Il maestro del brodo

Don Hugo: ¡Cómo les echamos de menos anoche en el restaurante!

Don Víctor: Ya sentimos no ir, pero el descanso me vino de perlas y esta mañana me siento como nuevo. Ni rastro de ese dolor de oídos… A ver si bajan pronto las señoras y despachamos rápidamente la prima colazione, que ardo en deseos de descubrir Palermo.

Don Hugo: No nos va a defraudar, don Víctor. Eso que, anoche, cuando salimos, ya estaba todo muy oscuro… pero a lo que iba… cenamos en “Il maestro del brodo”. Muy cálido todo y buena calidad. Esta misma noche repetimos con ustedes. Lo que nos reímos cuando llegó la hora de pagar il conto.

Don Víctor: ¿Cuántos millones de liras les pidió un maître socarrón?

Don Hugo: No, la gracia va por otro lado. Fui yo quien dio pie al chiste. Ya conoce usted el dicho de que “tutto fa brodo”,

Don Víctor: Sí, que todo vale para un caldo, que aquí se aprovecha todo.

Don Hugo: Se pagaba directamente al patrón, entronizado tras su vieja caja registradora. Yo, entonces, le dije que “Dal maestro del brodo, tutto fa un eccellente brodo”.

Don Víctor: Le proponía usted un motto para el establecimiento, ¿verdad?

Don Hugo: Efectivamente. Bien, pues el patrón queda callado, mira a la camarera, mira a Dolores, evita cruzar sus ojos con los míos, eleva los suyos al cielo y, señalándome, exclama: “Il signore è un poeta!”

Don Víctor: ¡Qué vis cómica innata y qué reflejos de ingeniosidad tan italianos!

Don Hugo: Y no vea usted qué gesto tan ampuloso, como de senador romano, cuando me señaló. Mire usted bien: ¡así!

Don Víctor: ¡Cuidado, don Hugo, que le va usted a sacar un ojo a la signorina!

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