Don Hugo: A mi hija Irene siempre le sorprendió que su abuelo, que era abogado, que cantaba muy mal y que, por supuesto, no tocaba ningún instrumento ni para quitarle el polvo, cabeceara oyendo por la radio a Sagi-Vela y dijera: «Éste canta con la nariz».
Don Víctor: Es lo que pasa cuando se ha creado una tradición interpretativa: que no sólo atañe a los propios cantantes, sino que alcanza al público en general. Los hijos aprenden a distinguir de sus padres y de sus conocidos…
Don Hugo: … lo discuten con sus amigos y se forman el gusto…
Don Víctor: … adquiriendo así criterios bien sólidos.
Don Hugo: Es llamativo, don Víctor, cómo en un espectáculo popular como el de las varietà napolitanas, los cronistas se complacen en subrayar la paleta de efectos vocales que manejan sus cantantes -que no son de ópera-, colocando allí ese calderón tan oportuno, ligando las frases, expandiendo la voz en aquel pasaje o apianándola en un expresivo final…
Don Víctor: Claro, don Hugo… A tal público, tales intérpretes. Éstos enseñan a aquél…
Don Hugo: ¡Y a ver quién le daba luego gato por liebre!
Don Víctor: En resumen, don Víctor, que me encantó la puesta en escena del «Miles Gloriosus», pero tal vez, por ser precisamente en el teatro de Mérida, andaba luego pensando un poco melancólico en aquellos actores de la Antigüedad que no tenían ni micrófonos ni amplificadores…
Don Hugo: … y que actuaban desde el alba hasta la puesta de sol. ¿Qué técnica conocerían para poder sostener ese esfuerzo titánico?
Don Víctor: Sería tan arduo como el de los cantantes de ópera, no en cuanto a la técnica canora, pero sí en cuanto al mantenimiento del esfuerzo y a la colocación de la voz, pero ¡no sabemos nada de ello!
Don Hugo: Teniendo en cuenta lo tecnológica que es nuestra época, tiene que resultar difícil resistirse a sus ventajas. ¡Qué duda cabe que facilitan la tarea al actor y permiten que los oigan bien incluso los que ya están un poco tenientes!
Don Víctor: La paradoja, don Hugo, es que, aunque nos acerquen la voz del intérprete y llenen el espacio sonoro, nos alejan el espectáculo con su artificio y su irrealidad.
Don Hugo: Lástima que usted aquel día estuviera enfermo… Cantó como nunca y recuerdo que tras la ovación final, dijo: «Si el aplauso eh el alimento del artihta, ¡vaya un shuletón que acabo de comerme!»
Don Víctor: ¡Qué bien le imita usted, don Hugo!… pero, ¿ha probado a cantar como él una debla?
Don Hugo: Aquel comentario de Salmerón me resultó de lo más significativo. Establece Freud que la ausencia de cariño se puede ver conjurada por la ingesta compulsiva de alimentos. Lo alimenticio suple así a lo afectivo.
Don Víctor: ¿Ve usted tan desvalidos a los obesos, don Hugo?
Don Hugo: Calle, don Víctor, que no se trata de ninguna broma… Le decía esto porque, sin ir más lejos, un comentario de mi hija Irene al respecto, me dio mucho que pensar. Volvía de una representación de «La Traviata» y me dijo que todo actor busca en su profesión el cariño, expresado mediante el aplauso.
Don Víctor: Entonces, cree usted que en todo artista habría un déficit afectivo que intenta colmar con su arte?
Don Hugo: Efectivamente, así es. Y qué desgraciados se sienten cuando no les aplauden…
Don Víctor: … cuando no los quieren…
Don Hugo: Y qué desheredados todos los demás porque a nosotros… ¿quién nos aplaude?
Don Víctor: Y entonces, viendo la ilusión de su hermana, la tía Margarita, ante la sola mención de Málaga, donde nunca había estado, mi tío Conrado y su mujer le ofrecieron llevársela con ellos al congreso de médicos.
Don Hugo: ¡Cuánto se daba entre la gente del Norte esa fascinación por Andalucía!
Don Víctor: Sí, mi primo Jose, sin ir más lejos, quería ser torero… hasta que lo probó, claro… por otra parte, ya sabe usted lo aficionado que es al flamenco…
Don Hugo: Querría saber yo, don Víctor, qué cosas habría oído su tía Margarita a propósito de Málaga, con qué mimbres se tejió en su mente ese mito…
Don Víctor: Mucho tendrían que ver las malagueñas que tan bien cantara Pepe Pinto, la copita de vino de Málaga que se bebía cuando llegaba de visita el primo arcipreste y aquello de «Málaga, bombonera».
Don Hugo: Creo que epítome de todo esto sea don Ignacio Zuloaga: pintó majas, pintó torerillos andaluces, pintó paisajes de Granada, chiflado como pocos por el flamenco más puro, llegó a anunciarse como novillero e ¡incluso llegó a hablar caló con los gitanos!
Don Víctor: Vamos, como aquello de la Traviata: el torero Piquillo, un bel gagliardo biscaglinomatador…
Don Hugo: Desde los países del Norte, donde la lluvia cae verticalmente como los barrotes de una prisión, según se queja Baudelaire, y la ausencia de sol conduce a la melancolía, estas tierras cálidas del Sur no pueden dejar de antojarse un paraíso lejano, pero real y presente en el tiempo.
Don Víctor: Claro, don Hugo, ¿cómo no sentir entonces esa permanente añoranza, embellecida por la imaginación y por el deseo?
Don Víctor: Aquí lo tiene usted, don Víctor. Han montado el expositor de obra de Galdós con aquello de su centenario y ¡ni por ésas!… Me ha dicho la bibliotecaria que ninguno de los lectores se ha llevado prestado un solo volumen.
Don Hugo: Si es que a don Benito, según documenta estadísticamente el estudioso del que le he hablado, ya en su época lo leían más bien poco, a pesar de la fama de sus «Episodios Nacionales», frente, por ejemplo, a un autor olvidado hoy en día como pueda ser Felipe Trigo.
Don Víctor: Muchas veces me he preguntado, a la vista de los escaparates de las librerías, por qué lee la gente que todavía lee…
Don Hugo: Y bien, ¿ha llegado usted a alguna conclusión?
Don Víctor: No sé, don Hugo, no sé… lo que constato es que cada vez se prescinde más de los autores clásicos…
Don Hugo: Claro, don Víctor, es mucho más arduo e incómodo acercarse a la obra de arte consagrada porque ya desde el momento de su creación suponía una exigencia intelectual al receptor y es que además el paso del tiempo le añade distancia formal y contextual.
Don Víctor: Es verdad… ¡qué trabajo!… pero, entonces, ¿para qué echarse encima la tarea de leer?
Don Hugo: Creo que habría que establecer una clara distinción entre amor por la literatura y compulsión a la lectura.
Don Víctor: Siga usted, don Hugo, que empiezo a percibir una luz…
Don Hugo: El lector compulsivo busca que el libro llene su tiempo, que lo entretenga sin exigirle, mientras que el amante de la literatura pide guerra: que lo sacudan, que le metan en problemas, que lo arrebaten, que le hagan dudar y reflexionar…
Don Víctor: ¡Que le cambien la vida!
Don Hugo: Ante esta cultura fácil del entretenimiento, del consumo y de la mercantilización de las artes, afirma Pasolini que, para llegar a determinadas conclusiones, se ha de ser «un hombre antiguo que haya leído a los clásicos y recogido las uvas de la viña».
Don Hugo: ¿Dónde estaríamos si no hubiera sido por él?
Don Víctor: Ni pensar en uno de aquellos picnics al sol y junto al río en compañía de rotundas mujeres, con botella de Burdeos y buen queso de Brie en la baguette…
Don Hugo: Sí, las películas de Renoir, trasunto de los desnudos al aire libre que pintara su tío.
Don Víctor: Renuncie usted a esas hembras tan apabullantemente carnales que se recortan monumentales contra un luminoso cielo, en el Veronés…
Don Hugo: Olvídese usted de quedar arrasado ante las lágrimas del ángel de Antonello que sostiene el cuerpo de Cristo muerto.
Don Víctor: ¡En las antípodas de ese seco conceptualismo teológico, incomprensible e inalcanzable para la piedad popular!…
Don Hugo: La soberbia intelectual de los reformistas protestantes encuentra el éxtasis de Santa Teresa de Bernini tan obsceno como la mano de su Hades hundiéndose en la muelle cadera de la bellísima Perséfone.
Don Víctor: ¡Execrable paganismo!… y, sin embargo, ¿no somos todos carne de la misma carne que aquellas esculturas palpitantes?…
Don Hugo: No en vano esos infelices, negando la Eucaristía, ¿no están negando la carne?
Don Víctor: Nosotros conciliamos nuestra naturaleza humana, compartida con Cristo, con su divinidad…
Don Hugo: … que tan bien expresan nuestras artes.
Don Víctor: Por eso, don Hugo, me insiste usted tanto en lo de San Platón de Constantinopla.
Don Hugo: Claro, don Víctor, ¿quién como él no luchara con ánimo invicto contra el mismísimo emperador iconoclasta Constantino Coprónimo?
Don Hugo: Cada vez los aguanto menos… ya sabe usted que hace muchos años dejé de leer las críticas teatrales de los diarios…
Don Víctor: Sí, y luego se las tengo que contar yo siempre…
Don Hugo: … ¡pero es que ahora se me caen de las manos los libros de literatura en cuanto que mencionan el teatro como género literario!
Don Víctor: ¡No exagere usted, don Hugo, que gracias a esos libros sabe usted lo que sabe!
Don Hugo: No sé, no sé, don Víctor; yo lo que enuentro es que me he pasado media vida como navegando con una brújula que no apuntara al polo magnético.
Don Víctor: Pero cómo, don Hugo, ¿acaso piensa usted que no aciertan cuando apuntan hacia Esquilo, Plauto, Shakespeare, Molière, Calderón, Schiller o Strindberg como modelos de creación teatral?
Don Hugo: ¿Cómo no concederle a usted razón en esto?, pero a lo que yo voy es a que reflexionan sobre el texto ateniéndose exclusivamente a la escritura.
Don Víctor: Pero es que lo escrito es lo que nos ha sido transmitido y lo que se publica y perdura.
Don Hugo: Justamente lo auténticamente teatral es lo que perece: la prosodia, la entonación, la modulación de la voz, el grito, el susurro, el aparte, el escondite, la seña, la mirada, el contacto, el beso, el canto, el baile, la mímica en general, el físico del intérprete… el ritmo…
Don Víctor: ¡Basta, don Hugo! Entiendo que el texto sea sólo una parte, pero ¿no es acaso lo más importante?
Don Hugo: ¡De ninguna manera! No es imprescindible, y ni siquiera es lo más importante en el teatro de texto.
Don Víctor: Entonces,¿¡qué propone usted a los estudiosos del texto?
Don Hugo: Que el teatro es ante todo un espectáculo y que, como tal, pertenece al mester de juglaría, por mucho que el de clerecía produzca textos maravillosos.
De este diálogo existen dos versiones. Presentamos aquí la primera:
Don Hugo: Cada vez los aguanto menos… ya sabe usted que hace muchos años dejé de leer las críticas teatrales de los diarios…
Don Víctor: Sí, y luego se las tengo que contar yo siempre…
Don Hugo: … ¡pero es que ahora se me caen de las manos los libros de literatura en cuanto que mencionan el teatro como género literario!
Don Víctor: ¡No exagere usted, don Hugo, que gracias a esos libros sabe usted lo que sabe!
Don Hugo: Precisamente son los libros los que empiezan a confundirnos desde que aprendemos las primeras nociones de literatura, cuando colocan el drama a continuación de la narrativa y la poesía, como si el teatro no fuera más que un capítulo de la literatura.
Don Víctor: ¡Ah!, ¿pero no lo es?… Pues a mí me ponían siempre sobresaliente… ¡si era la asignatura que más me gustaba!
Don Hugo: Sí, don Víctor, porque usted siempre leyó por su cuenta y además ha sido, desde niño, muy aficionado al teatro y supo pronto por experiencia que el texto puede ser una de las partes del teatro…
Don Víctor: ¡Y que incluso puede prescindir de él!
Don Hugo: … pero que el teatro lo excede por todas partes.
Don Víctor: Tiene usted razón pues ¿cómo podríamos hablar de teatro sin tener en cuenta la dicción, la entonación, la prosodia, los silencios, los movimientos, los gestos, incluso las acrobacias y los golpes…?
Don Hugo: … sin olvidar la interacción dramática entre los personajes, o sea la vibración del diálogo vivo…
Don Víctor: ¿Y qué me dice usted de lo visual de la escena, sus equilibrios, polos, gravitaciones…?
Don Hugo: … amén de todos los aditamentos que queramos en cuanto a música, danza, disfraces, maquillaje y attrezzo…
Don Víctor: … prescindibles por otra parte… ¡Cuánto no odiaría al attrezzo Delacroix!
Don Hugo: … ¡Como que Shakespeare necesita telones!…
Don Víctor: En realidad el buen teatro queda magnificado por la técnica del actor, que no es literaria, sino interpretativa.
Don Hugo: Un texto literario tiene las cualidades de una carta; uno lee en soledad todo aquello que le confía el autor, que está lejos. ¡Qué distinto es cuando asistimos con otros mucho espectadores a algo que está ocurriendo en ese momento, como si sucediera en la plaza!
Don Víctor: Es cierto: hay unos personajes que no conocemos, pero bien pronto nos hacemos cargo de su drama y ello suscita en nosotros la ansiedad, la emoción… ¡la catarsis en definitiva!
Don Hugo: No es literatura. Es, ante todo, espectáculo por más que les pese a los profesores de literatura.
Don Víctor: Lo encontré ordenando los programas de teatro. Ya voy por el año noventa y dos. Y no sé por qué me paré a leer esta semblanza de Cristina Rota. ¿Se acuerda usted de que fuimos juntos con las señoras?
Don Hugo: Sí, claro, don Víctor, lo recuerdo perfectamente: la Rota actuaba en esta adaptación teatral de Lluís Pasqual del «Tirano Banderas».
Don Víctor: ¡Cómo no iba a acordarse usted, don Hugo!… Pues fíjese: «… ha desarrollado su carrera de actriz, aportando al terreno pedagógico su investigación sobre la conciencia y el proceso de vivencia, el desbloqueo del síntoma, intentando alcanzar a través del circuito racional-emocional-energético, la disponibiliad del ser, su unidad»
Don Hugo: ¿Qué cara pondría Buster Keaton ante toda esta jerigonza?
Don Víctor: Ninguna, como siempre.
Don Hugo: Bueno, pues entonces José Luis López Vázquez. ¿Recuerda usted, don Víctor, aquello de «Atraco a las tres» cuando atiende en el banco a una despampanate gachí…
Don Víctor: ¿Aquélla que iba a abrir una cuenta?
Don Hugo: ¡La misma!… pues bien le pregunta ella que dónde tiene que firmar y él contesta: «Aquí abajo, donde dice: ¡»la imponente»!»
Don Víctor: Siempe me ha sorprendido que la literatura alemana empezara la casa por el tejado.
Don Hugo: ¿Cómo es eso, don Víctor?
Don Víctor: Los primeros modernos que empiezan a escribir son los Winckelman, Lessing, Kant y los demás… como si ya hubieran pasado siglos experimentándolo todo y llegara por fin el momento de hacer balance, de reflexionar y finalmente teorizar sobre lo divino y lo humano.
Don Hugo: Quizás ello explique su maximalismo…
Don Víctor: Fíjese usted, don Hugo, en que prácticamente hasta Goethe no pueda hablarse de literatura alemana.
Don Hugo: Pues a mí, don Víctor, lo que me sorprende en los ponderosos alemanes es que ya desde el propio Goethe cada literato pretende hacer el libro total, donde esté todo y no falte nada.
Don Víctor: ¡Eso ya lo hizo Cervantes dos siglos antes!
Don Hugo: Lo que sí que tienen que es muy salao es ese «Simplicissimus».
Don Víctor: ¡Toma, como que es picaresca española!