Don Víctor: Ya lo ve usted, don Hugo, para menda, por el sistema UHP.
Don Hugo: ¿UHP? ¿»Uníos, hermanos proletarios», como en la guerra?
Don Víctor: Pues, claro. Lo mismo que he encontrado estos cinco Euros en la butaca del teatro, aquellos milicianos se encontraban objetos que les apetecían en las casas burguesas que registraban o donde practicaban detenciones.
Don Hugo: ¿Y el método ese, don Víctor?
Don Víctor: Pues eso: me gusta, lo echo al saco y proclamo: «Pa´l hermano proletario».
Don Víctor: Oyendo este magnífico parlamento, me acuerdo de aquella película de los Taviani que tanto nos gustó…
Don Hugo: ¿No sería entonces «Good morning, Babilonia», claro está?
Don Víctor: Quite, quite, don Hugo. Me refería a «Cesare deve morire».
Don Hugo: Ah sí, aquellos presos desahuciados que, merced al teatro de Shakespeare, se sumergen en un baño purificador, dejando de ser ellos mismos para convertirse en unos personajes sublimes y desde ahí poder proyectarse como nuevas personas.
Don Víctor: Dicen lo que nunca se les habría ocurrido decir. Piensan lo que no se hubieran atrevido a pensar. Acometen lo que nunca osaron. Crecen infinitamente más grandes que lo que fueron.
Don Hugo: Sí, sí, don Víctor, tiene usted razón: escapan a la fatalidad de su destino hasta ser capaces de construirse uno nuevo.
Don Víctor: Desde su origen griego, el teatro es edificante. Forma personas civilizadas, plantea conflictos reconocibles, dilemas morales, combate el caos y la irracionalidad…
Don Hugo: Sí, es la conciencia personal y colectiva tomando conciencia de ella misma y afirmando la dignidad del hombre.
Don Víctor: No en vano los mismos griegos, que aspiraban a ser los más humanos de los hombres, se complacían tanto en aquellos ciclos que oponen el ser racional a los minotauros, a los centauros, a los bárbaros…
Don Hugo: Yo es lo que le tengo dicho a mi nieto Javierino, que escoja «Teatro» en el Instituto y que si en «Valores Éticos» tiene que copiar, ¡pues que copie!
Don Víctor: Ha sido muy duro, pero es cierto que tenía que verlo.
Don Hugo: Usted y yo estamos en la obligación de verlo todo. Mire que escuchábamos con devoción su discurso de que el arte se sustenta en la técnica y el estilo y que muy poco o nada tiene que ver con la emoción.
Don Víctor: Este dramático episodio de Chile es la única interpretación en que Kraus hubo de interrumpir su canto, desbordado por la emoción… luego sí que tenía que ver con el arte…
Don Hugo: Hombre, claro, don Víctor… ¡eso no se discute! El buen hacer técnico está al servicio de suscitar las emociones en el espectador, que para eso va al teatro, pero el artista, que se ha emocionado previamente al estudiar la obra, ha de ser capaz de analizarla y elaborar su interpretación para obtener el mejor efecto entre el público.
Don Víctor: Sí, si ya lo decía el propio Kraus, que hay que ir a escena bien llorado, pero incluso él demostró aquí su fragilidad.
Don Hugo: Es muy revelador que fuera con un tango… Kraus pasó toda su vida luchando peligrosamente con sus personajes, como Jacob con el ángel, a la vista del público, rozando siempre la muerte…
Don Víctor: ¡Aquellos rinforzandi de los Cuentos de Hoffmann!
Don Hugo: ¡Aquel pianissimo de «Au souffle du printemps»!
Don Víctor: ¡Los nueve sobreagudos de «La fille du régiment»!
Don Hugo: Eso es indiscutible. Nunca le vencieron los ángeles… ahora bien, ¿qué demonio no habrá escondido en las canciones populares?… y más si uno las hizo carne propia en la infancia o en la primera juventud?… Ya lo dice Leblanc: que la historia de la canción es la historia universal de los sentimientos…
Don Víctor: ¡Ah!, si lo dice Leblanc…!
Don Hugo: Para el inconsciente no pasan los años. El Demonio puede dormir, pero nunca muere, a la espera de despertar en el momento oportuno.
Don Víctor: Tiene usted razón, don Hugo. ¿Cómo explicar si no que a los pocos minutos se repusiera y fuera capaz de coronar el concierto con su proverbial «La donna è mobile» y su prolongado agudo final.
Don Hugo: Estaba yo pensando en don Antonio Bienvenida, que tanto nos gustaba y que también hizo alarde de técnica consumada… cómo al final se dejó matar en una capea por una pobre vaquilla…Don Víctor: Éste es el hombre, don Hugo, por más que sea un héroe. ¿No acabó una teja con el temible Cyrano?
Don Víctor: Después del Japón, el segundo mayor consumidor de
pescado del mundo.
Don Hugo: Bien se conoce que hemos llevado siempre muy a rajatabla
eso de la vigilia.
Don Víctor: Los siglos que nos habrá tomado distinguir el bor bor del pil pil.
Don Hugo: ¿Bor bor con el
bacalao? ¡Nunca, hombre, que se arrebata!.. Pero no queda ahí la cosa,
¡quia!… Piense usted en la esqueixada.
Don Víctor: ¡Y en los soldaditos de Pavía que hacen en casa!
Don Hugo: Sí, sí, don Víctor, pero cuando nos endilgaban, de
chicos, la cucharada de aceite de bacalao para que creciéramos sanos…
Don Víctor: ¡No me lo recuerde usted, don Hugo!, entonces pensaba yo
que más valía quedarse canijo.
Don Hugo: El otro día, esperando el metro en Goya, reparé en ese
capricho titulado «Hasta la muerte».
Don Víctor: Ah sí, esa vieja, más seca que un bacalao, empolvándose
para seducir a los jovenzuelos que se mofan por detrás.
Don Hugo: A lo que iba, don Víctor, que esos polvos serían de
harina de bacalao…
Don Víctor: … los que
gastaban en la época.
Don Hugo: Vamos, como para darle un beso…
Don Víctor: Lo que le pasó a aquel aduanero que, no sabiendo qué
concepto aplicar a una momia egipcia de importación, la probó con el dedo y,
como le supo a bacalao, le aplicó el arancel de aquella pesca.
Don Hugo: Qué gracioso ese chiste del final de «Las de
Villadiego», cuando hablando del tiempo que hace en Escocia, dice aquel
personaje que a los cinco minutos de salir uno a la calle, ya «va
calao».
Don Víctor: «¿Bacalao? ¡Entonces no hay duda de que es de
Escocia!»
Don Hugo: Pero, bueno, don Víctor, a mí no me la da usted. «Te
conozco, bacalao, aunque vengas disfrazao». Usted no me ha traído a
Revuelta a las diez y media de la mañana a ilustrarme con su proverbial
erudición.
Don Víctor: Calle, don Hugo… ¡Camarero, dos cañas y dos pinchos de bacalao!
Don Víctor: Para mí que se lo tuvo que
escuchar a Jovellanos en alguna tertulia, y se dijo: “¡Ya tengo frase para la
portada de mis Caprichos!”
Don Hugo: ¿Y
usted cree que de verdad entendió el sentido que tuviere?
Don Víctor: Caben dos interpretaciones
al respecto, don Hugo. Una, que cuando la razón se nubla, emergen de la
oscuridad monstruosas criaturas como los más bajos instintos, la
irracionalidad, la locura, el crimen, la superstición y el horror.
Don Hugo: En definitiva, ¡el
inconsciente!… que nos lleva a la segunda hipótesis. A ver qué le parece: la
razón es la base de la civilización; ésta, indefectiblemente, al reprimir
nuestros instintos animales, nos condena a la infelicidad. Sólo el arte,
permitiendo la expresión, eso sí sublimada y apolínea, de ese inconsciente, nos
restituye a un cierto equilibrio y nos brinda una relativa felicidad.
Don Víctor: Entonces, esos monstruos … ¿son los que hacen posible el arte?
Don Hugo: En cualquier caso, el arte
más genuino de Goya.
Don Víctor: Según la tesis número uno,
Goya comulgaría con el pensamiento ilustrado y sus sombras y caprichos son
denuncias de todo cuanto se trata de abolir; pero según la segunda, Goya, al
dar entrada a lo grotesco para fecundar el arte, inaugura el Romanticismo.
Don Hugo: Entonces, don Víctor,
Neoclasicismo y Romanticismo, en lugar de sucederse, ¡no fueron sino gemelos
heterocigóticos!
Don Hugo: “Y si muero, ¿qué es la vida?
/ Por perdida ya la di / Cuando el yugo del esclavo / Como un bravo sacudí”.
Don Víctor: Qué duda cabe que se trata
del manifiesto poético fundacional del bandolerismo. Hubo que esperar al
Romanticismo para alumbrarlo por más que, previamente, hubiera habido siempre
bandidos.
Don Hugo (cantando): “Y aunque me
cueste la vida / Mi suerte ya echada está / Y si la tengo perdida / Al cabo qué
más me daaaaaa. / La ley me echó a los caminos / Y en ellos la ley soy yo. /
Así lo quiso el destino, / Por eso bandido soy”.
Don Víctor: Sí, claro, la culpa la
tienen siempre los demás; en este caso, el destino…
Don Hugo (cantando): “Me gustan los
peligros / Y juego con la muerte”.
Don Víctor: ¿No habla luego el corrido
de la soledad de ese desesperado?
Don Hugo: Sí, (cantando:) “Llevando la
amargura / De estar solo en el mundo”… Claro, don Víctor, qué enorme poder y
qué libertad no les otorgarán la ausencia de preocupación por la propia vida.
Todo está ya a nuestro alcance… Uno es un Don Juan: mato al comendador, burlo a
su hija, a otra la fuerzo, gano al juego con trampas, ¡me río de Dios y del
Diablo!, a aquél lo amedrento, al otro lo compro y a todos espanto.
Don Víctor: Don Hugo, ¿cómo era aquello
tan atinado que me citó usted de Montaigne?
Don Hugo: “Quienquiera que traiga su
propia aborrecida, será siempre dueño de la del prójimo”.
Don Víctor: En definitiva, todo se
encierra en aquello de “Condenado estoy a muerte / ¡Yo me río!”
Don Víctor: Fíjese, don Hugo… este
Ferrera qué distinto es de Manolete o Luis Miguel, que eran tan delgaditos…
Don Hugo: Sí, basta ver el aspecto
físico de los españoles en las fotos para darse cuenta de cómo hemos engordado.
Fíjese lo que dice el ABC, que somos el segundo país con más gordos de Europa…
Don Víctor: Mire que nos reíamos hace
pocos años de los americanos con sus polícías gordos, sus jueces gordos, sus
enfermeros gordos…
Don Hugo: Sí, y también de los
alemanes, que si sólo sabían comer salchichas y que cocinaban con manteca…
Don Víctor: Nosotros nos creíamos a
salvo con nuestra dieta mediterránea, que era como aquello de hablar en prosa
sin saberlo… ¡lo que habíamos comido toda la vida!
Don Hugo: Y seguimos complaciéndonos
como tontos con esa maravillosa dieta y, sin embargo, nos hemos vuelto gordos
sin darnos cuenta…
Don Víctor: Bueno, y aunque no nos
sirva de consuelo, se puede saber quién es el país que nos gana.
Don Hugo: El Reino Unido, pero no se
preocupe, don Víctor, que estamos a punto de alcanzarlos.
Don Víctor: Sí, don Hugo, aunque con
esto del Brexit, nos volverán a sacar ventaja…
Don Hugo: ¡Qué dice, don Víctor!, ¿no
ve usted que así pasamos a ser los primeros de la Unión Europea?
Don Víctor: ¡Qué visión de futuro la de
Álvarez del Manzano cuando compró aquellas esculturas de Botero para
instalarlas en el Paseo de la Castellana! Hemos acabado pareciéndonos a esos
modelos.
Don Hugo: Como le ocurriera a Gertrude
Stein con los Picassos.
Don Víctor y don Hugo (cantando): “Las
penas, ¡ah!, muy lejos están, / Pero el encanto de aquel momento / En que os
jurasteis amor eterno / Nunca, nunca volverá”
Don Víctor: Esto es casi como lo que
dijo mi primo José Antonio cuando, al acabar el banquete nupcial y retirándose
ya con su flamante esposa a la suite del María Cristina, se dio media vuelta y,
casi llorando, nos espetó: “¡Qué bonito ha sido todo!… Nunca, nunca volverá
un momento así…”
Don Hugo: ¡Atiza, si estoy por
aplaudir! Por lo que sé de su primo, condensó en ese sentimiento toda su
capacidad sensitiva.
Don Víctor: Debieron de inspirarle los
dioses… pero ¿qué tienen esos momentos climáticos que en sí mismos llevan ya la
nostalgia de la pérdida?
Don Hugo: Me viene a la memoria ese
psicólogo holandés…
Don Víctor: ¿Quién, don Hugo, el psicólogo
capicúa?
Don Hugo: No, Staats, ese conductista
radical, no… otro, otro… cuyo nombre se me escapa ahora… Bueno, afirma que eso
del “llorar de alegría” es una falsedad. Sólo podemos llorar por tristeza; lo
que ocurre es que en ciertos momentos de felicidad, inevitablemente evocamos el
pasado acerbo o las penas por venir, y eso es lo que genera nuestras lágrimas,
en un claro ejemplo de relación estímulo – respuesta.
Don Víctor: A lo mejor mi primo estaría
de acuerdo… En todo caso, se trata de esos momentos de eternidad, como por
ejemplo -¿recuerda usted?- lo que nos dijo Fava de que la risa nos hace
eternos, si bien, paradójicamente, se trate de una eternidad efímera, que hay
que renovar periódicamente.
Don Hugo: Otro tanto ocurre con el
triunfo de un torero. Durante la lidia, nos extrae a los mortales de las
coordenadas espacio-temporales y nos traslada a un mundo mítico. Durante su
triunfo, se convierte en familiar de los dioses.
Don Víctor: Es el regalo que nos hace
todo buen arte, ya sea pintura, ya sea escultura, ya sea música, ya sea poesía.
Don Hugo: Ahora bien, reconózcame
usted, don Víctor, que una vez más haya que citar a Freud… Como todo es reductible a la líbido, todo
comportamiento artístico no puede ser más que sublimación del orgasmo y por
ello, tras de él, pero incluso quizás ya dentro de él, en germen, se agazapa,
acechante, la melancolía. Post coitum
homo tristis est.
Don Víctor: Pero, aunque Freud lo
recoja, ¿no se trata de un aforismo de Galeno?
Don Hugo: Ni de Galeno ni de
Aristóteles, como afirman algunos, sino, como mucho, de Constantino el
Africano.
Don
Víctor: ¡Ah!
Don Hugo: Pero a mí la morcilla que siempre
me ha encantado es aquélla de Miguel Ligero como don Hilarión. Dice el personaje,
viendo bailar a la Casta y a la Susana: “¡Ay, quién tuviera veinte abriles… y
lo pasao, pasao!” Añade luego Ligero, o sea el actor: “Bueno, pa pasaos, ¡yo!”
Don Víctor: Y cuánto han estorbado
viejos como él en medio de las comedias, que son trasunto de la vida.
Don Hugo: En el fondo, don Víctor, estos
viejos barboni, estos don Bartolo, son unos infelices, a los que
indefectiblemente burlarán los jóvenes, con la ayuda de un Escapín, que no deja
de ser un diablillo primaveral cuya misión es la regeneración de la vida.
Don Víctor: Sí, pero esos pobrecicos
infelices no hacen más que contagiar su infelicidad a aquéllos a los que
envidian: los jóvenes.
Don Hugo: Se me viene a la memoria lo
que afirma Freud respecto al enfermo de sífilis, que, inconscientemente, busca
infectar a los demás.
Don Víctor: Sí, sí, don Hugo, lo malo
de todo esto es que la comedia, en su recreación idealizada, conjura el
peligro, mientras que, por desgracia, en la realidad a menudo se impone la
prepotencia del viejo adinerado.
Don Hugo: ¡Como en tantos caprichos de
Goya!
Don Víctor: La juventud pertenece a la
juventud; por eso, don Hugo, en lo tocante a nosotros, nada de veleidades y
ante la menor señal de alarma…
Don Hugo: ¿A que no recuerda usted, don Víctor, qué remoquete daban a
Vicente Pastor?
Don Víctor: ¡Cómo no lo voy a saber!…
¡El romano!
Don Hugo: Es que era un torero tan
sobrio, tan seco y tan eficaz, que sugería la figura lacónica de un Escipión.
Don Víctor: Fue un mote más expresivo
que si le hubieran apodado “El español”, que encierra todas esas cualidades.
Don Hugo: Bueno, bueno, lo español da
para mucho más. Si no, pregúntele usted a cualquier turista por qué viene a
España… pues por qué ha de ser… ¡por la fiesta!
Don Víctor: Tiene usted razón, don
Hugo. Esa duplicidad la expresó a las mil maravillas la película “La kermesse
heroica”, de Jacques Feyder, meritoria por muchos motivos y sobre todo por lo
mal que cayó entre los belgas… Irrumpe un español en tromba como un jinete del
Apocalipsis, aterroriza a los prebostes y ya están los Tercios en paso de
parada con chirimías y atabales: la España de Felipe IV imponiendo su soberbia
con mano de hierro…
Don Hugo: ¡El propio Olivares que viene
acompañado de un inquisidor dominico!
Don Víctor: Y, sin embargo, en las
secuencias siguientes, ¡qué contentas están las flamencas, qué buen humor, qué
cortesía, qué inacabable banquete, qué animadas danzas, qué donaires los del
buen dominico…! Y toda esa alegría obrada por la presencia española.
Don Hugo: Hay mucho de todo esto en los
sueños, tal y como demostrara el doctor Freud, cuando en ellos se presentan sincrónicamente
los contrarios psíquicos.
Don Víctor: Sí, sí, don Hugo, mucha
sincronía onírica y todo lo que usted quiera, pero los romanos también
organizaron sus tiberios, aunque diacrónicamente: primero, fueron las severas mores maiorum, cuando la República, y
sólo más tarde, bajo la tiranía de los Césares, cuando ya no cabía iniciativa
ni discusión posibles, se dieron a la francachela para matar el rato.
Don Hugo: Ah, claro, don Víctor, por
fin he entendido el crimen de Brutus, que tanto amaba a César: evitar que un
día en el Coliseo apareciera un Manuel Benítez “El Cordobés” cualquiera, con
sus saltos de la rana.