Dos hermanos

Don Víctor: Mire don Hugo, que ya le había encontrado el mismo libro en edición rústica…

Don Hugo: Quite, quite, don Víctor, ¿cómo se lo iba a rechazar a la señorita? Además lo quería grande, a todo color y con tapas duras… ¡cómo debe ser!

Don Víctor: O sea, don Hugo, que si usted se hubiera accidentado en la vía pública y, por casualidad, le hubieran llevado a la Casa de Socorro donde hacía la guardia del viernes el doctor Capellanes…

Don Hugo: ¿Pero, don Víctor, en qué dilema jesuítico y casuístico me quiere usted entrampar?

Don Víctor: Pues que allí tenía dos practicantes a sus órdenes, los Maldonado, que eran hermanos, pero muy distintos: Jesús, elegante y gomoso, y José Luis, desaliñado y zafio.

Don Hugo: ¿Me adjudica usted ese Alcibíades tan trajeado?

Don Víctor: Claro, como decía el doctor Capellanes: la edición de lujo frente a la rústica, que era Luis.

Barrocos y barrocos

Don Víctor: Don Hugo, ya puede usted abrir los ojos.

Don Hugo: Veamos, esto por de pronto y claramente no es inglés…

Don Víctor: En efecto, nada que ver con aquellas iglesias londinenses que parecen viejas damas británicas vestidas a cuál más extravagante.

Don Hugo: … tampoco barroco francés…

Don Víctor: Ya sabía yo que en eso no tendría duda. Aquí no hay nada de jesuítico ni de jansenista, ni de raspa de pescado.

Don Hugo: … tampoco aquel barroco palladiano del Norte de Italia, tan idealista…

Don Víctor: Efectivamente; éste de aquí, por el contrario, es demasiado exuberante, demasiado hedonista, en definitiva muy sensual…

Don Hugo: … ¡y popular!… y visto que voy acertando y que estoy manifiestamente bien encaminado, me decanto por el Barroco español: América, nuestro Levante, Sicilia, el Reino de Nápoles…

Don Víctor: Aquí una brisa cordial ondula amorosamente los muros como si de un velamen se tratara… la fachada se ahueca, se retira hacia atrás como para invitarnos a aproximarnos y acogernos… la vegetación invade pilastras y frisos… los santos se asoman con despreocupación a las balaustradas y hornacinas… todo nos invita a habitar este amable paraíso.

Don Hugo: Ya está, don Víctor… ¡la catedral de Murcia!

Que me den un buen Caronte

Don Víctor: Lo que es en la cola del cine, yo no me quedo hoy. Antes me pongo en esa otra, que es la de la sopa de las monjas…

Don Hugo: Pero, don Víctor, que a esta hora no es la de la sopa, sino para otra película…

Don Víctor: Ah bueno, ¿me promete usted que no es una de ésas con realismo rompedor de “caca, pedo, culo, pis”?

Don Hugo: Claro que no, hombre, ésta es la de Cuarón: “Roma”.

Don Víctor: Menos mal, don Hugo… ¿y cómo explica usted esta manía de invadir las pantallas con inyecciones de heroína, sordideces de urinarios públicos, violaciones despiadadas, vomitonas, descalabros… esos callejones llenos de basura y pintarrajeados de graffiti… en definitiva lo burdo y lo zafio, lo más bajo, entronizados?

Don Hugo: ¿Y esa banda sonora hecha de tacos a cuál más agresivo, que embadurnan de excrementos todo el lenguaje y son siempre degradantes para el interlocutor y a la postre para el espectador?

Don Víctor: Sí, sale uno del cine como chupa de dómine.

Don Hugo: Claro, como que la película es un diluvio de gargajos.

Don Víctor: La posteridad ha demostrado que no fue una buena idea bautizar como “realista” aquel movimiento de los Balzac, Courbet y compañía porque ello ha favorecido el que se pueda confundir la realidad en bruto con el arte, que es todo lo contrario…

Don Hugo: … cuando lo cierto es que uno de los mayores beneficios del arte, aunque no el único, es precisamente el ayudar a sobreponernos a la realidad.

Don Hugo: Le voy a poner tres ejemplos que no tienen nada de pacatos y que son Arte:  “Salò” de Pasolini, “La grande bouffe” de Marco Ferreri  y “Secretos de un matrimonio” de Bergman.

Don Víctor: Claro, con esos tres sí que hago yo cola para embarcarme a un viaje a los Infiernos.

El canto de un sestercio

Don Hugo: Se parece a la leche sin lactosa…

Don Víctor: … al pan sin gluten…

Don Hugo: … a la cerveza sin alcohol…

Don Víctor: … al café sin cafeína…

Don Hugo: … a la Coca-Cola sin azúcar…

Don Víctor: … en definitiva, la Navidad sin Niño Jesús.

Don Hugo: A mí esta iluminación me recuerda  los reflectores antiaéreos de las películas…

Don Víctor: Será  por si acaso se le ocurre aparecer a la estrella de Oriente, la de los Reyes Magos…

Don Hugo: ¿Pues no dice el bueno del padre O´Hara desde el púlpito de Killarney que habría que esconder las cruces con el Cristo agonizante que tanto asustan?

Don Víctor: Naturalmente, eso en estos tiempos demuestra un absoluto desconocimiento del marketing… ¡Fuera ya esa estética gótica de vírgenes dolorosas y santos torturados!

Don Hugo: ¿Bizantinismo entonces?…

Don Víctor: Claro, placidez ante todo… como una meditación de yoga. Volvámonos al Oriente y renunciemos a la pasión.

Don Hugo: ¿Y no le parecería mejor quitar todas las imágenes?…

Don Víctor: Claro, don Hugo, ¡el arte abstracto, como estas luces!

Don Hugo: Ha dado usted en el clavo. En el fondo, el buen cristianismo ha de ser un cristianismo sin Dios.

Don Víctor: Y Walt Disney su profeta.

Don Hugo: Y en lugar de San Juan Bautista, Poncio Pilato su precursor.

Don Víctor: Pues tiene usted razón, don Hugo, porque a don Poncio le faltó el canto de un sestercio para dejarnos sin Semana Santa.

Ramper

Don Víctor: … ¿y cuándo trepaba por la escala de mano, fingiendo torpeza y temor…?

Don Hugo: ¡Él que era todo un consumado acróbata!

Don Víctor: … y decía: “Uno más, Santo Tomás”, para animarse a subir el siguiente tramo…

Don Hugo: Decía “pruebar”, “friegar”, “pueder”, “vuelver”… ¡Cómo nos reíamos todos los niños con eso…!

Don Víctor: ¡Y le corregíamos a gritos!… ¡Era simpático como él solo!

Don Hugo: ¿Y cuándo se ponía boca abajo y decía, muy serio, que iba a hablar con dureza…?

Don Víctor: Yo no lo entendía… me lo explicó mi padre: que eran las callosidades de los pies…

Don Hugo: Claro, los pies los tenía en el lugar de la cabeza.

Don Víctor: Yo en aquel momento no me daba cuenta, pero luego me he acordado muchas veces de cuando ya en guerra hacía chistes de lo más imprudente…

Don Hugo: Es verdad, don Víctor, como cuando parecía inminente la entrada de Franco en Madrid y salía Ramper a escena, derramando serrín y pregonando: “¡Serrín de Madrid, se rinde Madrid!”

Don Víctor: Sí, don Hugo, y también “¡Serrín para los milicianos!” como si fueran a orinarse encima.

Don Hugo: ¿Y qué me dice usted de su respuesta a la pregunta “Ramper, ¿quién va a ganar la guerra, los buenos o los malos?” y Ramper decía entonces: “Ni los buenos ni los malos, los regulares”.

Don Víctor: ¡Con las atrocidades que se contaban entonces de los moros!

Don Hugo: ¡Cuánto tendrían que envidiarle los cómicos actuales que no pueden meterse ya ni con las suegras…!

Dentaduras

Don Hugo: El pobre Pasolini tendría ahora que irse al África si quisiera encontrar caras, como él decía, auténticas…

Don Víctor: … es decir, distintas… con la usura del sufrimiento, de las carencias… con esa expresividad facial que sólo da la cultura popular…

Don Hugo: El mayor grado de perfección e igualdad en nuestro tiempo se manifiesta en los dientes.

Don Víctor: Es verdad, don Hugo, hasta cierta edad todas las bocas parecen de película de Hollywood.

Don Hugo: Ahora mismo ha llegado a ser un signo externo imprescindible, por muy caro que cueste.

Don Víctor: Pronto habrá que reescribir una vez más el pasaje de Caperucita Roja cuando ésta se sorprende de lo grandes que tiene los dientes su supuesta abuelita.

Don Hugo: Ha dado usted en el clavo, don Víctor… ya tenemos el pretexto perfecto para un final acorde a nuestros tiempos: el lobo no se la puede comer.

Bahamontes y De Gaulle

Don Víctor: Con lo de Bahamontes tenía usted razón… y no la tenía.

Don Hugo: El Tour lo ganó con de Gaulle.

Don Víctor: Cierto, pero no en el año 57, sino en el 59. En el 57 estaba el René Coty.

Don Hugo: Valiente personaje anodino. Si más que francés parecía suizo.

Don Víctor: Eran otros tiempos. En el ciclismo y en todas las cosas.

Don Hugo: Ni dopaje, ni supermédicos deportivos…

Don Víctor: Ni todas esas marcas comerciales, ni contratos millonarios…

Don Hugo: Y los deportistas sólo hacían deporte.

Don Víctor: Y no anuncios, ni tertulias, ni galas, ni manifiestos.

Don Hugo: Así que al final era de Gaulle… el único Sebastián que no le salió rana a la Historia.

Don Víctor: ¿De qué rana me habla usted ahora, don Hugo?

Don Hugo: ¿Acaso no fue rana don Sebastián de Portugal que nunca volvió de sus cruzadas por África? ¡Si los pobres portugueses lo estuvieron esperando más que al rey Arturo los ingleses!

Don Víctor: Perón, ése sí que volvió. Hacía mejor papel en Puerta de Hierro, la verdad…

Don Hugo: ¿Y qué me dice usted del falso Dimitri?

Don Víctor: ¡Rusia! Pfff… Rusia no tiene arreglo.

Don Hugo: ¿Y el caso de Suárez? Español tenía que ser el ejemplo más flagrante de antisebastianismo. ¿Qué no inventaron para asegurarse de que nunca volvería?

Don Víctor: Mire, don Hugo, para deportistas, Bahamontes y para sebastianes, de Gaulle.

Don Hugo: Con permiso de la segunda venida de Cristo…