Hacer trampas

Don Víctor: Atento, don Hugo, que ya sólo queda una vuelta.

Don Hugo: Un comentario más, don Víctor, y ya sólo atiendo al cronómetro… Lo que le estaba diciendo es que, en cuanto acabe la competición, me voy al hotel a seguir con mi comedia ática en la que Tiresias, mediocre atleta, al cambiar de sexo, arrasa en cuantas pruebas acomete.

Don Víctor: O sea que, en su obra, Tiresias acaba por jubilar a Eufemiano Fuentes, a las atletas alemanas del Este, a Armstrong, a los actuales deportistas rusos y al charcutero de Alberto Contador.

Don Hugo: Claro, es que aquello era hacer trampas y el Comité Internacional no podía más que sancionarlo.

Don Víctor: En cambio, se ve que trasplantar un cuerpo entero de un sexo al otro es menos grave que los anabolizantes, las hormonas masculinas y las transfusiones de sangre oxigenada…

Don Hugo: Ahí voy yo con mi comedia, don Víctor, que a ver quién es el guapo que se atreve hoy en Atenas a poner la menor traba a los transexuales, a riesgo de indisponer al mismísimo Zeus, que ya sabe usted como se las gasta…

Don Víctor: ¿Qué le dice Boadella, se la monta o no?

¿Quién lo iba a decir?

Don Víctor: ¡Qué sabrosa conversación hemos tenido los cuatro con esto de la novela bizantina, con sus viajes, sus raptos, desapariciones, insospechados reencuentros con parientes perdidos y dados por muertos…!

Don Hugo: Es que lo que tienen estos antiguos puertos griegos, tan evocadores.

Don Víctor: ¿Cómo no reconocer en todo ello la mano de los dioses o el dictamen del Destino, al igual que en la tragedia clásica?

Don Hugo: Toda nuestra cultura está impregnada de ese sentido. Sin ir más lejos, don Víctor, me viene ahora a la memoria un relato de Maupassant. Y me dirá usted: “¿qué relación tiene el bueno de don Guy con Esquilo?… ¡Pues mucha!

Don Víctor: Pero, don Hugo, si yo, en principio, no lo niego…

Don Hugo: Hace bien. Figúrese usted a un marinero en un lupanar. Tras la prestación sexual, entabla conversación con la prostituta; atando cabos y anudando coincidencias, llegan a reconocerse como hermanos, separados mucho tiempo ha. Y lloran amargamente. ¿No se están riendo de nosotros los dioses crueles?

Don Víctor: ¡Pero si eso también lo tiene Agujetas en su fandango “Con un puñal la maté”! (cantando:) Con un puñal la maté…

Don Hugo y don Víctor (cantando:) Con un puñal yo fui y la maté / a una mujer de la vía / y cuando estaba en su agonía / nos dimos a conocer / y era hermana mía.

Decamerón

Don Víctor: Estoy convencido de que las mujeres cervantinas se han empapado del espíritu del Decamerón cuando, con tanta desenvoltura e incluso con vehemencia, se plantan ante las convenciones y reivindican su libertad de conducta y pensamiento.

Don Hugo: Siempre tuve claro que el Decamerón constituye un desquite de las fuerzas naturales, oprimidas por las fuerzas civilizatorias, reforzadas, a su vez, por lo que Marcuse llama la “sobre-represión”.

Don Víctor: O sea que una represión reducida a sus límites razonables, le parece necesaria…

Don Hugo: Claro, don Víctor, sin un soberano principio de realidad, el caos se impondría y se desmoronaría el edificio de la civilización; pero de lo que se trataría, sería de eliminar toda represión superflua generada por la explotación del hombre por el hombre.

Don Víctor: El Decamerón, don Hugo, me parece otorgar a las mujeres una tribuna desde la que denunciar el poder omnímodo de padres y hermanos, los matrimonios forzosos y de conveniencia, la reducción de su sexo a mera mercancía…

Don Hugo: … y desde la que clamar por un amor sincero y libre entre iguales.

Don Víctor: También es el Decamerón un alegato a favor de la juventud que ve cómo sus impulsos amorosos son obstaculizados por el egoísmo prosaico de los viejos.

Don Hugo: El arte es siempre compensatorio de las deficiencias y sinsabores que nos impone la vida en sociedad. En el Decamerón, aquellos jóvenes que huyen de la peste y que narran las distintas historias, entregados al placer y a la dicha, crean una comunidad de seres felices y parejos. Sí, claramente, esta novela ejerce una función onírica, que es la de compensar, mediante la imaginación, una existencia marcada por las obligaciones.

Don Víctor: En definitiva, que se trata de una revancha del amor.

Don Hugo: Sí, recrea un mundo de seres libres aislados en un paraíso y actualizando todas sus potencialidades. Lo que dejaban fuera es todo cuanto expone Sade por boca de Eugénie de Franval: “Las mujeres… falsas, celosas, imperiosas, coquetas o devotas… los maridos pérfidos, inconstantes, crueles o déspotas, éste es el resumen todos los individuos de la tierra”.

¿Quién se acuerda del comunismo?

Don Víctor: Yo no sé por qué fue caer la Unión Soviética y hacernos creer que ya no había comunismo en el mundo. De hecho, los países  comunistas que quedaron, han renunciado a hacer propaganda de su sistema político como si esperaran conseguir la supremacía discretamente, por la vía de los hechos, comprándolo todo.

Don Hugo: Ciertamente, don Víctor, pero es que además les estamos ayudando mucho por un sencillo mecanismo de defensa psíquico: si yo niego u oculto u orillo lo ansiógeno, lo ansiógeno no existe y puedo seguir viviendo tan tranquilo. El lobo o no está o vive en una montaña tan lejana, que hasta que llegue…

Don Víctor: Eso de la distancia sería cuando se derrumbó la URSS, porque lo que es ahora mismo… ¡hay chinos por todas partes!

Don Hugo: Parece como si quisiéramos convencernos de que todo va a seguir siempre como está y eso es imposible.

Don Víctor: Y tan imposible, don Hugo, cuando los americanos se están replegando y renuncian ya a salvar el mundo, y cuando nosotros asistimos, resignados, al desmantelamiento metódico de todos los pilares de nuestra civilización…

Don Hugo: O sea, don Víctor, que tenía razón Marco Bellocchio cuando hizo aquella película…

Don Víctor: Sí, “La Cina è vicina”.

Mayo del 68

Don Hugo: ¡Quién diría que este escenario tan apacible y risueño fuera el decorado de aquella explosión juvenil de mayo del 68! Precisamente estoy leyendo ahora “La linterna mágica” de Bergman, donde pone a caldo a los jovencitos revolucionarios que le echan entonces de la Escuela Nacional de Arte Dramático porque cuando él les exhortaba a aprender la técnica teatral para hacer llegar su mensaje revolucionario al público, ¡como que le silbaban y le agitaban en las narices el librito rojo de Mao!

Don Víctor: Parece que nos hayamos puesto de acuerdo, don Hugo, porque yo me he echado a la maleta los “Escritos corsarios” de Pasolini donde habla de aquel mismo momento, pero en Italia. Se queja mucho de la apremiante extorsión moral y emocional, el ansia neurótica por la inmediatez de las reformas, la preeminencia de la acción frente al pensamiento…

Don Hugo: Abunda Bergman en ello al describir como “puñalada mortal” a una evolución que nunca hubiera debido separarse de sus raíces, aquel desprecio por la escuela y la tradición.

Don Víctor: Es también lo que denuncia Pasolini, que el joven, llevado de su impaciente arrebato, se muestra “biológicamente cruel” con sus mayores.

Don Hugo: Pero es que Bergman va aún más allá cuando afirma que, en lugar de aire puro, aquellos jovenzuelos sólo trajeron “deformación, sectarismo, ansiosa complacencia y abuso de poder”…

Don Víctor: … todo ello presentado, como denuncia Pasolini, con una jerga que rebaja la ideología marxista con sus clichés extraídos de la sociología anglo-sajona y francesa de moda, más los “horrendos lugares comunes del pancismo y del catolicismo”.

Don Hugo: Ahora bien, don Víctor, para mí lo peor de todo ha sido seguir aguantando durante décadas las monsergas nostálgicas de aquellos pelmazos, sumados a la legión de “revoluciones pendientes”: la falangista, la fascista, la anarquista, la comunista y, ¡cómo no y sobre todo!, la del mayo del 68.

Cantos de guerra

Don Víctor: Y al único que pensaba con la cabeza, lo eliminaron enseguida.

Don Hugo: ¡Pobre Jaurès!… Si ya lo dice Tucídides que, con ocasión de las guerras, tanto en uno como en otro bando, medran los más salvajemente exaltados y despiadados, mientras que toda persona razonable es atropellada.

Don Víctor: ¡Cómo celebraron el estallido de la guerra futuristas, con Marinetti a la cabeza, y, en Francia, Apollinaire y Blaise Cendrars!

Don Hugo: Sí, claro, lo que a ellos tanto les seducía, la guerra se lo ofrecía gratis: la velocidad, la emoción, el dinamismo, la aviación, el heroísmo, en definitiva poner la vida al tablero.

Don Víctor: Si hubieran sido verdaderos artistas, debieran haberse metido a torear.

Don Hugo: Yo comprendo, don Víctor, que a un organismo joven, con las hormonas haciéndole bor bor, ávido de adrenalina y emociones más que fuertes, la guerra lo atraiga, pero no dejarán de ser cantos de sirena.

Don Víctor: Claro, don Hugo, aquéllas que se pretendían marchas triunfales y heroicas fueron a parar en un confinamiento atroz, en lodazales hirvientes de piojos, ratas y carroña.

Don Hugo: Y aún quedarían supervivientes que añorasen la guerra, como aquéllos de Galdós.

Don Víctor: ¡Ah, sí!, cuando, tras el abrazo de Vergara, dice el capitán Ibero que está triste porque le gustaba el delirio, la barbarie, la guerra en fin.

Don Hugo: Y Calpena le responde que “seremos siempre jóvenes, es decir, guerreros”.

Premonición del cubismo

Don Hugo: Pues que yo sepa, no hay prevista, de momento, ninguna exposición donde traigan cézannes. ¿No le basta el “Hombre sentado” de la Thyssen?

Don Víctor: No, porque no se aprecia suficientemente el desplazamiento del punto de vista. La cosa es que su profesor de arte les ha dicho, para hacerles entender el cubismo analítico, que es lo mismo que la imagen que nos devuelve un espejo roto.

Don Hugo: Sí, reconozco que como aproximación pedagógica no está mal, pero porque no da cuenta del carácter fragmentado de la representación cubista, como conozco bien a su nieta Lucía, sé que esta explicación le resulta insuficiente y no va a parar de darle a usted la lata.

Don Víctor: Claro, me gustaría que llegara a seguir el proceso de creación de esos bodegones o de esas barcas, donde se puede apreciar a la vez el objeto de frente y un poco desde arriba…

Don Hugo: Sí, la oscilación vertical.

Don Víctor: … o un poco desde un lado.

Don Hugo: Sí, la oscilación horizontal…. Pero, claro, quiere usted, don Víctor, enseñarle directamente cuadros originales…

Don Víctor: Sí, aunque acabaré por tener que recurrir a un libro de láminas.

Don Hugo: Nada de reproducciones, don Víctor. Vámonos al pensamiento original de otro autor, que a ése sí que puede reproducirlo la imprenta.

Don Víctor: Cómo, don Hugo… ¿de un literato?

Don Hugo: ¡De Shakespeare!

Don Víctor: ¡Arrea!

Don Hugo: Escuche, que lo tengo muy fresco, y perdone que la traducción sea mía: “Cada sustancia de una aflicción tiene veinte sombras, / Que se muestran como la misma cuita, pero que no lo son. / Y es que el ojo afligido, abrumado por cegadoras lágrimas, / Divide una cosa entera en muchos objetos, / como perspectivas que, al ser contempladas, / No muestran más que confusión”.

Don Víctor: ¡Qué visionario este Shakespeare!… Si es que lo ha clavado… ¿Y de qué obra es?

Don Hugo: De “Ricardo II”. Habla el consejero Bushy.

Don Víctor: Luego llamo a mi nieta para que venga a casa por el libro y se lo lea.

Don Hugo: Y le dice usted que aquello del espejo roto y el cubismo analítico es como lo del origen de la música.

Don Víctor: ¿De la música?

Don Hugo: Sí, hombre, eso de que están esperando el tranvía el niño Pachín y su padre y el primero le pregunta al segundo con ansiedad: “¿Parará, papá, parará?”, y el segundo, tranquilizándole, le contesta: “Parará, Pachín, parará”.

Un solo cuerno

Don Víctor: Para mí, que Jacques Brel, al componer su irónica canción “Les Flamandes”, tiene en mente el célebre poema de Voltaire en que tacha a Bruselas de sede de la ignorancia, la pesadez, la estúpida indiferencia y la fe sumisa.

Don Hugo: Sí, don Víctor, aquellas mujeres son, según el cantante, conformistas, obedientes, beatas y frígidas.

Don Víctor: Sin embargo, don Hugo, no las retrató así Feyder en “La kermesse heroica”. Allí son alegres, sensuales y bien que disfrutan con los españoles mientras tienen escondidos a sus cobardes maridos.

Don Hugo: Fíjese que Goebbels prohibió esta película, como dando la razón por anticipado a Brel cuando acusa a los nacionalistas flamencos de ser “nazis durante las guerras y católicos entre ellas”.

Don Víctor: Las señoras de “La kermesse heroica” son las mismas que aparecen en la pintura de Jordaens y en la de Teniers y los primitivos, con toda esa vitalidad y hedonismo de los pueblos ricos que comen y beben hasta hartarse.

Don Hugo: Por mucho que le pese a Baudelaire que tilda a esos pintores de “groseros y sin ideas”… Si hasta moteja a Rubens describiéndolo como “gañán disfrazado con satén”.

Don Víctor: A Baudelaire le molesta profundamente la falta de idealismo en la representación de un pueblo que “mea y vomita”. Nada hay de la elevación propia del arte cortesano y religioso. Pero, ¿no se da precisamente en esa elección una rebeldía vitalmente moderna?, ¿no está el arte posterior mucho más cerca de esta gozosa expresión de la realidad?

Don Hugo: Yo creo que Baudelaire, que tanto y tan bien reflexionó sobre el Arte, se deja llevar en este caso por el sentimiento de superioridad del francés.

Don Víctor: A la altura en esto de mi primo José Antonio, quien me dijo un día: “Definición de belga: francés con un solo cuerno”.

Elitismo tonto

Don Hugo: No se va a creer usted lo que me respondió el otro día Planes-Bellmunt cuando hablábamos de Valle -Inclán. Le conté aquello de que mi hermana Herminia supo por boca de la propia hija del escritor, que fue compañera suya de colegio…

Don Víctor: Ah, sí, que para él los versos más bellos de la poesía española, eran aquéllos de “La luna en el mar riela…

Don Hugo y don Víctor: En la lona gime el viento / Y alza en blando movimiento / Olas de plata y azul”.

Don Hugo: … pues va y me dice que “algo malo había de tener Valle-Inclán”.

Don Víctor: ¡Qué manía tienen algunos de dárselas de exquisitos, elitistas, minoritarios e interesantes, despreciando aquello que pueda gustar a todo el mundo, por bueno que sea!

Don Hugo: Lo que en Planes-Bellmunt no deja de ser uno de sus muchos rasgos de esnobismo vanidoso, en un crítico profesional es pecado mortal. Se lo digo, don Víctor, porque hace pocas semanas oí en Radio Clásica que el aria de “La donna è mobile” es muy mala.

Don Víctor: ¿Y cómo lo argumentaba?

Don Hugo: De ninguna manera. Simplemente la descalificó. Y al cabo de una semana, un estudioso de Proust, dijo de pasada otro tanto a propósito del “Don Juan” de Zorrilla.

Don Víctor: A mi juicio, don Hugo, y de cualquiera que razone, la canzonetta del Duca no puede ser más adecuada musical y dramáticamente: ligera, despreocupada, inconsciente, frívola, como es el personaje. Permite además un contraste conmovedor cuando vuelve a oírse entre bambalinas mientras en escena Rigoletto cree tener en el saco el cadáver del burlador de su hija.

Don Hugo: Lo que todo el público sabía ya… ¡Qué ejemplo supremo de ironía trágica!

Don Víctor: Sí, la maledizione!

Don Hugo: En cuanto al “Don Juan” de Zorrilla, si bien no profundice como el de Molière, es la única pieza romántica española que ha perdurado, y, además, arrebata con sus ripios tan bellos, o más, que los de Góngora; presenta sentimientos en los que el pueblo se reconoce y lo educa en el arrepentimiento, el perdón y un amor que aúna lo humano y lo divino.

Ciudades paralelas

Don Víctor: Se lo aseguro a usted, don Hugo: cada vez que cruzo los propileos, me conmueve cómo la arquitectura ideal de los griegos era capaz de edificar a sus ciudadanos.

Don Hugo: Sí, y su pendant educativo fue el teatro, que los acostumbró a escuchar los alegatos de los héroes, a emocionarse con los lamentos de las víctimas, a estremecerse con las sentencias de los dioses.

Don Víctor: Y en el gimnasio aprendían la praxis de la superación, de la perseverancia, del esfuerzo.

Don Hugo: ¿Y a usted, don Víctor, le parece que pudieron intuir la influencia que en la posteridad iban a dejar estos ideales?

Don Víctor: Estoy completamente convencido de ello. Pueblo viajero y comerciante, tenía un conocimiento de primera mano de todo el mundo antiguo y de ese cotejo no podían extraer más que la conciencia de sus virtudes.

Don Hugo: Por mucho que hubiera grandes estados territoriales que acumulaban y ostentaban riquezas ingentes y un poder militar abrumador.

Don Víctor: Incluso entre el mosaico de las ciudades-Estado griegas, Atenas fue modelo de amor a la belleza sencilla, de culto sereno al espíritu, de concepción estrictamente utilitaria de la riqueza material, de uso previo del diálogo, así como de la reflexión de pros y contras ante cualquier empresa, de audacia sin temeridad, de generosidad hidalga, de capacidad de adaptación.

Don Hugo: Fíjese usted, don Víctor, que se me antoja que el caso de Florencia es un digno parangón. Cuando Poliziano y Marsilio Ficino dialogaban sobre estas cosas, no podían sino establecer paralelismos irrenunciables entre ambas ciudades y su momento estelar; los pequeños Estados italianos, entre los que deslumbraba Florencia, eran como la Grecia de las polis. España o el Turco bien podían hacer las veces de descomunales Persias.

Don Víctor: Usted y yo, don Hugo, junto con todos los que nos han enseñado, no existiríamos sin aquella nuova Atene.

Don Hugo: Me he preguntado muchas veces cuál es el alma de estas dos repúblicas capaces de elevar a sus ciudadanos en lo moral y en lo cívico… Creo que la clave está, en parte, en aquello que les dijo Pericles a los atenienses en sus arengas: “Nuestros ciudadanos sienten el mismo interés por sus asuntos propios y por la política… somos el único país que considera al que no participa en la vida en común, un ocioso o un inútil… y decidimos o discutimos con sumo cuidado los asuntos de Estado”.

Don Víctor: ¡Qué envidia de políticos y qué envidia de ciudadanos!