Tarzán, suspenso en geometría

Don Hugo: Por eso los he traído aquí, porque esta arquitectura es una de las mejores expresiones del pecado original hecho monumento.

Don Víctor: Hombre, don Hugo, conozco una docena de rascacielos en Manhattan que son aún más arrogantes…

Don Hugo: Sí, pero no dejan de ser meros remedos, corregidos y aumentados, de Babel, que nada demuestran… La cuestión es otra… ¡la diabólica geometría!

Don Víctor: No sé por qué lo dice, pero vengo sintiendo un reconcome como de escaparme al bosque lanzándome por una de estas ventanas panorámicas…

Don Hugo: Sí, le comprendo, don Víctor; no dejaría usted de ser un trasunto de Tarzán, proyección de nuestro ello en su deseo de retornar a la inconsciencia plena.

Don Víctor: ¿Cómo, una regresión…

Don Hugo: ¡filogenética!

Don Víctor: … a un estadio primitivo?… En el fondo, ¡qué envidia me dan los monos!

Don Víctor: Sí, claro, es que esos primos nuestros sí que supieron escarmentar en cabeza ajena… Se cuidaron y se cuidan mucho de comer del fruto prohibido, ellos que no le hacen ascos ni a las moscas y se dan la vida padre, completamente despreocupados.

Don Víctor: ¡Pues es cierto, don Hugo, siguen viviendo en el Paraíso Terrenal!… mientras que nosotros, exiliados, no sabemos más que rodearnos de límites y geometrías que, poco a poco, van invadiéndolo todo y acorralando el Edén.

Las tres penínsulas

Don Víctor: Pero, don Hugo, si desde aquí se ve muy bonito, ¿para qué quiere usted que me suba allí arriba?

Don Hugo: No sea perezoso, don Víctor, ya verá. Tiro dos céntimos de Euro aquí en el centro de la orquesta y usted lo oye desde lo alto de la andanada, como si le cayera al lado.

Don Víctor: Lo creo a pies juntillas, pero se me está ocurriendo que se podrían derramar toneladas de monedas de dos Euros en este gigantesco embudo y no quedaría saldada ni por asomo la deuda que tenemos con los griegos, sólo por habernos regalado el teatro…

Don Hugo: ¡Y qué teatro!… Edificador de ciudadanos tanto en lo épico como en lo ético.

Don Víctor: Y no hablemos ya de la filosofía, de la política, de las Bellas Artes y del gran Homero.

Don Hugo: ¡Impagable herencia!… Una deuda permanente.

Don Víctor: Y después de semejante academia, ¡qué plenitud no nos esperaba a los europeos gracias a Italia! ¿Quién ha sabido pintar, esculpir, hacer música, levantar los más nobles edificios, diseñar ciudades, hacer poesía, desarrollar la ciencia moderna, cocinar?…

Don Hugo: Pues ahora venimos nosotros. Como si no tuviéramos bastante  con plantar semejante civilización en América, mientras tanto nos cayó la responsabilidad de defenderla en Europa y que no se malbaratara todo, atropellado por el turco aleve. ¿Qué habría sido de la Europa del Norte sin la vitalidad y el genio de las tres penínsulas?

Don Víctor: Pues ahí lo tiene, don Hugo, que ahora no quieren acordarse de nada… y a los pobres griegos les esquilman su patrimonio para que los bancos recompongan los beneficios de sus usuras…

Don Hugo: … y a los italianos, les quitan y les ponen gobiernos en función de las coyunturas socio-económicas de la plutocracia…

Don Víctor: Sí, y a nosotros… ¡si hasta pretenden que cumplamos con el déficit!

Mary Quant y el arte

Don Víctor: ¡Y el problema no es que le hayan puesto nombre sus detractores!… Los italianos, por ejemplo, mirando hacia atrás, llamaron…

Don Hugo: gótico al arte supuestamente bárbaro que precedió al «moderno» Quattrocento.

Don Víctor: Y los admiradores de Rafael y los de su quinta desdeñaron a sus sucesores, motejándolos de…

Don Hugo: manieristas… que vino a significar «amanerados».

Don Víctor: Los clasicistas del XVIII menospreciaban…

Don Hugo: ¡Calle, calle, don Víctor!… al deforme y caprichoso Barroco.

Don Víctor: Y no contentos con eso, ironizaban sobre las novedades sentimentales…

Don Hugo: … de los románticos, aquellos jóvenes novelescos.

Don Víctor: ¡Como que se consideraban universales y eternos! ¿Y qué me dice usted de quienes se mofaron de las vanguardias?

Don Hugo: Los llamaron impresionistas…

Don Víctor: tomando la parte por el todo… una palabra del título de un cuadro.

Don Hugo: … fauvistas…

Don Víctor: Sí, la pobre Venus clásica rodeada en la exposición de fieras estridentes, como el domador en su jaula.

Don Hugo: ¿Qué pensar del término «cubismo»?

Don Víctor: Como si atreverse a destruir la perspectiva renacentista fuera lo mismo que hacer cubitos, como los niños en la playa.

Don Hugo: El caso es que a mí hasta me parece bien que aquellos artistas tuvieran el sentido del humor de aceptar semejantes remoquetes.

Don Víctor: Yo pienso lo mismo, don Hugo. Lo que me da coraje es cuando son los amigos quienes eligen un mal nombre con las mejores intenciones. Por ejemplo, ¿entiende usted eso de «suprematismo»?

Don Hugo: No lo entiende ni Malevich, su propio padre.

Don Víctor: Pero, ¿y los estudiosos que pueden considerarlo todo con mayor distancia?… ¿Es relevante la diferencia entre una piedra pulida y otra tallada para dividir la Prehistoria, cuando la una perteneció a los primeros agricultores, productores sedentarios, y la otra a rudos depredadores nómadas?

Don Hugo: Demasiada piedra…

Don Víctor: ¿Cabe mayor trampa que distinguir entre arcos apuntados y arcos de medio punto?

Don Hugo: Muchos puntos son ésos para diferenciar al romano del gótico.

Don Víctor: Oiga, don Hugo, a ver si usted opina como mi primo Arregui…

Don Hugo: ¡Ése es un guasón!

Don Víctor: … que sostiene que el término más torpe aplicado a la Historia del Arte es el de «minifalda».

Don Hugo: Sin embargo, sin ánimo de contradecir al buen doctor, yo lo encuentro muy descriptivo y ajustado al concepto.

Don Víctor: Él afirma que debiera llamarse «falda inglesa» por un doble motivo: por Mary Quant y porque ¡llega hasta la ingle!            

Vida sana

Don Víctor: Porque, claro, don Hugo, antes esto era otra cosa; por decirlo de alguna manera, era como Les Halles madrileño.

Don Hugo: Y ahora, fíjese usted, don Víctor… nos lo quieren convertir en basílica de burócratas, o quién sabe si en templo de lo intelectualoide… otro más…

Don Víctor: Seguro que usted bajó más de una vez y recuerde el trajín de este mercado, siempre tan concurrido, tan ruidoso y tan alegre.

Don Hugo: Aquí tenían que haberle levantado un monumento a Cuadrado… como el de Antonio Bienvenida frente a Las Ventas.

Don Víctor: ¿Sebastián Cuadrado, aquel compañero de carrera de su hermano Luis?

Don Hugo: Sí, el mismo, aquél que a base de escuchar cómo repasaban las lecciones sus amigos, acabó titulándose médico…

Don Víctor: Sí… ¡médico de oídas!… ¿pero qué pintaría su estatua en este mercado de frutas y verduras?… ¡mejor en el Hospital de San Carlos!

Don Hugo: Pues eso… ¡frutas y verduras! Como el hombre nunca supo demasiado de medicina y no quería pillarse los dedos, recurría al tópico bucólico de la vida sana, el remedio para todo mal, y, fuera cual fuera la dolencia del paciente: “¡Coma usted mucha fruta y mucha verdura!”

Don Víctor: Pero, dígame, don Hugo, incluso sus pacientes le llamaban por un mote, ¿no?

Don Hugo: Pues claro… ¡el doctor Legazpi!

Estética

Don Víctor: ¿Quién no se conmovería ante lo sublime de este paisaje, que parece surgido tal cual de las manos del Creador?

Don Hugo: Pues, don Víctor, no tiene usted que buscar bien lejos… Seguro que estaba usted acordándose de aquella película que tanto nos gustó: “Tasio”.

Don Víctor: Me ha adivinado usted, don Hugo. ¡Qué panorámicas tan bien traídas, qué comunión la de Tasio con la naturaleza…!

Don Hugo: Sí, sí… fantasías de don Moncho Armendáriz. ¿De verdad cree usted que el buen carbonero dejaba perder su mirada sobre aquellos bosques como el elegante viajero de Friedrich sobre un manto de nubes?

Don Víctor: ¿Y por qué no, don Hugo? Para eso no hace falta ni tener estudios ni saber qué es el Romanticismo…

Don Hugo: ¡Pero hombre de Dios, veo que el pobre de Maslow investigó en vano!

Don Víctor: ¿El de la pirámide?

Don Hugo: ¡El mismo! Ese gran psicólogo estableció científicamente que las conductas  y apetencias humanas están férreamente jerarquizadas: en la base, las necesidades más puramente animales y, en el pináculo, las emociones estéticas…

Don Víctor: Claro, ese pináculo donde se encarama el viajero de la levita.

Don Hugo: … que son las que nos configuran como seres humanos.

Don Víctor: ¿Cómo que Tasio no era sensible a la Belleza? ¿No dice mientras contempla a la moza en el baile: “Más bonita, ni en pintura”?

Don Hugo: Sí, don Víctor, pero usted apunta a un escalón intermedio. Tasio nunca, para desgracia suya, podría emocionarse ante, pongo por caso, un Ghirlandaio… ¡que eso sí que es pintura! Tasio, en toda esta belleza, es incapaz de ir más allá de lo utilitario, al igual que un zorro o un petirrojo…

Don Víctor: ¡Caramba, don Hugo, usted con sus quitagustos!… Yo que, en el fondo, llegué a sentir envidia de él… ¡pero espere! ¿Y Gayarrre?, ¿no era un pobrecillo pastor del Roncal y, sin embargo, se empinó sobre esa cúspide de la que usted habla, hasta hacer llorar a todos?

Don Hugo: Tuvo la suerte de que la música lo sedujo como una diosa y lo llevó al Olimpo, mientras que Tasio, seamos sinceros, ¿llegó a conocer a algún Hilarión eslava o a algún Mariano Fortuny?

Don Víctor: Calle, calle, que me estoy emocionando tanto que veo que me caigo a los subterráneos de la pirámide esa, por debajo del mismísimo Tasio… ¡las lágrimas no me dejan ver el paisaje!     

Frescos y frescos

Don Hugo: A propósito de sueños, don Víctor, tengo que reflexionar sobre una pesadilla recurrente que he vuelto a tener: Me encuentro a bordo de un barco. Caigo por la borda y me sumerjo en el Mar de los Sargazos. Allí, cuanto más pataleo y braceo y me contorsiono, más enredado voy quedando hasta asfixiarme del todo sin poder sacar la cabeza… Y me despierto entonces, claro.

Don Víctor: Pues yo, don Hugo, soñé algo parecido… que me adentraba por uno de esos frescos de San Antonio de los Alemanes, como atraído por la luz del Cielo, pero era tal la amalgama de cuerpos, ¡estábamos como piojos en costura!, que yo también me enredaba con otras criaturas y al final ya no sabía si esa pierna era mía, de un ángel, de un suplicante o del mismísimo San Antonio…

Don Hugo: Mejor habría hecho usted en buscar la luz en los techos de Tiepolo, en el Palacio Real, desde luego.

Don Víctor: Ni Carreño ni los otros son italianos, ni aquella iglesia es Italia, como sí lo es el Palacio de Juvara.

Don Hugo: No compare usted el farinato salmantino con la focaccia ligur. Si es que es como si nuestro Super-yo lo hubiera inventado un místico español, tan cargado estamos de prisiones, tan aplastados por el peso de nuestros pecados.

Don Víctor: En cambio el italiano, en su cinismo, desconoce el remordimiento.

Don Hugo: Pues tiene usted razón, don Víctor… Sería como comparar a Marcello Mastroianni con Alfredo Kraus. ¿Cómo va a ser el Duque de Mantua por mucho que nadie lo cante mejor?

Don Víctor: Es que para frescos, ¡Mastroianni!

Myanmar

Don Víctor: Dejando aparte la claudicación ante la toponimia separatista y todo eso de que tengamos que incorporar al castellano Lleida, Girona, Ourense, etc., como si fueran lugares extranjeros que nunca hubiéramos nombrado en nuestra lengua…

Don Hugo: Sí, escribir Bizkaia u Ontinent como quien dice Uagadugu.

Don Víctor: … Pero es que también resulta ahora, don Hugo, que Mao Tse Tung es Mao Zedong, Pekín es Beijing y Malasia, Malaisia.

Don Hugo: Eso, don Víctor, es como aquel profesor de inglés que tuve hace cincuenta años, que nos reprochaba a los españoles que dijéramos “Argel” y no “Alger”, y ya  le tuve que decir: “Mire, míster, nosotros nos habíamos peleado ya mil veces con los argelinos y además la habíamos conquistado cuando ustedes todavía ni siquiera sospechaban su existencia”.

Don Víctor: Mi cuñada Rosa, que tenía la perra de conocer Birmania con sus amigas porque en su juventud había leído no sé qué novela, volvió de sus vacaciones contando que ese país ya no está…

Don Hugo: ¡Atiza! ¿No habrá sido por la subida del nivel del mar?

Don Víctor: … pero que en la agencia las habían enviado a otro, que era también muy bonito, y que se llamaba Myanmar.

Disfraces

Don Hugo: Entonces… ¿desde el primer momento?

Don Víctor: En cuanto estalló la guerra, mi primo Andrés se enfundó el mono de miliciano.

Don Hugo: Don Víctor, dígame, Andrés ¿cuál era, el gordito o el alto?

Don Víctor: ¡Gordo y bien gordo! Tanto que le llamábamos Baúles… Fíjese usted, don Hugo, que iba por la calle su madre con otra señora de derechas y en esto que las adelantó con otros milicianos y, viéndole de espaldas, la amiga dijo sin conocerle: “Mire, doña Margarita, ¡qué mal les queda a las regordetas el disfraz de miliciano!”

Primarios

Don Hugo: Después de tantos intentos, ¿quién nos iba a decir que sería Isidro Cuenca el que nos haría ganar el premio al mejor disfraz del Círculo?

Don Víctor: Le confieso, don Hugo, que nunca he disfrutado tanto y mire que lo hemos hecho bien usted y yo otras veces…

Don Hugo: ¿Ni siquiera cuando fuimos Groucho y Harpo Marx?

Don Víctor: Me divertí mucho más que cuando fuimos don Juan y Tartufo, por ejemplo, pero no tanto como esta última vez.

Don Hugo: ¡Creo que ya lo tengo, don Víctor! Con Cuenca incluimos en el grupo a un verdadero personaje a-histórico…

Don Víctor: ¿De qué historia habla usted ahora?

Don Hugo: Sí, guiado exclusivamente por el principio de placer, por exprimir el presente más inmediato sin pensar en las consecuencias.

Don Víctor: Es verdad, eso son los ratas de “La Gran Vía”,o los zanni de la Commedia dell´Arte, o Sancho Panza, o el propio Charlot.

Don Hugo: Son todos unos niños sin conciencia aún –y nunca la tendrán- del principio de realidad. No quieren reprimir ningún instinto. El Ello es monarca absoluto.

Don Víctor: Nunca construirán nada ni serán tampoco capaces de destruir nada en una revolución.

Don Hugo: Ahora sí que podemos decir que usted y yo nos conocemos desde la infancia… una regresión ontogenética que nos reequilibró emocionalmente.

Don Víctor: Sí, sí, don Hugo, pero nos seguiremos tratando de usted.

Derechos de autor

Don Víctor: Pero entonces ¿no va a venir?

Don Hugo: Quite, quite, don Víctor, si es que al final ni me atreví a decírselo. Estuve toda la tarde con él tratando de explicárselo, pero es que Salmerón viene de otro mundo. Y gracias a ese mundo, es el artista que es.

Don Víctor: Pero, ¿qué fue exactamente lo que le ocurrió con la SGAE?

Don Hugo: Fue aquello de la lambada que se puso tan de moda a finales de los ochenta. El hombre había hecho una versión aflamencada con la que tuvo mucho éxito y llegó a sacarla en disco y todo…

Don Víctor: No diga usted más, don Hugo… que llegó el tío Teddy con las rebajas.

Don Hugo: O retiraba los discos y dejaba de cantarla, o lo denunciaban.

Don Víctor: Claro, explíquele usted a don Antonio Chacón, a Manuel Torre, o a la Piriñaca que tenían que pagar derechos de autor por interpretar un cantar que habían oído una vez en la sierra….

Don Hugo: Todos ellos eran todavía juglares en pleno siglo XX… pero ya hacía mucho tiempo que el Mester de Clerecía los tenía orillados.

Don Víctor: Por otra parte, ¿imagina usted a un Lorenzo de Medici instando a Gozzoli, a los Pollaiuoli, o a Sandro Botticcelli a registrar sus diseños para que nadie los copiara?

Don Hugo: ¿Qué habría sido entonces del arte del Cinquecento en adelante?

Don Víctor: Indudablemente todas estas limitaciones secan la producción artística… pero, por otra parte, sin derechos de autor los artistas, hoy en día, morirían.

Don Hugo: Todo está tasado, todo se mide, todo es propiedad de alguien, todo tiene un precio.

Don Víctor: Antaño el artista fue como un caballero andante que, extrañado de su sociedad, cabalgaba hacia el pródigo infinito, interpretando cuanto le viniera con total libertad.

Don Hugo: Claro, don Víctor, con razón se quejaban los surrealistas de verse tan constreñidos por las leyes burguesas mezquinamente mercantiles…

Don Víctor: Sí, pero por si acaso bien que registraban sus producciones.