
Don Hugo: ¿Sabe usted lo que le digo, don Víctor? Que la tormenta de ayer, si bien desagradable, fue absolutamente necesaria para aclarar conceptos.
Don Víctor: Desde luego yo aprendí muchísimo y no puedo estarle más agradecido, don Hugo.
Don Hugo: Entonces me habrá perdonado usted lo que le dije a propósito de Shakespeare y Dostoievski, ¿verdad?
Don Víctor: Conceptualmente, tenía usted toda la razón, aunque fuera tan doloroso para mí.
Don Hugo: De eso se trata, don Víctor: si pretendí establecer la superioridad de Dostoievski fue porque osa ir más allá que Shakespeare al convertir en personajes lo que en Hamlet se queda en mera conciencia…
Don Víctor: … mordiéndose la cola como una pescadilla.
Don Hugo: Exactamente. Dostoievski le desenrolla esa cola y la trocea en diversos personajes a cuál más atormentado e impelido a actuar…
Don Víctor: … desencadenando así dolores y desastres.
Don Hugo: ¡Qué atinado estuvo Hauser distinguiendo el dolor sentimental de los románticos del dolor intelectual de Dostoievski!
Don Víctor: En ambos casos ese desbordamiento cuantitativo da paso a una anomalía cualitativa.
Don Hugo: Está usted describiendo una verdadera patología, don Víctor… pero, dígame, ¿de qué naturaleza fue el dolor que sintió usted ayer en la terraza: intelectual o de índole afectiva?
Don Víctor: Afectiva, indudablemente. Me resultaba odiosa la idea de no poder perdonarle lo imperdonable, a usted.
Don Hugo: Muy al contrario, el mío fue puramente intelectual si es que ello pueda darse cabalmente, con permiso de Hauser. Es evidente que nuestra psique somatiza y, mediante síntomas, expresará y encarnará el sufrimiento intelectual.
Don Víctor: Ya le vi, por el rabillo del ojo, cómo se retorcía usted las manos.
Don Hugo: Ciertamente, don Víctor… si creo que tengo dislocado el meñique.








