Don de lenguas

Don Hugo: No tiene desperdicio, don Víctor. Lea usted.
Don Víctor: «Open of 9 pm at 3 am». Genuina cita de Shakespeare. ¡Qué daño hace verlo impreso! ¿Cómo es posible?
Don Hugo: Parece que nunca llegaremos a sacudirnos esta maldición hispánica de hablar tan mal idiomas.
Don Víctor: España es el anti-Pentecostés. ¡Qué bárbaros!
Don Hugo: ¿Por qué cree usted, si no, don Víctor, que Cristo se fue a otra parte a buscar sus apóstoles? Porque aquí… echar demonios fuera y tomar serpientes en la mano, los primeros… ahora hablar idiomas… ¡vamos, ni con el espíritu Santo sobrevolándonos ni con lenguas de fuego sobre nuestras cabezas!
Don Víctor: ¿No se deberá esta mengua nuestra a la autarquía franquista?
Don Hugo: En alguna medida sí pues la célebre Junta de Ampliación de Estudios de los años treinta, que enviaba estudiantes al extranjero, dejó de operar.
Don Víctor: Aunque bien mirada, la cosa venía de más atrás. Cuando la Revolución Francesa, la Corona interrumpe la llegada de libros forasteros.
Don Hugo: Ya puestos, remontémonos a Felipe II que prohibió a nuestros estudiantes frecuentar las universidades europeas para no emponzoñarse de herejías.
Don Víctor: Pero es que además España era entonces una gran potencia y tocaba a los otros aprender español. ¿O es que acaso los ingleses saben idiomas?
Don Hugo: Lleva usted razón y parece que eso mismo vuelve ahora con la importancia de lo hispanoamericano.
Don Víctor: Yo creo además, don Hugo, que es que físicamente tenemos más dificultad que otros por lo reducido de nuestro sistema fónico. A cuántos sonidos no permaneceremos sordos, condenados a tropezar una y otra vez.
Don Hugo: A mí me parece, don Víctor, que la causa principal, actualmente, es de índole psicológica.
Don Víctor: ¡Acabáramos, don Hugo!
Don Hugo: Creo recordar que Menéndez Pidal atribuye al español una pudorosa hidalguía, temerosa siempre de ponerse en evidencia….
Don Víctor: Y yo añadiría a esa supuesta hidalguía la indudable villanía de acechar la menor ocasión para hacer escarnio del prójimo… pero a todo esto, don Hugo, ¿qué le ofrecen en esa octavilla tan bien redactada?
Don Hugo: Hablarán muy mal idiomas, don Víctor, pero en mí han visto un chaval… ¡Es propaganda de un bar de alterne!

La prueba de su existencia

Don Víctor: ¡Pues yo le digo a usted que esto no existe!…
Don Hugo: Usted dirá misa si quiere en el Altar Mayor del Pilar, don Víctor, pero yo aquí veo y palpo un desperfecto, que el Ayuntamiento debiera haber restaurado hace tiempo.
Don Víctor: ¡Qué más querrían los “genios” que han inventado eso del Bachi-Bac!
Don Hugo: ¿El cachivache?
Don Víctor: Bachillerato y Baccalauréat, válido en Francia y en España… lo que estudia mi nieta Lucía.
Don Hugo: Ah, pues qué interesante… saber a la vez de dos países que tienen tanto en común…
Don Víctor: Ha puesto usted el dedo en la llaga, don Hugo, porque al parecer se les antoja demasiado y han eliminado por casualidad un episodio común, sin apenas importancia, como es la Guerra de la Independencia.
Don Hugo: ¿Qué me dice usted?… Y entonces, ¿Napoleón?
Don Víctor: Se prescinde de él, tal vez en aras de un mejor entendimiento entre ambos pueblos.
Don Hugo: ¡Si es el enemigo íntimo favorito de los españoles!… Si hasta le nombraba mi tata, analfabeta… que me veía apurado, pues me espetaba: “Vísteme despacio, Napoleón, que tengo prisa”.
Don Víctor: Y a Almanzor, ¿lo conocía también?
Don Hugo: ¡Ya lo creo!… que yo hacía una trastada, entonces ella me amenazaba: “Mira, Huguito, que… “Almanzor / perdió el tambor / en Calatañazor / en el año mil dos”…

Don Víctor: Ya veo, don Hugo, de dónde le viene a usted ese rigor con las fechas.

Don Hugo: Bueno, no exagere usted, don Víctor.
Don Víctor: Cuánto calaron aquellos dos personajes en nuestro folklore y en el inconsciente colectivo.
Don Hugo: Y ahora, ¿pretenden que no los conozcan ni los bachilleres ni su mismísimo padre? Como en “Bohemios”, don Víctor, a propósito de ese personaje metomentodo, papá Girard, acabaremos por preguntarnos que “quién es ese señor”, a quien “ni su madre le conoce, aunque fue quien le alumbró”.
Don Víctor: El caso es desfigurar la historia a nuestro antojo y conveniencia, reduciendo al ciudadano a la ignorancia.
Don Hugo: Sí, sí, don Víctor, pero vamos a cuentas: al final, ¿qué diantres es este agujero?
Don Víctor: ¡Un cañonazo de Napoleón!
Don Hugo: ¡La prueba de su existencia!

febrero 2013

Pierrot lunar

Don Hugo: Usted dígame si me equivoco, don Víctor, pero esto, que yo sepa, no lo he visto ni en Roma ni en París…
Don Víctor: Lleva usted más razón que un santo. Allí uno se siente rejuvenecer encontrándose aquellos comercios tradicionales, que aquí están en trance de extinción.
Don Hugo: Acá, concretamente, había unos ultramarinos que eran una gloria. Había todo tipo de comestibles, latas y botillería.
Don Víctor: Siempre le fiaban a uno… preparaban bocadillos si se terciaba… y nunca faltaba el detalle para el niño.
Don Hugo: ¡Y qué olor tan hogareño!
Don Víctor: Como que las calles parecían una prolongación de la casa, tan hospitalarias, con aquellas tiendas abiertas, iluminadas cuando anochecía…
Don Hugo: En las calles de Madrid, la noche llegaba más tarde que en ninguna otra parte.
Don Víctor: Y en cambio, ¡estos escaparates!… desordenados, polvorientos, exhibiendo unos productos ínfimos…
Don Hugo: ¡Sí, como de casa de orates!
Don Víctor: Y por dentro ¡incluso peor! Qué frío en invierno, qué desangelado siempre, qué media luz tan triste, qué hastío, qué tedio vital…
Don Hugo: Si parecen el “Pierrot lunar” del depresivo Schoenberg…
Don Víctor: Pues todo esto, ¡en nombre de la Libertad!… ya ve usted. Libertad de horarios…
Don Hugo:… aunque nos carguemos el descanso familiar del pequeño comerciante…
Don Víctor: … exención de impuestos a la gran potencia emergente…
Don Hugo: … compensada por la rigurosa exigencia tributaria para con el contribuyente…
Don Víctor: … apertura del mercado chino a nuestras grandes empresas y bancos…
Don Hugo: … aunque para ello reduzcamos nuestros sonrientes barrios a la condición de suburbios degradados…
Don Víctor: Sí, pero concédame usted, don Hugo, que las grandes fortunas se verán beneficiadas…
Don Hugo: ¡No faltaría más!… pero para semejante viaje, don Víctor, no hacían falta alforjas.

febrero 2013

El trueno

Don Víctor: Don Hugo, no se me acelere usted, que vamos a tener un disgusto cuando acabemos en el suelo.
Don Hugo: Es verdad, no ve uno ni dónde pisa.
Don Víctor: ¡Si es que no están encendidos ni la mitad de los faroles!
Don Hugo: Como en “La verbena de la Paloma”…
Don Víctor (cantando): “Tres faroles tenía
esta calle, no más,
pues dos han suprimido…
que es bastante.”

Don Hugo: De verdad, don Víctor, que se le cae a uno la cara de vergüenza que con lo que ha progresado el país en los últimos cien años y con la de dinero que se ha derrochado… ¡que nos veamos en éstas!

Don Víctor: Dirá usted más bien que “no nos veamos”… Tenga usted cuidado que aquí hay un vado.

Don Hugo: Lo peor es lo que aquel sereno dice después…

Don Víctor: “¡Va, va!…¡Voy alláaaaa!”

Don Hugo: No, hombre, no, don Víctor. Lo de “El trueno será gordo…”

Don Víctor: “… ¡pero muy gordo!”

febrero 2013

El oráculo del estraperlo

Don Hugo: Aquí la tengo, en este tomo: la cara dura de don Alejandro Lerroux.
Don Víctor: Desde luego, don Hugo, esta colección del “Mundo Gráfico” que tiene usted encuadernada, es una mina.
Don Hugo: A lo que iba, don Víctor; anoche, según leía lo de Bárcenas, afloró a mi inconsciente, como por ensalmo, aquella musiquilla que había olvidado por completo…
“Serás más que Rothschild,
me dijo a mí Strauss…

Don Víctor: … y yo le creí.
Mal tiro le peguen…
Don Hugo y don Víctor (cantando): Cómo estoy pagando
To lo que robé…”
¡Ja, ja, ja!…

Don Hugo: ¡Usted también se la sabía, don Víctor! Claro, es que aquello sí que fue sonado: ¡el estraperlo!
Don Víctor: Sí, antes al menos caían los gobiernos y todo…
Don Hugo: … cuando la verdad es que lo de ahora no le va a la zaga…
Don Víctor: … y lo que nos queda por ver aún, ahora que se está montando este Rastro de pestilencias…
Don Hugo: Y yo, la verdad es que, sin querer hacer ningún juicio moral ni tomar partido por nadie, me remito a lo que mi subconsciente sentencia.
Don Víctor: Desde que lee usted tanto libro de psicología, don Hugo, es que, ¡vamos!, su inconsciente se ha convertido en el oráculo.

febrero 2013

Monumentos

Don Hugo: Se ve que nuestra Ley de Memoria Histórica no alcanza a Ferrara. ¡Un monumento a Savonarola!…

Don Víctor: ¡Iluminado y todo!… Nunca le perdonaré que de Botticelli me hiciera un meapilas… ¿Le parece que organicemos una colecta popular para hacer lo propio con nuestro buen Torquemada, en Valladolid?

Don Hugo: Savonarola, Torquemada, Cromwell… todos cortados por el mismo patrón: odio neurótico al placer, y no sólo carnal; la vida entendida exclusivamente como penitencia y, como consecuencia de todo ello, aniquilación del arte: ni teatro, ni danza, ni pintura, ni poesía, ni música…

Don Víctor: Y siempre da lo mismo el pretexto, don Hugo, ya sea una visión escatológica de la vida según la confesión religiosa, ya sea el monolitismo político-teológico que combate infieles y herejes, ya sean los derechos del parlamentarismo frente al Trono…

Don Hugo: Tiranos en todos los casos, don Víctor. No hay más que ver la resaca que sucede cuando desaparecen: las fuerzas vitales, por mucho que se repriman, nunca se extinguen y aprovechan el mínimo resquicio para manifestarse aún más exacerbadas como efecto precisamente de esa constricción forzada: un desaforado carnaval que todo lo anega con su más zafio libertinaje.

Don  Víctor: Es lo que ocurrió tras la muerte de Luis XIV y también tras la de Robespierre: Sodoma y Gomorra… es decir ¡París!

Don Hugo: Si ya lo dice Víctor Hugo en “Noventa y tres”: “Tras el 9 Thermidor, París fue alegre, de una alegría extraviada. Al frenesí de morir sucedió el frenesí de vivir y la grandeza se eclipsó… a la par que la lascivia, los bribones reaparecieron”.

Don Víctor: Tengo una propuesta mejor, ¡la de Wamba!, el anarquista de la zarzuela “El bateo”, del maestro Chueca.

Don Hugo y don Víctor (cantando): “Haremos de carne humana la estatua de Robespierre / Para que sirva de ejemplo el mártir aquel”.

Ayer dijo, hoy dice

Don Hugo: A ver, don Víctor, si adivina usted quién dijo esto…
Don Víctor: No me fastidie usted otra vez, don Hugo, con sus experimentos, poniendo en evidencia mis despistes históricos.
Don Hugo: No tema usted, don Víctor, que se trata de algo reciente y de un personaje vivo. «Para agradar en Hollywood, hay que prescindir totalmente del sentido del humor y preguntarse si se está ofendiendo a algún colectivo».
Don Víctor: ¡Ya lo tengo! Esta vez es muy fácil: ¡Garci!
Don Hugo: Le he pillado una vez más, don Víctor. Se trata del mismísimo Almodóvar en 1994.
Don Víctor: ¿Quién lo hubiera pensado? Esto es mejor que aquellos casos tan peregrinos y flagrantes que proponía el Marca hace muchos años… ¿Cómo se llamaba aquel recuadro?
Don Hugo: ¡Ah sí! El «Ayer dijo, hoy dice».
Don Víctor: Unas contradicciones tan chuscas que sacaban los colores a quienes las perpetraban.
Don Hugo: Ya puestos, a este Almodóvar de ahora, tan americano, le daría uno de aquellos consejos que publicó La Codorniz, dirigidos a quienes habían de disimular su condición de peligroso intelectual…

Don Víctor: ¡Qué tiempos aquellos, don Hugo, en que un intelectual era peligroso!
Don Hugo: … «Para disimular que es usted un peligroso intelectual, suscríbase a Marca».
Don Víctor: Le dan el tercer Óscar, ¡Seguro!

Doctor Planes-Bellmunt

Don Víctor: Y de los urólogos, ¿qué dice?
Don Hugo: Los llama fontaneros distinguidos.
Don Víctor: ¿Y a los neurólogos?
Don Hugo: Electricistas distinguidos.
Don Víctor: ¿Los internistas?
Don Hugo: Zahoríes distinguidos.
Don Víctor: ¿El microbiólogo?
Don Hugo: Domador de pulgas distinguido.
Don Víctor: ¿Y los de digestivo?
Don Hugo: Poceros distinguidos.
Don Víctor: ¿Y un cirujano como él?
Don Hugo: Ah no, eso es muy distinto, don Víctor. Él es todo un demiurgo. Cuando opera, conoce que de él escapan poderes…
Don Víctor: Sí, como cuando la hemorroísa toca la orla del manto de Cristo…
Don Hugo: Fíjese usted en lo que dijo, tras haber operado a mi cuñado. La operación, según él, era una auténtica obra de arte, tanto que «si se muere, es que es idiota».
Don Víctor: ¿Y dígame, don Hugo, todavía sigue operando este famoso Planes-Bellmunt?
Don Hugo: Ya no… tuvo que jubilarse… pero sigue igual, obrando prodigios desde su retiro de Port-Lligat.
Don Víctor: No me diga usted que ahora se dedica a crear instalaciones de arte contemporáneo…
Don Hugo: ¡Mejor todavía! Con esas manos y ese talento que Dios le ha dado, está enteramente consagrado a la taxidermia. Últimamente se ha especializado en la disección de urogallos. Tal es el realce y la vitalidad que sabe imprimirles, que ha de guardarlos en jaulas y pajareras pues, de lo contrario, se le escapan todos volando por la ventana.
Don Víctor: ¡Atiza!

Vivaldi hasta en la sopa

Don Víctor: No lo ponga usted muy alto, don Hugo, que luego se nos quejan las señoras.
Don Hugo: Descuide usted, don Víctor, que esta vez no es ópera. Ya verá cómo, con Vivaldi, no protestan.
Don Víctor: Pues es verdad, porque la música de este hombre gusta a todo el mundo. A mí es la única que no me desconcentra cuando estoy trabajando.
Don Hugo: Como que parece contener la armonía esencial de la naturaleza. Siempre le cae bien a uno… como si fuera una sopa. Además, ¿no somos todos nosotros un setenta por ciento de caldo servido a treinta y seis grados y medio?
Don Víctor: Vamos, que a Vivaldi se puede aplicar aquella letrilla que dice:
«Siete virtudes tiene la sopa:
Quita el hambre
Da sed poca
Hace dormir
Y digerir
Y siempre agrada
Y nunca enfada
Y pone la cara muy colorada»

Don Hugo: Como la que traemos usted y yo del paseo que acabamos de dar.
Don Víctor: ¡Qué delicia de sol primaveral! Y qué bien va a sonar Vivaldi aquí en el campo.
Don Hugo: Y además en su vinilo, con esa presencia sonora tan inmediata por debajo de la fritura.
Don Víctor: Vaya sopa tan buena que nos vamos a meter entre pecho y espalda con ese sofrito tan apetitoso.
Don Hugo: Pensándolo algo mejor, don Víctor, qué le parece si dejamos a Vivaldi para luego y les preguntamos a las señoras que qué hay de la comida.

Para no verlo

Don Víctor: De manera, don Hugo, que no habrá lugar dentro del territorio de nuestra provincia desde donde no se vea…
Don Hugo: Efectivamente, don Víctor, tendremos los rascacielos más altos de España.
Don Víctor: Claro, como no tuvimos ya bastante ladrillo, vamos a conceder otra oportunidad a los especuladores.
Don Hugo: ¡Buena idea!… para que nos saquen de la crisis.
Don Víctor: Cómo se han puesto con el obispo de Getafe por atreverse a criticar el despropósito moral que será todo esto…
Don Hugo: Sí: ludopatía, prostitución, blanqueo de dinero, violencia y mafias…
Don Víctor: ¿Y será cierto que les van a otorgar un fuero especial que anule la ley anti-tabaco y demás estorbos?
Don Hugo: ¡No faltaba más, hombre… y rebajas fiscales… y, claro está, inversiones públicas!
Don Víctor: … hasta que aquello empiece a generar beneficios…
Don Hugo: … si es que se da el caso…
Don Víctor: Mientras tanto, don Hugo, no lo dude usted, se llenarán unas cuantas alforjas.
Don Hugo: Qué quiere usted que le diga, don Víctor… a mí todo esto me huele a la Cuba de Batista.
Don Víctor: Apañados estamos entonces… ¿Y qué me dice usted del cacareado y cada vez peor tratado medio ambiente?
Don Hugo: No se apure… si tampoco hay para tanto: en agua, vamos a gastar lo que toda la ciudad de Alcobendas; y en luz, sólo lo que Zaragoza.
Don Víctor: ¡Ah bueno!… con lo preocupado que estaba yo… pero ¿usted cree que podremos aguantar lo horrorosamente feo que va a ser todo eso?
Don Hugo: Una estantigua, lo admito, pero es que no todo va a ser perfecto.
Don Víctor: Lo que no sé es si con los años que vamos teniendo, seremos capaces de aumentar el radio de nuestros paseos ¡para no verlo!

marzo 2013