Pienza y Neuschwansten

Don Víctor: Me imagino al rey, en lo alto de su feérico castillo, dejando vagar su mirada por un horizonte crepuscular, soñando con un inefable mundo de universal fraternidad, transportado por la música infinita que Wagner desgrana incansablemente en el piano.

Don Hugo: Muy bien lo de crepuscular porque más de una vez les darían las tantas en aquellos deliquios. ¡Vaya par de románticos que, en lugar de querer edificar a la humanidad con expresiones artísticas que obren la aparición sensible del logos, fundaron en el arrastre de la emotividad aquella quimera!

Don Víctor: ¡Que no podía ser más que musical! La música es la única que abre esa otra dimensión inabarcable. ¡Elevarnos, embarcados en la emoción!

Don Hugo: ¡Qué distinta la propuesta de Rossellino!

Don Víctor: ¿Se refiere usted a la plaza de Pienza?

Don Hugo: Efectivamente. Ese sublime trapecio que tiene por base mayor la catedral y sendos palacios convergentes a los lados: límites, medidas, planos tangibles, armonía en las proporciones… ¡la concreción de una ciudad perfecta!

Don Víctor: En definitiva, ¡todo un griego el bueno de Rossellino! y, en cambio, la vía musical tiene el peligro de la adhesión acrítica, por emocional, y a la postre sectaria.

Don Hugo: Claro, ¡si luego hicieron de Wagner todo un nacional-sindicalista!

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