
Don Víctor: No lo ponga usted muy alto, don Hugo, que luego se nos quejan las señoras.
Don Hugo: Descuide usted, don Víctor, que esta vez no es ópera. Ya verá cómo, con Vivaldi, no protestan.
Don Víctor: Pues es verdad, porque la música de este hombre gusta a todo el mundo. A mí es la única que no me desconcentra cuando estoy trabajando.
Don Hugo: Como que parece contener la armonía esencial de la naturaleza. Siempre le cae bien a uno… como si fuera una sopa. Además, ¿no somos todos nosotros un setenta por ciento de caldo servido a treinta y seis grados y medio?
Don Víctor: Vamos, que a Vivaldi se puede aplicar aquella letrilla que dice:
«Siete virtudes tiene la sopa:
Quita el hambre
Da sed poca
Hace dormir
Y digerir
Y siempre agrada
Y nunca enfada
Y pone la cara muy colorada»
Don Hugo: Como la que traemos usted y yo del paseo que acabamos de dar.
Don Víctor: ¡Qué delicia de sol primaveral! Y qué bien va a sonar Vivaldi aquí en el campo.
Don Hugo: Y además en su vinilo, con esa presencia sonora tan inmediata por debajo de la fritura.
Don Víctor: Vaya sopa tan buena que nos vamos a meter entre pecho y espalda con ese sofrito tan apetitoso.
Don Hugo: Pensándolo algo mejor, don Víctor, qué le parece si dejamos a Vivaldi para luego y les preguntamos a las señoras que qué hay de la comida.