La tertulia del Viena

Don Víctor: Y es que, para más inri, en muchos sitios ¡el café suele ser malísimo!

Don Hugo: Yo estaría dispuesto a perdonarlo siempre y cuando el tema me interesara e incluso lo conociera previamente, pero, claro, suele quedar al albur del gallo de la tarde…

Don Víctor: Y es que muchos vienen a oírse y sobre todo a hacerse oír, más que a escuchar, intercambiar pareceres, construir y acercarse a la verdad…

Don Hugo: A mí me resulta intragable la monopolización del discurso, ese hablar para que los otros no hablen.

Don Víctor: ¿Y qué me dice usted de la heterogeneidad de los contertulios?

Don Hugo: Pues que cuanto más numerosa la tertulia, mayor proporción de indigentes congregados que degradan el coloquio, derivándolo hacia cuestiones triviales y personales y, en cualquier caso, prácticamente ajenos al tema…

Don Víctor: Total, que brillan la impropiedad y la confusión…

Don Hugo: Y no falta una claque parasitaria que jalee y refrende un inevitable extravío…

Don Víctor: La verdad, don Hugo, es que socráticos como usted y como yo, ya vamos quedando bien pocos… pero entonces, ¿por qué decía usted que le encantan las tertulias?

Don Hugo: Naturalmente, don Víctor, y me apunto todos los días si usted quiere… eso sí, con la condición de que nos reunamos sólo usted y yo.

Don Víctor: ¡Acabáramos, don Hugo!… ¡Ale, vamos a nuestra tertulia del Viena!

La primera sala de cine

Don Hugo: Pues, don Víctor, ¡vaya pregunta!… ¡Quiénes han de ser!… Los Lumière en uno de esos barracones de feria.

Don Víctor: No, don Hugo, antes, antes…

Don Hugo: Pues como no sean los de las linternas mágicas y los panoramas aquellos…

Don Víctor: Va bien, va bien, pero la sala de cine como tal, con su arquitectura y su disposición, ésa es de Wagner…

Don Hugo: ¡Atiza, pero si no había cine entonces, don Víctor!

Don Víctor: … con su ausencia de palcos y un único patio de butacas enfocadas hacia el escenario, el Festspielhaus de Bayreuth constriñe al espectador a mirar hacia adelante.

Don Hugo: Pues es cierto… se acabó el cotillear a los vecinos de enfrente, de arriba, de abajo…

Don Víctor: … con oscuridad total, salvo el escenario…

Don Hugo: … cuando antes la sala permanecía encendida, lo que permitía identificar a esos espectadores que llegaban rezagados en pleno concertante de final de acto, ver cómo se duerme el famoso financiero tras la ingesta de su “sopa caliente, el pavo con trufas y el rico champán”, conjeturar quién será aquella dama a la que todos admiran y nadie conoce y quién el misterioso visitante del palco proscenio…

Don Víctor: ¡De visitas, nada!, que ya no hay pasillo que corte las largas filas de butacas de manera que una vez hecha la oscuridad, no se pueda escapar nadie.

Don Hugo: Entonces, se inventó la sala de cine antes que el propio cine… ¡Qué más hubiera querido Wagner siempre insatisfecho con aquellas puestas en escena que no estaban a la altura de sus acotaciones escénicas ni mucho menos de su música…!

Don Víctor: No sé qué cuentan que le dijo a Nietzsche durante una representación, cuando todavía eran amigos… Espere…

Don Hugo: ¡Ah, sí hombre! “Quítate las gafas, Friedrich. Simplemente escucha y lo verás todo como debería ser”.

La noche

Don Víctor: Y ahora que ya estamos en el bosque y en lo más profundo de la noche, dígame, don Hugo, cuál es esa pregunta que requería tan complicada mise en scène.

Don Hugo: Piénselo bien, don Víctor… La pregunta es: “¿Por qué la noche es mujer?”

Don Víctor: ¡Atiza, don Hugo!… Pues yo veo dos facetas en principio contradictorias, que no sé si sabría desentrañar… por un lado, la noche es el fin de la jornada laboral…

Don Hugo: … y por tanto la liberación de la líbido, con la ansiedad sexual que ello genera…

Don Víctor: … es verdad, es verdad… y también es sosiego y refugio frente al bullicio del día.

Don Hugo: Muy bien visto, don Víctor: la noche es entonces también el claustro materno… ¡Vamos bien!

Don Víctor: Por otra parte, si Dios es Luz y aporta la claridad para comprender, Satanás es la oscuridad, la confusión y el caos. Por tanto la noche es diabólico aquelarre.

Don Hugo: Pero es verdad que hay contradicciones. Recuerdo cuán odioso se les hace el día a Iseo y Tristán en la noche del jardín, tanto que no querrían que amaneciera nunca.

Don Víctor: Como Romeo y Julieta, que sólo quieren oír al ruiseñor y que la alondra no les traiga el día…

Don Hugo: ¿Por qué no cantamos, don Víctor?

Don Víctor: Pero, ¿a Wagner o a Gounod?

Don Hugo: No hombre, a Raphael. (cantando:)» ¡Maldigo al Sol que se llevó / Tus juramentos y mi fe!»

Don Víctor y don Hugo (cantando ambos:)» Tu amor el día me hace odiar. / La noche apaga mi rencor».

¿Illica o Giaccosa?

Don Hugo: Que sí, que sí, don Víctor, que usted sería Giaccosa…

Don Víctor: ¡Pero que usted escribe muy bien, don Hugo! ¿A quien le piden siempre el discurso los socios de nuestra Fundación sino a usted, sea o no sea el Presidente, en la comida anual?

Don Hugo: Bueno, don Víctor, pero eso es más bien por mis dotes histriónicas y por los chascarrillos que cuento… En cambio, lo lírico siempre me causa una mezcla de pudor y respeto… Qué quiere que le diga… Lo aprecio y me conmueve, ¡pero no es lo mío!

Don Víctor: Es verdad que quizás usted destaque más en la visión de conjunto, en la estructura, en la eficacia, en la previsión de cómo reaccionará el público, suponiendo que fuera usted libretista.

Don Hugo: Claro, porque Illica era capaz de reducir toda una novela o un drama largo a un texto mucho más corto, que es lo que le exigía Puccini.

Don Víctor: Claro, para dejar sitio a toda su música…

Don Hugo: Simplificaba la acción concentrándola en las escenas y cuadros imprescindibles y, sobre todo, armaba una progresión dramática tal que los momentos culminantes se imponían por sí mismos con efusión arrebatadora.

Don Víctor: Yo le veo a usted pintiparado. ¡Cómo me hubiera gustado ser libretista de Puccini con usted!

Don Hugo: ¡Y a mí, don Víctor, y poder disfrutar luego de sus tiradas de versos tan sensibles, que hacen llorar y ponen la carne de gallina: ese “passo che sfiorava l´arena”, esas “dolci mani mansuete e pure”…

Don Víctor: Ya quisiera yo, don Hugo, poder alumbrar esas bellezas, esa sensualidad pudorosa, ese erotismo acariciante, esos afectos tan tiernos, por mucho que tenga el humor y el picante cuando se trata de mujeres más casquivanas, como la Musetta que “sgonella e scopre la caniglia”.

Don Hugo: Ay, Puccini, Puccini, ¡cuánto se te añora!

Loti

Don Víctor: ¡Y que nunca me leía nada!

Don Hugo: ¿Qué me dice usted, don Víctor? ¡Y que iba a entrar en la Academia con tanta obra bajo el brazo sin leer!… ¡Buenos son los franceses!

Don Víctor: Le tengo que enseñar el recorte de prensa que tengo en casa entre los papeles de mi tío Conrado.

Don Hugo: ¿Ése que era médico en Bilbao y que iba tanto a San Juan de Luz?

Don Víctor: El mismo. Bien, pues en la entrevista de marras, a la pregunta de cuál era su autor preferido, Loti contesta que ninguno, pues no lee nunca.

Don Hugo: Boutade habemus…

Don Víctor: Que no, que no, don Hugo, que no le gustaba leer, que sólo le gustaba escribir…

Don Hugo: Pues eso sólo tiene una explicación: la instrucción pública francesa, la de Jules ferry y del petit père Combes.

Don Víctor: Eso pienso yo: desde la maternal hasta el último curso del Bachillerato se lee mucho, se analizan críticamente los textos y se trabaja rigurosamente la expresión escrita.

Don Hugo: Más allá de algunos parecidos, es lo que va de Loti a Baroja.

Milagro

Don Hugo: Mire, don Víctor, lo de aquellas chicas sí que fue pasar del blanco y negro al color, y no tantas tonterías como se han dicho sobre la vida de entonces.

Don Víctor: ¡Qué bien les iba el technicolor a sus melenas tan rubias!…

Don Hugo: Sí, y a sus caritas finas de rasgos ligeros…

Don Víctor: … aunque con su algo de puntiagudos…

Don Hugo: … esa nariz respingona, la de Teresa Gimpera, la de Laurita Valenzuela, la de Sonia Bruno…

Don Víctor: Juveniles, delgaditas, estrechas de caderas…

Don Hugo: Aquello nos llegaba de Italia y Francia, con sus Françoise Dorléac, Elsa Martinelli…

Don Víctor: … pero sobre todo con su Brigitte Bardot, un prodigio de carnalidad…

Don Hugo: Sí, pero que la distingue de todas las otras, que son como Nausicaa, mientras que ella es Afrodita.

Don Víctor: Dígame, don Hugo: ¿dónde quedó Juanita Reina…?

Don Hugo: Pues donde quedaron la cartilla de racionamiento, el biscooter, la Sección femenina y el Congreso Eucarístico de Barcelona… ¡Aquellas chicas nuestras no tenían ya nada que envidiar a las americanas!

Don Víctor: ¡El milagro español!

Sin disfraz

Don Hugo: Y esta vaca… ¿será gallega, asturiana o de la Montaña?

Don Víctor: Hombre, la vaca será checoslovaca.

Don Hugo: ¿Y este aparato limpia bien la vajilla?

Don Víctor: ¡Es tan bueno que limpia la vajilla y hasta la altilla!

Don Hugo: No sé, no sé, don Víctor… Lo hace usted muy bien, de eso no hay duda, pero como los Calatrava no van disfrazados ni maquillados, por mucha boca descomunal que usted exhiba, estos hermanos, callados, no serían nada…

Don Víctor: Claro, claro, tiene usted razón, don Hugo. No vamos a pasarnos toda la fiesta del Círculo dando la murga…

Don Hugo: Para mí, está claro: el guapo representa al payaso blanco, tan remilgado, tan sabihondo, tan cursi y tan guapito…

Don Víctor: … mientras que el feo es el augusto, esa mezcla de niño, borracho, paleto y loco.

Don Hugo: Qué poco han visto en ellos los intelectuales de aquello que decía Octavio Paz: que la vanguardia artística es primitivista y que ahí radica su fuerza.

Don Víctor: Aunque siempre cuidaban de tejer una historia donde ir hilvanando los chistes, nunca se apearon de esa tosquedad, de esa sal gorda, de esa simpleza popular…

Don Hugo: … y de esa insobornable inocencia, incluso bondad, que representa para Pasolini la condición indispensable del buen cómico… A propósito de intelectuales, don Víctor, ¡qué buenos Estragón y Vladimir habrían hecho los dos, dirigidos por Boadella!

Don Víctor: Igual que ese “Tenorio” con Arturo Fernández.

Don Hugo: ¡Uno para terminar, don Víctor.

Don Víctor: “He ido al oculista a que me graduara la vista… ¡y me la ha suspendido!”

Nublado o soleado

Don Hugo: Pero entonces, don Víctor, ¿qué tiene usted que no le veo tan complacido como en otros lugares?

Don Víctor: No, no, si me encanta todo esto, pero… reconózcame usted, don Hugo, que le falta algo de intensidad… todo es bonito y pintoresco, pero un tanto desvaído…

Don Hugo: Sí, lógicamente, Rouen es un poco como esa cocina à l´anglaise.

Don Víctor: eso es, todo cocido… que le cae a uno muy bien al cuerpo… esos potages… esos bouillons

Don Hugo: … que no son lo mismo que una buena caponata siciliana o unos spaghetti all´Arrabbiata

Don Víctor: Es como esta plaza… ¿quién podría decir que no sea un encanto?… pero, ¿qué inspira esta armonía tan respetuosa, propia de una burguesía agremiada y circunspecta,  comparada con las plazas de Foligno, por poner un ejemplo, que tanto gustaran a Camillo Sitte, con su asimetría, sus edificios de épocas distintas que crean tan bellos contrastes, cada uno con su personalidad y su carácter?

Don Hugo: Si hasta el físico de sus pobladores acompaña: éstos tan bonancibles, incluso herpéticos, de cuerpos tan sólidos y facciones tan dulces, frente a aquéllos de talle cretense y rasgos expresivos…

Don Víctor: Ya sabe usted que yo como bien en todas partes, pero esto se parece a lo que va del queso de vaca al de cabra, con su perfume, con su picante, con su malicia, con su alegría…

Don Hugo: Vamos, don Víctor… ¡que la cabra tira al monte!

Uno, nessuno e centomila

Don Hugo: Entonces, don Víctor, ¿es así cómo usted me ve?… ¿es eso lo que me piensa de mí?

Don Víctor: Es una síntesis apresurada… puesto que usted me ha preguntado…

Don Hugo: No, no, si no me ofendo, pero constato que Pirandello tiene razón.

Don Víctor: Pero… ¿es que Pirandello dijo de usted lo mismo que yo?

Don Hugo: Seguro que diría algo bien distinto… Le recomiendo que lea usted “Uno, nessuno e centomila”. Verá cómo cada uno tenemos una idea de nosotros mismos…

Don Víctor: ¡Un autorretrato!

Don Hugo: Ecco!… pero ese autorretrato no es el mismo que el retrato que haría de usted Julita, por ejemplo…

Don Víctor: ¡Ah!

Don Hugo: … y lo más relevante es que cada una de las personas que le tratan tiene también de usted un concepto distinto.

Don Víctor: Por lo que veo, el autorretrato bien lo pudiera firmar Rembrandt, nebuloso, taciturno y problemático… el retrato amigo sería un Van Dyck… y en cuanto al ensamblaje de los centomila, mucho me temo que resulte un lienzo cubista.

Don Hugo: ¡Lo ha clavado usted, don Víctor!

Don Víctor: ¿Pero entonces qué es uno?

Don Hugo: Es que a la postre todos somos nesssuno, como el personaje de la novela, o sea un lienzo suprematista.

Don Víctor: Por eso es tan sorprendente y al mismo tiempo sugestivo descubrir que Hamlet, tan cogitabundo y caviloso, haya estado practicando la esgrima sin que nadie se hubiera enterado hasta que se plantea el desafío con Laertes.

Don Hugo: Es que, a pesar de las apariencias, todos somos multívocos.

Don Víctor: A todo esto, ¿qué pasó con el personaje de Pirandello?

Don Hugo: Pues que al final su indefinición lo volvió loco.

Abstracción

Don Víctor: No consigo recordar en qué novela de caballería del ciclo bretón el autor, al describir un caudaloso río, afirma que “por allí discurría un gran Támesis”.

Don Hugo: Pero dígame, don Víctor, ¿esa novela estaba escrita en franciano o en anglo-normando?

Don Víctor: No sabría decirlo, don Hugo, pero fíjese cómo toma el ejemplo por la categoría.

Don Hugo: Es lo propio de una mentalidad primitiva sin capacidad de abstracción, como la de un niño… Me viene a la mente ahora la satisfacción que experimenté de chico cuando se me hizo evidente la distinción entre “cuantitativo” y “cualitativo”. Ya ve… ¡me sentí mayor!

Don Víctor: Igual que en mi caso con aquello de “necesario, pero no suficiente”…

Don Hugo: ¿Y qué me dice de lo “filogenético” y lo “ontogenético”?

Don Víctor: Eso, como dicen mis nietos, “todavía no lo hemos dado”.

Don Hugo: ¿Recuerda usted cuando hace unos años visitábamos el convento de San Marco en Florencia y le pregunté a aquel niño rubito “Ti piacciono gli affreschi di fra Angelico?”…

Don Víctor: ¡Qué rocero que es usted, don Hugo!

Don Hugo: … y el angelito, ingenuamente, me respondió: “Non, Monsieur, je ne parle pas ce français-là”.