Las dos naturalezas

Don Hugo: Ganar terreno al mar donde cultivar tulipanes; plantar vergeles donde hubo tierra yerma; trazar rutas comerciales más allá de las ondas amenazantes y trazar y abrir puertos que sean refugio en riberas ignotas; desecar marismas insalubres donde prosperen opimas plantaciones; erigir fabriles manufacturas donde transformar la materia prima; arrancar de las entrañas de la tierra las riquezas que atesoró Plutón…

Don Víctor: ¡Qué bonito, don Hugo! Los ilustrados no podían imaginar que surgieran inconvenientes ante semejante programa de progreso. Y sin embargo…

Don Hugo: Los románticos, en su “abismal lucidez”, como dice Bozal, pusieron en entredicho el mito de la técnica, porque había mucho más.

Don Víctor: “Hay más cosas en el cielo y en la tierra, don Hugo, de las que han sido soñadas en su filosofía”.

Don Hugo: ¡Cuánto amaron la Naturaleza y la hicieron compañera de sus ímpetus y tragedias! ¡Cómo buscaron en ella lo sublime que querían reducir los científicos! ¡Con cuánta amargura constataron siempre su indiferencia por nuestras  miserias y nuestras quimeras!

Don Víctor: ¿Y aquel optimismo que nos devolvieron los microbiólogos del positivismo, no parece que quedó en un nuevo espejismo?… Ahora resulta que nos cargamos el planeta…

Don Hugo: Hemos errado el tiro, don Víctor. La dialéctica estaba mal planteada. ¿Hombre versus Naturaleza?… No lo creo; más bien el problema somos nosotros.

Don Víctor: Don Hugo, que ya le veo a usted venir con su inconsciente…

Battaglia y Basilico

Don Víctor: El caso es que me llama la atención que siga habiendo tantos buenos fotógrafos que se obstinen en presentarnos el mundo en blanco y negro, como cuando éramos chicos.

Don Hugo: Pues es verdad, don Víctor. Sin ir más lejos, el otro día me topé en el periódico con unas fotos de Letizia Battaglia.

Don Víctor: ¿La de los asesinatos de la Mafia en Sicilia?

Don Hugo: La misma. La de la tragedia mediterránea sin matices, con sombras aceradas y blancos cegadores.

Don Víctor: Me viene a la mente aquella apreciación desdeñosa de José María de Pereda, por la cual el sol del Sur exaspera tanto los paisajes que los reduce al blanco y negro.

Don Hugo: Pero tiene más la Battaglia. No sólo son los gestos de Electra, los rostros trabajados por el sufrimiento, la sangre negra y la indiferencia de los niños… también se siente la presencia de algo oculto que se nos hurta porque la costumbre ha gastado nuestra mirada. Es como si la cámara penetrara allá donde no llegan nuestros ojos.

Don Víctor: ¿No es como aquel cuento de Rubén Darío en que un monje intentaba fotografiar el alma y los espectros?

Don Hugo: ¡Basilico! ¿Recuerda usted, don Víctor, esas ciudades vacías, esos aparcamientos sin coches, esas circunvalaciones fantasmagóricas, esas viejas fábricas cerradas?

Don Víctor: ¡Fotografía metafísica, poblada de ausencias, silencio reverberante, inquietantes espacios!

Don Hugo: Estos fotógrafos se me antojan los psicofonistas de la vista.

Don Víctor: Sí, don Hugo, pero con la diferencia que va del arte al camelo.

Móviles

Don Hugo: ¿A que le costó a usted lo indecible, don Víctor, resistirse a la moda de los piercings?

Don Víctor: No crea, don Hugo, no fue para tanto… Cuando sí que he tenido que hacerme violencia, ha sido con la fiebre de los tatuajes. ¡Tenía tantas ganas de dar una sorpresa a Julita!… Menos mal que estaba usted allí para hacerme ver que aquello tan sólo reflejaba un déficit en la sana afirmación de la personalidad.

Don Hugo: No, ¡si para mí también fue durísimo!, pero véanos ahora, don Víctor. Aquí estamos los dos siempre atentos, no sólo a que nos llamen por teléfono…

Don Víctor: ¡Qué vulgaridad tan anticuada!

Don Hugo: … sino, sobre todo, a la más imperceptible señal de que tenemos un aviso urgente: una actualización imprescindible…

Don Víctor: … una nueva app…

Don Hugo: … un apremiante whatsap…

Don Víctor: … hasta todavía algún SMS, un poco vintage, eh… todo hay que decirlo.

Don Hugo: Lo realmente preocupante es que esta tecnología universalizada, amén de continuamente renovada en su maníaco consumismo, ofreciendo una irresistible oferta de presuntas necesidades con sus prometedoras satisfacciones, suplanta a todo lo demás.

Don Víctor: ¿Dónde quedan, ante tanta novedad que atender, y además tan atractivamente presentada, la voluntad, la concentración, la reflexión, la iniciativa personal, el cultivo de la actividad intelectual y de las auténticas relaciones sociales y afectivas?

Don Hugo: ¿Qué me está usted diciendo, don Víctor?… Todo eso es implacablemente succionado para que quepa únicamente el nuevo relleno uniformizador de pensamientos, conductas y gestos.

Don Víctor: Es la deriva que previó Pasolini hacia sociedades homogenizadas y aculturadas, de organización autoritaria.

Don Hugo: ¡Vaya, que nos veo a usted y a mí aprendiéndonos eso del twitter, el Instagram y hasta el Tic Toc!

Don Víctor: A mí, don Hugo, no me saque usted del pasodoble.

Boadella es el Arcipreste

Don Hugo: No lo he soñado, don Víctor. En una entrevista que le hicieron hace un año, aseguraba Boadella que estaba considerando el montaje teatral del Libro de Buen Amor.

Don Víctor: Si de verdad lo consideraba, lo hará sin duda.

Don Hugo: Los apólogos…

Don Víctor: … los siete pecados capitales…

Don Hugo: … la astrología…

Don Víctor: … los cantares de ciego…

Don Hugo: … las zafias serranas…

Don Víctor: … la astuta Trotaconventos…

Don Hugo:…  los consejos a la mujer y el elogio de la mujer…

Don Víctor: … y de la Virgen María…

Don Hugo: … sus novias: la casquivana, la discreta, la virtuosa, doña Endrina y todas las demás, entre las que no podía faltar la monja…

Don Víctor: Y hete aquí que, en medio de lo que parece un destartalado pandemonium que no avanza hacia ningún sitio, nos encontramos embarcados en una apasionada polémica entre don Carnal y doña Cuaresma, en la que todos empiezan a pronunciarse con los más atinados disparates…

Don Víctor: … hasta el punto de que la obra cobra así una inesperada coherencia y una amplísima perspectiva, que nos transportan hacia una bacanal de risa y banquetes, en la que conjuramos la desesperanza del tiempo presente.

Don Hugo: Yo creo que en todo comediógrafo anida un fondo de tristeza y pesimismo que le lleva a esforzarse por atraernos hacia una nueva realidad, si bien ficticia y limitada en el tiempo, donde se imponga al final la más sonriente armonía.

Don Víctor: Sí, don Hugo, algo así como despertarnos a un amanecer claro en que estalla la vida, manifestándose en el concierto del alba que aúna a todas las aves.

Don Hugo: Ése es el vitalismo que anima a la obra de Boadella.

Exabruptos y esperanza

Don Hugo: Si es que hasta tiene las nalgas amoratadas y todavía sigue atizándole la Virgen.

Don Víctor: Lo que más me llama la atención es la expresión circunspecta de los tres surrealistas que espían por el ventanuco. ¿Está entre ellos  el propio Max Ernst?

Don Hugo: Sí, junto al Papa Breton y Éluard.

Don Víctor: Muchos trabajos se tomaron en blasfemar, pero fíjese cómo expresan de bien y de crudamente la auténtica naturaleza humana de Cristo.

Don Hugo: Por eso no tiene nada que ver con las mamarrachadas anticlericales de Buñuel en “L´âge d´or”.

Don Víctor: Además, Ernst demuestra aquí ser un buen pintor manierista.

Don Hugo: Se ve que ya había dejado eso del grattage para los gatos… En todo caso, se trata de la consabida afirmación contenida en toda blasfemia.

Don Víctor: ¡Creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna!

Don Hugo: Pero, don Víctor, ¿qué tiene eso de blasfemia?

Don Víctor: ¿Qué son los cadáveres exquisitos de los surrealistas sino los cuerpos gloriosos de los resucitados?

Don Hugo: Claro, ya lo he entendido, don Víctor… y el vino nuevo es aquél que ya anunciara Cristo en las bodas de Caná…

Don Víctor: … la sangre de Cristo que nos da la vida eterna, don Hugo.

Don Hugo: “Los cadáveres exquisitos beberán el vino nuevo”… Vea cómo el cristianismo acaba por revertir la blasfemia y manifestarse incluso por boca de los que han sido tentados.

Amos y esclavos

Don Víctor: Yo, don Hugo, contemplando este aparatoso retrato, no puedo por menos de pensar en un eterno: el criado sacándole las castañas del fuego al incompetente patrón con ambiciones de abeja reina.

Don Hugo: Si es igual que eso del ordenanza Tudela en la fábrica incautada por los rojos en “Consejo obrero” de Chaves Nogales: “… con sus cincuenta y tantos años de domesticidad, sabía que el jefe es siempre arbitrario, violento e ininteligente”.

Don Víctor: Sí, sí, ya sea el patrón capitalista o el secretario del Comité Ejecutivo del Consejo Obrero.

Don Hugo: Antes que Chaves Nogales, don Víctor, ya lo vio la Comedia Ática y nuestro Gracián, que los criados están para resolver las incompetencias de los amos y que “es una gran suerte de los poderosos acompañarse de hombres de gran entendimiento que los saquen de todos los problemas causados por la ignorancia”.

Don Víctor: ¿Y quiénes resuelven las tribulaciones de los incapaces Innamorati, sino los domésticos, zanni y servette, de la Commedia dell´Arte?

Don Hugo: Y paragonados a sus señorones en la cuestión amorosa, siempre prevalecerá también el vigor bronco de los jóvenes criados, justamente como dice la Lozana Andaluza.

Don Víctor: Jesse Owens, que olía aún a esclavo, arrampló con todo en los Juegos Olímpicos de Berlín. Eso sí que fue un puñetazo en la mesa por parte de los fámulos.

Don Hugo: Un negro ganaba las medallas para los Estados Unidos… Si ya lo decía Hegel, que el esclavo va percatándose de que es él quien produce y transforma el mundo, de tal manera que acaba por tomar conciencia de sí y desalienarse, en tanto que los amos van convirtiéndose en dependientes de sus esclavos.

Don Víctor: Lo dijo mejor la Lozana, que “valen más los moços que sus amos”.

Braque y Canaletto

Don Hugo: Represéntese usted de este lado de la columna del rey, la ciudad de Varsovia reconstruida a partir de unas vedute que hubiera tomado el reflexivo Braque…

Don Víctor: Me imagino algo así como las vistas de l´Estaque, pero más a lo grande.

Don Hugo: ,,, y de este otro lado, contemple lo que ve: la minuciosa recomposición del casco viejo a partir de las pinturas del concienzudo Canaletto.

Don Víctor: Creo que los urbanistas polacos eligieron al pintor adecuado.

Don Hugo: Yo quería demostrarle, don Víctor, que mucho más que crear, las vanguardias destruyeron… ¡si es que, probablemente, no había más remedio!… las podas de los jardineros impresionistas, simbolistas, nabis y todos los demás, no bastaban y seguramente se imponía la tala vanguardista.

Don Víctor: Lo malo, don Hugo, es que, tras la tala, ha venido la desertización donde antaño había vergeles.

Don Hugo: Precisamente, don Víctor: concéntrese usted de nuevo en “Demoliciones Braque” y verá Varsovia bombardeada.

Capitán Chinchilla

Don Hugo: Era leer en el metro “asiento reservado a los caballeros mutilados” y me imaginaba, acomodándose muy ceremoniosamente, al capitán Chinchilla.

Don Víctor: ¡Ah, el de “Gil Blas”! Yo también lo admiré desde adolescente cuando leí aquel libro: ingenioso, grave, de intachable moralidad y muy delicado en punto de honra…

Don Hugo: … amén de modesto…

Don Víctor: Él, que había dejado un ojo en Nápoles…

Don Hugo: … un brazo en Lombardía…

Don Víctor: … y una pierna en Flandes…

Don Hugo: … y mil chirlos que le condecoraban el rostro.

Don Víctor: Y a pesar de todo vivía en la indigencia sin recompensa alguna ni reproche a su rey.

Don Hugo: Más de un capitán mutilado habría conocido Lesage, pero no deja de sorprender esta premonición de nuestro Blas de Lezo…

Don Víctor: … de nuestro Millán Astray.

Don Hugo: Sí y no, don Víctor, pues ¿se imagina usted al capitán Chinchilla o a Blas de Lezo, dando el brazo, como padrino de bodas, a la Celia Gámez?

Don Víctor: Pues mire, don Hugo, me parece a mí… ¡que también lo harían!

Un escrúpulo

Don Víctor: Una de las cosas que más temo, don Hugo, es que un día, en las lecturas de la misa, me larguen la historieta de Sansón. Tengo pensado, en cuanto me dé cuenta de qué se trata, ponerme en pie y, como si estuviera indispuesto, salirme a la calle a toda prisa.

Don Hugo: ¡Vaya susto que le va a dar usted a Julita!… pero, don Víctor, ¿qué manía le ha entrado a usted ahora?…

Don Víctor: ¡Qué va!… Si esto me viene ya, creo yo, desde mi primera comunión. Además, con Julita ya lo tengo hablado: con susurrarle “Sansón”, ya lo entenderá.

Don Hugo: Le he visto muy callado allá adentro, don Víctor: esto de cortarse el pelo, para mí, que le ha resucitado un conflicto adormecido y mal resuelto…. ¡Mire que hemos ido veces a la peluquería!, pero cuénteme, cuénteme…

Don Víctor: En primer lugar, don Hugo, ¿cómo todo un señor juez de primera instancia de Israel, designado por Dios, puede llegar a ser tan tonto que la filistea Dalila le intente sonsacar el secreto de su fuerza por tres veces y que él no sospeche nada?

Don Hugo: ¡Claro que se da cuenta!, ¡si por tres veces la engaña!…  cada vez que Dalila lo intenta, ora atándole con cuerdas de arco mojadas, ora con cuerdas nuevas y, al final, anudando con hilos del telar sus siete trenzas y asegurándolas con una clavija, para que lo asalten los filisteos, Sansón puede siempre con todos.

Don Víctor: Ahí tiene usted las pruebas de la condición traidora de su amante… y, a pesar de ello, le llega a revelar, al final, la verdadera y única manera de acabar con su fuerza: raparlo.

Don Hugo: Hombre, don Víctor, es que Sansón es un claro ejemplo de la prepotencia del narcisismo aún no desgajado de la dependencia de la madre y esta Dalila no sería más que la posterior erotización, en la fase genital y última del desarrollo psico-libidinal,  de aquélla como fuente de placer adulto. Y, claro, una madre siempre querrá saber, pero  nunca traiciona.

Don Víctor: Calle, calle, que hay más. En segundo lugar, ya pelado, lo ciegan y lo ponen a mover él solito la muela de una tahona… ¿En qué cabeza cabe si ya no tenía vigor?

Don Hugo: Eso es irrebatible.

Don Víctor: Y en tercer lugar: ¿cómo, si ya no es un secreto que su fuerza estriba en su melena, dejan que le crezca de nuevo, en lugar de llevarlo al peluquero?

Don Hugo: Indudablemente, don Víctor, ¡un mal guión!

Don Víctor: Y entonces, don Hugo, cuando proclamen al final del relato: “Palabra de Dios”, ¿cómo voy yo a darlo por bueno y, para más inri, alabarlo?

José Luis Moreno

Don Víctor: Ahora resulta que José Luis Moreno es malísimo. No sé… ¡que decidan los tribunales! No obstante, salga lo que salga, su labor al frente del Calderón ha sido encomiable.

Don Hugo: Es cierto. Fue la única alternativa privada con continuidad al oficial teatro de la Zarzuela.

Don Víctor: Cuántos años no habremos disfrutado yendo a sus temporadas líricas, ¿verdad, don Hugo?

Don Hugo: Sí, y viendo además lo que todos queremos ver: los títulos más populares, buenos cantantes, cuerpo de baile excelente y actores graciosos, con una buena orquesta.

Don Víctor: ¡No quiero ni pensar en el presupuesto que supone todo eso y los riesgos que asumió!

Don Hugo: Es aquello de que “por un perro que maté, ya me llaman mataperro”, olvidando mis muchas otras facetas e incluso si salvé vidas de otros muchos perros.

Don Víctor: Parece que nos falta tiempo para sumarnos a una buena lapidación en cuanto que se nos brinde el menor pretexto.

Don Hugo: Fíjese la simpatía que me inspirará a mí Alfonso Sastre por su postura política y las atrocidades que fue capaz de justificar públicamente y, sin embargo, ¿no le he dicho muchas veces a usted cuánto me gustaría que repusieran “La taberna fantástica”, por ser de gran calidad?

Don Víctor: Ahora me hace usted dudar porque tengo ya medio escrita una carta al director de ABC pidiendo que se recojan firmas para retirar el Caravaggio del Museo del Prado por ser la obra de un asesino.

Don Hugo: ¡Calle, don Víctor, no ve que era homosexual!

Don Víctor: ¡Como Moreno!