Pantorrillas

Don Hugo: … aquellas pantorrillas rotundas, que tanto agradaban a Maupassant…

Don Víctor: … y que tan bien retrató su contemporáneo Toulouse-Lautrec … y es que las bailarinas las mostraban, ellas que las tenían tan bien formadas.

Don Hugo: Y más con aquellos botines tan apretados y ajustados al tobillo, que las realzaban…

Don Víctor: … botines que era lo único que enseñaban fugazmente las mujeres decentes.

Don Hugo: Esto, don Víctor, lo vio muy bien Argan al encontrar en la obra de Toulouse-Lautrec «los mismos escorzos cortantes y golpes de luz» que en la narrativa de Maupassant.

Don Víctor: Dése usted cuenta, don Hugo: ¿qué mejor puente entre la literatura y la pintura de aquel momento que el movimiento nervioso del mollet bien rempli de una bailarina?

Nombres cristianos

Don Hugo: Para mí no cabe duda: esto fue un minarete. Quítele usted el campanario y no se atreverá a negarlo.

Don Víctor: Bien pudiera ser, pero también que fuera desde el principio un campanario erigido por los mismos que construían las mezquitas.

Don Hugo: ¿Del siglo XI, entonces?

Don Víctor: O del XII. Esto es como los nombres de pila españoles. Hubo convivencia, pero no mezcla.

Don Hugo: Es verdad, entre nosotros no ha habido tradicionalmente nombres árabes…

Don Víctor: Claro, todos son o hebreos, o griegos, o latinos, o germánicos.

Don Hugo: Amén de advocaciones locales: Pilar, Llanos, Sonsoles, Rocío, Montserrat, Javier, etc.

Don Víctor: Sí, claro, pero ¿qué me dice usted de Fátima, Guadalupe y Almudena?

Don Hugo: Don Víctor, no pienso caer en esa trampa. Me ha citado usted tres nombres femeninos que han surgido por apariciones de la Virgen en lugares con patronímicos árabes, pero eso no cuenta.

Don Víctor: Ahora bien, don Hugo, estamos hablando exclusivamente del pasado. Ahora todo lo anega la marea de los Jonathan, Aitor, Iker, Omar, Elián, Liam, Jennifer, Jasmine, Jessica…

Don Hugo: ¡Con lo comedidos que fueron nuestros antepasados y sus vecinos del barrio de la Morería!

Internacionalistas

Don Víctor: ¿Recuerda usted, don Hugo, aquella película de Martín Patiño sobre nuestra guerra en que un jefe anarquista declara, ante la inminente batalla, que va a demostrar que «un español vale por cinco italianos»?

Don Hugo: ¡Toma internacionalismo proletario!

Don Víctor: Pues eso digo yo. También Stalin hubo de recurrir al nacionalismo ruso y a los popes con sus santos para movilizar a las masas ante la invasión alemana.

Don Hugo: ¿Y qué me dice usted de los socialistas adhiriéndose con entusiasmo a la Unión Sagrada  junto a los conservadores durante la Gran Guerra?

Don Víctor: Quien sí se mostró como un verdadero internacionalista fue Adam Smith con su libre-cambismo que aboliría las barreras aduaneras y propiciaría la especialización productiva de las naciones.

Don Hugo: No faltaba más: por entonces Inglaterra era el único país especializado en la producción industrial y así conseguía tener por mercado todo el orbe.

Don Víctor: Lo que se callaba míster Smith era que la contrapartida de las materias primas y productos agrícolas iba a ser mal negocio para todos los demás.

Don Hugo: Adam Smith era en esto tan hipócrita como los contrabandistas… si a éstos les vienen muy bien las fronteras y las aduanas porque burlarlas es su negocio, al inglés le venía al pelo borrarlas.

Don Víctor: Tampoco renegaron de banderas y fronteras los condottieri y sus partidas, al igual que los contrabandistas, porque hacían de las querellas entre los Estados la razón de su existencia.

Don Hugo: Se adelantaron en esto a los grandes deportistas que cambian de bandera de cara a los Juegos Olímpicos o con vistas a los campeonatos de los grandes clubes.

Don Víctor: Si hasta las religiones monoteístas se acaban identificando con el nacionalismo y llegan a fragmentarse por ello, traicionándose así.

Don Hugo: Desengáñese usted, don Víctor, no hay otro colectivo que las monarquías que sea realmente internacionalista.

Don Víctor: ¡Atiza!, pero si viven siempre envueltos en su bandera nacional y representan la unidad  y la independencia del país.

Don Hugo: Sí, sí, pero bien que se cruzan entre ellos por encima de las fronteras y bien poco que les importa reinar aquí o reinar allá.

Don Víctor: Es verdad, don Hugo, si incluso se adaptan tan bien al exilio como si hubieran nacido para ello.

Don Hugo: Son una sola familia, con muchos palacios por la vieja Europa. Fíjese en Jorge V de Inglaterra y el Zar Nicolás II…

Don Víctor: ¡Dos gotas de agua!                                                                                       

Título

Don Hugo: Pero, don Víctor, ¿qué hace usted mirando allá abajo?, ¿no ve que la estatua está aquí arriba, encima del pedestal?… ¡ni que hubiera encontrado una inscripción del Bajo Imperio!…

Don Víctor: No se extrañe, don Hugo. Cuando veo obras de arte contemporáneo, siempre miro en primer lugar el título…

Don Hugo: ¡Sí, para saber qué es!

Don Víctor: ¡Eso!, a falta de un libro de instrucciones, por lo menos una pista.

Don Hugo: Qué razón tiene usted. ¡Felices tiempos aquellos en que las obras de arte no tenían título, ni falta que les hacía! La gente las veía y se explicaban por sí mismas. Uno podía ser analfabeto y entender toda una historia, edificar su espíritu, reflexionar sobre la cuestión propuesta e incluso abandonarse al éxtasis contemplativo…

Don Víctor: En cambio ahora, cuántas veces se enfrenta uno al misterio de un objeto mostrenco, incomprensible y hasta repelente y no sabe qué hacer ni qué pensar.

Don Hugo: Por ello, lo que antes era lo menos importante, o ni siquiera existía, es hoy lo principal.

Don Víctor: «Après moi, le déluge»!

Francés medieval

Don Víctor: ¿Cree usted, don Hugo, que al final se celebrarán los Juegos Olímpicos en Tokio?

Don Hugo: Lo dudo, don Víctor. Lo que sí que creo es que podremos ver el Tour por la tele.

Don Víctor: Recuerdo cómo, cuando empezamos a verlo en color con aquellas tomas aéreas, mis amigos exclamaban entusiasmados: «¡Ahora veo por qué vas tanto a Francia a veranear!, ¡qué país tan bonito!, ¡qué pueblos tan pintorescos y cuidados, qué campos tan fértiles, qué bosques tan frescos, qué ríos llenos de agua!…»

Don Hugo: Claro, don Víctor, si ya lo dice Rutebeuf en aquella disputa entre el cruzado recién armado para recuperar San Juan de Acre y aquel otro caballero que decide quedarse en Francia con este argumento: «Se Diex est nule part el monde, / Il est en France, c´est sens doute».

Don Víctor: Qué bien pronuncia usted el francés medieval, don Hugo!…si lo he entendido todo, que si Dios se halla en parte alguna, ¡no puede ser más que en Francia!… ¿A cuento de qué ir a buscarlo más lejos?

Don Hugo: Y la cosa viene de antes. Desde la Canción de Roldán se habla ya como un tópico de la doulce France.

Don Víctor: Hay que reconocer que las razones del caballero que no quería embarcarse, amén de laudables por atreverse con reparos tan políticamente incorrectos, son muy justas: es cierto que Francia lleva ininterrumpidamente todo un milenio encaramada en lo más alto como sociedad, sin apenas sufrir momentos de auténtica decadencia.

Don Hugo: Francia parece la obra maestra de la Creación. Me atrevería a decir lo que ni siquiera Rutebeuf osó proclamar…

Don Víctor: Déjeme a mí decirlo, don Hugo: «Diex est françois».

Españoles y extranjeras

Don Víctor: Pero, don Hugo, ¿qué me dice usted?… ¿Que se ha vuelto a Copenhague?…

Don Hugo: No sé cuándo se daría cuenta de que es un imbécil, pero en cualquier caso ha tardado treinta y cinco años en dejarlo.

Don Víctor: Pues es una pena para nosotros, porque Christiana era la único bueno que tenía Planes-Bellmunt.

Don Hugo: ¡Y además que sigue siendo guapísima!…

Don Víctor: Con lo que se ufanaba el doctor porque «vivía libre de las neuras de las españolas»…

Don Hugo: A tipos así, nuestras compatriotas enseguida los calan… y se apartan… pero mire que conocemos casos de auténticos venados impresentables que se han emparejado con extranjeras… ¡bastante presentables!

Don Víctor: Claro, las pobres se creen que son tan raros por la diferencia de nacionalidad, pero que todo será acostumbrarse.

Don Hugo: Sí, lo mismo pensaba Ingrid Bergman en el «Stromboli» de Rossellini…

Don Víctor: Christiana es siempre tan agradable, tan sensata y tan serena, que era difícil adivinar tal reacción por su parte… ¡Si hasta parecía feliz y todo!

Don Hugo: Creo que la gota que colmó el vaso fue cuando quiso obligarla a acompañarle a recibir el Premio de Medicina Rosenstiel, luciendo un tocado que él mismo le había compuesto… ¡con plumas de urogallo!

Don Víctor: ¡Vaya palo en todo caso!

Don Hugo: No se crea, don Víctor… ¡si estaba ofendidísimo!

Rohmer

Don Víctor: Y mire que es cinéfila la chica, que se sabe más películas que yo, pero Rohmer nunca la ha convencido…

Don Hugo: Me ocurre lo mismo con mis hijos, don Víctor. No le tragan.

Don Víctor: Y no es algo generacional. Aparte de nuestras señoras, ¿a quién conocemos de nuestra edad que disfrute con su cine?

Don Hugo: El rechazo que causa se podría cifrar en unas cuantas cosas: personajes muy corrientitos de clase media con problemas tan normales que, como espectáculo, se nos antojan banales…

Don Víctor: Nunca llega la sangre al río, ni hay tragedia.

Don Hugo: … no hay acción externa y el decorado se limita a paisajes urbanos e interiores sin mayor carácter…

Don Víctor: Ni siquiera recurre a estrellas de cine… en definitiva que todo es mediano y anodino.

Don Hugo: … todavía me queda lo más importante, que los espectadores se quejan de que los personajes no paran de hablar.

Don Víctor: No parece francés Rohmer, por lo bien que ha sabido tomar distancias al retratar ese exceso de sus compatriotas.

Don Hugo: De quien sí ha sabido alejarse también es de los grandes maestros, haciendo un cine pegado a la realidad más cotidiana…

Don Víctor: … no como Pasolini, merodeador de los espacios fronterizos de la sociedad…

Don Hugo: … o como Bergman, obsesionado con los conflictos más profundos que toda relación afectiva entraña…

Don Víctor: … o como Antonioni, que eleva hasta la metafísica el malestar vital…

Don Hugo: … o como Godard, siempre explorando nuevas vías de expresión…

Don Víctor: … o como Fellini, que acaba por hacer metacine más que cine, retratando sus rodajes.

Don Hugo: Narcisistas todos…

Don Víctor: ¡Geniales!

Don Hugo: … que hablan de sí mismos.

Don Víctor: En cambio nuestro Rohmer consigue con sus modestos mimbres, con la realidad más habitual, hacer Arte.

Don Hugo: ¡Y que no son poco desgraciados o llegan a exaltaciones gozosas estos personajes tan sin relieve!

Don Víctor: Además algo rezuma de todo su paisaje humano, que es la contradicción entre el discurso y la conducta…

Don Hugo: … y no porque sean insinceros, sino por la imposibilidad de conciliar aquello que discurren con aquello que están llevando a cabo. ¡Ésa es la base en que se sustenta su filmografía!

Don Víctor: Don Hugo, ¿qué le parece si en el próximo fin de semana invitamos a comer a nuestros hijos y les explicamos todo esto?

In medias res

Don Hugo: Es como si en misa, nada más acomodarnos, ya saliera el cura repartiendo hostias.

Don Víctor: Sí, como en una partida carlista ante el ataque por sorpresa de los cristinos…

Don Hugo: Mire que, cuando era estudiante, dejé de ir al cine con Isidro Cuenca por su manía de entrar a mitad de película en aquellos cines de sesión continua.

Don Víctor: Claro, y luego había que quedarse a ver la primera mitad.

Don Hugo: ¡Qué abrupto es entrar en el cine y aterrizar in medias res!

Don Víctor: Yo, la verdad, echo de menos el Nodo. Salía Ava Gardner en Las Ventas y se iba uno preparando para la película que venía luego.

Don Hugo: «La guapa actriz se maravilla ante ese vistoso quite por tapatías».

Don Víctor: Desde luego, don Hugo, clava usted la voz de Matías Prats.

Don Hugo: Me contaba Antonio Fava cómo en la Italia de entreguerras, antes de la proyección de la película, se interpretaba una mojiganga o unos breves números de teatro de variedades, con actores de carne y hueso.

Don Víctor: ¡Ah, sí, el avanspettacolo!… Si hace no tanto aún ponían cortos en algunos cines. Recuerdo algunos de Santiago Segura, que eran muy entretenidos.

Don Hugo: ¡Y no como aquellos que nos cascaba Alenda!… pues fíjese usted, don Víctor, que sé por mi hijo mayor que se producen infinidad de cortos al año que luego no tienen distribución y sólo se ven en los festivales.

Don Víctor: Una película necesita de un preámbulo como el preludio de una ópera, como el aperitivo de un banquete, como los ritos iniciales de una misa…

Don Hugo: … como el festejo antes del amor… Por cierto, que no le he contado que una de las gracias de Isidro Cuenca consistía en que, al levantarnos de nuestras butacas para marcharnos, gritaba a voz en cuello: «¡Ése el el asesino, que lo sé del pase anterior!»

Territorios remotos

Don Hugo: Las unas se nos presentan cansadas, casi postradas, aburridas…

Don Víctor: … mientras que las del otro lado se nos muestran hieráticas, pero relajadas.

Don Hugo: Sus ropas son opulentas y coloristas…

Don Víctor: … y las de las otras son victorianas y de colores manieristas.

Don Hugo: Llevan el pelo recogido.

Don Víctor: Dejan caer sus pesadas melenas ondulantes.

Don Hugo: Se reconocen sus fisionomías individuales.

Don Víctor: Repiten clónicamente sus caritas de muñeca.

Don Hugo: Son mujeres reales.

Don Víctor: Son mujeres soñadas.

Don Hugo: Unas y otras, inquietantes por su sonambulismo crepuscular.

Don Víctor: Todas sentadas en una espera expectante, pero indefinida.

Don Hugo: Sus ojos abiertos no se miran, ni siquiera ven.

Don Víctor: Permanecen ausentes en el silencio, reforzado por el infinito.

Don Hugo: Fíjese usted, don Víctor, en cómo visitando pinturas de siglos tan distantes, nos hemos adentrado en un mismo territorio, que para mí no es otro que el…

Don Víctor: ¡del inconsciente, don Hugo!… Ya le venía a usted venir. … Pase en el caso de Delvaux, pero en lo tocante a Carpaccio…

Don Hugo: Créame usted, don Víctor, ya sea el siglo XV o el XX, el inconsciente siempre ha estado ahí…

Don Víctor: ¿En las sacras conversaciones, en los santos en oración, en tantos autorretratos abstraídos…?

Don Hugo: Claro que sí, don Víctor… incluso en tantos paisajes ensimismados, transmundanos, proyección acaso de la melancolía endógena del artista… ése es el territorio al que hemos llegado.

Don Víctor: Claro, el que conjuraba el surrealismo, mediante la hipnosis, la escritura automática e incluso el espiritismo.

Don Hugo: Sí, ¡esas fuerzas ocultas que nos requieren mágicamente!

Don Víctor: ¡Qué cosa tan grande es el Arte que expresa lo inefable, revela lo escondido y materializa lo intangible!… Ahora bien, don Hugo, qué quiere usted que le diga… yo me quedo con las cortesanas de Carpaccio.                                                                                                                                  

El/La Muerte

Don Hugo: No conozco toda la obra de Novalis, pero seguro que nunca se le ocurrió hablar del beso de la Muerte con sus finos y gélidos labios, como a nuestros poetas.

Don Víctor: Claro, ni a Hölderlin… Los hubieran tachado de homosexuales.

Don Hugo: ¿Y usted cree, don Víctor, que en este caso el género determina el sexo?

Don Víctor: Creo que es más bien al contrario y que, en nuestra cultura mediterránea, de forma natural, el sexo de la Muerte determina su género femenino.

Don Hugo: Siempre me chocó, por ello, que la Muerte de Durero fuera un hombre…

Don Víctor: … y a mí me sigue extrañando en Bergman, pero lo acepto.

Don Hugo: En los frescos medievales y en las pinturas de Brueghel, la Muerte, por ser esqueleto, carece de sexo.

Don Víctor: Acaso fuera la solución más adecuada, pero me pregunto qué sexo cuadraría mejor a la abstracción que llamamos «Muerte».

Don Hugo: Ninguno, don Víctor. Es tan sólo la fuerza de la costumbre la que nos lleva a imaginarla mujer. Si tuviera que pintarla, sería una joven esbelta y pálida como su ropaje; lánguida, pero de mirada acerada.

Don Víctor: ¿A lo Bécquer y a lo Poe?

Don Hugo: Sí, y sobre todo la de Juan del Encina: «Vi entrar señora tan blanca, muy más que la nieve fría»… Una doncella que inspira a la vez atracción y repulsión.

Don Víctor: Para Verlaine, una dama que, al fin, nos proporciona el anhelado sosiego.

Don Hugo: Se lo pide Verlaine y la reclama nuestro Escrivá: «Ven, Muerte, tan escondida…»

Don Víctor: ¡Calle, don Hugo, por el amor de Dios, no me sea usted agorero!…