Disfraces

Don Hugo: Entonces… ¿desde el primer momento?

Don Víctor: En cuanto estalló la guerra, mi primo Andrés se enfundó el mono de miliciano.

Don Hugo: Don Víctor, dígame, Andrés ¿cuál era, el gordito o el alto?

Don Víctor: ¡Gordo y bien gordo! Tanto que le llamábamos Baúles… Fíjese usted, don Hugo, que iba por la calle su madre con otra señora de derechas y en esto que las adelantó con otros milicianos y, viéndole de espaldas, la amiga dijo sin conocerle: “Mire, doña Margarita, ¡qué mal les queda a las regordetas el disfraz de miliciano!”

Primarios

Don Hugo: Después de tantos intentos, ¿quién nos iba a decir que sería Isidro Cuenca el que nos haría ganar el premio al mejor disfraz del Círculo?

Don Víctor: Le confieso, don Hugo, que nunca he disfrutado tanto y mire que lo hemos hecho bien usted y yo otras veces…

Don Hugo: ¿Ni siquiera cuando fuimos Groucho y Harpo Marx?

Don Víctor: Me divertí mucho más que cuando fuimos don Juan y Tartufo, por ejemplo, pero no tanto como esta última vez.

Don Hugo: ¡Creo que ya lo tengo, don Víctor! Con Cuenca incluimos en el grupo a un verdadero personaje a-histórico…

Don Víctor: ¿De qué historia habla usted ahora?

Don Hugo: Sí, guiado exclusivamente por el principio de placer, por exprimir el presente más inmediato sin pensar en las consecuencias.

Don Víctor: Es verdad, eso son los ratas de “La Gran Vía”,o los zanni de la Commedia dell´Arte, o Sancho Panza, o el propio Charlot.

Don Hugo: Son todos unos niños sin conciencia aún –y nunca la tendrán- del principio de realidad. No quieren reprimir ningún instinto. El Ello es monarca absoluto.

Don Víctor: Nunca construirán nada ni serán tampoco capaces de destruir nada en una revolución.

Don Hugo: Ahora sí que podemos decir que usted y yo nos conocemos desde la infancia… una regresión ontogenética que nos reequilibró emocionalmente.

Don Víctor: Sí, sí, don Hugo, pero nos seguiremos tratando de usted.

Derechos de autor

Don Víctor: Pero entonces ¿no va a venir?

Don Hugo: Quite, quite, don Víctor, si es que al final ni me atreví a decírselo. Estuve toda la tarde con él tratando de explicárselo, pero es que Salmerón viene de otro mundo. Y gracias a ese mundo, es el artista que es.

Don Víctor: Pero, ¿qué fue exactamente lo que le ocurrió con la SGAE?

Don Hugo: Fue aquello de la lambada que se puso tan de moda a finales de los ochenta. El hombre había hecho una versión aflamencada con la que tuvo mucho éxito y llegó a sacarla en disco y todo…

Don Víctor: No diga usted más, don Hugo… que llegó el tío Teddy con las rebajas.

Don Hugo: O retiraba los discos y dejaba de cantarla, o lo denunciaban.

Don Víctor: Claro, explíquele usted a don Antonio Chacón, a Manuel Torre, o a la Piriñaca que tenían que pagar derechos de autor por interpretar un cantar que habían oído una vez en la sierra….

Don Hugo: Todos ellos eran todavía juglares en pleno siglo XX… pero ya hacía mucho tiempo que el Mester de Clerecía los tenía orillados.

Don Víctor: Por otra parte, ¿imagina usted a un Lorenzo de Medici instando a Gozzoli, a los Pollaiuoli, o a Sandro Botticcelli a registrar sus diseños para que nadie los copiara?

Don Hugo: ¿Qué habría sido entonces del arte del Cinquecento en adelante?

Don Víctor: Indudablemente todas estas limitaciones secan la producción artística… pero, por otra parte, sin derechos de autor los artistas, hoy en día, morirían.

Don Hugo: Todo está tasado, todo se mide, todo es propiedad de alguien, todo tiene un precio.

Don Víctor: Antaño el artista fue como un caballero andante que, extrañado de su sociedad, cabalgaba hacia el pródigo infinito, interpretando cuanto le viniera con total libertad.

Don Hugo: Claro, don Víctor, con razón se quejaban los surrealistas de verse tan constreñidos por las leyes burguesas mezquinamente mercantiles…

Don Víctor: Sí, pero por si acaso bien que registraban sus producciones.

Y luego pasa lo que pasa…

Don Hugo: Para mí que allí estuvo sembrado Guillén de Castro. Qué bien plantea la contradicción consustancial a la educación de los hijos.

Don Víctor: Sí, padre… sí, padre… sí, padre… Era el siglo XVI… ¿qué se iba a esperar?

Don Hugo: Pues eso mismo, don Víctor, que con tanta sumisión, qué hacemos cuando es necesario rebelarse. No hay más remedio que enseñar a los hijos a poner una vela a Dios y otra al Diablo.

Don Víctor: Sólo el joven Cid, capaz de amenazar a su propio padre, pudo lavar la honra familiar.

Don Hugo: Pero, claro, esa duplicidad de mensajes conduce, después de la confusión inicial en la niñez, al aprendizaje de la hipocresía.

Don Víctor: La sociedad, incluso la cristianísima de entonces, nunca será una sociedad seráfica. «Sed prudentes como serpientes y sencillos como palomas», si ya lo dijo el mismísimo Cristo…

Don Hugo: El cambio lo trae el capitalismo, que rompe ese equilibrio inestable, tan poco convincente y tan hipócrita, sustituyéndolo por el más desvergonzado cinismo.

Don Víctor: El problema, don Hugo, es que la sumisión a ultranza no puede acabar más que en la aniquilación del sumiso, como ocurrió con las últimas Cortes franquistas.

Don Hugo: Algo de cinismo se gastó también ahí don Adolfo… ¿Se acuerda usted de aquello del examen de Estado cuando a un aspirante le preguntó el tribunal por el «Sí de las niñas»?

Don Víctor: ¡Ah, claro!… «que las educan a decir a todo que sí, a todo que sí… y luego pasa lo que pasa».

Exceso de velocidad

Don Hugo: Pero, dígame, don Víctor, ¿cómo fue entonces aquel accidente?

Don Víctor: Con esas velocidades, don Hugo, estaba cantado. Tenía que ocurrir un día u otro. En más de una ocasión el autobús había tomado ya aquella curva sobre dos ruedas hasta que aquel día se acostó… sin mayores consecuencias, afortunadamente.

Don Hugo: Y digo yo… ¿esta manía de querer hacerlo todo tan deprisa?

Don Víctor: Se trataba de aumentar la productividad: cuantos más viajes hacía el conductor, más cobraba… Imagínese cómo se puso todo el mundo en Somosaguas…

Don Hugo: Claro, cómo que aún no se habían celebrado las primeras elecciones democráticas… ¡Y bueno estaba el patio!… ¿Es cierto entonces lo que me contó mi hijo de que se constituyó un comité de estudiantes para organizar un boicot a la línea A?

Don Víctor: ¡Y tanto! Si hasta el lema era: “¡La EMT quiere acabar con nosotros!”… Esa frase la usamos en casa cada dos por tres cuando alguien abusa o se muestra prepotente.

Don Hugo: También me dijo mi hijo que formaron piquetes en la parada de Moncloa para increpar a los empleados y a los estudiantes esquiroles.

Don Víctor: Estaban ahí un inspector y un cobrador y este último no se pudo contener y les plantó cara y les gritó cuatro cosas… Tiempo le faltó al inspector para sujetarle por la manga y espetarle: “¡Tente, hombre, respeta los derechos humanos!”

La piedra de la locura

Don Víctor: Según usted, don Hugo, ¿a qué se debe que el arte actual emita los mensajes del discurso esquizofrénico?

Don Hugo: ¿Se refiere usted, don Víctor, a cómo quedan alteradas las relaciones causales y lógicas, con una clara tendencia a la megalomanía paranoide?

Don Víctor: Sí, como las cosas que escuchamos en «Ubu Rey» o en Ionesco y las que intentamos ver en las alucinaciones desoxirribonucleizadas de don Salvador.

Don Hugo: ¿O quizás aluda usted a esa desconexión entre los referentes del artista y los del espectador?

Don Víctor: Naturalmente, como se da en la poesía más hermética de Rimbaud o en esos balbuceos del expresionismo abstracto, por muy lacerantes que parezcan a veces.

Don Hugo: ¿A lo mejor ha reparado usted también en la característica tangencialidad de las respuestas, propia del esquizofrénico?

Don Víctor: Me pasa cada vez que busco el título de un cuadro que no sé qué representa.

Don Hugo: ¿Y no será lo de la ruptura de la sintaxis?

Don Víctor: Me podría remontar a aquel poema de Víctor Hugo donde reivindica la guerra a la retórica, pero predica la paz para con la sintaxis… cómo le desafiaron los cubistas cuando rompieron el espacio…

Don Hugo: ¿Pensaba usted también en la regresión psicológica evolutiva?

Don Víctor: Con esa infantilización casa el primitivismo de Gauguin y lo que vino luego.

Don Hugo: Considere usted, don Víctor, que el esquizofrénico llega a abolir hasta la misma semántica.

Don Víctor: Me está usted hablando de Dada.

Don Hugo: Repare usted también en la despersonalización del artista y de la obra de arte, con su falta de dominio voluntario de la realidad.

Don Víctor: Sí, la escritura automática y el frottage de Max Ernst donde todo se fía al azar.

Don Hugo: En definitiva, la esquizofrenia sería aquel estado en que permanentemente lo onírico suplanta a la vigilia.

Don Víctor: Me está sonando lo mismo a Novalis y Nerval que a Chagall y de Chirico.

Don Hugo: Tiene usted razón, don Víctor, y es que el arte contemporáneo, fascinado por la locura, se aproxima tan peligrosamente al borde de ese abismo que el público, receloso, le vuelve la espalda.

Don Víctor: ¡Quién fuera el cirujano que, como en la tabla de El Bosco, fuera capaz de extraer de la cabeza del artista la piedra de la locura!

Divorcio

Don Hugo: Usted dirá lo que quiera, don Víctor, pero yo, aquí, lo clásico no lo veo por ninguna parte… Es lo más barroco que he visto en mi vida.

Don Víctor: Aunque alterados, descolocados, distorsionados y quebrados, ahí siguen estando todos los elementos clásicos: las pilastras adosadas, los dinteles, los entablamentos y cornisas, los frontones, por más que sean curvos y se quiebren…

Don Hugo: Usted mismo me está dando la razón: todo aparece roto, con intrusiones incoherentes y con abigarramientos excesivos…

Don Víctor: Sí, sí, ¡pero está todo! No desaparece.

Don Hugo: Está para negarlo, para ofenderlo, para escarnecerlo… Por ejemplo, ¿qué me dice usted de esos tambores de columna tumbados sobre las peanas del ático, como si fueran a rodar y a aplastar toda la nave. ¡Las extravagancias de un loco!

Don Víctor: Pero el Barroco nunca prescinde de lo clásico. Lo discute constantemente, pero lo preserva y jamás lo abandona, como esos matrimonios a la antigua, que se pasaban la vida discutiendo y no hallaban sabor a nada el uno sin el otro…

Don Hugo: Vamos, ¡como las vanguardias luego, que también les dio por arremeter contra todo lo anterior!…

Don Víctor: Con una diferencia, don Hugo: que en el siglo XX ya no había matrimonio que aguantara aquello. Llegó el divorcio…

Don Hugo: … ¡y si te he visto, no me acuerdo!

Tito, Aureliano y Alfredo

Don Hugo: Sí, claro, don Víctor, está muy bien lo del premio «Tito Schipa», que crearon para él en Lecce, pero luego la prensa se cree que ya está y que qué fácil, que si Kraus es un estilista, que si es el moderno Tito Schipa…

Don Víctor: Claro, don Hugo, como el propio Kraus no hacía más que hablar de Schipa, luego  todos los que le entrevistaban, se sentían en la obligación de preguntarle por él.

Don Hugo: A mí, sin embargo, Tito Schipa -que me encanta y al que llegué a escuchar en Madrid- me parece un cantante de otra época, donde todo se finge muy bonito y decorativo por comparación con don Alfredo, que se nos presenta, cuando menos se espera, como un hombre auténticamente desesperado.

Don Víctor: Pero, eso sí, sin salirse nunca de los cauces de su arte, que es lo que hace posible el milagro.

Don Hugo: Schipa se me antoja un filósofo descreído y sabio, con su punta de cinismo, capaz de entregarse a un canto maravilloso, ora elegíaco, ora frívolo, ora sentimental, pero sin perder nunca una perspectiva algo escéptica, como aquel bajo de «Cosí fan tutte», que juega con los sentimientos de todos, incluso con una cierta complacencia cruel.

Don Víctor: Es cierto; y al mismo tiempo es tan gran artista que sabe despertar en nosotros esas emociones sinceras que él conoce bien, haciendo gala además de una fantasía riquísima y de un canto halagador.

Don Hugo: Desde una voz bien modesta, por otra parte…

Don Víctor: A su lado, Kraus parece carecer de toda perspectiva dentro del conflicto en que se encuentra. La sinceridad es conmovedora, apabullante. Kraus es un romántico de una pieza y, arrebatándonos, nos hace vivir sus pasiones en primera persona.

Don Hugo: ¿Qué tienen de parecido, entonces?

Don Víctor: Ambos intérpretes alumbran cada palabra y cada acento de su discurso mediante una expresión enormemente sensible.

Don Hugo: Claro, la adecuación perfecta entre lo musical y lo psíquico, pero sin afirmar por ello que Kraus copie a Schipa.

Don Víctor: Tienen un carácter muy diferente y voces, que siendo ambas ligeras, distan mucho. ¡Qué distintos son el metal de Kraus y la brillantez de sus agudos con respecto a la morbidez y hasta la vaporosidad evanescente de don Tito!

Don Hugo: Hay un mordente en Kraus del que carece Schipa y unas sfumature en Schipa que no tiene Kraus.

Don Víctor: ¿Se acuerda usted de cuánto nos gustaba Pertile? ¡Qué melancolía la suya!… Nada que envidiar a la de Schipa.

Don Hugo: Sí, pero también qué dramatismo, qué expresión tan lacerante, qué desesperación tan herida en otros momentos…

Don Víctor: Ahí veo yo una fuente más krausiana, un temperamento más afín, por mucho que la voz no se parezca.

Don Hugo: Un adelantado a su tiempo, este Pertile. Ni que hubiera sido el maestro de la Callas… En esos acentos angustiosos uno siente un escalofrío expresionista…

Don Víctor: … pero expresionismo ¡del fetén!, que es la columna vertebral del arte del siglo XX.

El sueño de Venecia

Don Víctor: ¡Qué pesadilla, don Hugo!… Si aún estoy desazonado…

Don Hugo: Cuente, cuente, que seguro que tiene miga, como todos los sueños.

Don Víctor: Primero era la angustia de ver un cormorán pringado de petróleo chapoteando y debatiéndose por alzar el vuelo, sin lograrlo.

Don Hugo: Sí, de momento está claro, si me permite la paradoja: algún conflicto irresuelto y anclado en lo más negro y amenazante de su inconsciente le está impidiendo remontarse en el cielo claro de su vitalidad creativa.

Don Víctor: Me acercaba y resultaba estar acompañado de nuestras señoras y de usted. Todo oscilaba porque íbamos en una negra góndola.

Don Hugo: Qué duda cabe: es la barca de Aqueronte surcando las aguas infernales del inconsciente aún indómito. En cuanto a nuestra presencia, somos encarnaciones de sus conflictos más íntimos; de ahí que escoja usted a sus seres más próximos. Yo, personalmente, le agradezco su deferencia y cariño.

Don Víctor: Sí, pero yo no decidí nada. Me vino así en el sueño.

Don Hugo: Pues eso, don Víctor: su inconsciente indómito le tiraniza y le dicta los contenidos oníricos.

Don Víctor: Luego todo se llenaba de luz; el mar espejeaba al sol y al fondo vimos el perfil de Venecia, refulgente, como desmaterializado.

Don Hugo: Respiro por usted, don Víctor. El sueño se resuelve bien. Al final ese inconsciente negro, infernal, amenazador, se trueca en luz; ello prueba, sin apelación, que concluye usted por integrarlo y domesticarlo en una perspectiva supra-real y racional que, lejos de reprimirlo con la consiguiente ansiedad, lo integra creando así el hombre nuevo,  lumínico, plenamente dueño de su psique y por tanto amo de su destino.

Don Víctor: Sí, sí… al final de todo nos quedamos los cuatro y los dos gondoleros admirando cómo el cormorán lograba volar y se alejaba hasta que lo perdíamos de vista definitivamente.

Don Hugo: Ya está: el ave es el anima junguiana triunfante al fin y pletórica de vida en el firmamento azul.

Don Víctor: Yo pensé en aquella marea tenebrista del caravaggismo que embetunó la pintura de principios del siglo XVII y de la que fueron limpiándose poco a poco los mejores pintores del Barroco, volviendo a los colores claros, a las formas deshechas, a las escenas luminosas…

Don Hugo: Rubens, Velázquez, Ribera… Si al final lo ha clavado usted, don Víctor. ¡Justo lo que iba yo a decir!

Ciclistas homéricos

Don Víctor: Y mire usted que con todo lo que me alegró, nunca llegué a disfrutar tanto como con las hazañas de un Vicente Trueba…

Don Hugo: … la pulga de Torrelavega…

Don Víctor: … coronando puertos de los de antes de la guerra…

Don Hugo: … o con las proezas de José Berrendero…

Don Víctor: … el negro de los ojos azules…

Don Hugo: … creciéndose en el castigo de las montañas, como un toro encastado y bravo…

Don Hugo: … o con las poderosas victorias al sprint de Miguel Poblet…

Don Víctor: … apodado Mig, como los cazas soviéticos, por su gran velocidad…

Don Hugo: … o con las escaladas temerarias del enorme Bahamontes…

Don Víctor: … el águila de Toledo…

Don Hugo: … o con los arrebatos cuesta arriba de Julio Jiménez…

Don Víctor: … el relojero de Ávila…

Don Hugo: … o con las ascensiones míticas de José Manuel Fuentes…

Don Víctor: … el Tarangu, que viene a ser algo así como el flemático o el despreocupado…

Don Hugo: … o con la sólida e impávida solvencia de Luis Ocaña…

Don Víctor: … el español de Mont-de-Marsan…

Don Hugo: … que llegó a batir al invencible Eddy Merckx, apodado El Monstruo, ¡como Manolete!, y con eso lo digo todo…

Don Víctor: Parecemos Homero, con tanto epíteto heroico.

Don Hugo: Pues volviendo a los cinco tours de Miguelón, don Víctor, me siento menos homérico que con estos Aquiles y Odiseos tan guerrilleros y tan aristócratas.

Don Víctor: A eso iba, don Hugo, que a la guerra contra Estados mayores y tecnologías implacables…

Don Hugo: … y que si dietistas, y que si hematólogos, que si doctores émulos de Frankestein…

Don Víctor: … y que si estrategas y analistas y psicólogos y sociólogos…

Don Hugo: … y espónsores tiránicos…

Don Víctor: Vamos, que no hubo más remedio que pasar por el aro de la industrialización del ciclismo y ganar toures a base de contra-relojes.

Don Hugo: Y ya las montañas, ¡puro paisaje!

Don Víctor: Así nos íbamos haciendo también en eso normales…

Don Hugo: Para lo bueno y para lo malo.