Don Víctor: ¡Maravilloso, maravilloso,
don Hugo! Desde luego estos arquitectos de ahora les dan mil vueltas a todos
los que los han precedido. ¡Déjese usted de gigantes como los de Giulio Romano que,
en su guerra contra los dioses, destruyen a patadas palacios colosales…!
Don Hugo: … o ese inútil de Sansón
removiendo las columnas del templo para
que todo se venga abajo…
Don Víctor: Ahora los arquitectos son
capaces de diseñar unos edificios enormes que se destruyen por sí solos.
Don Hugo: Fíjese usted, don Víctor, en
estas magníficas bodegas. El arquitecto se ha mostrado aquí más genial que
nunca: en lugar de enterrar las naves al abrigo de la luz, el calor, el ruido y
el movimiento, los vinos madurarán en esa quimera ingrávida que levita sobre el
paisaje, vibrante montaña rusa armada de chapas metálicas y luminosas
vidrieras…
Don Víctor: Entonces, ¿es que ahora el
vino se bebe mareado?
Don Hugo: ¿Qué importancia tiene eso?
Lo relevante es la próxima etiqueta de diseño que en adelante llevarán las
botellas.
Don Víctor: Las marquesinas se vuelven
del revés como los paraguas, las planchas de metal se rizan y restallan,
retiemblan las vidrieras, se tensan los tirantes de acero…
Don Hugo: Calle, calle, don Víctor, y
¡cuerpo a tierra, que se nos lleva a nosotros también el estro huracanado de
Fran Gehry!
Don Víctor: No sé si voy a volver porque el último día discutí con la monitora.
Don Hugo: ¡Tenga usted paciencia, don Víctor!, que ha de completar su rehabilitación.
Don Víctor: Pues que no me manden imposibles. Me dijo: “Víctor, te he dicho que respires lento” y cuando le repliqué que podía intentar respirar más despacio, pero no “lento”, casi me expulsa de la sala.
Don Hugo: Esto es una batalla perdida. Al pobre verbo lo han mutilado de sus adverbios. Los adjetivos se han apoderado de todo.
Don Víctor: No, si yo ya me callo. Cuando vino el jefe y puso música para distender el ambiente, como petardeara el altavoz, declaró: “¡Se oye malísimo!”
Don Hugo: Fíjese usted, don Víctor, que a Muñoz Molina un perro le “mira fijo”, que Pérez Reverte “come rápido”, que Juanjo Millás “escribe fácil”. Y lo malo es que lo redactan así y lo publican.
Don Víctor: Eso viene de lejos, don Hugo. ¿Recuerda usted cómo en “La casa verde”, de Vargas Llosa, todo lo “hacen rápido”?
Don Hugo: Esta usurpación de la función adverbial por parte del adjetivo nos lleva a un empobrecimiento conceptual grave. No olvidemos que pensamiento y lenguaje están tan interconectados e intercondicionados, que acaban por ser lo mismo. Este descubrimiento de la psicología científica, ya lo enunciaron los clásicos.
Don Víctor: La cosa no para ahí, don Hugo, pues qué me dice usted de la mengua del léxico… es como para decirle cuatro cosas a mi monitora cuando me mande que “me ponga rápido” a hacer algún ejercicio.
Don Hugo: Sí, la primera, que “rápidamente”.
Don Víctor: La segunda, que “pronto”.
Don Hugo: “inmediatamente”.
Don Víctor: “Enseguida”.
Don Hugo: “Apurándome”, aunque sea un verbo.
Don Víctor: “Ipso facto”.
Don Hugo: Deberíamos empezar a hablar con todos nuestros conocidos e intentar crear un estado de opinión que rescate el adverbio de la extinción.
Don Hugo: ¡Las vueltas que
da la Historia, don Víctor! Este barrio, en el siglo XVII, era el mejor de
Nápoles, trazado en damero y recién estrenado. ¡Si los españoles procuraban no
aventurarse fuera de él, tal era la inseguridad del resto de la ciudad!
Don Víctor: Y yo, en cambio, ahora mismo, estoy incluso por
sugerirle que volvamos a la calle Toledo, que no me gusta nada la catadura de
estos vecinos…
Don Hugo: Pero, don Víctor, si usted y yo parecemos un par de
abogados napolitanos.
Don Víctor: Ah, bueno, eso me tranquiliza, don Hugo, pero movámonos
un poco, que me está goteando encima esta sábana tendida…
Don Hugo: Es lo que tiene de malo el color local, que será todo lo
típico que usted quiera, pero es bastante fastidioso.
Don Víctor: ¡Cómo me recuerda la incomodidad de soportar la ropa
tendida dentro de casa cuando tuvimos realojados durante la guerra!… Ustedes,
¿no los tuvieron?
Don Hugo: Sólo una familia de Méntrida un par de semanas, pero en
casa de mis abuelos, que era enorme, les tocó un grupo de milicianos y no vea
usted las que armaban. ¿Que tenían frío?… ¡pues a hacer astillas de una
consola antigua!
Don Víctor: ¡Como en la Bohème!
Don Hugo: ¿Que había que celebrar una victoria de Modesto en el
frente?… ¡pues a desvalijar los armarios, a descolgar los cortinones, a
asaltar la bodega y a bailar disfrazados y a emborracharse!
Don Víctor: ¡Igual que los mendigos cuando se quedan solos en la
casa de Viridiana!
Don Víctor: ¿Que hay que tapar las ventanas por los bombardeos?…
pues como ya no quedan ni postigos ni cortinas… ¡hale, se rasgan los retratos
de los antepasados y se pegan aquellos lienzos sobre los vidrios!
Don Hugo: ¡Los nuevos iconoclastas!… ¡Muerte a la idolatría!
Don Víctor: El caso es que aquí estamos recordando nuestra infancia
en Madrid y, cuando estoy en España, ¡cuántas veces no soñaré que estoy en
Italia!
Don Víctor: ¡Lástima que esta vez no hayamos podido conseguir localidades con buena visibilidad!
Don Hugo: Pues sí, don Víctor, porque me barrunto que con estos montajes de ahora, podríamos contemplar, por primera vez, el acuchillamiento de Arturo a manos de Lucia, en el lecho nupcial.
Don Víctor: ¡Atiza, don Hugo, un crimen “de género” al revés!… Por una vez una ópera correcta…
Don Hugo: … o sea inclusiva… ¿También han desdoblado los géneros para referirse a los escoceses y las escocesas, los invitados e invitadas, los criados y las criadas, los soldados y soldadas, los clérigos y las clérigas, los católicos y las católicas, los protestantos y las protestantas…
Don Víctor: Mucho me temo que sufra tanto la métrica que ni la música de Donizetti lo aguante…
Don Hugo: Ésa es la ventaja de la Constitución Bolivariana… ¡que está en prosa!
Don Víctor: Ya lo dijo la ministra Aído: que si los miembros, que si las miembras…
Don Hugo: Querrá usted decir la ministra Aída… ¡como la de Verdi!
Don Víctor: ¡Cuánto bombo le dieron los periodistas!
Don Hugo: Las periodistas y también los periodistos.
Don Víctor:Y fíjese que en cambio Safo ya no es poetisa.
Don Hugo: ¿Ah no…?, ¿a qué se dedica ahora?
Don Víctor: Pues ahora resulta que es poeta.
Don Hugo: No hay quien entienda nada… Yo, por mi parte, me abono a la postura de doña Delphine Seyrig.
Don Víctor: ¡Atiza!… si ésa es la feminista más radical de la Nouvelle Vague y el 68 para acá…
Don Hugo: Sí, pero al menos deja en paz al lenguaje. Cuando dice “acteur”, se refiere a todos.
Don Hugo: Los
planos son de una belleza cautivadora.
Don Víctor: Y hay
algunos movimientos de cámara que le cortan a uno el hipo.
Don Hugo: Uno comprende entonces cómo se fue poniendo en pie el discurso
cinematográfico tras el que iban todos los demás. Eso es innegable, pero…
Don Víctor: Como buen precursor, Eisenstein es siempre épico. Todo
lo que trata lo hace grande.
Don Hugo: Sí, sí, ¿cómo negarlo?, pero… ¿no le parece a usted,
don Víctor, que su mensaje político-social no está a la altura ni del
tratamiento cinematográfico ni de la talla de genio que se le atribuye y que,
por otra parte, le corresponde?
Don Víctor: Claro, don Hugo, pero me habla usted de algo
extra-artístico, ¡de política!
Don Hugo: ¡Pero es que el cine de Eisenstein es siempre político! Y
sus argumentos no pasan de ser consignas elementales, zafias, maniqueas y
reduccionistas.
Don Víctor: Es verdad que Kerenski, por poner un ejemplo, es
caricaturizado al extremo. ¡Si es más pelele que el pelele de Goya!
Don Hugo: A cualquier persona con dos dedos de frente y con un
mínimo espíritu crítico, estos planteamientos resultan insultantes.
Don Víctor: Usted lo ha dicho, don Hugo. El arte suele ser mitad
producto del artista y mitad, mal que nos pese, producto de quien lo encarga y
estas películas estaban destinadas a las masas populares rusas, y no le digo lo
que eran las masas populares rusas que acababan de salir de la servidumbre y de
la guerra…
Don Hugo: Será eso, don Víctor, pero… entonces, ¿Eisenstein me
tiene que gustar o no me tiene que gustar?
Don Hugo: ¿No me diga
usted, don Víctor, que aún no ha terminado la lectura de «Sueño y
Mito» de Karl Abraham?
Don Víctor: Me va a
perdonar usted, don Hugo, pero le confieso que ni siquiera he podido empezar.
Don Hugo: Pero, ¿cómo es
posible?… Así, ¿cómo va usted a entender nunca la base onírico-infantil de
todo mito?
Don Víctor: Justamente no
tengo ojos ni tiempo más que para leer unos libros de historiales clínicos que
me han llegado entre los papeles de mi tío Conrado, el de Bilbao.
Don Hugo: ¡Peor me lo pone
usted, don Víctor!
Don Víctor: Calle, calle,
que le he traído algunos extractos cuyo principal valor es que son literalmente
auténticos. Escuche y tenga en cuenta que se trata de historiales clínicos
donde recoge lo que le decían sus pacientes. Vamos allá: Uno: «No le
molestan los zapatos».
Don Hugo: Clarísimo: libre
de toda represión sexual…
Don Víctor: Dos: «Se
mareó, se cayó, se levantó y tenía hepatitis».
Don Hugo: Eso es como en la
«Antología del Disparate»: «Arquímedes se metió en la bañera,
sufrió un empuje hacia arriba, miró y vio que era un principio»…. Eso es
como una revelación en el contexto de un mito. Por ejemplo, Sigfrido
entendiendo de repente el lenguaje de las aves.
Don Víctor: Tres:
«Dieta de adelgazamiento con diuréticos, laxantes y hormonas, y en ese
tiempo fallece su madre».
Don Hugo: El paciente
establece la típica relación causal de orden mágico entre su carácter
anal-explosivo y la eliminación de la madre.
Don Víctor: Cuarto:
«El estrés le riza el pelo».
Don Hugo: La ansiedad que
le genera su complejo de Edipo se traduce en rebeldía capilar, símbolo del
enfrentamiento a la autoridad del Padre… yo lo denominaría «complejo de
Absalón», variante del de Edipo.
Don Víctor: Cinco:
«Habla por teléfono con la mujer y con la amante».
Don Hugo: Manifiesta el
típico conflicto de todo hombre civilizado entre principio de realidad y
principio de placer.
Don Víctor: Seis: «Se
pone tirantes porque el cinturón le produce fatiga».
Don Hugo: El cinturón
símboliza la unión matrimonial y los tirantes, por el contrario, la manga ancha en cuestiones morales… en
definitiva, otra manifestación del mismo conflicto precedente.
Don Víctor: Siete:
«Bebe ginebra y la soporta bien».
Don Hugo: Típica regresión
del alcohólico a la fase oral.
Don Víctor: Ocho: «Es
mandona pero duerme bien».
Don Hugo: Esta vez la
regresión es de tipo narcisista autoritario.
Don Víctor: Nueve: «El
cordero y el vino en porrón le producen cólicos».
Don Hugo: Clarísima
somatización del primigenio sentimiento de culpa por la glotonería propia de la
fase oral.
Don Víctor: Diez:
«Suele cortarse las uñas en la playa o en Vitoria».
Don Hugo: ¡Complejo de
castración, desde luego!… pero le confieso que eso de la playa y de Vitoria
me deja desconcertado.
Don Víctor: Once: «Se
encuentra estreñido desde que sus deposiciones no son explosivas».
Don Hugo: La típica
alternancia del carácter dubitativo anal: tanto doy como retengo.
Don Víctor: Doce:
«Mastica bien pero tiene crisis de estornudos que la dejan muy
relajada».
Don Hugo: Mediante el
estornudo, que es espiración, se libera de sus fantasmas. Y lo mejor es que es
consciente de ello. Claramente iba camino de sanar.
Don Víctor: Trece: «Últimamente
abusa menos de las almendras y la mojama».
Don Hugo: Sí, éste también
iba bien, liberándose poco a poco de la mística sublimadora y abriéndose a una
líbido consciente y adulta.
Don Víctor: Catorce:
«Toca la trompeta y canta al mismo tiempo».
Don Hugo: Pero dígame
usted, don Víctor, ¿cuál era la especialidad de su tío Conrado?
Don Víctor: Pues mire
usted, don Hugo, no era psiquiatra, sino internista.
Don Hugo: ¿Sabe usted lo
que le digo, don Víctor?… que ya puede usted devolverme el libro de Karl
Abraham, que no le hace falta para nada… pero eso sí, mañana mismo, tráigame
usted otros catorce apuntes de su tío. ¡Se lo ruego!
Don Hugo: Todo esto deja atrás muchos de los presupuestos clásicos.
Es cierto que el Imperio había derivado hacia una progresiva orientalización,
pero aquí no hubo nunca ruptura.
Don Víctor: Sí, sí, se evolucionaba con naturalidad e incluso se
seguía progresando en muchas cosas… Si no le da vértigo, don Hugo, mire usted
hacia arriba y vaya siguiendo cada una de las inmensas oquedades que se van
escalonando de bóveda en bóveda hasta la cúpula.
Don Hugo: Es como un firmamento inconmensurable y agitado por una
expansión indefinida…
Don Víctor: La cúpula flota sobre el anillo de luces perforadas en
su contorno, que hacen brillar millones de teselas titilantes.
Don Hugo: Qué milagro que cuando alrededor del Impero Oriental todo
se venía abajo y se ensombrecía, esta civilización se mantuviera a flote y
deslumbrara por siglos…
Don Víctor: ¡Casi otros mil años!
Don Hugo: … a todos los pueblos vecinos y lejanos.
Don Víctor: ¡Y que aquello tan bonito tuviera al final que
desaparecer!
Don Hugo: Pero, don Víctor, si se está usted poniendo pálido.
Hombre, que eso es agua pasada… Consuélese, que por lo menos pudimos salvar
Italia.
Don Víctor: Si no es eso, don Hugo, no es eso, si es que me siento
como abducido hacia las alturas y me está entrando un vértigo, que estoy a
punto de perder el sentido.
Don Hugo: Usted, tranquilo y con los pies en el suelo, que yo le
sujeto.
Don Víctor: Pues, este verano, uno de mis hijos se ha ido a
Tailandia con toda la familia y la chica con la suya a la Isla Mauricio.
Don Hugo: Pues los míos, ¡otro tanto! El arquitecto, con los suyos,
a las Seychelles, y la niña, con el marido y el hijito, a Cancún. Si nos llaman
a su madre y a mí aburridos y todo, sólo porque hemos estado en la Umbria.
Don Víctor: ¿Y qué se le puede haber perdido a un hijo nuestro en
Tailandia, que sea mejor que los frescos de Simone Martini en Montefalco, allí
cerca de Foligno?
Don Hugo: Pues unos cuantos horrores prolijos y abigarrados de mil
colores que no casan y que no sabe uno si es la última ocurrencia de un
millonario que empezó hace quince años como chico de los recados o un templo
ancestral de una remota civilización de la que no sabemos nada.
Don Víctor: Es verdad, ¿qué les pueden decir esas cosas? Todo
parece barato y falso, de cartón piedra, como en un parque de atracciones.
Don Hugo: Son los tiempos, don Víctor. Nosotros seríamos como ellos
si ahora mismo tuviéramos su edad.
Don Víctor: Yo nunca me movería por gusto fuera del limes romano,
la verdad. Si es que lo tiene todo… ¡hasta Egipto!
Don Hugo: ¿Y además, en esos países estrambóticos, de qué se puede
hablar con la gente?
Don Víctor: Y además, don Hugo, ¡las cosas que le darán a uno de
comer!
Don Hugo: Pero lo que llevo peor es lo del arte… ¡Qué feo, Dios
mío! Es tal como aquella frase de Balzac… A ver cómo era… ¡Ah, sí!
«Invenciones de un pueblo que, cansado de lo bello -siempre unitario-
encuentra inefables placeres en la
infinita variedad de las fealdades».
Don Hugo: Claro,
si está ya muchísimo mejor, gracias a Dios… y también viene Planes.
Don Víctor: ¡Hombre, qué alegría!… Hacía años que no honraba la
capital con su presencia.
Don Hugo: Está contentísimo… pero, don Víctor, ¿a que no sabe
usted a nombre de quién hemos hecho la reserva?
Don Víctor: Está clarísimo: ¡a nombre del Doctor Planes-Bellmunt,
premio Príncipe de Asturias!
Don Hugo: No, si la reservé yo… pero cuando iba a decir mi
apellido, la señorita me cortó, asegurándome que con «Hugo» bastaba.
Don Víctor: Yo también soy sólo «Víctor» cuando invito a
mis hijos en el Starbucks…
Don Hugo: Yo creo, don Víctor, que la culpa es de José Antonio.
Don Víctor: ¿Primo de Rivera?
Don Hugo: ¡Precisamente! Como el padre agotó el apellido, al hijo
sólo le quedó el nombre.
Don Víctor: Hombre, don Hugo, como mal heredado, la cosa queda algo
lejos…
Don Hugo: Es cierto que entre José Antonio y Felipe median
cincuenta años de políticos con apellido.
Don Víctor: Sí, claro, pero también es verdad que aunque ni usted
ni yo nunca dijéramos «Federico», sí que nos apeábamos al
«Ramón» y al «Juan Ramón».
Don Hugo: Es verdad… Bien mirado, esto de no tener apellido ha de
responder a un afán de rebeldía por parte del joven: yo soy yo, yo solo, sin
gremio ni cuerpo, ni gens… ¡como Napoleón!
Don Víctor: Eso antes de que se colara por detrás toda la caterva
corsa de los Bonaparte.
Don Hugo: ¡Y qué bien rima el joven héroe con el tuteo revolucionario!
Don Víctor: Vamos, que cuando entremos en el restaurante, lo a
gusto que se va a quedar usted después de proclamar en voz alta como un tribuno
de la plebe: «Tenemos mesa reservada a nombre de Hugo!»
Don Hugo: ¿Ve,
don Víctor?… ¡Aquí han estado unos españoles!
Don Víctor: No me
diga, don Hugo. ¿Cómo sabe que no eran extranjeros?
Don Hugo: Observe; no hace falta que se agache usted para reconocer
estos montículos-testaccio.
Don Víctor: Lo admito: está «testada» la presencia de
rumiantes hispánicos.
Don Hugo: Qué duda cabe que las pipas son el pienso que nos
distingue en Europa…
Don Víctor: … con tanta indiscreción que Sherlock Holmes podría
deducir de cada montón el sexo, la edad, la complexión física, el origen social
y el tiempo que han pasado los comensales en este banco.
Don Hugo: La nacionalidad la habría deducido el mismo Watson por el
desprecio de la papelera y de los que vengan detrás.
Don Víctor: Y lo peor es ver la escena: escupitajo va, escupitajo
viene… y venga dedos metidos en la boca…
Don Hugo: ¡Qué escena tan primitiva!… y no se me soliviante, don
Víctor, que por esta vez no le sacaré a Freud.
Don Víctor: Incluso más que de primitivismo, yo hablaría de un
bienestar primigenio que nos asemeja al animal satisfecho en situación
reposada, rumiando o comiendo tranquilamente, sin necesidad de pensar en nada y
menos de hablar.
Don Hugo: Hay otro pueblo primitivo que ha encontrado otro placebo
oral, y por tanto infantil, que es sublimación de la succión del lactante…
Don Víctor: Pare, don Hugo, que para hablarme de los americanos y
su chicle no hace falta que nos echemos al monte.