Citas de autoridad

Don Hugo: ¡No me lo recuerde, don Víctor!… que aún me sulfuro y mire que han pasado años…

Don Víctor: Siento haberlo mencionado, pero es que como ahora su relación con Isidro Cuenca parece tan pacífica…

Don Hugo: Sí, claro, pero es porque yo renuncié a hacer el menor intento de argumentar, de convencerlo, de conmoverlo, de compensarle incluso… al cabo constaté que es un cenutrio: que si se le ocurre decir “no”, ya puede hundirse el mundo.

Don Víctor: Para mí también, don Hugo, ha sido un aprendizaje amargo y tardío desengañarme de la supuesta perfectibilidad del ser humano en todas sus edades…

Don Hugo: Esto nos ocurre por no acabar de creernos las enseñanzas de Watson. Si usted inscribe sobre la tabula rasa de un neonato  la terquedad, la estulticia y la indiferencia a la experiencia, eso no lo mueve ya ni el doctor Freud con toda su psicodinámica… ¡y mire usted que Watson es el ambientalista por excelencia…!

Don Víctor: Sí, ¿a qué nos llevan cuando personas así  se convierten en nuestro obstáculo?… A rodearlas, a prescindir de ellas, a actuar por otro lado… Todo lo demás son como las calabazadas de Lazarillo en el puente de Salamanca… pero seguro, don Hugo, que tiene usted alguna cita de autoridad que me refrende.

Don Hugo: “Lo que no pue ser no pue ser, y ademá eh imposible”, que dijo el Gallo.

Autocrítica

Don Víctor: Que lo hagan otros partidos, lo comprendo, pero siempre me llamó la atención en la Democracia Cristiana… ¡”Autocrítica”!… ¿No estaba en su cultura el “examen de conciencia”?

Don Hugo: Sí, claro, don Víctor, pero ¿es que puede usted imaginarse, por ejemplo, a Andreotti, dirigiéndose al cónclave de su partido, diciendo: “Hermanos., los resultados electorales nos han sido adversos… ¡Os invito a hacer examen de conciencia!”

Don Víctor: Hombre, muy moderno no quedaría…

Don Hugo: En cambio, la terminología marxista se nos aparece como científica.

Don Víctor: Pero si los marxistas, precisamente, lo tienen copiado todo de la Compañía… Es cierto que el “dolor de corazón” lo ignoran, pero no me negará usted, don Hugo, que la “reeducación” es…

Don Hugo: el “propósito de enmienda”.

Don Víctor: La “rendición de cuentas al Comité” es…

Don Hugo: “decir los pecados al confesor”.

Don Víctor: ¡Muy bien, don Hugo!… y “cumplir la penitencia”…

Don Hugo: ¡El Gulag!

Dichosos pinos

Don Víctor: No dejo de sentirme, don Hugo, como uno de esos muñequitos que ponen en las maquetas de las nuevas promociones inmobiliarias.

Don Hugo: Es verdad… ¡aquí todo es tan grande!

Don Víctor: ¿Pero no le parece que este río tan canalizado y tan regulado es un estanque con forma de río?

Don Hugo: Hombre, ya sabe usted, don Víctor, que este Manzanares no da para mucho…

Don Víctor: Este camino tan perfecto, estas pasarelas modernas y caprichosas… no sé… se me antoja una de esas nuevas ciudades improvisadas en los Emiratos Árabes…

Don Hugo: Para mí, que lo mejor son estas plantaciones: verde en lugar de la autopista de circunvalación.

Don Víctor: No se lo niego, no se lo niego… pero ¿estos pinitos?… ¿Qué pintan aquí en la ribera del supuesto río?

Don Hugo: Lleva usted razón, don Víctor, el pino ni refresca ni da sombra ni atrae a los pajaritos… pero los ingenieros determinaron que como es un árbol que crece bien entre los peñascos y aquí abajo hay hormigón, eran los más indicados.

Don Víctor: Pues qué quiere que le diga, don Hugo… Para mí no deja de ser un disparate. ¿Por qué no consultaron previamente con un paisajista si se trataba de recrear un paisaje natural?

Don Hugo: ¿Pues por qué ha de ser, don Víctor? Por la soberbia humana… Yo hago lo mío que es una proeza técnica y, luego, quien tenga que adornarlo, que se apañe, que no será tan difícil.

Don Víctor: Los hombres somos capaces de transformar el mundo, sí, pero la perfección no es lo nuestro.

De lo mudable de las costumbres

Don Hugo: ¡Vaya, por Dios, don Víctor, otra vez se nos queda corto el tiempo!… A ver si vamos a hacer esperar a las señoras… Ya estarán tomando el aperitivo…

Don Víctor: ¡Y menos mal, don Hugo, que hemos quedado a las tres, que si fuéramos franchutes, no hubiéramos tenido tiempo más que para recoger la entrada!

Don Hugo: ¿Recuerda usted “El castellano viejo”, de Larra?

Don Víctor: Sí, claro, cómo le advierte al Pobrecito Hablador, al convidarlo, de que llegue pronto, que en su casa no se siguen las costumbres extranjerizantes de comer tarde.

Don Hugo: Y también en no sé qué episodio nacional de Galdós, dos cortesanos reprochan a la Reina María Cristina que los haga comer tan tarde, como si La Granja fuera Nápoles.

Don Víctor: ¡Y ahora es todo lo contrario!… Para cuando queremos comer en el extranjero, resulta que ya han cerrado las cocinas, y nos reímos de esos turistas que a las siete de la tarde ya están cenando.

Don Hugo: Ayer fue de aquella manera… hoy, de esta otra…

Don Víctor: ¿Y mañana?… ¿quién puede decirlo?

Don Hugo: Afirma don Claudio: “No tengo por conclusa la fragua de la contextura temperamental de ninguna nación en ningún momento de su historia, y por ello no puedo prescindir del golpear del martillo de la Modernidad sobre el yunque de nuestro Medioevo en la forja de lo hispánico”.

Don Víctor: ¡Inapelable!

Napoleón

Don Víctor: ¿Mo le parece, don Hugo, que todos estas estatuas ecuestres no dejan de ser trasunto de las de los condottieri, de un, pongo por caso, Gattamelata?

Don Hugo: Indudablemente, don Víctor, pero ellos se fijaron en el Marco Aurelio de Roma, tanta era la arrogancia de aquellos capitanes mercenarios…

Don Víctor: No ha habido espadón, general pronunciado ni dictador militar que haya renunciado a la pompa de cabalgar una montura de bronce.

Don Hugo: Sí, pero todos esos a quien de verdad emulan es a Napoleón, que es el padre de cuantos dictadores militares ha arrojado el planeta en todos sus continentes.

Don Víctor: Pues es verdad, don Hugo. ¡Qué duda cabe que de aquel ciclo revolucionario irradiaron grandes y benéficas ideas, pero también otras que fueron contraproducentes.

Don Hugo: Esto es bien cierto… Ahora bien, dígale usted a un francés que si hubo un Franco, por ejemplo, es porque, primero, hubo un Bonaparte.

Don Víctor: Sí, claro, y un Pinochet y un Bánzer y todos los Tiranos Banderas que dio América… Es evidente que hemos copiado mucho a los franceses en los últimos siglos, pero no me había dado cuenta de que también en esto de creernos napoleones.

Don Hugo: Sí, como en un manicomio cualquiera.

Violencia de género

Don Víctor: Déjelo usted, don Hugo, que va a ser el cuento de nunca acabar.

Don Hugo: ¿Qué le parece esto, don Víctor: «No quiso darle cuartelillo»?

Don Víctor: Se trataba sin duda de un número de la Guardia Civil.

Don  Hugo: «El gobierno hace aguas».

Don Víctor: Hombre, son humanos… pero hablar de estas cosas me hace el efecto de aquellas disquisiciones del Quijote sobre si los caballeros encantados en las cuevas de Montesinos hacían sólo aguas menores.

Don Hugo: Tengo más. Escuche: «Me comentó qué coche tenía».

Don Víctor: Más lacónico no puede ser el comentario: ¡una palabra!

Don Hugo: Sigo, don Víctor: «en un ambiente de confrontación entre los partidos».

Don Víctor: Sí, cualquiera tomaría «confrontación» por «guerra» y no por «cotejo».

Don Hugo: Ahora la más extravagante: ¡violencia de género!

Don Víctor: ¡Violencia de género!… y, ¿por qué no «violencia de número» también?,,, «Quedé el catorceavo en la carrera». Dígame usted, don Hugo, si eso no es hacer violencia al lenguaje…

Don Hugo: Es verdad, don Víctor; «violencia de género» sería entonces «el agua envasado», «el sanguinario águila» y «este aula».

Don Víctor: Mi tío José Antonio cayó a un barranco y si no llega a agarrarse a una rama, se nos mata. Cuando le dijeron que gracias a Dios se había salvado, él contestó airado: «Grasias al rama, que a Dios ya le vi intensión«.

Libertad de pensamiento

Don Víctor: Hizo usted muy bien en decírselo, don Hugo, para que vea que no es el único en pensar así.

Don Hugo: Es que es indignante que se nos trate a estas alturas como a menores de edad y se nos censure y enmiende el legado cultural acumulado porque ya no se ajusta a nuestro correctísimo credo actual… Oiga, don Víctor, ¡y que a Boadella se le alegró la cara!

Don Víctor: Un bálsamo para él, que siempre se pelea contra el mundo, igual que a nosotros nos reconforta el ver convertido en esperpento la pretensión de corregir los argumentos de las óperas para que la condición femenina no quede ofendida.

Don Hugo: Bueno… lo que nos pasó en la visita al teatro de la Zarzuela, cuando aquella guía tan encantadora nos quiso convencer de que había que renovar el espíritu del repertorio vistiendo con la vieja música unas nuevas letras inanes que no molesten a nadie.

Don Víctor: Es eso de llenar con vino nuevo los odres viejos.

Don Hugo: ¡Que los revientan!

Don Víctor: Como nos reventaron hace unos años “El asombro de Damasco”, desvirtuando el diálogo entre Alimón con la bella Zobeida, al recortar todas las gracias, ¡tan populares e ingenuas!, a costa de los mahometanos.

Don Hugo: Se nos ha debido de agotar el espíritu crítico…

Don Víctor: Giordano Bruno, Montaigne, Galileo, Voltaire, Rousseau, los Ilustrados… ¡nos han dejado herniados y se ve que ya no sabemos pensar por nosotros mismos!

Don Hugo: Nada, que me siento como un indio americano, necesitado de la protección del buen misionero, que sólo me enseñará lo bueno y me ocultará lo que pueda existir de malo por aquello de que quien quita la ocasión, quita el peligro.

Don Víctor: Tanto criticar a la Inquisición, a la religión católica y nuestras tradiciones y nos ponemos a emular a doña Isabel de Portugal cuando prohibió la entrada en América de libros de caballerías.

Don Hugo: “Porque éste es mal exercicio para los indios e cosa en que no es bien que se ocupen ni lean”.

Don Víctor: ¡Pero qué cabeza tiene usted, don Hugo!… Eso sí, no todos los libros se prohibían porque los había correctos y adecuados.

Don Hugo: “tocantes a la religión christiana o de virtud en que se exerciten y ocupen”.

Disonancia

Don Hugo: Estoy por empezar a gastar peluca y sombrero de tres picos, calzón y paletó…

Don Víctor: Pero, don Hugo, ¿está usted en sus cabales o piensa ya en el próximo carnaval?… ¡Que falta mucho!

Don Hugo: No, don Víctor, es que anoche estuve leyendo a Calonne y… mire, mire, si me entretuve en traducir la cita para comentársela: “No puede darse un paso en este vasto reino sin encontrar leyes diferentes, usos contarios, privilegios, derechos y pretensiones de toda especie… Esta disonancia general complica la administración y multiplica por doquier los gastos y el desorden”.

Don Víctor: Si parece la tercera de ABC que escribió Camuñas el otro día… de manera que volvemos al siglo XVIII.

Don Hugo: Como si nunca hubieran existido los jacobinos… Recuerde usted, don Víctor, lo que me pasó a mí cuando estuvimos en Reinosa, que no quisieron atenderme en el hospital por ser de otra comunidad autónoma.

Don Víctor: ¡Albricias, don Hugo!… que, tras años de negociaciones, deshielos, protocolos, modificaciones legales, consensos y permisos, el hospital de Reinosa se aviene a recibir pacientes de fuera de Cantabria…

Don Hugo: ¡Hombre!, yo que me había jurado no volver en mi vida a Reinosa…

Don Víctor: ¡No tan deprisa, don Hugo, que ese convenio –que parece el pacto de reducción del arsenal nuclear soviético-norteamericano de los años ochenta- no da para tanto. Sólo beneficiará a los lugareños de la comarca palentina limítrofe.

Don Hugo: ¡Se habrán herniado!

El rey sonriente

Don Víctor: Antes los reyes no sonreían nunca. Han empezado a hacerlo desde que ya no son reyes de verdad.

Don Hugo: La única que aún no se ha enterado es la reina de Inglaterra.

Don Víctor: Fíjese usted cómo los reyes de Arabia o de Marruecos no sonríen nunca.

Don Hugo: ¡Toma, porque mandan! Note usted, don Víctor, que si Carlos IV nos sonriera ahora, sería idéntico a Juan Carlos.

Don Víctor: Es verdad, si es que cada vez se le parece más.

Don Hugo: Esperemos que no tenga un final de reinado tan triste, porque al paso que vamos…

Don Víctor: Ya sería irónico, don Hugo, que cuando por fin, en España, vivimos un reinado que garantiza la convivencia democrática de todas las tendencias…

Don Hugo: pues sí, porque siempre hemos estado echándonos al monte.

Don Víctor: … un reinado que combina la pujanza de una economía liberal con la protección social…

Don Hugo: pues sí, se acabaron los anarquistas incendiarios y la prepotencia de los señoritos.

Don Víctor: … un reinado que ha sometido definitivamente al Ejército al poder civil…

Don Hugo: pues sí, ¡tanta asonada, Juntas y ruido de sables!

Don Víctor: … un reinado que sanciona un Estado laico…

Don Hugo: pues sí, sin quema de conventos y sin nacionalcatolicismo.

Don Víctor: … un reinado que da satisfacción equitativa a las aspiraciones de autogobierno de las regiones…

Don Hugo: “Equitativa”… ¡ahí les duele!

Don Víctor: … un reinado, en definitiva, que encaja todas las piezas de un rompecabezas endemoniado… pues ya sería irónico, digo, que…

Don Hugo: No siga usted, ¡ni mentarlo! Hay que quedarse con el rey sonriente.

Individualismos

Don Víctor: Mire, mire, don Hugo, ya he encontrado eso de Américo Castro… Permítame que lo lea, sin citar de memoria: «Aquí llamamos individualismo a la ausencia de leyes obedecidas de buen grado y a hacer -como decía Ganivet- «lo que me dé la gana».

Don Hugo: Pues eso, don Víctor, que nos creemos individualistas cuando somos tan sólo incívicos.

Don Víctor: La verdad es que los españoles somos un pueblo muy sociable y hasta asociativo… Nos falta tiempo para echarnos a la calle y encontrarnos con los demás…

Don Hugo: para coincidir en los bares e incluso para pasarnos todo el año, invirtiendo nuestro tiempo, nuestro esfuerzo, nuestra paciencia y nuestro dinero, en preparar la fiesta de Moros y Cristianos…

Don Víctor: … la chirigota del próximo Carnaval…

Don Hugo: … los alardes…

Don Víctor: … la procesión de Semana Santa…

Don Hugo: … El Belén viviente de mi pueblo…

Don Víctor :… los castellets…

Don Hugo: … la peregrinación al Rocío…

Don Víctor: … la Feria de Abril… ¡Pocos países tan amigos de organizarse sin que nadie se lo mande!

Don Hugo: Ahí está… ¡sin que nadie se lo mande!… Como nos lo manden, se acabaron las casetas del Real de la Feria, la romería, los castellets y sus castellers, el Belén, la procesión, el alarde, la chirigota, los Moros y los Cristianos.

Don Víctor: ¡Qué malo le supo a aquel guía napolitano de Pestum cuando usted se separó del grupo para deambular a su gusto y a sus anchas entre los templos y para sacar así sus propias conclusiones, mientras aquel público internacional aguantaba aquella verborrea llena de vulgaridades!… Lo spagnolo solitario!, masculló entre dientes mientras volvía usted hacia nosotros, tan orondo.

Don Hugo: Si es que… ¡estoy hecho todo un individualista!