Mayo del 68

Don Hugo: ¡Quién diría que este escenario tan apacible y risueño fuera el decorado de aquella explosión juvenil de mayo del 68! Precisamente estoy leyendo ahora “La linterna mágica” de Bergman, donde pone a caldo a los jovencitos revolucionarios que le echan entonces de la Escuela Nacional de Arte Dramático porque cuando él les exhortaba a aprender la técnica teatral para hacer llegar su mensaje revolucionario al público, ¡como que le silbaban y le agitaban en las narices el librito rojo de Mao!

Don Víctor: Parece que nos hayamos puesto de acuerdo, don Hugo, porque yo me he echado a la maleta los “Escritos corsarios” de Pasolini donde habla de aquel mismo momento, pero en Italia. Se queja mucho de la apremiante extorsión moral y emocional, el ansia neurótica por la inmediatez de las reformas, la preeminencia de la acción frente al pensamiento…

Don Hugo: Abunda Bergman en ello al describir como “puñalada mortal” a una evolución que nunca hubiera debido separarse de sus raíces, aquel desprecio por la escuela y la tradición.

Don Víctor: Es también lo que denuncia Pasolini, que el joven, llevado de su impaciente arrebato, se muestra “biológicamente cruel” con sus mayores.

Don Hugo: Pero es que Bergman va aún más allá cuando afirma que, en lugar de aire puro, aquellos jovenzuelos sólo trajeron “deformación, sectarismo, ansiosa complacencia y abuso de poder”…

Don Víctor: … todo ello presentado, como denuncia Pasolini, con una jerga que rebaja la ideología marxista con sus clichés extraídos de la sociología anglo-sajona y francesa de moda, más los “horrendos lugares comunes del pancismo y del catolicismo”.

Don Hugo: Ahora bien, don Víctor, para mí lo peor de todo ha sido seguir aguantando durante décadas las monsergas nostálgicas de aquellos pelmazos, sumados a la legión de “revoluciones pendientes”: la falangista, la fascista, la anarquista, la comunista y, ¡cómo no y sobre todo!, la del mayo del 68.

Cantos de guerra

Don Víctor: Y al único que pensaba con la cabeza, lo eliminaron enseguida.

Don Hugo: ¡Pobre Jaurès!… Si ya lo dice Tucídides que, con ocasión de las guerras, tanto en uno como en otro bando, medran los más salvajemente exaltados y despiadados, mientras que toda persona razonable es atropellada.

Don Víctor: ¡Cómo celebraron el estallido de la guerra futuristas, con Marinetti a la cabeza, y, en Francia, Apollinaire y Blaise Cendrars!

Don Hugo: Sí, claro, lo que a ellos tanto les seducía, la guerra se lo ofrecía gratis: la velocidad, la emoción, el dinamismo, la aviación, el heroísmo, en definitiva poner la vida al tablero.

Don Víctor: Si hubieran sido verdaderos artistas, debieran haberse metido a torear.

Don Hugo: Yo comprendo, don Víctor, que a un organismo joven, con las hormonas haciéndole bor bor, ávido de adrenalina y emociones más que fuertes, la guerra lo atraiga, pero no dejarán de ser cantos de sirena.

Don Víctor: Claro, don Hugo, aquéllas que se pretendían marchas triunfales y heroicas fueron a parar en un confinamiento atroz, en lodazales hirvientes de piojos, ratas y carroña.

Don Hugo: Y aún quedarían supervivientes que añorasen la guerra, como aquéllos de Galdós.

Don Víctor: ¡Ah, sí!, cuando, tras el abrazo de Vergara, dice el capitán Ibero que está triste porque le gustaba el delirio, la barbarie, la guerra en fin.

Don Hugo: Y Calpena le responde que “seremos siempre jóvenes, es decir, guerreros”.

Premonición del cubismo

Don Hugo: Pues que yo sepa, no hay prevista, de momento, ninguna exposición donde traigan cézannes. ¿No le basta el “Hombre sentado” de la Thyssen?

Don Víctor: No, porque no se aprecia suficientemente el desplazamiento del punto de vista. La cosa es que su profesor de arte les ha dicho, para hacerles entender el cubismo analítico, que es lo mismo que la imagen que nos devuelve un espejo roto.

Don Hugo: Sí, reconozco que como aproximación pedagógica no está mal, pero porque no da cuenta del carácter fragmentado de la representación cubista, como conozco bien a su nieta Lucía, sé que esta explicación le resulta insuficiente y no va a parar de darle a usted la lata.

Don Víctor: Claro, me gustaría que llegara a seguir el proceso de creación de esos bodegones o de esas barcas, donde se puede apreciar a la vez el objeto de frente y un poco desde arriba…

Don Hugo: Sí, la oscilación vertical.

Don Víctor: … o un poco desde un lado.

Don Hugo: Sí, la oscilación horizontal…. Pero, claro, quiere usted, don Víctor, enseñarle directamente cuadros originales…

Don Víctor: Sí, aunque acabaré por tener que recurrir a un libro de láminas.

Don Hugo: Nada de reproducciones, don Víctor. Vámonos al pensamiento original de otro autor, que a ése sí que puede reproducirlo la imprenta.

Don Víctor: Cómo, don Hugo… ¿de un literato?

Don Hugo: ¡De Shakespeare!

Don Víctor: ¡Arrea!

Don Hugo: Escuche, que lo tengo muy fresco, y perdone que la traducción sea mía: “Cada sustancia de una aflicción tiene veinte sombras, / Que se muestran como la misma cuita, pero que no lo son. / Y es que el ojo afligido, abrumado por cegadoras lágrimas, / Divide una cosa entera en muchos objetos, / como perspectivas que, al ser contempladas, / No muestran más que confusión”.

Don Víctor: ¡Qué visionario este Shakespeare!… Si es que lo ha clavado… ¿Y de qué obra es?

Don Hugo: De “Ricardo II”. Habla el consejero Bushy.

Don Víctor: Luego llamo a mi nieta para que venga a casa por el libro y se lo lea.

Don Hugo: Y le dice usted que aquello del espejo roto y el cubismo analítico es como lo del origen de la música.

Don Víctor: ¿De la música?

Don Hugo: Sí, hombre, eso de que están esperando el tranvía el niño Pachín y su padre y el primero le pregunta al segundo con ansiedad: “¿Parará, papá, parará?”, y el segundo, tranquilizándole, le contesta: “Parará, Pachín, parará”.

Un solo cuerno

Don Víctor: Para mí, que Jacques Brel, al componer su irónica canción “Les Flamandes”, tiene en mente el célebre poema de Voltaire en que tacha a Bruselas de sede de la ignorancia, la pesadez, la estúpida indiferencia y la fe sumisa.

Don Hugo: Sí, don Víctor, aquellas mujeres son, según el cantante, conformistas, obedientes, beatas y frígidas.

Don Víctor: Sin embargo, don Hugo, no las retrató así Feyder en “La kermesse heroica”. Allí son alegres, sensuales y bien que disfrutan con los españoles mientras tienen escondidos a sus cobardes maridos.

Don Hugo: Fíjese que Goebbels prohibió esta película, como dando la razón por anticipado a Brel cuando acusa a los nacionalistas flamencos de ser “nazis durante las guerras y católicos entre ellas”.

Don Víctor: Las señoras de “La kermesse heroica” son las mismas que aparecen en la pintura de Jordaens y en la de Teniers y los primitivos, con toda esa vitalidad y hedonismo de los pueblos ricos que comen y beben hasta hartarse.

Don Hugo: Por mucho que le pese a Baudelaire que tilda a esos pintores de “groseros y sin ideas”… Si hasta moteja a Rubens describiéndolo como “gañán disfrazado con satén”.

Don Víctor: A Baudelaire le molesta profundamente la falta de idealismo en la representación de un pueblo que “mea y vomita”. Nada hay de la elevación propia del arte cortesano y religioso. Pero, ¿no se da precisamente en esa elección una rebeldía vitalmente moderna?, ¿no está el arte posterior mucho más cerca de esta gozosa expresión de la realidad?

Don Hugo: Yo creo que Baudelaire, que tanto y tan bien reflexionó sobre el Arte, se deja llevar en este caso por el sentimiento de superioridad del francés.

Don Víctor: A la altura en esto de mi primo José Antonio, quien me dijo un día: “Definición de belga: francés con un solo cuerno”.

Elitismo tonto

Don Hugo: No se va a creer usted lo que me respondió el otro día Planes-Bellmunt cuando hablábamos de Valle -Inclán. Le conté aquello de que mi hermana Herminia supo por boca de la propia hija del escritor, que fue compañera suya de colegio…

Don Víctor: Ah, sí, que para él los versos más bellos de la poesía española, eran aquéllos de “La luna en el mar riela…

Don Hugo y don Víctor: En la lona gime el viento / Y alza en blando movimiento / Olas de plata y azul”.

Don Hugo: … pues va y me dice que “algo malo había de tener Valle-Inclán”.

Don Víctor: ¡Qué manía tienen algunos de dárselas de exquisitos, elitistas, minoritarios e interesantes, despreciando aquello que pueda gustar a todo el mundo, por bueno que sea!

Don Hugo: Lo que en Planes-Bellmunt no deja de ser uno de sus muchos rasgos de esnobismo vanidoso, en un crítico profesional es pecado mortal. Se lo digo, don Víctor, porque hace pocas semanas oí en Radio Clásica que el aria de “La donna è mobile” es muy mala.

Don Víctor: ¿Y cómo lo argumentaba?

Don Hugo: De ninguna manera. Simplemente la descalificó. Y al cabo de una semana, un estudioso de Proust, dijo de pasada otro tanto a propósito del “Don Juan” de Zorrilla.

Don Víctor: A mi juicio, don Hugo, y de cualquiera que razone, la canzonetta del Duca no puede ser más adecuada musical y dramáticamente: ligera, despreocupada, inconsciente, frívola, como es el personaje. Permite además un contraste conmovedor cuando vuelve a oírse entre bambalinas mientras en escena Rigoletto cree tener en el saco el cadáver del burlador de su hija.

Don Hugo: Lo que todo el público sabía ya… ¡Qué ejemplo supremo de ironía trágica!

Don Víctor: Sí, la maledizione!

Don Hugo: En cuanto al “Don Juan” de Zorrilla, si bien no profundice como el de Molière, es la única pieza romántica española que ha perdurado, y, además, arrebata con sus ripios tan bellos, o más, que los de Góngora; presenta sentimientos en los que el pueblo se reconoce y lo educa en el arrepentimiento, el perdón y un amor que aúna lo humano y lo divino.

Ciudades paralelas

Don Víctor: Se lo aseguro a usted, don Hugo: cada vez que cruzo los propileos, me conmueve cómo la arquitectura ideal de los griegos era capaz de edificar a sus ciudadanos.

Don Hugo: Sí, y su pendant educativo fue el teatro, que los acostumbró a escuchar los alegatos de los héroes, a emocionarse con los lamentos de las víctimas, a estremecerse con las sentencias de los dioses.

Don Víctor: Y en el gimnasio aprendían la praxis de la superación, de la perseverancia, del esfuerzo.

Don Hugo: ¿Y a usted, don Víctor, le parece que pudieron intuir la influencia que en la posteridad iban a dejar estos ideales?

Don Víctor: Estoy completamente convencido de ello. Pueblo viajero y comerciante, tenía un conocimiento de primera mano de todo el mundo antiguo y de ese cotejo no podían extraer más que la conciencia de sus virtudes.

Don Hugo: Por mucho que hubiera grandes estados territoriales que acumulaban y ostentaban riquezas ingentes y un poder militar abrumador.

Don Víctor: Incluso entre el mosaico de las ciudades-Estado griegas, Atenas fue modelo de amor a la belleza sencilla, de culto sereno al espíritu, de concepción estrictamente utilitaria de la riqueza material, de uso previo del diálogo, así como de la reflexión de pros y contras ante cualquier empresa, de audacia sin temeridad, de generosidad hidalga, de capacidad de adaptación.

Don Hugo: Fíjese usted, don Víctor, que se me antoja que el caso de Florencia es un digno parangón. Cuando Poliziano y Marsilio Ficino dialogaban sobre estas cosas, no podían sino establecer paralelismos irrenunciables entre ambas ciudades y su momento estelar; los pequeños Estados italianos, entre los que deslumbraba Florencia, eran como la Grecia de las polis. España o el Turco bien podían hacer las veces de descomunales Persias.

Don Víctor: Usted y yo, don Hugo, junto con todos los que nos han enseñado, no existiríamos sin aquella nuova Atene.

Don Hugo: Me he preguntado muchas veces cuál es el alma de estas dos repúblicas capaces de elevar a sus ciudadanos en lo moral y en lo cívico… Creo que la clave está, en parte, en aquello que les dijo Pericles a los atenienses en sus arengas: “Nuestros ciudadanos sienten el mismo interés por sus asuntos propios y por la política… somos el único país que considera al que no participa en la vida en común, un ocioso o un inútil… y decidimos o discutimos con sumo cuidado los asuntos de Estado”.

Don Víctor: ¡Qué envidia de políticos y qué envidia de ciudadanos!

La vuelta al mundo

Don Víctor: Anoche estábamos Julita y yo viendo “La femme d´à côté”, de Truffaut, y nos hizo mucha gracia que el marido de Fanny Ardant la animara a ponerse aquel vestido tan atrevido “donde quieras, cuando quieras y con quien quieras”.

Don Hugo: ¡Qué pícaro Truffaut con tal de enseñarnos las maravillosas piernas de Fanny!

Don Víctor: Calle, calle, don Hugo, que lo que nos hizo reír fue lo que dijo para remate: que él “no era un marido español”.

Don Hugo: Tiene gracia porque precisamente ayer, releyendo unos capítulos del “Gil Blas de Santillana” de Lesage, me llamó la atención que allí se dijera a propósito de un médico casado de Madrid que “aunque español y ya viejo, no era celoso en absoluto”… Una vez más un claro ejemplo de proyección: Niego en mí los defectos que atribuyo al vecino.

Don Víctor: Sí, de hecho, nosotros hablamos de un marido “moro”.

Don Hugo: También, frente al tabú y el muy profundamente anclado temor a la homosexualidad, los pueblos achacan esta reprobada conducta al vecino.

Don Víctor: Es cierto, nosotros a los italianos.

Don Hugo: Me viene a la memoria aquel episodio de “El diablo cojuelo” en que el estudiante don Cleofás lanza con tal fuerza al italiano que, junto con otros extranjeros, le está incomodando, que da con él en una letrina “por que muriese hacia donde pecan”.

Don Víctor: Pues los franceses se lo endilgan a los griegos. Ya sabe usted eso de “Va te faire voir par les Grecs”.

Don Hugo: Sí, don Víctor, se ve con el ojo y, supuestamente, los griegos ven a los franceses con el ojete.

Don Víctor: Seguro que los griegos se lo encasquetan a los turcos.

Don Hugo: Sí, y éstos, quizás, a los persas y, así, como Elcano, acabamos por dar la vuelta al mundo.

Homogeneización

Don Hugo:   Y esta otra cita, don Víctor, ¿a qué etapa de la evolución tecnológica corresponde: “El progreso tecnológico paraliza los impulsos vitales de la imaginación y hace que la técnica pase de instrumento a modelo de acción, amén de aislar a los hombres del contacto vital con la realidad natural”?

Don Víctor: Está claro: eso es de ahora. Se refiere a las tan traídas nuevas tecnologías.

Don Hugo: Pues fíjese usted que se trata de unos comentarios que hacía Argan en 1970 sobre el rechazo que nuestro admirado Gaudí manifestaba hacia el pragmatismo cosificante que traía consigo la tecnología del “Progreso”.

Don Víctor: Para esa fecha ya había comenzado la televisión su tarea de demolición de la riquísima diversidad cultural. Lo notable es que Gaudí lo hubiera visto venir cuando ni siquiera había radio.

Don Hugo: Pues tiene usted razón. Dice Pasolini que “nunca un “modelo de vida” ha podido ser publicitado con tanta eficacia como a través de la televisión”.

Don Víctor: Sí, don Hugo, es el adoctrinamiento disimulado e incluso amable que invita a mimar la conducta de los personajes triunfadores de un mundo ilusorio y, por supuesto, mejor, que viene a reforzar la disciplina, alienación y cosificación de la Segunda Revolución Industrial.

Don Hugo: Mucho hablamos ahora, y con razón, de cómo estamos aniquilando la biodiversidad del planeta cuando hace mucho que comenzamos nuestra homologación social y personal a una única y mansa raza global.

Don Víctor: Estamos ya tan domados de varias generaciones que a nadie se le ocurre desajustarse un tornillo.

Don Hugo: Si hasta el pobrecico de Charlot acabó por tener que exiliarse a Suiza.

Ley Celaá

Don Hugo: Le ruego, don Víctor, que se deje de una vez de ironías y no me interrumpa hasta que acabe el párrafo, por mucho que le cueste.

Don Víctor: De acuerdo, de acuerdo, don Hugo, acabemos con esto cuanto antes ya que se empeña.

Don Hugo (leyendo:) «Una propuesta competencial, que contempla ámbitos curriculares en los que se trabaja de forma interdisciplinar aprendizajes de varias materias…»

Don Víctor: ¡Socorro! ¡Pare, por favor, que me va a dar algo!

Don Hugo: La verdad, don Víctor, es que yo también me estaba quedando sin aire… Repasemos: «propuesta competencial»

Don Víctor: ¿Qué es eso: un desafío deportivo, un reparto de responsabilidades o una proposición deshonesta?

Don Hugo: Mucho me temo que lo último… Sigamos: «ámbitos curriculares».

Don Víctor: ¿Se refiere a pasillos y corredores, a circuitos de fórmula uno, a los encierros de San Fermín?

Don Hugo: Pues yo el currículo no lo enseño por más que se empeñe la ministra de Educación… Prosigamos: » en los que se trabaja de forma interdisciplinar aprendizajes de varias materias».

Don Víctor: ¡Ah, ya lo tengo!… el recreo dentro del aula, una casa de orates, quizás una performance donde unos moldean pellas de barro, otros salpican pintura a lo Pollock y una muchacha corre hasta estamparse contra la pared para que con su sangre se embadurnen sus cuerpos todos los oficiantes.

Don Hugo: Buena propuesta, don Víctor. Veo que lo va entendiendo a la perfección. De hecho el texto concluye: «ello favorece la coodocencia (sic) y el trabajo colaborativo del alumnado».

Bombones y aceite

Don Hugo: No falla, don Víctor. Cada vez que visito una exposición de los impresionistas, especialmente de Renoir, vuelvo a casa con una cajita de bombones para Dolores.

Don Víctor: Pues yo, don Hugo, cada vez que, en Atocha, paso por delante de El Brillante con sus bocadillos de calamares, lo dejo todo y corro a casa a hojear de nuevo los catálogos de Romero de Torres.

Don Hugo: Fíjese cómo uno y otro producto ayudan a penetrar en el alma de las pinturas francesa y española.

Don Víctor: ¡Es verdad! La francesa tiende a ser pulcra, sensual, golosa, mundana, muelle, lujosa y dulce como los bombones.

Don Hugo: La española es, en cambio, turbia, mostosa, ascética, acre, tensa, rústica y amarga, como el aceite rancio.

Don Víctor: Es que quien dice Romero de Torres, nos remonta a Zuloaga, Solana, Alenza, Goya, Zurbarán, Murillo, Ribera y Velázquez.

Don Hugo: Y, por su parte, Renoir nos remite a Watteau, Boucher y todos aquéllos e incluso al viejo Fouquet.

Don Víctor: ¡El viejo Fouquet!… Ya habla usted como Voltaire… A propósito de Watteau, la verdad es que no me lo imagino untando unas migas en aceite frito. Lo veo más bien degustando un bombón suizo.

Don Hugo: A Quevedo sí que le cuadran mejor esas migas.