Nureyev

Don Hugo: Menos mal que anoche falló el padre Letamendi y eso que habíamos organizado la cena, aprovechando su paso por Madrid.

Don Víctor: Al pobre Dupré casi le da un soponcio… pero, ¡vaya con Cuenca!

Don Hugo: ¿Será cierto que se justificó de esa manera con su mujer?

Don Víctor: Yo, en un primer momento, pensé que nos tomaba el pelo, atribuyéndose algún lance del género chico: “No me lo reproches, nena. No niego que estuviera en el lupanar, ¡pero lo hice por nosotros! Como soy tan volcánico en el amor, ¡que también me lo has reprochado!, a veces voy a desfogarme previamente para que nuestro lecho nupcial no sea víctima del cataclismo erótico… ni mayormente tú!”

Don Hugo: “Isidró, paresé usted la Carmencita desbravandosé primegó con don Gosé pagá luegó complaser a Escamilló sin daglé uná cognadá”, le dijo Dupré, llevándolo todo, como es su costumbre, al campo del hispanismo.

Don Víctor: En el fondo no le faltaba razón a Dupré. Fíjese usted lo que se dice de Rudolf Nureyev y se non è vero, è ben trovato

Don Hugo: ¿También era una fiera en esos dulcísimos trabajos de Himeneo?

Don Víctor: … que era tal su sobreabundancia de energía, que el día en que tenía función, bailaba por la mañana, prodigando los mayores excesos y locuras, hasta caer exhausto y así, a la tarde, poder dar la más justa  medida de su arte ante el público.

Don Hugo: No imagino nada más lejano a nuestro Isidro Cuenca que el arte, la mesura y la perfección.

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