugo: ¡No hace años de eso!… si ni siquiera nos conocíamos, don Víctor.
Don Víctor: Lo decía porque ha sido mi cuadro preferido del Prado.
Don Hugo: Pues, ya ve usted, don Víctor, ahora el que más me encandila es el del “Cristo muerto sujetado por un angelito”, de Antonello da Messina.
Don Víctor: Claro, don Hugo, pero es que también aquí hay una muerte aparente: la de Adonis, que ha fundido su éxtasis con el sueño, gracias a la solicitud del caritativo Morfeo.
Don Hugo: Desde luego, ¡la petite mort!, que diagnosticara Aristóteles, aunque no supiera francés. En el coito quedan abolidas las fronteras entre los amantes, se disipa toda individuación para fundirse en un todo dionisíaco y cósmico… tras ello, recuperada nuestra conciencia y percepción de ser diferenciado y aislado, ¿cómo no caer en una depresión, por pasajera que ésta sea?
Don Víctor: Y ¿cómo explicar, contra todo instinto, ese querer morirse?
Don Hugo: Quizás seamos víctimas de un espejismo: confundimos desvanecimiento, algo lenitivo, las más veces placentero y breve, con la muerte, final y eterna… pero, dígame, don Víctor, ¿quién no quiere volver una vez restaurado?
Don Víctor: No es por nada, pero le quedó ¡clavadito!
Don Hugo: Espere, que se lo voy a regalar. ¿Sabe que tengo ya solicitado el permiso para copiar el Antonello?
Don Víctor: ¿Concebiría usted, don Hugo, a Alfredo Kraus dando un recital en el Real con micro? ¿A que eso es inconcebible?
Don Hugo: A mí la generalización del micro me parece una catástrofe de las dimensiones de la caída del Imperio Romano, por lo menos por lo que al canto se refiere.
Don Víctor: ¿Qué me dice usted de Niña Pastori cayéndose del cartel del festival flamenco porque en el teatro del Colegio de médicos no le permitían cantar con micro?
Don Hugo: Si es que, incluso en recintos pequeños y con cantantes solventes, ¡hay que meter el micro!
Don Víctor: Claro, es que el público se ha acostumbrado a que lo atruenen con un volumen mayor al de la voz humana…
Don Hugo: … lo cual es una depravación del arte y del cuerpo.
Don Víctor: ¿Por cuánto tiempo lograrán los viejos teatros de la ópera mantener los buenos usos que hoy en día empiezan a asemejarse a aquellos torneos con caballo y armas blancas, que entretuvo la nobleza cuando ya la artillería era la que ganaba las batallas?
Don Víctor: El abuelo porfiaba en su decepción cuando Isabelita Bru se rebajó a interpretar algunos papeles de aquellos que llamaban sicalípticos, ¡sin que enseñara nada la pobre!, sino por aquellos ingeniosos equívocos tan atrevidos de principios de siglo.
Don Hugo: Pues, según tengo entendido, la muchacha estaba de muy buen ver.
Don Víctor: Y, en cambio, mi madre, que era tan catolicona, no encontraba mal aquello y, por el contrario, muy graciosas tales procacidades, que el paso del tiempo ha acabado por convertir en inocentes.
Don Hugo: ¡Cuánto más tuvo el género ínfimo de verbal que de visual y qué provocación tan vanguardista que se autoproclamara “ínfimo”!
Don Víctor: Lo más insignificante y lo más bajo de las categorías del espectáculo teatral.
Don Hugo: ¡Como que no tiene honra ni aspira a adquirirla, lo cual le faculta para tomarse todas las libertades!
Don Víctor: Tanto es así que contribuyó a la desintegración del género chico en las variedades y en la nueva piel de la revista.
Don Hugo: Hay un clasismo innegable, ¡que viene de antiguo!, por el cual lo cómico y lo popular son, por definición, claramente inferiores a drama y tragedia, géneros elevados.
Don Víctor: Y, sin embargo, ¿no vale más un buen sainete de Ricardo de la Vega, dinámico, ingenioso, gozoso, que, por ejemplo, un drama de Marquina, torpón, espeso y afectado?
Don Hugo: Si lo tiene dicho Cervantes, don Víctor… ¿Se acuerda usted del prólogo a sus entremeses nunca representados? Le regalé aquel libro el día de su jubilación.
Don Víctor: Sí, es verdad, no le dije entonces que eché en falta en aquel volumen “El hospital de los podridos”.
Don Hugo: Es que esa obra se la atribuyeron después. Pero, recuerde cómo defendía sus comedias y los versos de arte menor con que estaban escritas: “que no tienen necedades, y que el verso es el mismo que piden las comedias, que ha de ser, de los tres estilos, el ínfimo”.
Don Víctor: Ya estamos aquí, don Hugo. Son las seis y media de la mañana y nos hemos venido hasta la Plaza de España, como usted quería. ¿Cuál es el experimento que necesita tan severas coordenadas?
Don Hugo: No le haré esperar más, don Víctor. Debe usted hacerme tres preguntas relativas a manifestaciones artísticas bien conocidas de los dos, por lo menos desde antes de que reformaran esta plaza.
Don Víctor: ¿No me va a pedir nada más?… ¡Eso es de lo más fácil!… Bien, vayamos con la primera… Antes de que reformaran la plaza… A ver, ¡ah, sí! ¿Qué opinión le merecen las performances de Najwa Nimri?
Don Hugo: ¿Sus performances?… Nada, don Víctor, para mí sigue siendo “Nada” Nimri. Son ejercicios de intelectualismo vacuo y presuntuoso.
Don Víctor: Retrocedamos entonces en el tiempo. Juzgue usted ahora la prosa de Gabriel Miró.
Don Hugo: ¡Gabriel Miró!… Cómo puede estar tan olvidado hoy en día. Su prosa es el arte de un orfebre acompañado del vigor de un escultor clásico, algo así como un Benvenuto Cellini de la escritura.
Don Víctor: Le haré la tercera, remontándonos más lejos. ¿Qué efecto le produce escuchar a las Walkirias cantando en su propio idioma walhallesco y no en buen alemán?
Don Hugo: El de la puerilidad más monumentalmente ridícula del mundo.
Don Víctor: Pero, don Hugo, ¿qué ocurre? Le veo a usted consternado y caviloso.
Don Hugo: No, don Víctor, si en el fondo casi me temía esto. Ocurre que mi visión crítica de las cosas no parece haberse modificado, ni siquiera en la matización del gusto artístico.
Don Víctor: ¿Y eso le preocupa tanto cuando, en realidad, está evidenciando unos sólidos criterios, a cubierto de modas y esnobismos?
Don Hugo: Sí, eso es cierto, pero me pesa el comprobar una vez más que nuestra libertad es mucho menor de lo que pretendemos y que tiene razón el cabezón de Goethe cuando afirma…
Don Víctor: ¿Dónde, en el Werther o en el Fausto?
Don Hugo: No, una vez más en “Las afinidades electivas”, que es la obra que más me gusta a mí… cuando afirma que “carácter, individualidad, inclinaciones, orientación, localidad, cercanías y costumbres forman juntos un todo en el que cada hombre se mueve como en su elemento, en su atmósfera, allá donde únicamente se encuentra cómodo y a gusto” y añade que “sigue sin mudar al cabo de muchos años”. Mire si estuvimos clamando durante tanto tiempo para que reformaran esta plaza y, hoy, sigo pensando las mismas cosas.
Don Víctor: ¡Sursum corda, don Hugo! Cante conmigo, que vamos a despertar a los del hotel RIU. (cantando:) Hojoroho! Hojoroho!
Don Hugo: ¿Digital o analógica?… Ésta es la cuestión. He aquí el dilema.
Don Víctor: ¿Qué hace usted con esa urna que parece funeraria, don Hugo?
Don Hugo: Usted, don Víctor, ¿querría que lo incineraran o prefiere la inhumación de toda la vida?
Don Víctor: Don Hugo, ¡por amor de Dios!… ¿es que ha tenido usted noticia grave sobre mi salud?
Don Hugo: Tranquilícese, don Víctor, que no hay nada de eso. Le hablo a futuro. ¿Qué le parece lo de la urnita?
Don Víctor: Muy desagradable. Tengo la impresión de que se trata de acelerar la desaparición de todo rastro de nuestra existencia.
Don Hugo: Yo lo veo como una manifestación más de esa alarmante compulsión a que actuemos como si a nuestras espaldas no hubiera nada, ningún pasado que nos precediera ni nos condicionara. Nada que respetar ni recordar, ninguna enseñanza que buscar. Ningún recuerdo que venerar…
Don Hugo: ¡Vamos, que nos quedamos sin cementerios!, ¡y todos al limbo, que nadie sabe dónde está!
Don Víctor: Sí, ¡ahí con los niños sin bautizar! Anda que no he perdido yo fotografías y otros documentos, irrecuperables ya, en la famosa nube…
Don Hugo: Quien viaja desprovisto de pasado, carece de visión de futuro. Su mirada se sabe tan corta que apenas es capaz de prever más allá del día a día, como cuando en el coche seguimos las indicaciones del GPS, que nos va indicando el camino, sí, pero kilómetro a kilómetro, y hurtándonos la visión de conjunto…
Don Hugo: … como las migas de Pulgarcito… ¡Ay, cuánto añoro los mapas de carreteras!
Don Víctor: ¡Cuánto tiempo nos lleva crecer físicamente y sobre todo intelectualmente como para desaparecer totalmente en un minuto! Se rompe la proporcionalidad. A mí me gustaría volver a la tierra lentamente, de manera gradual y “analógica”.
Don Víctor: Pero, don Hugo, ¿qué mosca le ha picado a usted ahora? Ya teníamos hecho el esquema de la pieza; había versificado usted el primer acto y un cuadro del segundo; hemos hablado ya con mi nieto Miguelito; Dolores y Julita están encantadas con sus papeles; incluso Celia está muy divertida con hacer la alemanota; y, para colmo, Dupré nos ha asegurado su presencia en Madrid durante esos días para su breve papel de Felipe II.
Don Hugo: ¡Que no, don Víctor, que no paso de aquí! Vaya usted eligiendo otro tema para otra obra, pero le prevengo: ¡no caigamos en la misma trampa!
Don Víctor: ¡No acierto a explicarme a qué viene este cambio de humor cuando todo marchaba sobre ruedas!
Don Hugo: Y menos mal que no me limité a ocuparme de los decorados, porque en ese caso no me habría enterado del desvío de Jeromín.
Don Víctor: ¿Y qué desvío del pobre chico es ése?… ¿Que se desentendió de su madre biológica, la teutona Bárbara Blomberg, pagándole con la misma moneda?
Don Hugo: De ninguna manera, siempre intentó reformarla y que abrazara las buenas costumbres… pero, respóndame: ¿quién lo crió a sus pechos?
Don Víctor: La plebeya, Ana de Medina, la viuda de aquel violista… ¡el papel de Julita!
Don Hugo: Sí que la quiere usted bien… ¿Quién se ocupó de llevarlo a la escuela de Leganés, a aprender las primeras letras?
Don Víctor: Pues, ¡Julita!… digo, ¡Ana de Medina!
Don Hugo: ¿Quién le dio antes su cariño de madre?
Don Víctor: Que sí, don Hugo, que sí…
Don Hugo: ¿Quién le inculcó con su ejemplo y su amor la modestia, el respeto y la obediencia a los mayores, así como la religión católica?
Don Víctor: Todo eso lo hizo la buena Ana. ¡y qué bien completaron esa educación doña Magdalena de Ulloa, que lo envió a Alcalá, y su marido, don Luis de Quijada, que lo adiestró en las armas, y ambos en los secretos de la cortesía áulica!
Don Hugo: ¿Y le parecen esos últimos valores superiores a los anteriores, sin los cuales nunca podrían darse? ¿Cómo Jeromín, el gran don Juan de Austria, pudo llegar a olvidar de ese modo a Ana de Medina?… ¿o es que acaso va a aparecer siquiera de comparsa en nuestros actos tercero y cuarto? ¿No pienso colaborar, dramáticamente, en esta injusticia histórica que ignora al pobre!
Don Víctor: Hoy está usted imposible, don Hugo… Si le parece, representamos “El ratoncito Pérez”.
Don Víctor: Don Hugo, ¿por dónde entramos, por la derecha o por la izquierda?
Don Hugo: Don Víctor, casi no me atrevo a contestarle en presencia de Ortega y Gasset. La última vez que vinimos a esta facultad, no estaba aquí esta estatua.
Don Víctor: Es cierto, don Hugo, pero no entiendo qué le puede importar a don José que entremos por la cafetería o sigamos hasta la puerta principal.
Don Hugo: Hombre, don Víctor, que para algo afirmaría aquello de que ser de la derecha como ser de la izquierda es una de las infinitas formas que el hombre puede elegir para ser un imbécil, amén de contraer la hemiplejia moral.
Don Víctor: Es que eso de ser de una o de otra es como ser del Madrid o del Atleti, una decisión gratuita que evita tener que tomarse el trabajo de discurrir y de asumir responsabilidades.
Don Hugo: Cuando no es porque yo soy, por ejemplo, de izquierdas porque mi padre lo era.
Don Víctor: Y me parece criminal lo de la otra parte mientras que lo nuestro es obligadamente bueno siempre.
Don Hugo: Sí, y ellos son unos ladrones mientras que nosotros somos muy honrados. Y es que, claro, el Atleti ha perdido porque el Madrid ha comprado al árbitro.
Don Víctor: Hemos ganado porque somos mejores personas.
Don Hugo: Yo siempre tengo razón, como todos los míos… Los otros matan a conciencia y a mansalva mientras que nosotros, nunca matamos… quizás algún incontrolado, pero ¡nada más!… ¿Se acuerda usted de aquel chiste de Mingote en que un niño, sentado en el regazo de su abuelo, le pregunta que qué es mejor, si ser de derechas o de izquierdas?…
Don Víctor: ¡Arrea, buena pregunta! ¡A ver qué dirán luego los lectores!
Don Hugo: … y contesta que lo primero es no ser gilipollas.
Don Víctor: Mire, don Hugo, estos filósofos me están mareando. ¿Qué le parece si nos colamos por esa ventana, que tiene la persiana levantada?
Don Hugo: Para mí, el diario es uno de esos productos consustanciales a la civilización occidental. Ninguna otra habría alumbrado semejante quimera de papel, plagada de noticias candentes, opiniones encontradas, propuestas y análisis, crítica artística y literaria, anuncios de lo más heterogéneo, cartas abiertas de los lectores, campañas y polémicas interminables, viñetas de humor…
Don Víctor: … pero bien que se los apropian y les echan el dogal los tiranos, siempre con las más santas razones.
Don Hugo: Claro está, todos los autócratas y sus turiferarios son como aquel capitán de Goethe…
Don Víctor: ¿Quién, Valentín, el hermano de Margarita?
Don Hugo: No, me refiero al de “Las afinidades electivas”: “Son tan difíciles las deliberaciones, sobre todo con la muchedumbre… Si se añade a esto que con una medida común sale ganando el uno y el otro perdiendo, es totalmente imposible establecer nada por un convenio general. Realmente, todas las cosas de utilidad común tienen que ser fomentadas por el ilimitado derecho del soberano “.
Don Víctor: Es verdad, y con tal de que llamemos al soberano de otra manera, ya está todo arreglado.
Don Hugo: ¿A usted le parece, don Víctor, que una vez más se nos va a comer Oriente como pasó al final de la época clásica?
Don Víctor: Lo dice usted, sin duda, por el retroceso de la democracia y el ascenso del autoritarismo…
Don Hugo: … y del fundamentalismo religioso, por mucho que se lo llame “sostenibilidad”, “género”, “salud”, “animalismo”…
Don Víctor: Calle, calle, don Hugo, ¡pensamiento único, en definitiva!… Con todo lo que nos hemos reído estos años atrás de lo políticamente correcto…
Don Hugo: Claro, una sociedad delatora e inquisitorial… ¡como corresponde!
Don Víctor: Se acabó el criticar nada de lo que nos imponen, así como investigar lo que nadie nos ha mandado investigar.
Don Hugo: La ausencia de ningún proyecto de futuro: ¡el fin del progreso!
Don Víctor: Este otro dibujo, desde el lado izquierdo, me parece muy revelador: se observa claramente cómo la pierna izquierda se adelanta y apoya el pie en el suelo tan firmemente como el derecho.
Don Hugo: Y no se le habrá pasado que el brazo izquierdo no pende junto al tronco, sino que se tensa con el puño apretado.
Don Víctor: Claro, pero, a diferencia de los faraones, su mano derecha rompe la frontalidad al cubrir el pecho y, además, la mirada se alza a lo alto.
Don Hugo: ¡Hombre, claro!… y entreabre la boca para sostener esa nota a fior di labbro que nos pone la carne de gallina. No es un dios como el faraón, sino un héroe romántico.
Don Víctor: Lo que más alabo de sus bosquejos, don Hugo, es que proponga usted un Kraus en plenitud, a diferencia, por ejemplo, de la escultura del auditorio de Las Palmas, que nos lo muestra ya machucho.
Don Hugo: De eso se trata precisamente. Si no, no me hubiera tomado la molestia. Es como si nunca hubieran leído al doctor Juarros. Escuche usted: “Entre los egipcios no se pintaba ni esculpía al muerto representándolo en la infancia, en la adolescencia o en la vejez, sino en la edad madura, en el máximo de su vigor”.
Don Víctor: Había que citar autoridades para que cayéramos en la evidencia., pues ¿qué estamos celebrando sino exactamente eso: la fuerza aliada a la experiencia y el Ideal asociado a la sabiduría?… pero, dígame, don Víctor, la concibe usted de tamaño natural?
Don Hugo: ¡Quia!… No menos de cuatro metros, y con un pedestal adecuado a sus proporciones. ¿Cuándo los griegos, que ya representaron héroes amén de los dioses, menguaron a nuestra talla mortal aquellos ejemplos con nombre propio, con los que edificar al ciudadano?
Don Víctor: Eso, don Hugo, un gigante y ¡no un cabezudo, como el de la rotonda de Boadilla del Monte.