Ni pop siquiera

Don Hugo: Estuve anoche releyendo a Marguerite Yourcenar y me llamó la atención cuanto afirma sobre las grandes superficies comerciales: lo inhóspito de su decoración, su ausencia de empleados, la uniformidad de los productos de trusts y monopolios y, flotando entre tanta desolación, «esa musiquilla mecánica fluyendo como jarabe de mala calidad».

Don Víctor: Musiquilla ratonera, ramplona y siempre anglosajona….

Don Hugo: ¡Pues no estaba yo viendo en la televisión ese programa que presenta los pueblos de España y sobre las imágenes de La Alberca, emborronándolas, chirriaba la voz de rata de Kylie Minogue…!

Don Víctor: Si incluso el telediario, mostrando imágenes de la Semana Santa sevillana paralizada por la peste, hacía sonar la musiquilla de Abba. ¡Ya me dirá usted, don Hugo, lo que tiene que ver con aquellas airosas torres, con la melancolía de los pasos plantados a la puerta de las iglesias, con los rincones pintorescos!…

Don Hugo: Pero, don Víctor, si ya en «Tendido cero», cuando dirigía el programa Mariví Romero, el resumen de las faenas se solía contaminar con música de rock and roll… ¡Qué les hubiera costado poner un pasodoble!

Don Víctor: ¡Ay, don Hugo!… como no todo puede seguir siendo ópera y zarzuela, me pregunto dónde quedaron Domenico Modugno, Mina, Marino Marini, Ornella Vanoni…

Don Hugo: Brassens, Brel, Aznavour, Françoise Hardy, Sylvie Vartan…

Don Víctor: Raphäel, Nino Bravo, Conchita Velasco, Marisol, Mari Trini…

Don Hugo: … si hasta el pop inglés ha quedado arrasado…

Don Víctor: Todo es ya igual, plano, chabacano, pringoso, privado de la menor calidad musical y virtud canora. Nos van convirtiendo todo espacio público y todas las producciones audiovisuales en un gigantesco economato siniestro…

Don Hugo: Sí, sí, vuelvo a Yourcenar. Escuche lo que dice:»… el estrangulamiento de la competencia acaba por dar a las tiendas capitalistas la misma lúgubre uniformidad que a los almacenes socialistas».

Don Víctor: ¿Dónde quedó el festival de San Remo?

Las primas de Musetta

Don Víctor: ¿Musetta?… Nunca pensé que se parecieran…

Don Hugo: ¡Achulapadas, traducidas al Madrid del género chico!

Don Víctor: Visita y la Mari Pepa siempre se me antojaron encarnación genuina del alma femenina del pueblo de Madrid.

Don Hugo: ¿Recuerda usted, don Víctor, lo que sentía Musetta cuando salía a pasear solita por la calle y la miraba la gente?

Don Víctor (cantando): E la bellezza mia tutta ricerca in me / da capo a pie.

Don Hugo y don Víctor (cantando): Ed assaporo allor la bramosia / sottile che dagli occhi traspira / e dai palesi vezzi intender sa / alle occulte beltà. / Così l´effluvio del desìo / tutta m´aggira, / felice mi fa, felice mi fa!

Don Víctor: ¡Maravillosa!… Lleva usted razón, don Hugo, también la Mari Pepa disfruta haciendo babear a sus vecinos enumerando los encantos que supuestamente le faltan.

Don Hugo (cantando): Palmito pa camelar, / boquita pa convencer, / y ojitos pa trastornar…

Don Víctor: ¡Picarona!… como que no se daba cuenta…

Don Hugo: «¿Es que tengo yo la culpa / de que al hacer esta alhaja, / pusiera Dios en el molde / lo mejor que le quedaba…?»

Don Víctor: Y ya veo que también Visita es otra discípula aventajada: (cantando) Soy una chula muy resalá.

Don Hugo y don Víctor (cantando): Soy un granito de pimentón… Todos los hombres, / cuando me miran, / por mí suspiran / y todos van /detrás de mí / porque me traigo unos timos hasta allí.

Don Víctor: Se ve que se llevaban entonces estas chicas jacarandosas, tanto en España como en París… Tenían a gala exhibirse, proclamar su belleza y desatar el deseo masculino.

Don Hugo: La filiación, don Víctor, es más segura que eso: «La Bohème», año 1896; «La Revoltosa», año 1897…

Don Víctor: … pero «El bateo» es ya del siglo XX…

Don Hugo: …por los pelos: 1901. Sucede a la Revoltosa sólo cuatro años después.

Don Víctor: Podría uno quedarse con la presentación frívola de estas muchachas tan simpáticas, pero repare usted en que en aquella sociedad hipócritamente victoriana, estas chicas se atreven a afirmar su independencia. Son atrevidas e incluso insolentes, osan salir a la calle sin acompañante masculino, se buscan solas el sustento, se emparejan con quien quieren, son valientes para defenderse en la vida sin tutelas…

Don Hugo: … y sobre todo no se avergüenzan nunca de ser mujeres

La voz inmensa de las sirenas

Don Víctor: Estaba releyendo «La Odisea» y me acordaba de una viñeta de los tintines que comprábamos a los niños. Era cuando Ulises ha de hacer frente a la «voz inmensa de las sirenas».

Don Hugo: Claro, don Víctor, seguro que recordó usted a la Castafiore.

Don Víctor: Repare usted en el adjetivo, don Hugo: ¡»Inmensa»!… en el inmenso escenario marino…

Don Hugo: Esa inmensidad hay que tomarla, a mi juicio, metafóricamente: es inmensa porque inmenso es el deseo que las sirenas suscitan e insondable el misterio que representan.

Don Víctor: ¡Vamos, como para atarse al mástil si uno no quiere ser imantado irremisiblemente!

Don Hugo: Yo creo que en el libro que estoy leyendo ahora, Stefan Zweig, sin pretenderlo, describe y define en qué consiste esta «inmensidad».

Don Víctor: ¿En qué obra, don Hugo? No recuerdo que tratara nunca este pasaje…

Don Hugo: No,  lo hace en un contexto muy diferente: un jovencito frágil e inexperto expresa lo que es la ambivalencia del deseo: por un lado, atracción desbocada y, por otro, temor a ser devorado.

Don Víctor: Por favor, don Hugo, si lo lleva ahí, léame usted cómo lo escribe.

Don Hugo: Dice: «»¿Acaso todo lo desconocido y maravilloso que ansiaba no estaba unido a las mujeres, no eran ellas las guardianas de todos los secretos, seductoras y promisorias, deseosas y deseadas a un tiempo?»

Anthony Quinn

Don Víctor: ¿Pero usted se ha enterado alguna vez del origen real de Anthony Quinn?, que lo mismo valía para hacer de moro que de esquimal, de griego, de mexicano, de comanche, de ruso…

Don Hugo: Su madre era mexicana. Él es mexicano. Ahora bien, sostiene que su padre, al que no conoció, era un irlandés enrolado en la revolución a las órdenes de Pancho Villa.

Don Víctor: Eso explica una pequeña parte, pero, don Hugo, dígame usted qué tiene que ver un griego con un esquimal, un mexicano con un árabe, un ruso con un apache.

Don Hugo: En todos los casos y bajo todos los disfraces, el personaje de Anthony Quinn es siempre vital y generoso…

Don Víctor: … primitivo, espontáneo y desinhibido…

Don Hugo: … sentimental e impulsivo…

Don Víctor: … violento y amigo de francachelas…

Don Hugo: … sensual y perezoso…

Don Víctor: … leal e insobornable…

Don Hugo: … fantasioso  y aventurero…

Don Víctor: … poseído de una ancestral sabiduría…

Don Hugo: … amén de trapacero.

Don Víctor: ¿Y eso representa por igual a un griego, a un esquimal, un mexicano, un ruso…?

Don Hugo: Eso, don Víctor, lo que representa es todo aquello que no es el público anglo-sajón a quien van destinadas sus películas.

La luna y los perros

Don Hugo: Si mueve los océanos, ¿cómo no ha de ejercer su influjo sobre las criaturas?

Don Víctor: Tengo observado que en las noches de luna llena, duermo muy mal. Por eso no he dudado en apuntarme a esta excursión, para disgusto de Julita.

Don Hugo: Bueno, don Víctor, pero espero que no le dé a usted por revelarse licántropo.

Don Víctor: No tema usted, don Hugo… si hay tal síndrome, lo acuso en el más leve grado… ¿Oye usted aullar a los perros?

Don Hugo: Esta noche no nos falta de nada. Echo de menos a Gaspard Friedrich en este paseo. En el caso del «hombre de los lobos», si bien se dé nocturnidad, Freud no establece relación alguna con la luna. Dicho esto, me resulta evidente, a partir del folklore, que el inconsciente colectivo liga a nuestro astro con los cánidos.

Don Víctor: ¡Pero qué Freud, don Hugo! Seguro que tiene usted leído lo que cuenta el Inca Garcilaso de cómo, ante el eclipse de luna, los indios atan y apalean a los perros para que aúllen y así el astro se compadezca de ellos y despierte de la enfermedad que la apaga.

Don Hugo: Es cierto. Creían además que la luna los estimaba por un servicio que en el pasado le hicieron.

Don Víctor: Si el día, con su fulgor solar, todo lo delimita, lo mide, lo explica, lo localiza…

Don Hugo: Entonces reina la divinidad racional, apolínea…

Don Víctor: … la noche, por el contrario, todo lo confunde, lo disfraza, lo oculta…

Don Hugo: Sí, reina otra divinidad que no es la nuestra y que sentimos como amenazante.

Don Víctor: La luna nos desorienta, como si quisiera reírse de nosotros y alejarnos de sus exclusivos dominios.

Don Hugo: No en vano los locos, los suicidas, los desesperados, los románticos acuden engañados al amparo de su frío manto de luz blanca…

Don Víctor: Esos chalados que usted menciona no dejan de ser la avanzadilla de nuestra especie que no se resigna ni siquiera a someterse a la ley del día y de la noche, que no quiere descansar nunca, que ya ha desterrado la oscuridad y sus astros de las ciudades y que no tardará en expulsarla del planeta entero.

Don Hugo: Todo eso está muy bien, don Víctor, pero volvamos a nuestros perros. Primitivamente, pertenecieron al reino de la noche. Domesticándolos, los volvimos diurnos, pero la luna les recuerda su origen…

Don Víctor: … y no cesa de reclamarlos a su luz espectral.

Don Hugo: Algo tiene la luna que no le deja a usted dormir, que extravía los pensamientos, que colapsa en el plenilunio las maternidades, que genera poemas sombríos, por mucho que queramos despreciarla con aquello que recoge Bécquer de «¡ladridos de perros a la luna!»

Estornudos

Don Víctor: ¡Aaatchús!

Don Hugo: ¡Jesús!…… ¡Aaatchís!

Don Víctor: God bless you!

Don Hugo: À vos souhaits… et à vos amours aussi!

Don Víctor: Salute! No se me vaya usted a poner malo, don Hugo, que ya estoy yo bastante delicado…

Don Hugo: ¡Que no vamos por ahí, don Víctor!… Fíjese usted en las cosas que hemos dicho. ¡Si es todo lo contrario! Nos sumamos a los buenos auspicios que trae el estornudo.

Don Víctor: ¡Es verdad, don Hugo, es lo que dicen las aves de Aristófanes, que un estornudo es un auspicio!

Don Hugo: Mucha guasa tenía el ateniense, pero Homero -que era más serio- bien que pondera el estornudo de Telémaco como presagio del castigo de los pretendientes…

Don Víctor: Por algo Temístocles zarpó lleno de confianza al encuentro de los persas tras el estornudo de un hoplita en plena arenga.

Don Hugo: Pues ¿y Jenofonte? Tan poco imaginativo como era, constata a lo largo de su retirada más de un caso al respecto.

Don Víctor: Pero si ni siquiera los sesudos ilustrados escaparon al influjo sobrenatural de los estornudos e incluso hacían por concitarlos con su amanerado rapé.

Don Hugo: ¡Qué frivolidad! Generándolos a voluntad, les privan del valor que tienen en un contexto de incertidumbre y ansiedad dramática.

Don Hugo: Cuando Prometeo crea al primer hombre, éste también estornuda pues ha de expulsar de su cuerpo la humedad excesiva ahora que el calor de la vida anima sus entrañas.

Don Víctor: Sí, sí, recuerdo que incluso le dijo entonces: «¡Que los dioses te favorezcan!»

Don Hugo: Lo cual abunda en nuestra tesis. Otro tanto habría ocurrido con la creación de Adán. Según los textos rabínicos, al soplo del Creador, nuestro primer padre reaccionó con el primer estornudo.

Don Víctor: Y qué desvalidos en cambio estamos nosotros, don Hugo, que en lugar de un estornudo, rompemos a llorar…

Don Hugo: Calle, calle, don Víctor, que hemos empezado muy bien estornudando los dos. La cosa está muy clara; la explicación psico-fisiológica la tiene dicha…

Don Víctor: No siga usted: ¡el doctor Freud!

Don Hugo: Esta vez, no. Me estaba refiriendo a Aristóteles, que penetra muy bien en el origen de esta relación entre la inspiración divina y el fenómeno físico: el estornudo adquiere su valor mágico desde el momento en que se genera en la cabeza, la parte más noble de nuestro cuerpo pues ahí reside el pensamiento divino.

Don Víctor: El estornudo no puede retenerse porque es voluntad divina; de ahí que sea valorado como sagrado y benéfico.

Cómicas

Don Hugo: Cada uno tenía que construir su personaje,  enervar incluso al público con sus cantilenas, sus amaneramientos y sus dengues, para crear su sitio en escena y hacerse imprescindible.

Don Víctor: Yo siempre vi con desazón a las mujeres que también abrazaban la carrera de cómicas, que fueron bien pocas.

Don Hugo: Desde que la mujer sube al escenario con la Commedia dell´Arte, es siempre bella, joven e inteligente. La fealdad, la vejez y la necedad son patrimonio exclusivo del hombre.

Don Víctor: Y fíjese usted en que, en el teatro de variedades, a los caracteres de aspecto ridículo, que se confían a hombres, siempre se les opone una mujer de tronío… pero llegamos a aquellas Mari Santpere, Gracita Morales, Lina Morgan…

Don Hugo: Sí, ¡son completamente diferentes!

Don Víctor: ¡Son grotescas!

Don Hugo: La Santpere, acromegálica, enorme, dotada de un vozarrón como de toro, con su untuosísimo acento catalán, va más allá de su sexo en sus interpretaciones.

Don Víctor: Eso es, don Hugo, ¡que deja de ser mujer!

Don Hugo: Gracita Morales, que sí que lo es y lo representa, se reduce a la insignificancia y lo cifra todo en su insistente voz de trompetilla. También así encontró su sitio.

Don Víctor: En el teatro de variedades hay también tontas, pero exhiben siempre un cuerpo esplendoroso, que cautiva al público masculino.

Don Hugo: Pues Lina Morgan lucía un tipito bien pinturero y una carita muy graciosa, pero también fue en lo grotesco donde encontró su verdadera oportunidad. Ella sí que habría valido para las variedades.

Don Víctor: Sí, si cultivó el género en su variante canónica, pero la vida, las empresas, el público la llevaron seguramente por otros derroteros más heterodoxos.

Don Hugo: Sí, don Víctor, porque mire usted que llega al colmo de lo esperpéntico…

Don Víctor: Son tres casos de valentía interpretativa: unas mujeres dispuestas a pasar por feas.

Don Hugo: Van contra la tradición y las convenciones teatrales.

Don Víctor: ¡Y en aquella España, que no en la de ahora!

Don Hugo: ¿Será nostalgia que me gusten ahora más que antes?

La tertulia como Dios manda

Don Hugo: A veces pienso, don Víctor, si no nos habremos equivocado siempre con aquello de huir de las tertulias de café…

Don Víctor: No me venga usted ahora con ésas, don Hugo. ¡Vaya pérdida de tiempo!

Don Hugo: Tal vez el sacrificio hubiera merecido la pena como acto de patriotismo. Prácticamente ya no hay tertulias. Sin embargo, se ha creado el espectáculo paródico que entretiene a la vez que asalvaja a la audiencia y por tanto a la ciudadanía.

Don Víctor: ¡Ah, claro, se refiere usted a los supuestos debates de la televisión o a las reuniones en la radio de los llamados ahora «tertulianos»!

Don Hugo: A ver quién es el más ocurrente, el más vociferante, el más energúmeno, el más ofensivo, el que no deja hablar a los otros, el más facha, el más progre…

Don Víctor: Cada uno va con su propio personaje cortado de una pieza e interpretando un papel pre-determinado.

Don Hugo: Se han profesionalizado dejando de lado la ética, la lógica, la retórica, la documentación, ¡la inteligencia crítica!

Don Víctor: Y luego en las reuniones de amigos y familiares, la gente se pelea de forma idéntica, en lugar de escuchar, debatir, reflexionar, tender puentes y concluir.

Don Hugo: La televisión moldea las conductas sociales.

Don Víctor: Sí, achabacanándolas.

Don Hugo: Por eso le decía que, comparando, lo de la tertulia tradicional era bastante más edificante. Por ejemplo, Cossío lo tenía organizado así: él moderaba en todo momento y aquél que tenía la palabra, no podía ser interrumpido. Así se hacía posible el respeto al otro y se evitaba la desintegración en grupúsculos secundarios.

Don Víctor: Le falta a usted enumerar la nómina de sus contertulios: Cañabate, D´Ors, Pla, Ortega, Belmonte, Rafael el Gallo, Zuloaga, Sebastián Miranda, Lilí Álvarez, Sáinz de la Maza, Neville, Mourlane Michelena…

Don Hugo: ¡Basta, don Víctor! … calle usted, calle, porque hoy quien va  llorar , soy yo.

Las dos culturas

Don Víctor: Le ruego, don Hugo, que apaguemos ya la televisión. Sabe usted bien que no aguanto este programa y ninguno de los otros que hemos probado…. pero vayamos al grano: ¿qué me quiere usted proponer?

Don Hugo: ¿Está usted, entonces, en contra de la cultura, don Víctor?

Don Víctor: ¡Atiza!, ¿qué tiene que ver todo esto con la cultura?

Don Hugo: Pues todo. Este rap, «Corazón», «Gran Hermano» y los djs de Ibiza ¡son cultura!

Don Víctor: Hombre, don Hugo, desde el punto de vista antropológico, desgraciadamente no puedo negárselo e incluso hay cosas peores: la pintada de un sedicente artista, mear contra una pared por mucho que uno se llame Dubuffet o que la tomatina sea declarada patrimonio intangible de la Humanidad.

Don Hugo: Entonces, don Víctor, ¿qué sería la cultura desde el punto de vista del espíritu?

Don Víctor: No sé, piense usted en los Medici, que eran hombres de negocios, pero se rodeaban de poetas, artistas, filósofos. Tenían criterio.

Don Hugo: Pues eso es lo que falta hoy en día. Ahora todo vale lo mismo: es un fenómeno humano.

Don Víctor: La cultura como generadora de belleza, conocimiento y libertad, se construye a base de confrontación, de elección, de clasificación, de eliminación, de jerarquización y ¡de creación!

Don Hugo: La cultura, así entendida, hay que pagarla, aunque realmente su valor sea incalculable.

Don Víctor: Y, sin embargo, esos otros sub-productos antropológicamente culturales sí que llevan la etiqueta del precio….

Verdi versus Wagner

Don Víctor: Mire que le han insistido a usted los de la Asociación Wagneriana para que se una a ellos. ¡Con lo que usted sabe del maestro!…

Don Hugo: Siempre recelé de las personalidades fálicas….

Don Víctor: … No me niegue usted que llega a disfrutar de Wagner más que sus fanáticos.

Don Hugo: Sí, y también que algunos tramos se me hacen muy cuesta arriba. Al final, Verdi me  resulta mucho más equilibrado; es, claramente una personalidad genital.

Don Víctor: Y mire que el italiano dudó y se mostró insatisfecho con su obra…

Don Hugo: Wagner, en cambio, no podía por menos que apabullar al prójimo con unas óperas que alejan del teatro y optan por el «festival sagrado».

Don Víctor: Si es sagrado, ¡mucho cuidado, don Hugo, no vaya usted a blasfemar!

Don Hugo: Repare usted en que casi nunca ocurre nada en escena, sino que siempre nos lo cuentan prolijamente, no una, ¡sino en varias ocasiones!

Don Víctor: Claro, y el espectador se ve obligado a no perder ripio de todas aquellas galeradas de versos declamados estentóreamente por los pobres cantantes en sus ariosos, siempre en un tris de naufragar en el proceloso mar orquestal.

Don Hugo: A eso voy, don Víctor, que esta continuada atención fuerza los nervios del sufrido público hasta el agotamiento intelectual: los momentos arrebatadores y culminantes se distancian tanto en la travesía de interminables pasajes áridos, sin ofrecer ocasión ni a la interrupción ni al aplauso, que la catarsis se demora hasta lo insoportable.

Don Víctor: Claro, la melodía infinita….

Don Hugo: Es más, el espacio ha sido concebido como si se tratara de un centro de tortura para el lavado colectivo de cerebros: todo el mundo a oscuras sin otro foco que la luz del escenario; no hay palcos ni pasillo en el patio de butacas, de manera que nadie se ve ni puede llegar tarde, ni levantarse del asiento antes de que acabe la función; no se preven salones de esparcimiento y relación en torno a la sala y se evitan los intermedios; la duración del espectáculo es maratoniana, tanto es así que no queda tiempo luego ni para ir a cenar ni para comentar nada con los conocidos.

Don Víctor: Hoy no hay quien hable con usted, don Hugo. No me deja meter baza. Está usted imbuido del monólogo wagneriano.

Don Hugo: Compárelo usted con Verdi, que presenta sus obras en el teatro a que compitan con las de los demás compositores, con las luces encendidas, con el movimiento de los palcos y los elegantes que entran en el segundo acto y los juerguistas que se marchan antes del último…

Don Víctor: ¡Es que Verdi respeta al público y su obra aspira a ser apreciada libremente!

Don Hugo: ¡Y que no se peleaba con sus libretistas para que no alargaran lo innecesario, para que las transiciones de escena fueran ágiles…!

Don Víctor: ¡Era un hombre de teatro!