Ramper

Don Víctor: … ¿y cuándo trepaba por la escala de mano, fingiendo torpeza y temor…?

Don Hugo: ¡Él que era todo un consumado acróbata!

Don Víctor: … y decía: “Uno más, Santo Tomás”, para animarse a subir el siguiente tramo…

Don Hugo: Decía “pruebar”, “friegar”, “pueder”, “vuelver”… ¡Cómo nos reíamos todos los niños con eso…!

Don Víctor: ¡Y le corregíamos a gritos!… ¡Era simpático como él solo!

Don Hugo: ¿Y cuándo se ponía boca abajo y decía, muy serio, que iba a hablar con dureza…?

Don Víctor: Yo no lo entendía… me lo explicó mi padre: que eran las callosidades de los pies…

Don Hugo: Claro, los pies los tenía en el lugar de la cabeza.

Don Víctor: Yo en aquel momento no me daba cuenta, pero luego me he acordado muchas veces de cuando ya en guerra hacía chistes de lo más imprudente…

Don Hugo: Es verdad, don Víctor, como cuando parecía inminente la entrada de Franco en Madrid y salía Ramper a escena, derramando serrín y pregonando: “¡Serrín de Madrid, se rinde Madrid!”

Don Víctor: Sí, don Hugo, y también “¡Serrín para los milicianos!” como si fueran a orinarse encima.

Don Hugo: ¿Y qué me dice usted de su respuesta a la pregunta “Ramper, ¿quién va a ganar la guerra, los buenos o los malos?” y Ramper decía entonces: “Ni los buenos ni los malos, los regulares”.

Don Víctor: ¡Con las atrocidades que se contaban entonces de los moros!

Don Hugo: ¡Cuánto tendrían que envidiarle los cómicos actuales que no pueden meterse ya ni con las suegras…!

Dentaduras

Don Hugo: El pobre Pasolini tendría ahora que irse al África si quisiera encontrar caras, como él decía, auténticas…

Don Víctor: … es decir, distintas… con la usura del sufrimiento, de las carencias… con esa expresividad facial que sólo da la cultura popular…

Don Hugo: El mayor grado de perfección e igualdad en nuestro tiempo se manifiesta en los dientes.

Don Víctor: Es verdad, don Hugo, hasta cierta edad todas las bocas parecen de película de Hollywood.

Don Hugo: Ahora mismo ha llegado a ser un signo externo imprescindible, por muy caro que cueste.

Don Víctor: Pronto habrá que reescribir una vez más el pasaje de Caperucita Roja cuando ésta se sorprende de lo grandes que tiene los dientes su supuesta abuelita.

Don Hugo: Ha dado usted en el clavo, don Víctor… ya tenemos el pretexto perfecto para un final acorde a nuestros tiempos: el lobo no se la puede comer.

Bahamontes y De Gaulle

Don Víctor: Con lo de Bahamontes tenía usted razón… y no la tenía.

Don Hugo: El Tour lo ganó con de Gaulle.

Don Víctor: Cierto, pero no en el año 57, sino en el 59. En el 57 estaba el René Coty.

Don Hugo: Valiente personaje anodino. Si más que francés parecía suizo.

Don Víctor: Eran otros tiempos. En el ciclismo y en todas las cosas.

Don Hugo: Ni dopaje, ni supermédicos deportivos…

Don Víctor: Ni todas esas marcas comerciales, ni contratos millonarios…

Don Hugo: Y los deportistas sólo hacían deporte.

Don Víctor: Y no anuncios, ni tertulias, ni galas, ni manifiestos.

Don Hugo: Así que al final era de Gaulle… el único Sebastián que no le salió rana a la Historia.

Don Víctor: ¿De qué rana me habla usted ahora, don Hugo?

Don Hugo: ¿Acaso no fue rana don Sebastián de Portugal que nunca volvió de sus cruzadas por África? ¡Si los pobres portugueses lo estuvieron esperando más que al rey Arturo los ingleses!

Don Víctor: Perón, ése sí que volvió. Hacía mejor papel en Puerta de Hierro, la verdad…

Don Hugo: ¿Y qué me dice usted del falso Dimitri?

Don Víctor: ¡Rusia! Pfff… Rusia no tiene arreglo.

Don Hugo: ¿Y el caso de Suárez? Español tenía que ser el ejemplo más flagrante de antisebastianismo. ¿Qué no inventaron para asegurarse de que nunca volvería?

Don Víctor: Mire, don Hugo, para deportistas, Bahamontes y para sebastianes, de Gaulle.

Don Hugo: Con permiso de la segunda venida de Cristo…