Noche de difuntos

Don Víctor: Hace tiempo la declaramos persona non grata y quisimos desterrarla…

Don Hugo: Sí, sí, enseguida aparecieron negociantes que vendían la inmortalidad, aunque fuera a costa de postponerla, invernándonos, hasta que las ciencias adelantaran realmente una barbaridad y le dieran la puntilla.

Don Víctor: ¡Pero si antes de la pandemia los medios se hicieron eco de que la esperanza de vida en este siglo podría llegar fácilmente a los ciento cincuenta o a los doscientos años!…

Don Hugo: La propia pandemia, don Víctor, se ha ocupado de desmentirlo. Así es que no queda otro remedio que esconderla… Vamos, ¡como quien tiene que hacer aguas mayores!

Don Víctor: Fíjese usted, don Hugo, cómo será la cosa que los Teatros del Canal anunciaban una lectura dramatizada del cuento fantástico «Don Juan», de Galdós, para el «Día de Todos los Santos» y no para la «Noche de Difuntos», que era lo que le correspondía.

Don Hugo: ¿Y qué tiene que ver Don Juan con los Santos?

Don Víctor: ¡Cuánto no temeremos a la Muerte que volvemos a sacarlos!…

Don Hugo: … a ellos que estaban criando polvo en los desvanes, ¡los pobrecillos!

Malestar en la civilización

Don Víctor: El mayoral dice que va a tener que sacrificar el sesenta por ciento…

Don Hugo: ¡No me diga, don Víctor!… Y así, ¿todas las ganaderías bravas?

Don Víctor: Claro, don Hugo, hasta aquí llegan las consecuencias de la pandemia. Si no hay corridas, ¿para qué criar tantos toros?

Don Hugo: Va a pasar lo que leía el otro día en aquellos papeles de Azaña, cómo durante nuestra guerra el pueblo desatado acabó en unos días con la práctica totalidad de las reses bravas de Madrid.

Don Víctor: Quizás debido al hambre… Acuérdese usted de que sólo se comían las píldoras del doctor Negrín…

Don Hugo: ¡Quia! ¿A que no recuerda usted que llegara a su casa ningún rabo de toro? Se desperdició la mayor parte en una verdadera orgía de destrucción gratuita. Aquello fue matar por matar.

Don Víctor: Orillada toda autoridad, vuelve a surgir la bestia con sus hecatombes. Ya no prevalece la civilización…

Don Hugo: … con su principio de realidad, que se impone por encima del principio de placer.

Don Víctor: Entonces, cuando ceden esos diques, ¿volvemos a nuestra animalidad primitiva?

Don Hugo: Sin duda, don Víctor. Se acabó la previsión, la prudencia y el cálculo. Ya no hay mañana. Sólo la pasión presente: entregarse a una embriaguez salvaje de muerte y crueldad. Hay que saciar, como si fuera la última oportunidad, la necesidad insatisfecha…

Don Víctor: Cuánto debió de costar el paso de cazador a pastor: tener al lado de casa las presas potenciales y reprimir el instinto de matarlas y devorarlas hasta reventar.

Don Hugo: Una vez perdidos los respetos, se abre un abismo que nadie sabe cómo se colmará ni cuándo, ni a costa de qué…

Don Víctor: Me pone usted a temblar, don Hugo, visto lo que pasa ahora en nuestro país… que uno no puede olvidar aquellas barbaridades que el pueblo desenfrenado cometió cuando éramos unos críos.

Don Hugo: Obélix es un buen ejemplo de cuánto puede costar pasar por el aro cuando se ve en la obligación de pregonar su mercancía de jabalíes, en lugar de guardarlos todos para sí, movido por la necesidad de llenar de sestercios aquel caldero de marras.

Don Víctor: ¡Lo que se reían también mis chicos con aquel episodio! Se repetía en casa aquella frase en circunstancias parecidas.

Don Hugo: Por algo el buen galo gritaba muy bajito, ¡como para sí!: «Comprad, comprad deliciosos jabalíes»

Simetría

Don Hugo: “Tyger, tyger, burning bright / In the forests of the night. / What mortal hand or eye / Could frame thy fearful simmetry?”.

Don Víctor: Cómo le aprovecharon las lecciones de Dolores, don Hugo, pero me gusta más cuando recita usted a Shakespeare.

Don Hugo: Calle, calle, don Víctor, ya sé que aquí William Blake se muestra algo ripioso, pero qué atinado con eso de “¿Qué inmortal mano u ojo / Pudo dibujar tu temible simetría?”

Don Víctor: La reconocemos donde se asome, entre el caos de la Naturaleza.

Don Hugo: Las plantas todavía suelen presentarse algo respetuosas, pero lo que es la geología… ¡una vergüenza!

Don Víctor: Claro, los animales son también simétricos, como nosotros, y querríamos construirnos un paisaje también simétrico en el que habitar y sentirnos racionalmente seguros, como en las pinturas del Quattrocento.

Don Hugo: Frente a la arbitrariedad y desorden del mundo onírico, si bien sólo aparente, y frente a los desmanes de la vida psíquica, el ser humano, animal de cultura, busca el equilibrio y la armonía, cifrados en la simetría.

Don Víctor: Sí, sí, fíjese usted que nuestro mundo, esférico, nos produce tanto vértigo por su inestabilidad y la dificultad de orientarnos en su superficie, que lo hemos partido en hemisferios simétricos y, a partir de ello, hemos construido toda una malla de meridianos y paralelos con que fijarlo y aprisionarlo…

Don Hugo: … siempre en perfecta simetría respecto a las antípodas… ¡Lo que me está pesando ahora el no haberme peinado con la raya en medio cuando todavía podía…!

Don Víctor: Eso no lo hubiera podido ver yo. A usted lo conocí ya con su hemisferio sin meridianos ni paralelos.

Los apotegmas del amigo doctor

Don Víctor: Y cuando Isidro Cuenca, tan amigo de malmeter, le reprochó tener una piedra en el riñón mientras que su gran rival, el doctor Sánchez de la Olma, de la facultad de Valladolid, se mantenía como una rosa, él contestó: “El doctor Planes-Bellmunt trata al doctor Sánchez de la Olma. El doctor Sánchez de la Olma trata al doctor Planes-Bellmunt”.

Don Hugo: No conozco a nadie tan vanidoso… Pues yo envié a su consulta a mi cuñada Sagrario, que es bastante pesada e hipocondríaca, y la despachó con que “Lo que le ocurre a usted, señora, es que ha sufrido una fractura del hueso del hígado. Y eso no tiene cura”.

Don Víctor: Sí, es tal su engreimiento que no consiente el menor debate con sus colegas, por muy reputados que sean. Cuando, a propósito de un difícil caso clínico, el doctor Lacasa le dijo: “Usted y yo tenemos que intercambiar ideas”, Planes-Bellmunt le respondió: “No, que pierdo”.

Don Hugo: Desde luego, los reflejos los tiene muy buenos. Recuerdo que, cuando a propósito de una melodía, Lopetegui le recordó aquella obviedad de que “dos negras equivalen a una blanca”, nuestro doctor le soltó que “siempre y cuando la negra no sea Naomi Campbell”.

Don Víctor: Y aquella vez en que Dupré excusó a su esposa por no poder asistir a su fastuosa fiesta en la casa de Port-Lligat, porque “la pobre estaba en la cama con treinta y nueve”, le espetó: “¡Caramba, ni Mesalina!

Norte / Sur

Don Víctor: Por el acento, el conductor del autobús parecía siciliano…

Don Hugo: Sí, un terrone, como los llaman aquí, en el Norte.

Don Víctor: ¿Acaso fuera un terratremato de la zona del Vesubio, ocioso como todos, pobre, fantasioso, trapacero y poco de fiar?

Don Hugo: Igual que nuestros andaluces tan denostados por Jordi Pujol, ya antes de la muerte de Franco: ignorantes, mentalmente miserables, anárquicos, muertos de hambre, desarraigados en Cataluña…

Don Víctor: Y lo que escribía Celaya: «Nosotros, vascos, luchando /  con el hierro, con lo terco / con el cansancio y la rabia / y allá en el Sur los flamencos, / los enanos asexuados que gorgotean y bailan…»

Don Hugo: Es tan bruto Celaya que no se ha enterado de que no se encuentra en España persona más civilizada, bien educada y delicada que muchísimos andaluces.

Don Víctor: Sí, sí, ¡qué rudos somos más al Norte aquéllos que no gozamos de una tradición urbana tan larguisima e ininterrumpida desde la fundación de Cádiz!

Don Hugo: Tampoco en Francia se libran los marselleses de…

Don Víctor: Ya lo dice Verdier, en «La tabernera del puerto», cuando se declara «marsellés, aunque me pese».

Don Hugo: … ser tratados de pretendidamente graciosos, vagos, marrulleros, tal como los define Chateaubriand: «… con sus harapos, su piel atezada, su aspecto de cobardía y crimen, mas crimen de otra latitud» y «en el rostro, el vicio».

Don Víctor: ¿A qué podrá deberse esta constante? ¿Es acaso la latitud, el clima, el paisaje, la etnia, la luz solar, que determina semejante oposición cultural?

Don Hugo: Yo creo, don Víctor, que ninguno de ellos.Piense en el caso inglés donde se cambian las tornas y es el Norte el vilipendiado.

Don Víctor: Es cierto… y es que además no siempre fue así… esto viene de un par de siglos a esta parte…

Don Hugo: Claro, de la industrialización y de la creación de una burguesía amplia y poderosa que da forma a una nueva sociedad.

Don Víctor: Eso en el Norte…

Don Hugo: Pero en Inglaterra, en el Sur… que ellos siempre marcan su hecho diferencial.

Don Víctor: Claro, ese carácter taciturno, desconfiado, ordenado, laborioso, ahorrativo y duro con los inferiores, el de la mentalidad burguesa, que, por otra parte, tantas cosas buenas nos ha dado también… mientras que, por el contrario, el Sur …

Don Hugo: En Inglaterra, el Norte.

Don Víctor: … es más abierto, más amistoso, más alegre, más relajado, más humano, más florido en el lenguaje, porque es una periferia, chapada a la antigua, de las grandes metrópolis comerciales. ¡Y no poco encanto tienen por ello!

Don Hugo: Mire lo que le digo, don Víctor. Tres días llevamos en Turín y tres días de lluvia sin cesar. ¿Qué le parece si tomamos el tren esta misma noche y nos llegamos hasta Nápoles?

Don Víctor: Sí, don Hugo, que además estoy echando de menos a esos buenos terroni.

Los imperios como quimeras

Don Hugo: Putin nos ha hecho despertar a todos para que veamos lo que no queríamos ver: que ya no rige el primer mandamiento internacional, que es el respeto al statu quo.

Don Víctor: El mundo surgido de la Segunda Guerra Mundial hace años que acabó.

Don Hugo: Sí, y mucho antes de que Putin subiera al poder, pero él ha osado seguir impertérrito el programa que se había trazado y que todos fingíamos ignorar.

Don Víctor: ¡Y no pasa nada!… Ucrania va a volver a Rusia, donde siempre estuvo, sin que nadie vaya a hacer nada por evitarlo.

Don Hugo: ¡Cuántas violencias, estragos y carnicerías no causarán los desmembramientos de los imperios cuya composición heterogénea afecta tanto al conjunto del enorme territorio como a cada de sus partes!

Don Víctor: ¿Se refiere usted acaso a esas ciudades del Este europeo donde convivían judíos, húngaros, polacos, rumanos, alemanes, checos y demás?

Don Hugo: Sí, don Víctor, exactamente, y en cada una de ellas en variable proporción. Ahora desmiembre usted aquellos territorios con sabias fronteras de manera que, sin trauma para ninguna comunidad, cada uno pueda gozar de las maravillas de convivir sólo con sus iguales: la misma lengua, las mismas creencias religiosas, el mismo folklore, esa peculiar manera de vestir, aquellos mitos y tradiciones ancestrales, y, ¡claro está!, el mismo fenotipo, siempre el más bello y superior en todos los órdenes.

Don Víctor: Acaso nunca debieran haberse creado aquellos imperios con su movilidad y sus trasiegos de población, a pesar de su indudable e inmensa labor civilizadora.

Don Hugo: Pero los imperios son quimeras con las que una generación se encuentra cuando llega a este mundo.

Don Víctor: ¡Un monstruo, en definitiva, que participa de varias naturalezas que podrían revolverse unas contra otras!…

Don Hugo: … en cuanto que cese la coerción que los encadenara o se disipe la fe colectiva que los aglutinó.

Don Víctor: Sí, don Hugo, y entonces ¡apaga y vámonos!, porque la serpiente, que a la vez es cola, atormenta el cerviguillo que, como cabra, se agita amenazadora sobre el cráneo del león erizado de rabia, quien, enloquecido, saca las garras y ruge, dispuesto a devorarse a sí mismo.

Don Hugo: Lo peor es que si un cirujano, pongamos por caso el Consejo de Seguridad de la ONU, decidiera seccionar cada parte, intentando mantenerla con vida, resultará que cada una contiene en sí el mismo germen de autodestrucción que ha heredado de la incompatibilidad de sus componentes.

Don Víctor: Yo, don Hugo, lo que me pregunto es si no será peor el remedio que la enfermedad: Putin, con su mejor intención, pretende dar marcha atrás volviendo al statu quo previo a la caída de la Unión Soviética, aunque para ello haya que usar también la guerra.

21 de febrero 2022

Pantorrillas

Don Hugo: … aquellas pantorrillas rotundas, que tanto agradaban a Maupassant…

Don Víctor: … y que tan bien retrató su contemporáneo Toulouse-Lautrec … y es que las bailarinas las mostraban, ellas que las tenían tan bien formadas.

Don Hugo: Y más con aquellos botines tan apretados y ajustados al tobillo, que las realzaban…

Don Víctor: … botines que era lo único que enseñaban fugazmente las mujeres decentes.

Don Hugo: Esto, don Víctor, lo vio muy bien Argan al encontrar en la obra de Toulouse-Lautrec «los mismos escorzos cortantes y golpes de luz» que en la narrativa de Maupassant.

Don Víctor: Dése usted cuenta, don Hugo: ¿qué mejor puente entre la literatura y la pintura de aquel momento que el movimiento nervioso del mollet bien rempli de una bailarina?

Nombres cristianos

Don Hugo: Para mí no cabe duda: esto fue un minarete. Quítele usted el campanario y no se atreverá a negarlo.

Don Víctor: Bien pudiera ser, pero también que fuera desde el principio un campanario erigido por los mismos que construían las mezquitas.

Don Hugo: ¿Del siglo XI, entonces?

Don Víctor: O del XII. Esto es como los nombres de pila españoles. Hubo convivencia, pero no mezcla.

Don Hugo: Es verdad, entre nosotros no ha habido tradicionalmente nombres árabes…

Don Víctor: Claro, todos son o hebreos, o griegos, o latinos, o germánicos.

Don Hugo: Amén de advocaciones locales: Pilar, Llanos, Sonsoles, Rocío, Montserrat, Javier, etc.

Don Víctor: Sí, claro, pero ¿qué me dice usted de Fátima, Guadalupe y Almudena?

Don Hugo: Don Víctor, no pienso caer en esa trampa. Me ha citado usted tres nombres femeninos que han surgido por apariciones de la Virgen en lugares con patronímicos árabes, pero eso no cuenta.

Don Víctor: Ahora bien, don Hugo, estamos hablando exclusivamente del pasado. Ahora todo lo anega la marea de los Jonathan, Aitor, Iker, Omar, Elián, Liam, Jennifer, Jasmine, Jessica…

Don Hugo: ¡Con lo comedidos que fueron nuestros antepasados y sus vecinos del barrio de la Morería!

Internacionalistas

Don Víctor: ¿Recuerda usted, don Hugo, aquella película de Martín Patiño sobre nuestra guerra en que un jefe anarquista declara, ante la inminente batalla, que va a demostrar que «un español vale por cinco italianos»?

Don Hugo: ¡Toma internacionalismo proletario!

Don Víctor: Pues eso digo yo. También Stalin hubo de recurrir al nacionalismo ruso y a los popes con sus santos para movilizar a las masas ante la invasión alemana.

Don Hugo: ¿Y qué me dice usted de los socialistas adhiriéndose con entusiasmo a la Unión Sagrada  junto a los conservadores durante la Gran Guerra?

Don Víctor: Quien sí se mostró como un verdadero internacionalista fue Adam Smith con su libre-cambismo que aboliría las barreras aduaneras y propiciaría la especialización productiva de las naciones.

Don Hugo: No faltaba más: por entonces Inglaterra era el único país especializado en la producción industrial y así conseguía tener por mercado todo el orbe.

Don Víctor: Lo que se callaba míster Smith era que la contrapartida de las materias primas y productos agrícolas iba a ser mal negocio para todos los demás.

Don Hugo: Adam Smith era en esto tan hipócrita como los contrabandistas… si a éstos les vienen muy bien las fronteras y las aduanas porque burlarlas es su negocio, al inglés le venía al pelo borrarlas.

Don Víctor: Tampoco renegaron de banderas y fronteras los condottieri y sus partidas, al igual que los contrabandistas, porque hacían de las querellas entre los Estados la razón de su existencia.

Don Hugo: Se adelantaron en esto a los grandes deportistas que cambian de bandera de cara a los Juegos Olímpicos o con vistas a los campeonatos de los grandes clubes.

Don Víctor: Si hasta las religiones monoteístas se acaban identificando con el nacionalismo y llegan a fragmentarse por ello, traicionándose así.

Don Hugo: Desengáñese usted, don Víctor, no hay otro colectivo que las monarquías que sea realmente internacionalista.

Don Víctor: ¡Atiza!, pero si viven siempre envueltos en su bandera nacional y representan la unidad  y la independencia del país.

Don Hugo: Sí, sí, pero bien que se cruzan entre ellos por encima de las fronteras y bien poco que les importa reinar aquí o reinar allá.

Don Víctor: Es verdad, don Hugo, si incluso se adaptan tan bien al exilio como si hubieran nacido para ello.

Don Hugo: Son una sola familia, con muchos palacios por la vieja Europa. Fíjese en Jorge V de Inglaterra y el Zar Nicolás II…

Don Víctor: ¡Dos gotas de agua!                                                                                       

Título

Don Hugo: Pero, don Víctor, ¿qué hace usted mirando allá abajo?, ¿no ve que la estatua está aquí arriba, encima del pedestal?… ¡ni que hubiera encontrado una inscripción del Bajo Imperio!…

Don Víctor: No se extrañe, don Hugo. Cuando veo obras de arte contemporáneo, siempre miro en primer lugar el título…

Don Hugo: ¡Sí, para saber qué es!

Don Víctor: ¡Eso!, a falta de un libro de instrucciones, por lo menos una pista.

Don Hugo: Qué razón tiene usted. ¡Felices tiempos aquellos en que las obras de arte no tenían título, ni falta que les hacía! La gente las veía y se explicaban por sí mismas. Uno podía ser analfabeto y entender toda una historia, edificar su espíritu, reflexionar sobre la cuestión propuesta e incluso abandonarse al éxtasis contemplativo…

Don Víctor: En cambio ahora, cuántas veces se enfrenta uno al misterio de un objeto mostrenco, incomprensible y hasta repelente y no sabe qué hacer ni qué pensar.

Don Hugo: Por ello, lo que antes era lo menos importante, o ni siquiera existía, es hoy lo principal.

Don Víctor: «Après moi, le déluge»!