El guante

Don Hugo: Cada vez que paso por la Sala Ochavada, no dejo de acudir a contemplar esa mano prodigiosa y ese guante que cuelga melancólicamente entre los dedos.

Don Víctor: Todo un dandy el Infante don Carlos con ese gesto negligente, tan lleno de elegancia.

Don Hugo: Queda claro que lo está exhibiendo, pero el gesto me resulta ambiguo y no logro decidirme entre que sea un símbolo de debilidad, acaso de decadencia y abandono, o, por el contrario, un auténtico fetiche con todo lo que el guante sugiere…

Don Víctor: Pero, don Hugo, ¿qué es el guante sino el simulacro de la propia mano, el cuerpo inanimado de ésta, que sólo cobra vida cuando su dueño lo calza?… y símbolo también de la penetración…

Don Hugo: El guante señala, ordena, rechaza, niega, escribe, se santigua, se cierra en torno al cetro, empuña el arma y desafía.

Don Víctor: Todo eso que usted dice se refiere al guante derecho, pero el otro también cuenta. Con la mano izquierda se imita lo que hace la derecha, se acaricia uno en eso que usted llama «gestos de autoprotección», se atusa uno el mostacho… la izquierda sujeta al servicio de la derecha. Por otra parte, la mano izquierda es «la main gauche» de los franceses, la custodia de lo lascivo, de lo que permanece oculto…

Don Hugo: … del inconsciente… Es la mano del Diablo.

Don Víctor: Aquí, en el cuadro, se trata del guante derecho.

Don Hugo: Por fin me queda claro, don Víctor: el Infante ostenta su poder.

Don Víctor: Bueno, don Hugo, pero aunque se haya resuelto el enigma, cuando vengamos al Prado, no dejaremos de visitar la Sala Ochavada, ¿verdad?

Don Hugo: ¡Ni de besar ese guante si nos dejan!

Rayas y rayos

Don Víctor: Pues es el traje más elegante que tengo, don Hugo… ¿Ni siquiera la raya diplomática?

Don Hugo: Nada de rayas ni de manchas que alteren la uniformidad de la prenda. Bien claro lo dice Moisés: «Veste, quae ex duobus texta est, non indueris».

Don Víctor: ¡Menos mal, don Hugo, que usted tampoco es que haga mucho caso de tales cosas!

Don Hugo: Claro, don Víctor, pero si vamos a entrevistarnos con un banquero judío para venderle las excelencias de nuestra fundación, podría haber tenido usted más cuidado… que nunca se sabe…

Don Víctor: Yo, la verdad, es que no tenía ni idea de todo esto.

Don Hugo: Pero, hombre de Dios, ¿cómo puede ignorar usted quiénes se han vestido a rayas desde la noche de los tiempos?

Don Víctor: Lleva usted razón. Hemos endosado las rayas a los presidiarios, los bufones, los juglares, las prostitutas, Arlequín… o a los criados con sus libreas.

Don Hugo: Volviendo al Levítico, el leproso ha de llevar el vestido rasgado.

Don Víctor: Sí, pero todo eso era en el Antiguo Régimen… Los presos de ahora visten ropa vaquera o de color butano. Y desde la Revolución Francesa la raya se lleva a gala. No hay más que ver los pantalones de los sans-culottes y los maillots de los marineros.

Don Hugo: Y tras la Revolución Industrial, se impone la velocidad, la agitación, la energía… y el Arte se viste también de rayas.

Don Víctor: ¡Y de rayos!… Dinamismo, juventud…

Don Hugo: Si parece diseñada por el propio Marinetti: ¡la camiseta del Rayo Vallecano!

Don Víctor: Acaso por esto de las rayas, a Julita nunca le han gustado los uniformes del fútbol en general, salvo el del Real Madrid.

Don Hugo: Julita ha dado en el clavo: los del Madrid van de blanco, que es el color de la pureza y el  de los ángeles…

Don Víctor: Claro, mientras que las rayas son cosas del Demonio.

Don Hugo: Calle, don Víctor, que ya nos hacen pasar. Procure que no se le noten mucho esas rayas.

Elogios envenenados

Don Víctor: Es que, en ocasiones, algunos elogios van cargados de veneno, don Hugo.

Don Hugo: Sí, como aquella vez en que le gritaron a Ponce: «¡Qué buen torero si hubiera toro!»

Don Víctor: Como que no sabíamos todos que Ponce escoge siempre a sus juampedros.

Don Hugo: ¿Y eso de «Qué buen vasallo si hubiera buen señor»?

Don Víctor: Eso es distinto porque sí se alaba al vasallo que no tiene culpa del rey a quien se denuesta.

Don Hugo: Quien sí que es un auténtico especialista en halagos emponzoñados es el amigo Planes-Bellmunt. ¿Recuerda usted, don Víctor, cuando le dijo a su colega, el doctor Perales, que «qué buen médico haría si midiera catorce centímetros más»?

Don Víctor: También a Cuenca le dijo un día que «ya sabes que se te aprecia a pesar de tus gilipolleces».

Don Hugo: Sí, y a Lopetegui le espetó que era «como el tonto de Coria, pero con carrera universitaria».

Don Víctor: Lo peor fue cuando llevamos al gallinero del Real al pobre Dupré, que estaba en las últimas…

Don Hugo: La palmó el pobrecillo en menos de una semana… El caso es que Planes-Bellmunt, viéndole ascender penosamente hacia aquellas cumbres, más muerto que vivo, le soltó aquello de «Dupré, ¡eso sí que es afición!»

Don Víctor: Por lo menos llegó a tiempo de ver a Kraus… Y cuando me presentó a mí a su mujer, Christiana, lo hizo en los siguientes términos: «Éste es Víctor,  un tío sin complejos. Mira que debiera tener todos los del mundo… ¡pues no tiene ninguno!»

Don Hugo: A mí, cuando le enseñé aquella vista de Florencia que acababa de terminar, me puso las manos en los hombros y me dijo, con afectada emoción: «Hugo, eres la eterna promesa de la pintura».

Lo inefable en el Arte

Don Hugo: Don Víctor, si le dijera que anoche no pegué ojo…

Don Víctor: Pues, hombre, don Hugo, si me hubiera usted avisado, habríamos quedado por la tarde y no tan temprano, y así se echaba usted la siesta del carnero.

Don Hugo: No, no, don Víctor, si precisamente tenía urgencia por verle y conjurar así esa pesadilla, que tanto me ha alterado.

Don Víctor: ¿No sería que por aquello de la «envidia de pene» y otros atentados a la política «de género», la ONU había mandado quemar las obras de Freud?

Don Hugo: Mucho peor, don Víctor… ¡que usted y yo nos enfadábamos y ya no nos dirigíamos la palabra!

Don Víctor: ¡Atiza, don Hugo!… ¿No sería por una mujer?

Don Hugo: No, no, era por una cuestión estética: usted defendía que el Arte depende fundamentalmente de una inspiración poco menos que sobrenatural, que trasciende toda escuela, que el Arte es espontáneamente genial e inexplicable…

Don Víctor: Hombre, don Hugo, no va del todo desencaminado…

Don Hugo:… mientras que yo manifestaba que tan sólo se puede crear desde una solidísima base técnica y un intensísimo aprendizaje, que dieran lugar a una maestría superior.

Don Víctor: Pues mire, don Hugo, yo, como espectador, le diré que siempre me han fastidiado aquéllos que comentan una obra de Arte o una interpretación artística envolviéndose en un prolijo formalismo técnico que enmascare su falta de sensibilidad, de criterio personal y de compenetración íntima con la obra…

Don Hugo: Bien cierto es, don Víctor, que por ese camino no se llega a tocar lo sublime del Arte. Dicho esto, tampoco basta el «me gusta, no me gusta» como decisión injustificada, caprichosa, arbitraria.

Don Víctor: ¿Cómo no compartirlo, don Hugo? La obra de Arte ha de suscitar una emoción y ha de transformar al espectador.

Don Hugo: Sí, claro, pero para que ello se dé, previamente ese espectdor debe ser sensible y generalmente habrá necesitado refinar su sensibilidad mediante el estudio y la reflexión.

Don Víctor: Al fin y al cabo, creador y espectador se necesitan, y a veces, para felicidad de ambos, convergen.

Don Hugo: Deme usted un abrazo, don Víctor, después de este conjuro adleriano. ¡Qué bien que ya no esté usted enojado conmigo!

¿Qué tendrá Túnez?

Don Víctor: Andar y andar, y al final siempre es Túnez el verso suelto del mundo árabe.

Don Hugo: Fíjese en qué ha quedado la primavera árabe, tan saludada por Occidente: en guerras civiles y avances del islamismo, en tanto que éste es el único país donde se ha encauzado una vía democrática.

Don Víctor: Siempre fue así, incluso bajo la dictadura de Bourguiba.

Don Hugo: ¡Qué duda cabe que el bourguibismo se mostró mucho más realista que el maximalismo nacionalista al uso!

Don Víctor: Si el propio Bourguiba se atrevió a proclamar que nada debía escapar al poder de la Razón.

Don Hugo: Él sí supo crear una verdadera nación tunecina…

Don Víctor: … con su sanidad pública…

Don Hugo: … su sistema educativo público…

Don Víctor: … su Código Civil moderno que llegaron a admitir los propios islamistas…

Don Hugo: … que acabó con la discrimación de la mujer…

Don Víctor:… que generó un desarrollo económico como tocaba, a diferencia de tantos otros países descolonizados de entonces…

Don Hugo: … y, para rematar, una política exterior neutral que lo mantuvo siempre independiente respecto a los demás países islámicos.

Don Víctor: ¿Y qué tiene Túnez para hacerlo todo de forma distinta?

Don Hugo: Yo me lo tengo aprendido, don Víctor: que estos tunecinos se hicieron romanos muy pronto, a la vez que nosotros y que los italianos.

Don Víctor: Eso es, don Hugo…¡que Bourguiba fue tan romano, como usted y como yo!

Malos y buenos

Don Víctor: Tiene que encarnarse, ser un personaje, porque «la Maldad como cualquier abstracción no puede ser retenida en el pensamiento».

Don Hugo: Hay que ponerle ojos y cara, expresión, voz, ademanes, nombre y nacionalidad…. ¡en definitiva un traje!

Don Víctor: ¡Pero cuánto más atraen estos personajes que no los buenos!… Sin malvados no hay conflicto y por ello ni relato, ni tampoco ficción.

Don Hugo: En su infinita variedad, en su cálculo, astucia y creatividad, en sus abusos y violencias, en sus falsedades y engaños, en su crueldad, el malvado concita todo nuestro interés y hace palidecer a los buenos, siempre iguales entre sí, de una sola pieza, marcando rutinarios el sencillo paso de los buenos modales.

Don Víctor: El hecho es que desde niños sentimos una atracción preferente sobre todo por cuanto se refiere al miedo y al crimen… bueno, eso era antes, porque ahora ya no hay manera de encontrar para los nietos cuentos tradicionales donde se devoren niños… Se ve que el Demonio ya no anda suelto por el mundo.

Don Hugo: Es como si a la postre se hubieran llevado el gato al agua los conductistas con Bandura a la cabeza, que siempre postularon que la violencia en la típica película o serie americanas, constituye un acicate para que la juventud reproduzca esos comportamientos.

Don Víctor: ¿Cree usted, don Hugo, que a eso se debe que hasta hoy en día la Historia de la Humanidad haya sido tan violenta?

Don Hugo: Hombre, sí y no. Los psicoanalistas mantienen la opinión contraria, que esa explicitación de la violencia y la crueldad, nos libera vicariamante de tensiones, impidiendo su manifestación y preservando así la paz social.

Don Víctor: Por eso cuanto más implacable y más inteligente sea el malvado, más nos fascinará.

Don Hugo: Claro, don Víctor, él lleva a cabo hasta el extremo las acciones que nosotros, ya sea por conciencia moral, ya sea por atrición, nos abstenemos de realizar… En este sentido el malo cumple la misma función que el onirismo: ser la válvula de escape de las pulsiones ocultas, prohibidas y peligrosas… ¡y además a las bravas, sin recurrir a los símbolos!

Don Víctor: Bueno, a lo que estábamos… entonces, ¿insiste usted, don Hugo, en que este año yo me disfrace con el traje de de Scarpia?

Don Hugo: Claro que sí, don Víctor, háganos disfrutar a todos y disfrute usted por una noche… pero fíjese en qué cara de bueno va a tener mi Cavaradossi… ¿a que estoy guapo?…

Colegios de élite

Don Hugo: Vamos, que me puso la cabeza como un bombo… Ya conoce usted las perras que coge Lopetegui… que si «en España lo que no ha hecho el pueblo, no se ha hecho…», que si…

Don Víctor: Sí, la verdad es que nuestras élites han sido siempre muy egoístas y muy despegadas de su patria y del interés común.

Don Hugo: Yo lo atribuyo a que en España nunca se formaron en las instituciones públicas.

Don Víctor: Es verdad, don Hugo…. Cuando no fueron alumnos de los jesuitas, lo fueron de un internado suizo o inglés… que rima muy bien con que se concedan luego minas y ferrocarriles a capitales extranjeros.

Don Hugo: ¡Como una colonia cualquiera, don Víctor!… Por más que hayamos querido imitar tanto a Francia, siempre se nos han olvidado los aspectos esenciales…

Don Víctor: … la abolición de la gran propiedad agraria que propiciara el surgimiento de una amplia mesocracia…

Don Hugo: Sin clase media, no hay industria, no hay comercio… ni hay cultura…

Don Víctor: … entre otras cosas, porque no hay consumidores…

Don Hugo: Pero sobre todo, se nos olvidó la instrucción pública.

Don Víctor: Aquí han fracasado nuestros Jules Ferry y nuestros Combes…

Don Hugo: … que con sus escuelas y maestros vertebraron la república en Francia.

Don Víctor: ¿Cómo se puede esperar así que los españoles tengamos un fuerte sentido ciudadano y de compromiso con el país?

Don Hugo: Fíjese usted, don Víctor, que de repente hasta me desagrada esa bonita estética neo-gótica de nuestros encumbrados colegios privados….

El menú de los héroes

Don Hugo: Celebro, don Víctor, que haya apreciado usted esta versión del «Sigfrido».

Don Víctor: Muy interesante, sobre todo en lo orquestal, aunque ya sabe usted que, para mi gusto, la mejor es la de Knappertsbusch, con el «Sigfrido» de Windgassen.

Don Hugo: Si es lo que yo les digo a nuestros pesados amigos wagnerianos: que usted disfruta más a Wagner que todos ellos juntos.

Don Víctor: Claro, don Hugo, ¡como belliniano que soy!

Don Hugo: Ya sea Sigfrido, ya sea Lanzarote, ya sea Roldán, el héroe épico medieval nunca siente el hambre y parece reducir el cuerpo a su dimensión muscular, que es en definitiva la guerrera. El mismo Flaubert constata que no tiene necesidades fisiológicas por ser un puro espíritu, como querría Madame Bovary.

Don Víctor: Si acaso beberá el filtro amoroso o el maléfico, el agua que purifica, el vino -que no deja de ser sangre de Cristo- o el pagano hidromiel.

Don Hugo: Son ángeles en definitiva… Me viene a la memoria aquello que dice Galdós a propósito de Teresita Villaescusa… Era algo así como «la dentadura, haciéndola tan bella y nítida como la de los ángeles, que ni ríen ni comen».

Don Víctor: Tampoco tienen «escrementos mayores», según revela don Quijote al salir de la cueva de Montesinos.

Don Hugo: ¿No le parece, don Víctor, que la presencia de héroes entre nosotros encierra la premonición de la carne glorificada después de la Resurrección?

Don Víctor: Pero entonces, don Hugo, ¿eso significa que en el Más Allá sí que beberemos y haremos aguas menores?

Albóndigas

Don Víctor: Casi me va a dar vergüenza confesarle a Julita que mucho ir a Casa Ciriaco con los amigos para, al final, decidirme por las albóndigas.

Don Hugo: Ha hecho usted muy bien, don Víctor, por más que se las pueda denostar como el colmo de lo populachero.

Don Víctor: Por algo aquella pulla a la muchacha tan estirada de ya no recuerdo qué obra de Aristófanes.

Don Hugo: Que no, don Víctor, que aquella mujer fatal, aquella Mirea que le decían, a quien le ofrecieron unas albondiguillas para bajarle los humos, era un personaje de uno de aquellos cuentos contemporáneos griegos que le pasé.

Don Víctor: ¡Ah, pues muy bien pudiera haber salido del magín del comediógrafo clásico, tan cínico él!

Don Hugo: ¿Concibe usted, don Víctor, que en alguna ópera de Donizetti, incluso cómica, se mencionara alimento alguno?… Como no fueran licores…

Don Víctor (cantando): Il segreto per esser felici…

Don Hugo (cantando): … Ogni tempo, sia caldo, sia gelo / Scherzo e bevo…

Don Víctor: El vino de Chipre, ¡qué maravilla!

Don Hugo: En cambio, en el género chico, no paran de enumerar viandas a cuál más suculenta y popular.

Don Víctor: ¡Vamos, que ni Carpanta!

Don Hugo: Qué duda cabe que mientras las bebidas alcohólicas, que son espirituosas y se subliman de forma ascendente…

Don Víctor: Muy bien, don Hugo… por el contrario, los alimentos sólidos, con sus proteínas y sus grasas, apuntan siempre hacia abajo, hacia la tierra, y, por tanto, nos animalizan.

Don Hugo: Fíjese usted cómo incluso en la tan lírica «Bohemios», cuando el galán canta al obligado champán, no deja de mencionar con fruición…

Don Víctor (cantando): ¡La sopa caliente, el pavo con trufas…

Don Hugo y don Víctor (cantando): … y el rico champán!

Potnia Theron

Don Hugo: Acuérdese usted de aquella chiquilla del circo de Munich…

Don Víctor: ¡Una verdadera Potnia Theron!

Don Hugo: … la civilización que se impone a la Naturaleza y, además, la aplicación empírica de los dos condicionamientos de la psicología del aprendizaje a la doma de animales.

Don Víctor: ¡Lo que costó a la ciencia definir y formular esos mecanismos…

Don Hugo: ¡Mecanismos pavloviano y skinneriano!

Don Víctor: … que la Humanidad lleva practicando desde la noche de los tiempos!

Don Hugo: Sí, como aquel Monsieur Jourdain que descubrió que había estado toda la vida hablando en prosa… ¡y él sin saberlo!

Don Víctor: Molière puso el dedo en la llaga una vez más, como Alfredo Kraus con respecto al flamenco.

Don Hugo: Hombre, don Víctor, que por mucho que cantara las «Granadinas» de la zarzuela «Emigrantes», algo tan andaluz y tan bonito, ¡no por eso cantaba flamenco!

Don Víctor: Ya, don Hugo, pero yo me refería a cómo encuentra que los buenos cantaores son belcantistas sin saberlo: llevan las vocales hacia la posición de la «i», «enmascarando» la voz para una mayor proyección; cuidan el fiato para dar esa continuidad interminable a sus finales de frase; se adornan hasta lo inverosímil con melismas y filigranas que algo tienen que ver con la coloratura operística; la messa di voce y los diminuendi con que regulan el sonido; la progresión canora  expresando la progresión dramática de la pieza…

Don Hugo: ¡Ah bueno, entonces sí, don Víctor! Y todo eso sin haber pasado nunca por un conservatorio.

Don Víctor: Siempre la práctica precedió a la teorización, pero luego la ciencia se hizo adulta y creció tanto que se emancipó…

Don Hugo: … a partir de ahí fue ella la que inspiró la aplicación práctica de sus avances.

Don Víctor: ¿Y qué habríamos hecho si primero no hubiera estado aquella señorita, la dama de las fieras?