Los dos mesteres (versión segunda)

Versión segunda de este diálogo:

Don Hugo: Cada vez los aguanto menos… ya sabe usted que hace muchos años dejé de leer las críticas teatrales de los diarios…

Don Víctor: Sí, y luego se las tengo que contar yo siempre…

Don Hugo: … ¡pero es que ahora se me caen de las manos los libros de literatura en cuanto que mencionan el teatro como género literario!

Don Víctor: ¡No exagere usted, don Hugo, que gracias a esos libros sabe usted lo que sabe!

Don Hugo: No sé, no sé, don Víctor; yo lo que enuentro es que me he pasado media vida como navegando con una brújula que no apuntara al polo magnético.

Don Víctor: Pero cómo, don Hugo, ¿acaso piensa usted que no aciertan cuando apuntan hacia Esquilo, Plauto, Shakespeare, Molière, Calderón, Schiller o Strindberg como modelos de creación teatral?

Don Hugo: ¿Cómo no concederle a usted razón en esto?, pero a lo que yo voy es a que reflexionan sobre el texto ateniéndose exclusivamente a la escritura.

Don Víctor: Pero es que lo escrito es lo que nos ha sido transmitido y lo que se publica y perdura.

Don Hugo: Justamente lo auténticamente teatral es lo que perece: la prosodia, la entonación, la modulación de la voz, el grito, el susurro, el aparte, el escondite, la seña, la mirada, el contacto, el beso, el canto, el baile, la mímica en general, el físico del intérprete… el ritmo…

Don Víctor: ¡Basta, don Hugo! Entiendo que el texto sea sólo una parte, pero ¿no es acaso lo más importante?

Don Hugo: ¡De ninguna manera! No es imprescindible, y ni siquiera es lo más importante en el teatro de texto.

Don Víctor: Entonces,¿¡qué propone usted a los estudiosos del texto?

Don Hugo: Que el teatro es ante todo un espectáculo y que, como tal, pertenece al mester de juglaría, por mucho que el de clerecía produzca textos maravillosos.

Los dos mesteres

De este diálogo existen dos versiones. Presentamos aquí la primera:

Don Hugo: Cada vez los aguanto menos… ya sabe usted que hace muchos años dejé de leer las críticas teatrales de los diarios…

Don Víctor: Sí, y luego se las tengo que contar yo siempre…

Don Hugo: … ¡pero es que ahora se me caen de las manos los libros de literatura en cuanto que mencionan el teatro como género literario!

Don Víctor: ¡No exagere usted, don Hugo, que gracias a esos libros sabe usted lo que sabe!

Don Hugo: Precisamente son los libros los que empiezan a confundirnos desde que aprendemos las primeras nociones de literatura, cuando colocan el drama a continuación de la narrativa y la poesía, como si el teatro no fuera más que un capítulo de la literatura.

Don Víctor: ¡Ah!, ¿pero no lo es?… Pues a mí me ponían siempre sobresaliente… ¡si era la asignatura que más me gustaba!

Don Hugo: Sí, don Víctor, porque usted siempre leyó por su cuenta y además ha sido, desde niño, muy aficionado al teatro y supo pronto por experiencia que el texto puede ser una de las partes del teatro…

Don Víctor: ¡Y que incluso puede prescindir de él!

Don Hugo: … pero que el teatro lo excede por todas partes.

Don Víctor: Tiene usted razón pues ¿cómo podríamos hablar de teatro sin tener en cuenta la dicción, la entonación, la prosodia, los silencios, los movimientos, los gestos, incluso las acrobacias y los golpes…?

Don Hugo: … sin olvidar la interacción dramática entre los personajes, o sea la vibración del diálogo vivo…

Don Víctor: ¿Y qué me dice usted de lo visual de la escena, sus equilibrios, polos, gravitaciones…?

Don Hugo: … amén de todos los aditamentos que queramos en cuanto a música, danza, disfraces, maquillaje y attrezzo…

Don Víctor: … prescindibles por otra parte… ¡Cuánto no odiaría al attrezzo Delacroix!

Don Hugo: … ¡Como que Shakespeare necesita telones!…

Don Víctor: En realidad el buen teatro queda magnificado por la técnica del actor, que no es literaria, sino interpretativa.

Don Hugo: Un texto literario tiene las cualidades de una carta; uno lee en soledad todo aquello que le confía el autor, que está lejos. ¡Qué distinto es cuando asistimos con otros mucho espectadores a algo que está ocurriendo en ese momento, como si sucediera en la plaza!

Don Víctor: Es cierto: hay unos personajes que no conocemos, pero bien pronto nos hacemos cargo de su drama y ello suscita en nosotros la ansiedad, la emoción… ¡la catarsis en definitiva!

Don Hugo: No es literatura. Es, ante todo, espectáculo por más que les pese a los profesores de literatura.

Lo racional-emocional-energético

Don Víctor: Lo encontré ordenando los programas de teatro. Ya voy por el año noventa y dos. Y no sé por qué me paré a leer esta semblanza de Cristina Rota. ¿Se acuerda usted de que fuimos juntos con las señoras?

Don Hugo: Sí, claro, don Víctor, lo recuerdo perfectamente: la Rota actuaba en esta adaptación teatral de Lluís Pasqual del «Tirano Banderas».

Don Víctor: ¡Cómo no iba a acordarse usted, don Hugo!…  Pues fíjese: «… ha desarrollado su carrera de actriz, aportando al terreno pedagógico su investigación sobre la conciencia y el proceso de vivencia, el desbloqueo del síntoma, intentando alcanzar a través del circuito racional-emocional-energético, la disponibiliad del ser, su unidad»

Don Hugo: ¿Qué cara pondría Buster Keaton ante toda esta jerigonza?

Don Víctor: Ninguna, como siempre.

Don Hugo: Bueno, pues entonces José Luis López Vázquez. ¿Recuerda usted, don Víctor, aquello de «Atraco a las tres» cuando atiende en el banco a una despampanate gachí…

Don Víctor: ¿Aquélla que iba a abrir una cuenta?

Don Hugo: ¡La misma!… pues bien le pregunta ella que dónde tiene que firmar y él contesta: «Aquí abajo, donde dice: ¡»la imponente»!»

Literatura alemana

Don Víctor: Siempe me ha sorprendido que la literatura alemana empezara la casa por el tejado.

Don Hugo: ¿Cómo es eso, don Víctor?

Don Víctor: Los primeros modernos que empiezan a escribir son los Winckelman, Lessing, Kant y los demás… como si ya hubieran pasado siglos experimentándolo todo y llegara por fin el momento de hacer balance, de reflexionar y finalmente teorizar sobre lo divino y lo humano.

Don Hugo: Quizás ello explique su maximalismo…

Don Víctor: Fíjese usted, don Hugo, en que prácticamente hasta Goethe no pueda hablarse de literatura alemana.

Don Hugo: Pues a mí, don Víctor, lo que me sorprende en los ponderosos alemanes es que ya desde el propio Goethe cada literato pretende hacer el libro total, donde esté todo y no falte nada.

Don Víctor: ¡Eso ya lo hizo Cervantes dos siglos antes!

Don Hugo: Lo que sí que tienen que es muy salao es ese «Simplicissimus».

Don Víctor: ¡Toma, como que es picaresca española!

Lo que no pudo ser

Don Hugo: ¡Cuánto me he acordado de aquella aventura frustrada de Cannes, que estuvo a punto de costarnos sendos disgustos con las señoras!

Don Víctor: Claro, se nos ha muerto Belmondo y ahora pienso más que nunca que teníamos toda la razón en nuestra empresa…

Don Hugo: Estalló el mayo del 68 y ¡adiós, festival!… Cualquiera le echaba un galgo a Godard, que estaba allí entre los que interrumpieron a gritos las proyecciones.

Don Víctor: La verdad es que Jean-Paul Belmondo, y acaso Godard, se quedaron sin rodar la que podría haber sido su mejor película.

Don Hugo: Me he puesto a releer las obras de Blaise Cendrars y estoy ahora incluso más convencido que en aquella primavera de que merecía una buena película que narrara sus aventureros años mozos.

Don Víctor: ¿Quién, sino Belmondo, para encarnarlo, con su sempiterno cigarrillo entre los labios?

Don Hugo: ¡Su permanente sonrisa de pícaro!

Don Víctor: ¡Tan mujeriegos ambos y tan bebedores!

Don Hugo: Cómodos, con absoluto desparpajo, tanto en los bajos fondos como en los ambientes elegantes.

Don Víctor: Dados al viaje, a la aventura y al peligro.

Don Hugo: Futuristas ambos, embriagados por la velocidad. Escuche usted, don Víctor: “J´étais sportif, jeune, insouciant, téméraire, j´avais mon franc-parler et j´avais l´air de me ficher de tout comme de l´an quarante”.

Don Víctor: Sí, don Hugo…¡cuánto le cuadra todo a Belmondo!

Don Hugo: ¡Lástima no haber podido repetir el intento otro año, pero con el mosqueo que se habían pillado las señoras…!

Don Víctor: Y eso que todavía era pronto para la peregrinación a Perpiñán con lo de “El último tango en París”.

Don Hugo: Sí, qué pena… ¡si hasta tenían la misma nariz aplastada!

Ars Incedaria

Don Hugo: Quiero recordar que fue Paris quien la alabó… aquello de que «por el portante reconocí en ti a la diosa».

Don Víctor: Supongo que sí sería Paris, quien, aunque cobardón, era sensible y muy fino en el gusto.

Don Hugo: Es cierto: a él, que sólo tenía ojos para Helena, únicamente la diosa Afrodita pudo hacerle girar la cabeza.

Don Víctor: Ya lo dijo Baudelaire, que la belleza es esa suma de arquitectura y movimiento… ¡Cómo no andaría la diosa Afrodita envuelta en el peplo!…

Don Hugo: Los primeros que plasmaron todo eso fueron los pintores de vasos, aunque seguramente también los muralistas, que no conocemos.

Don Víctor: ¡Qué escandaloso contraste con lo que hacían los escultores, tan a la egipcia!

Don Hugo: Bueno, reconózcame, don Víctor, que en los relieves pronto empezaron a soltarse el pelo y a ensayar posturas y actitudes a cuál más variada…

Don Víctor: Sí, don Hugo, lleva usted razón, al fin y al cabo es un dibujo al que se da bulto atacándolo de frente, pero la revolución no se produjo hasta que se decidieron a hacer grandes estatuas que previamente habían modelado en blando, con todas sus torsiones, tensiones, distensiones, transparencias…

Don Hugo: Vamos, que se acabó aquello de tallar el bloque avanzando desde las cuatro caras opuestas, dos a dos… En adelante, ¡los grandes bronces!

Don Víctor: Afrodita muy bien podría ser exponente del Ars incedaria.

Don Hugo: ¡Arrea, don Víctor!… ¡la Gradiva!, esa novela que tan bien analizó Freud, demostrando los vínculos inconscientes entre vulnerabilidad, magia e intimidad… ¡y todo ello a partir de un tobillo pompeyano!

Don Víctor: ¡Y dale con el sexo!… pero en el fondo tiene usted razón… Repare en que lo primero que se enseña a las modelos de alta costura es a caminar.

Don Hugo: Cuando éramos jóvenes: áulicas y pausadas. Hoy en día: apresuradas, marciales y desafiantes.

Don Víctor: Yo, a aquellas diosas las imagino desplazándose con cadencias de galera, un tanto procesionales.

Don Hugo: Sea como fuere, esas palabras de Paris son el primer registro de un piropo digno de ese nombre que nos haya legado la Civilización.

Perspectiva jerárquica

Don Víctor: ¿Todos en el mismo plano, igual de cerca?

Don Hugo: Todos, da lo mismo que aparezcan grandes o pequeños. No hay detrás ni delante, ni lejos ni cerca.

Don Víctor: Yo creo que a usted y a mí nos correspondería ir por detrás de Zimrilín de Mari.

Don Hugo: No se fíe usted de que el brazo del rey se superponga a la tiara del ministro; es una convención.

Don Víctor: ¿Y los que caminan por encima de los ministros que tiran del buey?

Don Hugo: No le quepa duda: pisan el mismo suelo que los personajes anteriores. Están encima para traerlos al primer plano, que es el único.

Don Víctor: Entonces, ésta no es una ventana abierta a un espacio tridimensional… No hay distancias.

Don Hugo: Lo más llamativo, don Víctor, es que lo normal sea representar las cosas así, distorsionándolas en función de la jerarquía, y que a nosotros, hoy en día, nos parezca raro.

Don Víctor: ¿Y cómo hemos llegado a desaprender esa «normalidad», don Hugo?

Don Hugo: Establezcamos una vez más un paralelismo entre lo ontogenético y lo filogenético: al igual que el niño que dibuja a su familia, marca diferencias de tamaño desproporcionadas al proyectar sus afectos en la imagen, deformándola así…

Don Víctor: … raramente se dan a su vez épocas adultas en que se respeten las auténticas proporciones de la Naturaleza. Además, un mundo representado en perspectiva es un mundo en que el individuo ha quedado emancipado y se mueve libremente por el espacio tridimensional.

Don Hugo: En efecto, el mundo clásico y el Renacimiento.

Don Víctor: Luego, todavía somos clásicos o, cuando menos, ¡renacentistas!

Don Hugo: La verdad es que es todo un consuelo.

Mesmer

Don Hugo: Lo más intragable de todo es aquello de fingirse viejos desde la primera juventud…

Don Víctor: Sí, siempre empolvándose la peluca y consultando la frecuencia de las deposiciones…

Don Hugo: Con la falta que nos hace a usted y a mí echarnos más años encima… ¿verdad, don Víctor?

Don Víctor: Todavía peor que esto es la influencia de personajes como Potocki…

Don Hugo: … con aquella España fantasmagórica de viajes goyescos por los cielos nocturnos, resurrecciones de muertos, bandoleros irredentos, criptojudíos cabalistas y gitanos herederos de la magia oriental.

Don Víctor: Casanova…

Don Hugo: Deja pequeño el catálogo de Don Giovanni, que el veneciano anduvo también por Rusia…

Don Víctor: No me refiero a esas proezas, don Hugo, sino a sus prácticas taumatúrgicas, rejuvenecedoras y de reencarnación entre las gentes nobles y adineradas…

Don Hugo: … los mismos que leían los escritos de Voltaire contra la superstición…

Don Víctor: El doctor Cagliostro…

Don Hugo: ¡Valiente sacamuelas!… ¡y cuánto caso no le harían!

Don Víctor: Mesmer…

Don Hugo: ¡Otro que tal baila! Vaya un granuja… ¡Y qué furor no causarían sus terapias!

Don Víctor: El caldo de cultivo de todas estas supercherías tan ridículamente infantiles fue la Masonería con sus ritos iniciáticos, jerárquías y liturgias, sus símbolos misteriosos y casi órficos, sus lenguas y signos secretos…

Don Hugo: ¡Cuánta novelería en la época de la Enciclopedia!

Don Víctor: Sólo corticalmente el ser humano es racional. Rasque usted un poquito este frágil barniz y al instante asoma el ser mágico más primitivo.

Descartes

Don Hugo: Toda ganancia tiene su pérdida, don Víctor… Desengáñese usted, sí, porque es fruto de una opción que deja atrás otras que ya no caben.

Don Víctor: Sí, por eso me lamentaba yo, tras leer cosas del feudalismo y del Antiguo Régimen… Hay cosas que se echan de menos después o tal vez sea algo que sólo me ocurra a mí.

Don Hugo: Claro, don Víctor, desde que triunfa e impone su dictado economicista la burguesía, todo aquello que no produzca es orillado, cuando no perseguido.

Don Víctor: Fíjese usted, don Hugo, en cómo hasta el loco tenía su sitio. O era bufón o era el extravagante de la villa, al que todos trataban y mantenían como a un familiar.

Don Hugo: Por no hablar de los cretinos, valorados por su proximidad a la beatitud de los ángeles.

Don Víctor: El contrahecho, siempre decidor, vivaracho, alcahuete y correveidile de los poderosos.

Don Hugo: Nunca faltaba un pedazo de pan para el vago con tal de que fuera simpático.

Don Víctor: ¡Claro, hombre, don Hugo! «Michelazzo, Michelazzo / mangia, beve / e non fa un cazzo!»

Don Hugo: ¡Y qué bien que venían los mendigos y vagabundos!…

Don Víctor: … que daban a todos ocasión de practicar la caridad.

Don Hugo: El encamado, víctima de la acedía mórbida…

Don Víctor: … justificaba las quejas y el prestigio, por su virtud, del resto de la familia.

Don Hugo: También medraban los pícaros cuya amistad se apreciaba por su abundancia de recursos.

Don Víctor: ¡Hasta los asesinos con tal de que fueran buenos profesionales!

Don Hugo: ¡Claro, un buon uomo di spada, como el borgoñón Sparafucile.

Don Víctor: Busconas… desde una favorita del rey, como Agnès Sorel, hasta las pelanduscas populares, como Elicia y Areúsa, de «La Celestina».

Don Hugo: No obstante, de toda esta fauna, el capitalismo siguió amparando a algunos: prostitutas, sicarios…

Don Víctor: Y no olvide los pícaros, que hoy se llaman «corruptos», y que ya no necesitan hacer gracia a nadie.

Don Hugo: Es que éstos, al fin y al cabo, rinden económicamente, pero los otros…

Don Víctor: Sí, respecto a aquellos otros, la sociedad de entonces ni siquiera llegó a intuir la posibilidad de eso que ahora el Papa Francisco llama los «descartes de la sociedad».

De Ghelderode

Don Hugo: Ya estamos aquí, don Víctor. Y a la hora adecuada. Es lo que yo le decía: si lo hubiera hecho aposta, no le habría salido mejor.

Don Víctor: Ni el antro de Fu Manchú, ni la guarida de Fantomas, ni el cuartel general del Doctor No llegaron nunca a ser tan imponentes, tan efectistas y tan llenos de energía como este edificio total, cifra y cumbre del manierismo italiano, ¡a la española!

Don Hugo: No podía ser de otra manera la morada de quien inspiró tan grostescas parodias, la de  esos seres maléficos que persiguen el dominio absoluto del mundo…

Don Víctor: ¡Ay, don Hugo, si yo hubiera leído a tiempo a Michel De Ghelderode!… pero cuando conocí sus obras, ya había fallecido.

Don Hugo: Claro, si murió a prinicipios de los sesenta… Con gusto le habría prestado algunos de sus dramas unos años antes. ¡Qué no hubiera dado entonces por poder soltarle con usted cuatro frescas!

Don Víctor: Todos los topicazos de la España Negra airea mejor que nadie el belga de marras.

Don Hugo: Felipe, martillo de herejes…

Don Víctor: En aquel contexto de guerras de religión, ¿quién no fue martillo, o de herejes o de católicos?

Don Hugo: Y al menos, ¡nos libró a unos y a otros de los turcos!

Don Víctor: Felipe, genocida de indios…

Don Hugo: ¿Aguantarían una comparación con nuestras leyes de Indias y nuestras controversias de Valladolid los Imperios coloniales de la era liberal, la de los derechos del hombre y del ciudadano?

Don Víctor: Felipe, campeón de la frialdad inhumana…

Don Hugo: Si hasta la colección Austral tiene publicadas sus cartas donde se preocupa con el mismo cariño de los achaques de sus hijas que de los alifafes de los bufones, a quienes tantas líneas dedica.

Don Víctor: Felipe, arquetipo del fanatismo…

Don Hugo: Eso es ignorar intencionadamente la demora de los asuntos públicos y de las menores decisiones, la aprensión por las consecuencias indeseadas y por aquello de los escrúpulos morales.

Don Víctor: Felipe o la negación del cuerpo…

Don Hugo: ¡Como que no le gustaban nada las gachises!

Don Víctor: Ni el vino de Colmenar…

Don Hugo: Ni la carne de caza que le condenó a la gota…

Don Víctor: Ni galopar tras de la caza mayor, a la vista de la sierra.

Don Hugo: Ni los jardines italianos…

Don Hugo: Y ya para acabar, Felipe tétrico…

Don Víctor: Si hubiéramos hablado antes de esto, allá por el cincuenta y ocho, habríamos invitado al bueno de De Ghelderode a dar una vuelta por el Prado para ver la colección de Tizianos que reunió para su goce personal.

Don Hugo: Estética y erótica.