La veta sagrada

Don Víctor: Don Hugo, le va a gustar la noticia que le traigo. Si no tiene usted inconveniente, mañana por la tarde tenemos cita con Alfonso Salmerón en la cafetería del Ateneo.

Don Hugo: ¡Atiza, don Víctor!, y ¿cómo es eso?

Don Víctor: Esta noche llega Dupré a Madrid con el deseo de hablar urgentemente con el cantaor. Está investigando el misterio de las tarantas, los tarantos, las cartageneras y las mineras levantinas.

Don Hugo: Al final, nuestro buen Dupré tenía que llegar al fondo de nuestras cosas, al abismo, las negrura, el tesoro escondido, la boca del Infierno, el cataclismo geológico. (cantando:) Yo soy piedra e la pedrera. /Cualquiera me arroja al verme…

Don Víctor y don Hugo (cantando:) … Yo soy piedra e la pedrera, / pero si llego a romperme, / doy un metal de primera.

Don Víctor: Ha descubierto usted la veta. ¿No dice esta taranta, con la más honda poesía, lo mismo que recuerda Cristo: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular”?

Don Hugo: He oído que Salmerón ha renunciado a ir a misa porque, ante las revelaciones del Maestro, le acomete un ansia tan vehemente de arrancarse por saetas o carceleras que, al tener que reprimirse, teme una apoplejía que lo fulmine.

Don Víctor: No me diga, don Hugo. ¡Qué desperdicio!

Don Hugo: Pues sí, don Víctor… Se me está ocurriendo ir a la Nunciatura cuando acabemos a fin de que el Sacro Colegio Cardenalicio considere una nueva liturgia que acoja la expresión espontánea a los flamencos en medio del rito.

Don Víctor y don Hugo (cantando:) Que mal herido cayó. / Tengo un hermano en la mina, / que mal herido cayó. / Déjame pasar por Dios, / que yerba del monte traigo / y quiero curarlo yo.

Las cosas del Espíritu Santo

Don Víctor: ¿Pescadores y maletillas?

Don Hugo: No cabe duda de que son los dos colectivos predilectos del Espíritu Santo.

Don Víctor: ¡Atiza!… Reconozco, don Hugo, que son pocos los que saben tanto de la Tercera Persona como usted…

Don Hugo: Unos y otros son, en principio, gente insignificante socialmente.

Don Víctor: Entiendo que lo de los pescadores, que son los más desheredados de la tierra -de la que no poseen ni un palmo- y que han de levantar sus chozos fuera de la ciudad, en la ventosa e insalubre playa, lo diga usted por los apóstoles… ¡y eso está muy bien visto, don Hugo!… pero, ¿a qué me mete usted a los toreros en estos negocios teológicos e intelectuales?

Don Hugo: Para mí, y verá que para usted también, que la cosa no ofrece dudas pues ¿no es también el maletilla un vagabundo desharrapado, sin techo que lo cobije ni oficio que lo sustente, expuesto constantemente al calabozo y la muerte, el llamado a ocupar un puesto en el Senado del Arte e incluso de las Letras, codeándose con académicos, filósofos y literatos?

Don Víctor: Pues es verdad, como aquellos pescadores de hombres que hicieron figura de nuevos profetas, heraldos de Cristo, aun a costa de prisiones, tormentos y martirios.

Don Hugo: Eso también, don Víctor. La verdad es que, a veces, hay amores que matan.

Don Víctor: ¿Qué hablarán en el Paraíso san Pedro y san Ignacio Sánchez-Mejías?

Don Hugo: ¿De qué platicarán san Andrés y san Gallito?

Procusto y Agustín

Don Hugo: Mire que me resulta simpático san Agustín, amén de considerarlo un pensador sublime, pero se extralimitó más que nadie en la cristianización de algunos elementos de la cultura pagana que había mamado.

Don Víctor: Todos los factores de la nueva religión contribuyeron a ello, desde la apropiación de grutas, cerros, fuentes y demás santuarios naturales…

Don Hugo: Claro, se construye una ermita con su nueva advocación, ¡y ya está!

Don Víctor: … como que las basílicas donde tenían lugar los tratos comerciales, subastas y cambios, además de litigios judiciales y asambleas políticas, pasaron a ser la casa del Señor, el nuevo templo.

Don Hugo: ¿Y no encontraron en faunos y sátiros representaciones de los diablos?

Don Víctor: Ciertamente, así como Venus y otras diosas hubieron de ceder los epítetos que las adornaban a la Santísima Virgen… pero, dígame, don Hugo, ¿en qué consistió el exceso del obispo de Hipona?

Don Hugo: ¡Si sólo fuera uno!… pero es que se atrevió incluso a santificar a Procusto, aquel bandido que, contra toda razón, sostenía que su propio cuerpo era el canon…

Don Víctor: ¡Muy griego el chico!, ¿acaso fuera modelo de Policleto?

Don Hugo: … de tal modo que cuando capturaba a un viajero, lo acostaba en el lecho fabricado a su medida y si aquél no cabía, se le cortaba la parte que sobresaliera; pero si le quedaba grande, lo estiraba hasta desmembrarlo para que lo ocupara por entero.

Don Víctor: ¿Y eso a san Agustín le parecía bien? ¡Vaya una confianza en su excelencia retórica!

Don Hugo: Escuche cuanto afirma a propósito de los cuerpos gloriosos en “La ciudad de Dios”: “Todo defecto será corregido, todo lo que falta será completado y será suprimido todo lo que esté en demasía”.

Los caracteres y el champán

Don Víctor: ¿Y la frivolidad y la superficialidad, en qué país cree usted que halla su paradigma?

Don Hugo: Está claro: París de la Francia

Don Víctor: ¡Bravo, don Hugo! Descartes aplaudiría su elección y se sentiría muy bien retratado.

Don Hugo: La pregunta era muy capciosa, reconózcamelo, don Víctor. En cambio, no me negará usted que es la flema lo que caracteriza al inglés.

Don Víctor: Sí, son muy flemáticos esos hooligans que van por ahí destrozando bares, humillando a los mendigos, enfrentándose a la policía y emborrachándose hasta caer redondos.

Don Hugo: ¡Touché! Ahora bien, si hay un país que responda plenamente al concepto militarista de la existencia, ése no es otro que Alemania, no puede negármelo… mire usted qué poco ha tardado en aprovechar estos tiempos revueltos que vienen para rearmarse, como cuando Hitler violó el tratado de Versalles.

Don Víctor: Lo cual casa poco con la pujanza que siempre tuvo la filosofía en sus universidades. Por otra parte, ¿hay algo más alemán y menos marcial que el joven Werther?

Don Hugo: Todo eso es bien cierto, pero algo llevará el río cuando suena y atribuye a los moros un espíritu traicionero.

Don Víctor: Sí, sí; sin embargo, existe igualmente la fama de que la lealtad de un moro puede ser absoluta, rocosa aún a costa de su vida. Y conozco algún caso que ya le contaré.

Don Hugo: En definitiva, que la realidad siempre es mucho más compleja que el encasillamiento estereotizante. Además, los caracteres nacionales se cruzan con las mentalidades de las clases sociales y el espíritu de las distintas generaciones, por no hablar de otras variables.

Don Víctor: Eso está muy bien dicho, don Hugo. Así es que ahórrese hablarle a Dupré, que es un meapilas, de la proverbial frivolidad francesa porque se lo puede tomar muy mal.

Don Hugo: Sí, y que deje de convidarnos a ese champán tan alegre y frívolo, con que siempre nos recibe.

Adiós

Don Víctor: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?… y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” Con esta cita, Benedicto plantea esa pregunta como actual, como si todos, alguna vez, nos la hubiéramos hecho.

Don Hugo: ¿Todavía se cree eso? Ahora comprendo por qué renunció. Se lo debió inspirar el Espíritu Santo que sí se había dado cuenta de que, por primera vez en la Historia, el mundo occidental vive en una era a-religiosa.

Don Víctor: A eso iba, don Hugo, que el Papa emérito vivía en la irrealidad. La religión cristiana ha sido orillada y olvidada de la mayoría.

Don Hugo: Y tras ese olvido, viene la deliberada destrucción de la cultura. Lo que hicieron los chinos, que ya no la tienen, se está operando en todo el mundo occidental. Nosotros mismos nos empeñamos en falsear y olvidar el pasado, en censurar y suprimir el arte y la literatura que nos fueron legados, en no tolerar otras tradiciones que las de los demás…

Don Víctor: ¡Calle, calle, don Hugo, que me va a dar un patatús!

Don Hugo: Me veo a la Iglesia de san Pedro, dentro de diez años, desacralizada y convertida en Museo de mamarrachadas Contemporáneas…

Don Víctor: … y yo añorando el régimen de Enver Hoxha que proclamó al ateísmo religión de estado para Albania…

Circe

Don Hugo: Aquí le traigo las citas que le prometí, don Víctor. ¿Ya ha estudiado a fondo la Odisea y la Teogonía de Hesíodo?

Don Víctor: Sí, en todo lo referente a la maga Circe; también “Las Antigüedades Romanas” de Dionisio de Halicarnaso y las “Metamorfosis” de Ovidio. Sólo me faltan “De las mujeres ilustres” de Boccaccio.

Don Hugo: Va usted a dejar pequeños los estudios de Charles Lamb, Thomas Bullfinch y Jane Ellen Harrison…

Don Víctor: ¡Ya quisiera yo!

Don Hugo: Ahora bien, comprobará usted que son una maravilla nuestros autores clásicos. Déjeme que le muestre algunas primicias. Comencemos con el “Guzmán de Alfarache”: “Dicen de Circes, una ramera que con sus malas artes volvía en bestias a los hombres… pero juntamente con aquello quedábales vivo y sano su entendimiento… muy al revés lo hace agora estotra ramera, nuestra ciega voluntad, que, dejándonos las formas de hombres, quedamos con entendimiento de fieras”.

Don Víctor: ¡Magnífico! Gracias, don Hugo.

Don Hugo: Calle, calle, que le remito ahora a cuanto dice ese allegado de Felipe II, fray José de Sigüenza. Interpreta que “estas metamorfosis y transformaciones… no pretendían otra cosa sino mostrarnos las malas costumbres, hábitos o siniestros avisos de que se visten las almas de los miserables hombres”.

Don Víctor: Y Cervantes… ¿no dice nada?

Don Hugo: Sí, sí, no duda de que “ellas con su mucha hermosura y sus halagos atraían a los hombres de manera a que los quisiesen bien y los sujetaban de suerte que sirviéndose dellos en todo cuanto querían que parecían bestias”.

Don Víctor: Bien veo que a la postre nuestros humanistas aportan una interpretación ajustada a la razón, penetrante en lo psicológico y edificante en lo moral.

Don Hugo: No pretendo influirle, don Víctor, pero siempre me pareció que esta Circe era egoísta y malvada frente a Calypso, quien, más humana, acaba por apiadarse de Ulises.

Don Víctor: Ahora entiendo por qué el comandante Cousteau se encomendó a ella cuando llamó “Calypso” a su buque oceanográfico para así propiciar un feliz retorno a sus expediciones.

Forma y color

Don Hugo: Mire que no le diría veces a Dolores, cuando novios, lo guapísima que era y ella, erre que erre, con que quien sí que era una belleza era su prima Jacinta.

Don Víctor: ¿La que se fue a México?

Don Hugo: La misma. Decía que tenía una carita ¡estucada!

Don Víctor: ¡Atiza!, ¿tan bien delineada, tan limpia, tan escultórica era?

Don Hugo: Exactamente. Ésas eran sus cualidades. Parecía salida de las manos de Luca della Robbia. Las de Dolores eran facciones más inaprehensibles, difíciles de retratar, más cambiantes según el ángulo y la luz.

Don Víctor: Lo que Delacroix llama “natures tendres”, las de los niños y las muchachas en flor. Sin embargo, a partir del 1500…

Don Hugo: ¡El año desde el cual no hemos hecho más que ir para abajo!

Don Víctor: No se burle de mí, don Hugo… Decía que, a partir del 1500, en su desmesurada ambición de retratar la realidad tal como la vemos, los pintores lograron aprehender esa fugacidad, ese temblor, esa incertidumbre de un mundo mucho más vasto, complejo e inquietante de lo que los artistas del Quattrocento habían creído comprender.

Don Hugo: El manierismo tuvo como fruto más granado el colorismo veneciano, ¡lo pictórico en su más puro sentido!

Thanatos y Eros

Don Hugo: Ahora que se han ido ya esos hooligans con sus risotadas y sus litronas, dígame, don Víctor, ¿cree usted que el pesimismo de Sileno inspiraría a Calderón cuando afirma, por boca de Segismundo, que “el delito mayor del hombre es haber nacido”?

Don Víctor: Indudablemente. Aparte de su diálogo con el rey Midas…

Don Hugo: “La mayor felicidad para un mortal es el no nacer y, en caso de haberlo hecho, morir cuanto antes”.

Don Víctor: … la mera exhibición del racimo de uvas y cómo se tambalea, preso de la embriaguez -que tanta risa suscitaba en aquellos bárbaros- apelan a la inconsciencia y el olvido.

Don Hugo: Como aquel borracho feliz al que envidió el incauto de Agustín…

Don Víctor: … cuando aún no era santo.

Don Hugo: ¿Y Cleobis y Bitón?

Don Víctor: Tenga usted por seguro que Calderón también tuvo en cuenta el premio de su sueño eterno con que la diosa recompensó la piedad filial de aquellos buenos gemelos.

Don Hugo: Pero usted, don Víctor, que sostiene que tanto debemos a los griegos, ¿piensa que se equivocaban cuando negaban la posibilidad de ser felices?

Don Víctor: A medias, don Hugo, porque considerar sólo sus sombríos desfallecimientos, sería reducirlos a unos románticos avant la lettre.

Don Hugo: Ahí está: mitos, sueños, monstruos, fiestas dionisíacas representan la parte inconsciente, la más bestial y primitiva del ser humano, pero no olvidemos la compensación racional y lumínica que representan la filosofía, las bellas artes y las letras, la ciencia, la política, impulsos vitales en pos de la edificación del hombre y de la sociedad perfecta, por imposible que sea su culminación.

Don Víctor: Trabajo y coraje.

La última maravilla

Don Víctor: ¡Las obras completas del Tostado!

Don Hugo: ¡El Teatro Real!

Don Víctor: ¡El diccionario de la Real Academia!

Don Hugo: ¡La Atlántida, de Falla!

Don Víctor: Sí, que hasta que Halffter no le puso fin… ¡El Quijote!

Don Hugo: ¡El Canal de Isabel II!

Don Víctor: ¡Las pinturas de Sorolla para la Hispanic Society!

Don Hugo: ¡El Corpus Inscriptiorum Latinarum!

Don Víctor: ¡Ya son demasiadas “obras de El Escorial”! ¿A qué nos lleva toda esta lista?

Don Hugo: A cómo en nuestra psique se obra una transposición de lo espacial a lo temporal. Fíjese usted, don Víctor, en cómo lo grande físicamente se traduce, inconscientemente, en duradero y de larguísima gestación.

Don Víctor: A juzgar por sus planos y la escala señalada, El Escorial parecería, efectivamente, una faraónica obra de siglos, y, sin embargo, se hizo de un tirón, más deprisa que cualquiera de todas las catedrales que cabían dentro de su perímetro.

Don Hugo: Indudablemente aquel acarreo de toneladas de piedra berroqueña y lajas de pizarra, aquella proliferación de hornos de cal en las comarcas circundantes, aquel fluir de obreros y artistas, aquellos caudales ingentes invertidos en la erección de la última maravilla del mundo, indudablemente, digo, tuvieron, por fuerza, que espantar la imaginación popular y ésta atribuir a tan portentosa construcción una dimensión temporal casi geológica.

Don Víctor: Y eso, don Hugo, que en aquellos tiempos todo lo que los pobrecitos sabían de geología eran las propiedades del granito, la cal y la arena.

Imaginación y proyección

Don Víctor: ¿Incluso el propio Cocteau, tan imaginativo y hasta fantástico siempre?…

Don Hugo: ¡Incluso Cocteau! ¡Él, como todos! ¿Cómo cree, si no, que me atrevo a afirmar que desayunaba en la cama?

Don Víctor: ¡Atrevida teoría!… ¿Se basa usted en alguna indiscreción de Jean Marais?

Don Hugo: No, el propio Cocteau se delata cuando hace decir a la protagonista de su “Voz humana”, en este orden: “Hay que despertarse y comer y levantarse y lavarse”.

Don Víctor: Creo que ha dado usted en el clavo.

Don Hugo: Pero eso no es todo. En un primer momento pensé que cuando la protagonista de “La voz humana” describe a su amante, atribuyéndole que llevase la camisa arremangada, Cocteau se estaba inspirando en su amigo Picasso, a quien, por taruguico, le quedaban largas las mangas y volvía el puño sobre el jersey, según una foto que obra en mi poder.

Don Víctor: La prueba de la foto resulta irrefutable.

Don Hugo: ¡Pues no, don Víctor! Es Picasso quien imitó a Cocteau, que era tan coqueto y original, y cuyo rasgo diferencial consistía en arremangarse la camisa sobre el jersey o la chaqueta. Y es que, incluso Cocteau, se proyecta, como cualquier creador, en sus criaturas.

Don Víctor: Claro, don Hugo, es que al final no hay modo de crear ex nihilo…

Don Hugo: Como que yo le profeso cada vez más admiración a Dios, que no tenía ninguna tradición a la que adherirse ni la menor experiencia el pobre, y ¡fíjese usted!

Don Víctor: ¡Qué derroche de imaginación!

Don Hugo: Sí, pero en cuanto pudo, como Cocteau, se proyectó en sus criaturas, en usted y yo, y en todas las demás.