
Don Víctor: Eso sí que es puro pensamiento mágico, don Hugo. Se creen que las cosas que funcionan, funcionan porque sí, que se pueden trastocar los elementos y mecanismos caprichosamente, y que todo da igual.
Don Hugo: ¡Cómo igual!… pero cómo se atreve usted, don Víctor… ¡Muchísimo mejor! ¡Han introducido una genialidad… teatro de vanguardia… a partir de materiales de derribo como “La Verbena de la Paloma”!
Don Víctor: ¿Cómo va a funcionar una comedia si destruimos su estructura básica, su esencia antropológica, que es la perturbación del orden natural de las cosas desde el momento en que el viejo, abusando de su poder, pretende arrebatar al joven el amor de la muchacha?
Don Hugo: ¡Un don Hilarión joven y guapo!
Don Víctor: Si se confundía con Julián… ¡como si se tratara de dos gallos!
Don Hugo: ¿Dónde queda entonces el patetismo del viejo abofeteado?
Don Víctor: Lo grave no es que así se traicione el argumento, sino que se blasfema contra la divinidad que preside la comedia… ¡Qué soberana ignorancia!
Don Hugo: Resulta que así conseguimos quitarle toda la crueldad y el picante a esta zarzuela, pretendiendo justamente lo contrario: romper, sorprender, inquietar…
Don Víctor: Con la intención de aggiornare, con audacia y originalidad, una obra decimonónica, llegamos a un resultado pacato, soso, anodino y romo.
Don Hugo: Para qué darle más vueltas cuando todo el mundo lo entiende: ¡la juventud pertenece a la juventud!
Don Víctor: Pues entonces usted y yo, don Hugo, como le dicen a don Matías…
Don Hugo: ¡Ése es de “Doña Francisquita”!
Don Víctor: “Apliquémonos el cuento.”