
Don Víctor: Que no, don Hugo, que no. Que Herrero está tan vinculado a la guerra como Caballero, Escudero, Ballestero o el genérico Guerrero… y tantos otros apellidos.
Don Hugo: Eso, don Víctor, no se lo niega nadie, pero el herrero va más allá de lo bélico, empezando porque no combate y porque no sólo fabrica armas.
Don Víctor: Pero, hombre, don Hugo, en la Edad Media, poco más hacía…
Don Hugo: Yo, en cierto sentido, homologo el herrero al clérigo. Ambos son intermediarios entre el hombre y las fuerzas sobrenaturales.
Don Víctor: Menos mal que ya no estamos en la Edad Media y no le meten a usted en el horno. ¡Mire si no fueron siempre mal vistos y cuanto se desconfiaba de ellos!
Don Hugo: ¡Precisamente! Como del chamán o del brujo. ¿De dónde procede esa ciencia de transformar las piedras en metal, de alumbrar formas nuevas que remedien la desnudez del soldado, de mudar su débil piel en coraza y cota de malla, de convertir su cráneo de cáscara de huevo en yelmo, sus frágiles y blandas uñas en lanzas, estoques, dagas y mazas…?
Don Víctor: Usted mismo me está dando la razón. Si bien es cierto que el herrero domeña fuerzas telúricas, su ciencia se orienta hacia el arte de la guerra. ¿Cuál fue la tarea del primer herrero, Hefesto, sino la de armar a los Inmortales?
Don Hugo: Ya, pero no olvide que Hefesto también era inmortal. La parte diabólica del herrero, entre nosotros, nos viene de que Prometeo nos revelara aquel secreto de los dioses, el fuego. Fíjese usted, don Víctor, quiénes son herreros: los gitanos hechiceros en sus forjas, los enanos nibelungos que bullen como hormigas dentro de la tierra, los alquimistas y nigromantes en el secreto de sus sótanos, como, por otra parte, en sus laboratorios, los románticos doctores Frankestein y Jekill, jugando a ser Dios… ¡si hasta el herrero de “El huésped del sevillano” es un judío!
Don Víctor: Ya lo dice, maravillado, el hidalgo Juan Luis, contemplando la remozada espada de sus antepasados: “¡Así la quiero!”
Don Hugo y don Víctor (cantando:) Fiel espada triunfadora
Que ahora brillas en mi mano