Babel

Don Víctor: ¡Atiza, don Hugo, esto supera a Babel!

Don Hugo: Querrá usted decir, don Víctor, que incluso lo empeora…

Don Víctor: Al revés, ahora con el inglés como idioma universal y la Internet, ni Dios se molesta ya en intentar frenar un crecimiento desaforado como el de nuestros rascacielos.

Don Hugo: Qué duda cabe que la Torre de Babel fue el origen de la confusión de lenguas y de la dispersión…

Don Víctor: ¿Y no fue en adelante aquella disparidad de culturas y puntos de vista la semilla de la libertad?…

Don Hugo: … de las guerras crueles, de las intolerancias y esclavitudes, de las colonizaciones, de los racismos y de las deportaciones en masa…

Don Víctor: Calle, don Hugo, que, gracias a Babel, no pensamos lo mismo y razonamos con independencia, polemizamos para depurar el pensamiento, construimos y ¡no me diga usted que no disfruta con estas controversias!

Don Hugo: No sé por qué dice usted eso: la humanidad vive en permanente desasosiego por la añoranza de la reconciliación y la unidad a la que estábamos destinados en nuestro ecosistema natural: ¡el Paraíso Terrenal!

Don Víctor: Sí, sí, pero precisamente esa expulsión ¡cuántos retos no nos habrá planteado!… La superación de aquellas dificultades no previstas ¡en qué gran medida ha construido y perfeccionado al ser humano!… ¿Y no es cierto que a la vuelta de la esquina nos está esperando el verdadero Paraíso?… ¡el de la comunión de todos!

Don Hugo: Mire usted, don Víctor, que pensando en el Paraíso… le confieso que me va a dar algo de rabia el ser exactamente como los demás…

Don Víctor: No se preocupe usted, don Hugo, que esto de la comunión es puramente  espiritual, porque cada uno llevará la impronta individual de tantos sufrimientos, luchas, hallazgos, alegrías, en definitiva lo propio del ecosistema que tenemos: la gran ciudad. Todo ello nos garantizará la identidad personal.

Don Hugo: Eso, eso, que aquello sea todo lo bonito que Dios disponga, pero ¡yo quiero ser distinto!

Verlaine y Kraus

Don Hugo: ¡Déjese usted de romanticismos, don Víctor! El artista es un burgués y no un bohemio… Si ya lo veía Baudelaire…

Don Víctor: El bohemio, don Hugo, es rebelde y se atreve a desafiar las convenciones dando rienda suelta a su espíritu crítico… o sea que es un artista moderno.

Don Hugo: El espíritu crítico es patrimonio de la burguesía, no del proletariado que sólo siente desesperación, ni de los aristócratas que se encastillaron en sus prebendas. La burguesía criticó el Antiguo Régimen, acabó con la Monarquía Absoluta, puso a la Iglesia en su sitio y abolió los privilegios.

Don Víctor: Hombre, claro, en provecho propio para suplantar a la nobleza y mangonear el gobierno quitándoselo al rey.

Don Hugo: La burguesía trae el progreso para todos. ¡Me dirá usted, don Víctor, que en la Edad Media todo el mundo vivía mejor con su rey y sus obispos en aquel mundo petrificado que tanta nostalgia suscitó entre los románticos!

Don Víctor: Verlaine… ¿un burgués entonces?

Don Hugo: Justamente un calavera que por entregarse al principio de placer y rechazar los valores burgueses de orden, pulcritud, sacrificio, ahorro y tenacidad frente al fracaso, como tantos otros bohemios, no llegó a regalarnos la suma de belleza y de verdad cuyo talento  hacía esperar…

Don Víctor: Pero, don Hugo, ¿hubo algún otro poeta que llegara a aquellas cimas de la armonía musical?… «C´est beau comme du Verlaine».

Don Hugo: Malbarató la mayor parte de su talento. ¡Cuántas dianas como aquéllas, que ya no se acertarán, no quedarán en el limbo? Desengáñese usted, don Víctor, los verdaderos artistas, a fuer de burgueses, son monjes estajanovistas… tesis, antítesis, ¡síntesis!

Don Víctor: medieval, comunista, ¡burgués!

Don Hugo: Producen obras maestras hasta la extenuación… ¡como Alfredo Kraus!

Don Víctor: ¡El rendimiento capitalista!

Versos

Don Víctor: Yo ya estoy preparado, don Hugo. Dispare si quiere.

Don Hugo: “Padre, maestro y camarada”.

Don Víctor: Bien fácil: “Redoble lento por la muerte de Stalin”, de Rafael Alberti. Bien, ahí va el mío: “… y la Falange, ¡proyección / de la mano de Franco sobre el hispano Mapa!”

Don Hugo: Eso está chupado: “Prólogo para una fiesta de cine y de verso”, de Eduardo Marquina. Prepárese: “Rusia y España, unidas como fuerzas hermanas”.

Don Víctor: Pan comido: “Rusia”, de Miguel Hernández. Voy: “La sonrisa de Franco resplandece”.

Don Hugo: Eso es de “Francisco Franco”, de Manuel Machado. A cubierto, don Víctor, que va otro misil: “Si mi pluma valiera tu pistola”.

Don Víctor: Me rindo, don Hugo; de todos los versos citados, es el único bueno, por más que sea atroz. Es, por supuesto, del otro Machado.

Don Hugo: Leyendo estas cosas, don Víctor, nadie diría que “la poesía es un arma cargada de futuro”, como escribiera luego Celaya.

Don Víctor: Hombre, es que estas barbaridades sólo se explican en el contexto de una guerra civil, en que todos enloquecen… ¡Y pobre de aquél que no enloquezca con los demás!

Don Hugo: Si ya lo dijo Chiquito: “¡Un mal día lo tiene cualquiera!”

Persas, turcos y rusos

Don Hugo: Muy bonito, todo precioso, pero ¿no le cargaba a usted un poco ese último acto con esa sucesión inacabable de distintos personajes de cuento presentándose uno tras otro?

Don Víctor: Tiene usted razón, don Hugo, casi me estaba volviendo yo más durmiente que la Bella Durmiente.

Don Hugo: Yo me he sorprendido cavilando otras cosas, ajeno a ese Shrek avant la lettre y a las evoluciones del Gato con Botas.

Don Víctor: Cuente, cuente… que lo veo venir.

Don Hugo: Pensaba yo, don Víctor, si hay algo más  francés que el Gato con Botas…

Don Víctor: Pues, hombre, tanto como las mismísimas fábulas de La Fontaine.

Don Hugo: A eso voy, que seguro que el público ruso recibió al personaje de Perrault con gran alborozo.

Don Víctor: Claro, porque lo reconocía como propio. Y los de los palcos, lo habían leído todos de niños ¡y en francés!

Don Hugo: Entonces, ¿a qué viene esta martingala que de vez en cuando nos endosan, y ahora quizás más que nunca, de que los rusos son más asiáticos que europeos? 

Don Víctor: Es verdad… se les quiere atribuir el papel, entre temible y grotesco, del bárbaro oriental, que tan bien desempeñaron, antes que ellos, turcos y persas.

Don Hugo: ¡Lástima que las señoras se hayan vuelto tan frioleras!

Don Víctor: Siempre lo fueron… pero, dígame, don Hugo, qué tiene que ver eso con Tchaikovski?

Don Hugo: Pues que veo que me voy a quedar con la espinita de no conocer en directo las perspectivas barrocas, ¡tan romanas!, de San Petersburgo

Tintinólogos

Don Víctor: Pero cuente, cuente, don Hugo, lo de esa comida que le han tenido que pagar sus hijos tintinólogos… ¡El mundo al revés!

Don Hugo: Creían saberlo todo y se apostaron conmigo una comida a que yo no sabría nada de Tintín, que ellos no supieran.

Don Víctor:¿No sería sobre la diferencia entre Hernández y Fernández, verdad?

Don Hugo: ¡Quia, don Víctor…! ¡Lo de la diferencia del mostacho lo vieron desde pequeños, hombre!… Les pregunté sobre los Hermanos Pájaro.

Don Víctor: Pero eso es pan comido, don Hugo: el uno es calvo y el otro usa cabello descapotable, como Anasagasti.

Don Hugo: ¿Y a quiénse parecen en eso y en todo lo demás estos hermanos? … Va a resultar, don Víctor, que también usted va a tener que convidarme…

Don Víctor: Hombre, yo siempre le invitaré con mucho gusto, pero que conste que con usted nunca me apuesto nada.

Don Hugo: Pues entonces, ¡al grano! Los Hermanos Pájaro toman la imagen de los Hermanos Machado.

Don Víctor:¡Atiza, pues es verdad!… ¡Todo un descubrimiento! Seguro que Hergé vio en la prensa aquella foto tan conocida de los célebres dramaturgos españoles.

Don Hugo: ¿Y qué le parecería a usted que la Fundación propusiera al Ministerio de Cultura dar el nombre de “Hermanos Machado” a alguna sede del Instituto Cervantes?

Don Víctor: ¡Qué bello sería volver a soldar ese hueso que la Guerra Civil fracturó!

Piojos

Don Víctor: ¿Será cierto lo que Galdós pone en boca de Cabrera, que si quería eliminar a media España, era sólo por suscitar el miedo suficiente en la otra media para poder gobernar?

Don Hugo: ¡Quién sabe, don Víctor!… Sonesas cosas que dicen los salvapatrias.

Don Víctor: Parece mentira, don Hugo, que todavía no se haya superado la vieja oposición entre campo y ciudad. Es lo que se contaba en mi familia, que en el campo todos eran carlistas y Pamplona, en cambio, liberal.

Don Hugo: ¡La levítica Pamplona!, que diría Baroja… pues ¡cómo serían entonces los de la Cuenca!

Don Víctor: Fíjese lo que decía mi abuelo a propósito del diario “El pensamiento navarro”: que era una contradicción, pues o era pensamiento o era navarro… ¿Sabe que luego ha habido quien se lo atribuyó a Baroja?

Don Hugo: Es lo que cuenta Víctor Hugo a propósito de la Vendée: “En las ciudades se es francés y en los pueblos se es bretón”.

Don Víctor: ¡Y qué bonito es, desde el extranjero, simpatizar con los ingenuos lugareños, esos buenos salvajes rousseaunianos!

Don Hugo: “… que hablan una lengua muerte, lo cual es una tumba para su pensamiento, devotos del altar y también de la alta piedra misteriosa… queriendo con unción a sus reyes, a sus señores, a sus curas y a sus piojos”.

¡No es eso, no es eso!

Don Víctor: Eso sí que es puro pensamiento mágico, don Hugo. Se creen que las cosas que funcionan, funcionan porque sí, que se pueden trastocar los elementos y mecanismos caprichosamente, y que todo da igual.

Don Hugo: ¡Cómo igual!… pero cómo se atreve usted, don Víctor… ¡Muchísimo mejor! ¡Han introducido una genialidad… teatro de vanguardia… a partir de materiales de derribo como “La Verbena de la Paloma”!

Don Víctor: ¿Cómo va  a funcionar una comedia si destruimos su estructura básica, su esencia antropológica, que es la perturbación del orden natural de las cosas desde el momento en que el viejo, abusando de su poder, pretende arrebatar al joven el amor de la muchacha?

Don Hugo: ¡Un don Hilarión joven y guapo!

Don Víctor: Si se confundía con Julián… ¡como si se tratara de dos gallos!

Don Hugo: ¿Dónde queda entonces el patetismo del viejo abofeteado?

Don Víctor: Lo grave no es que así se traicione el argumento, sino que se blasfema contra la divinidad que preside la comedia… ¡Qué soberana ignorancia!

Don Hugo: Resulta que así conseguimos quitarle toda la crueldad y el picante a esta zarzuela, pretendiendo justamente lo contrario: romper, sorprender, inquietar…

Don Víctor: Con la intención de aggiornare,  con audacia y originalidad, una obra decimonónica, llegamos a un resultado pacato, soso, anodino y romo.

Don Hugo: Para qué darle más vueltas cuando todo el mundo lo entiende: ¡la juventud pertenece a la juventud!

Don Víctor: Pues entonces usted y yo, don Hugo, como le dicen a don Matías…

Don Hugo: ¡Ése es de “Doña Francisquita”!

Don Víctor: “Apliquémonos el cuento.”

¿Quién dijo «vino»?

Don Víctor: ¡Maravilloso, maravilloso, don Hugo! Desde luego estos arquitectos de ahora les dan mil vueltas a todos los que los han precedido. ¡Déjese usted de gigantes como los de Giulio Romano que, en su guerra contra los dioses, destruyen a patadas palacios colosales…!

Don Hugo: … o ese inútil de Sansón removiendo las columnas del templo  para que todo se venga abajo…

Don Víctor: Ahora los arquitectos son capaces de diseñar unos edificios enormes que se destruyen por sí solos.

Don Hugo: Fíjese usted, don Víctor, en estas magníficas bodegas. El arquitecto se ha mostrado aquí más genial que nunca: en lugar de enterrar las naves al abrigo de la luz, el calor, el ruido y el movimiento, los vinos madurarán en esa quimera ingrávida que levita sobre el paisaje, vibrante montaña rusa armada de chapas metálicas y luminosas vidrieras…

Don Víctor: Entonces, ¿es que ahora el vino se bebe mareado?

Don Hugo: ¿Qué importancia tiene eso? Lo relevante es la próxima etiqueta de diseño que en adelante llevarán las botellas.

Don Víctor: Las marquesinas se vuelven del revés como los paraguas, las planchas de metal se rizan y restallan, retiemblan las vidrieras, se tensan los tirantes de acero…

Don Hugo: Calle, calle, don Víctor, y ¡cuerpo a tierra, que se nos lleva a nosotros también el estro huracanado de Fran Gehry!

HABLEMOS BONITO

Don Víctor: No sé si voy a volver porque el último día discutí con la monitora.

Don Hugo: ¡Tenga usted paciencia, don Víctor!, que ha de completar su rehabilitación.

Don Víctor: Pues que no me manden imposibles. Me dijo: “Víctor, te he dicho que respires lento” y cuando le repliqué que podía intentar respirar más despacio, pero no “lento”, casi me expulsa de la sala.

Don Hugo: Esto es una batalla perdida. Al pobre verbo lo han mutilado de sus adverbios. Los adjetivos se han apoderado de todo.

Don Víctor: No, si yo ya me callo. Cuando vino el jefe y puso música para distender el ambiente, como petardeara el altavoz, declaró: “¡Se oye malísimo!”

Don Hugo: Fíjese usted, don Víctor, que a Muñoz Molina un perro le “mira fijo”, que Pérez Reverte “come rápido”, que Juanjo Millás “escribe fácil”. Y lo malo es que lo redactan así y lo publican.

Don Víctor: Eso viene de lejos, don Hugo. ¿Recuerda usted cómo en “La casa verde”, de Vargas Llosa, todo lo “hacen rápido”?

Don Hugo: Esta usurpación de la función adverbial por parte del adjetivo nos lleva a un empobrecimiento conceptual grave. No olvidemos que pensamiento y lenguaje están tan interconectados e intercondicionados, que acaban por ser lo mismo. Este descubrimiento de la psicología científica, ya lo enunciaron los clásicos.

Don Víctor: La cosa no para ahí, don Hugo, pues qué me dice usted de la mengua del léxico… es como para decirle cuatro cosas a mi monitora cuando me mande que “me ponga rápido” a hacer algún ejercicio.

Don Hugo: Sí, la primera, que “rápidamente”.

Don Víctor: La segunda, que “pronto”.

Don Hugo: “inmediatamente”.

Don Víctor: “Enseguida”.

Don Hugo: “Apurándome”, aunque sea un verbo.

Don Víctor: “Ipso facto”.

Don Hugo: Deberíamos empezar a hablar con todos nuestros conocidos e intentar crear un estado de opinión que rescate el adverbio de la extinción.

Don Víctor: Sí, habrá que “trabajar duro”.

Milicianos

Don Hugo: ¡Las vueltas  que da la Historia, don Víctor! Este barrio, en el siglo XVII, era el mejor de Nápoles, trazado en damero y recién estrenado. ¡Si los españoles procuraban no aventurarse fuera de él, tal era la inseguridad del resto de la ciudad!

Don Víctor: Y yo, en cambio, ahora mismo, estoy incluso por sugerirle que volvamos a la calle Toledo, que no me gusta nada la catadura de estos vecinos…

Don Hugo: Pero, don Víctor, si usted y yo parecemos un par de abogados napolitanos.

Don Víctor: Ah, bueno, eso me tranquiliza, don Hugo, pero movámonos un poco, que me está goteando encima esta sábana tendida…

Don Hugo: Es lo que tiene de malo el color local, que será todo lo típico que usted quiera, pero es bastante fastidioso.

Don Víctor: ¡Cómo me recuerda la incomodidad de soportar la ropa tendida dentro de casa cuando tuvimos realojados durante la guerra!… Ustedes, ¿no los tuvieron?

Don Hugo: Sólo una familia de Méntrida un par de semanas, pero en casa de mis abuelos, que era enorme, les tocó un grupo de milicianos y no vea usted las que armaban. ¿Que tenían frío?… ¡pues a hacer astillas de una consola antigua!

Don Víctor: ¡Como en la Bohème!

Don Hugo: ¿Que había que celebrar una victoria de Modesto en el frente?… ¡pues a desvalijar los armarios, a descolgar los cortinones, a asaltar la bodega y a bailar disfrazados y a emborracharse!

Don Víctor: ¡Igual que los mendigos cuando se quedan solos en la casa de Viridiana!

Don Víctor: ¿Que hay que tapar las ventanas por los bombardeos?… pues como ya no quedan ni postigos ni cortinas… ¡hale, se rasgan los retratos de los antepasados y se pegan aquellos lienzos sobre los vidrios!

Don Hugo: ¡Los nuevos iconoclastas!… ¡Muerte a la idolatría!

Don Víctor: El caso es que aquí estamos recordando nuestra infancia en Madrid y, cuando estoy en España, ¡cuántas veces no soñaré que estoy en Italia!