Héroes

Don Hugo: ¡Cómo acertó Rodin desnudando a su pensador y recogiéndolo atribulado sobre sí mismo!

Don Víctor: Es la desmesura abrumadora del desafío que asumió el hombre moderno, emancipado de los dioses.

Don Hugo: Y sin embargo, dígame usted, don Víctor: ¿no nos enfrenta la vida con los mismos problemas que expresó Homero?

Don Víctor: Claro, don Hugo, los que hemos cambiado somos nosotros al hilo de la evolución de la cultura.

Don Hugo: Eso lo tiene muy bien resuelto Valle-Inclán con la identidad de los personajes teatrales: si antaño los protagonistas fueron dioses y héroes, hoy en día son «minúsculos para sostener ese gran peso».

Don Víctor: Y el individuo reproduce en su vida personal el itinerario de la civilización, desprendiéndose de la tutela y la autoridad para erigirse en ser libre y crítico que se responsabiliza de sus actos y elige su propio camino.

Don Hugo: En términos típicamente freudianos, la cuestión está bien clara: lo ontogenético reproducirá siempre lo filogenético.

Don Víctor: Naturalmente, don Hugo… pero eso no nos alivia de la sobrehumana carga que significa asumir nuestro destino trágico hecho a la medida de héroes, si no de dioses.

Don Hugo: A este trance nos hemos visto abocados: a ser héroes…

Don Víctor: … so pena de caer en el ridículo, como los personajes de Valle.

Libertad

Don Víctor: ¡Liberal!… Es de las palabras más bonitas que hemos exportado…

Don Hugo: Claro, a los ingleses les encantó ese término para los amantes de la Libertad.

Don Víctor: Antes, yo creo que se usaba más bien para designar a aquéllos que eran generosos, desprendidos, altruistas. Está cargada de acepciones positivas.

Don Hugo: Lo estuvo hasta que llegaron los socialistas con aquello de que escondía también, y primordialmente, la libertad para enriquecerse sin tasa y la usurpación por los ricos de la soberanía nacional para explotar a los pobres.

Don Víctor: Claro, por algo Lenin puso el dedo en la llaga con la pregunta de «¿Libertad, para qué?»

Don Hugo: Bueno, bueno, don Víctor…estoy leyendo ahora la obra completa de Fernando de los Ríos…

Don Víctor: Pero, don Hugo, ¿qué le falta a usted por leer?

Don Hugo: … ja, ja, ja… Bien, pues es el caso que llegó a entrevistar al propio Lenin y de las declaraciones de éste parece desprenderse más bien un desprecio por la Libertad en general.

Don Víctor: ¡Vaya por Dios, era de temer!… por mucho que esas caricaturas tan repetidas que lo representan como una bombilla estén enalteciendo en realidad su inteligencia.

Don Hugo: Sí, buscando ridiculizarlo, acaban por ofrecernos, paradójicamente, un Lenin que es la nueva lumbrera de la Humanidad.

Don Víctor: Pero, claro, si es que al final van a tener razón los que ahora arrojan a la izquierda el término «comunista» como sinónimo de «totalitario»…

Don Hugo: Al paso de pocos años estas grandes palabras, talladas en estelas de mármol, acaban enfangadas por la práctica humana condenada a la imperfección y la corrupción.

Noche de circo

Don Víctor: Montó fundamentalmente, como buen escandinavo, a Strindberg y a Ibsen, a Shakespeare y Molière evidentemente, y también, como no podía ser de otro modo, a los «angustiados» modernos, Kafka, Pirandello y Anouilh… ¡Lástima que no se fijara en Calderón, que le hubiera podido interesar mucho, o en Lorca, tan en boga!…

Don Hugo: A quien sí abordó fue a Valle-Inclán, y ¡de qué manera!

Don Víctor: ¿Llegó a montar algo suyo?

Don Hugo: Sí, don Víctor:»Divinas palabras» y, además, hay claras alusiones en «Tarde de circo», que rodó unos pocos años más tarde.

Don Víctor: ¿Es ahí dónde salen esos enanitos españoles?

Don Hugo: No, eso es en «El silencio». Me estaba refiriendo a la historia del payaso Frost cuya mujer, la domadora de osos, acaba de engañarle con otro y entonces, advertido con rechifla por sus compañeros de la troupe, parte en su busca, , la recoge, la perdona y carga con ella hasta su roulotte.

Don Víctor: Es verdad… ¡si es la historia del sacristán y su adúltera mujer, la Mari-Gaila!

Don Hugo: La cultura evangélica de Bergman le lleva además a reproducir en el regreso del payaso, bajo el peso de su esposa, el camino del Calvario, con sus caídas y todo, perseguido por la mofa del populacho.

Don Víctor: No podía elegir mejor, don Hugo… si es que en ese episodio se concitan todos los temas obsesivos de Bergman: los celos y el adulterio, la humillación, la venganza o el perdón…

Don Hugo: …¡y la redención!

Veganos

Don Víctor: Y huevos, ¿tampoco?

Don Hugo: Desde luego que no. Si ni siquiera toma miel porque las abejas, explotadas por la empresa, ¡generan estrés que transmiten a través de su miel!

Don Víctor: Y con esa sensibilidad, ¿encuentra ella la manera de vivir tranquila un solo minuto?

Don Hugo: ¡Cómo va a encontrarla si está expresando el comportameinto fóbico de la neurosis obsesiva con sus comportamientos de evitación compulsiva!

Don Víctor: ¿Y tiene determinado Freud a qué puede deberse esta conducta cada vez más frecuente?

Don Hugo: Es una religión y, en su opinión, la religión es una neurosis obsesiva sublimada, un conjunto de creencias fóbicas y de rituales mecanizados  con los que conjurar el peligro estimular que es la vida.

Don Víctor: ¿Lo que les ocurre a los niños que se empeñan en rechazar maniáticamente determinados alimentos?

Don Hugo: Evidentemente, así es, y así se perpetúa en muchos adultos, con lo que mágicamente se protegen de peligros imaginarios.

Don Víctor: Pues cada vez prospera más el negocio: productos dietéticos especiales, literatura supuestamente científica, cursos, cursillos, talleres, conferencias, encuentros, restaurantes especializados…

Don Hugo: Y detrás está esa soberbia de negar lo que somos porque así se nos planta en las narices. Que yo sepa, el ser humano ha llegado a ser lo que es en buena medida gracias a haberse liberado del gasto que representaba la ingesta continua y la sobrecarga para el digestivo de una dieta exclusivamente vegetal. ¡Cuánta más energía no quedó liberada en beneficio de una actividad cerebral!

Don Víctor: Sí, sí, hasta el punto de que podemos permitirnos el lujo de tan peregrinas especulaciones y de darnos el capricho de imponernos unas costumbres contrarias a nuestra naturaleza.

Don Hugo: ¡Y lo superiores que nos sentimos a los no iniciados!

Don Víctor: Calle, don Hugo, que las chuletitas etán en su punto y las señoras se impacientan. ¡Qué suerte tenemos con ser tan vulgares!

Don Hugo: Claro, don Víctor ¡se ve que somos ya muy mayores para aprender lo que es bueno!

La nariz de Sagi-Vela

Don Hugo: A mi hija Irene siempre le sorprendió que su abuelo, que era abogado, que cantaba muy mal y que, por supuesto, no tocaba ningún instrumento ni para quitarle el polvo, cabeceara oyendo por la radio a Sagi-Vela y dijera: «Éste canta con la nariz».

Don Víctor: Es lo que pasa cuando se ha creado una tradición interpretativa: que no sólo atañe a los propios cantantes, sino que alcanza al público en general. Los hijos aprenden a distinguir de sus padres y de sus conocidos…

Don Hugo: … lo discuten con sus amigos y se forman el gusto…

Don Víctor: … adquiriendo así criterios bien sólidos.

Don Hugo: Es llamativo, don Víctor, cómo en un espectáculo popular como el de las varietà napolitanas, los cronistas se complacen en subrayar la paleta de efectos vocales que manejan sus cantantes -que no son de ópera-, colocando allí ese calderón tan oportuno, ligando las frases, expandiendo la voz en aquel pasaje o apianándola en un expresivo final…

Don Víctor: Claro, don HugoA tal público, tales intérpretes. Éstos enseñan a aquél…

Don Hugo: ¡Y a ver quién le daba luego gato por liebre!

Micros

Don Víctor: En resumen, don Víctor, que me encantó la puesta en escena del «Miles Gloriosus», pero tal vez, por ser precisamente en el teatro de Mérida, andaba luego pensando un poco melancólico en aquellos actores de la Antigüedad que no tenían ni micrófonos ni amplificadores…

Don Hugo: … y que actuaban desde el alba hasta la puesta de sol. ¿Qué técnica conocerían para poder sostener ese esfuerzo titánico?

Don Víctor: Sería tan arduo como el de los cantantes de ópera, no en cuanto a la técnica canora, pero sí en cuanto al mantenimiento del esfuerzo y a la colocación de la voz, pero ¡no sabemos nada de ello!

Don Hugo: Teniendo en cuenta lo tecnológica que es nuestra época, tiene que resultar difícil resistirse a sus ventajas. ¡Qué duda cabe que facilitan la tarea al actor y permiten que los oigan bien incluso los que ya están un poco tenientes!

Don Víctor: La paradoja, don Hugo, es que, aunque nos acerquen la voz del intérprete y llenen el espacio sonoro, nos alejan el espectáculo con su artificio y su irrealidad.

Aplausos

Don Hugo: Lástima que usted aquel día estuviera enfermo… Cantó como nunca y recuerdo que tras la ovación final, dijo: «Si el aplauso eh el alimento del artihta, ¡vaya un shuletón que acabo de comerme!»

Don Víctor: ¡Qué bien le imita usted, don Hugo!… pero, ¿ha probado a cantar como él una debla?

Don Hugo: Aquel comentario de Salmerón me resultó de lo más significativo. Establece Freud que la ausencia de cariño se puede ver conjurada por la ingesta compulsiva de alimentos. Lo alimenticio suple así a lo afectivo.

Don Víctor: ¿Ve usted tan desvalidos a los obesos, don Hugo?

Don Hugo: Calle, don Víctor, que no se trata de ninguna broma… Le decía esto porque, sin ir más lejos, un comentario de mi hija Irene al respecto, me dio mucho que pensar. Volvía de una representación de «La Traviata» y me dijo que todo actor busca en su profesión el cariño, expresado mediante el aplauso.

Don Víctor: Entonces, cree usted que en todo artista habría un déficit afectivo que intenta colmar con su arte?

Don Hugo: Efectivamente, así es. Y qué desgraciados se sienten cuando no les aplauden…

Don Víctor: … cuando no los quieren…

Don Hugo: Y qué desheredados todos los demás porque a nosotros… ¿quién nos aplaude?

El Sur

Don Víctor: Y entonces, viendo la ilusión de su hermana, la tía Margarita, ante la sola mención de Málaga, donde nunca había estado, mi tío Conrado y su mujer le ofrecieron llevársela con ellos al congreso de médicos.

Don Hugo: ¡Cuánto se daba entre la gente del Norte esa fascinación por Andalucía!

Don Víctor: Sí, mi primo Jose, sin ir más lejos, quería ser torero… hasta que lo probó, claro… por otra parte, ya sabe usted lo aficionado que es al flamenco…

Don Hugo: Querría saber yo, don Víctor, qué cosas habría oído su tía Margarita a propósito de Málaga, con qué mimbres se tejió en su mente ese mito…

Don Víctor: Mucho tendrían que ver las malagueñas que tan bien cantara Pepe Pinto, la copita de vino de Málaga que se bebía cuando llegaba de visita el primo arcipreste y aquello de «Málaga, bombonera».

Don Hugo: Creo que epítome de todo esto sea don Ignacio Zuloaga: pintó majas, pintó torerillos andaluces, pintó paisajes de Granada, chiflado como pocos por el flamenco más puro, llegó a anunciarse como novillero e ¡incluso llegó a hablar caló con los gitanos!

Don Víctor: Vamos, como aquello de la Traviata: el torero Piquillo, un bel gagliardo biscaglino matador…

Don Hugo: Desde los países del Norte, donde la lluvia cae verticalmente como los barrotes de una prisión, según se queja Baudelaire, y la ausencia de sol conduce a la melancolía, estas tierras cálidas del Sur no pueden dejar de antojarse un paraíso lejano, pero real y presente en el tiempo.

Don Víctor: Claro, don Hugo, ¿cómo no sentir entonces esa permanente añoranza, embellecida por la imaginación y por el deseo?

Lectores

Don Víctor: Aquí lo tiene usted, don Víctor. Han montado el expositor de obra de Galdós con aquello de su centenario y ¡ni por ésas!… Me ha dicho la bibliotecaria que ninguno de los lectores se ha llevado prestado un solo volumen.

Don Hugo: Si es que a don Benito, según documenta estadísticamente el estudioso del que le he hablado, ya en su época lo leían más bien poco, a pesar de la fama de sus «Episodios Nacionales», frente, por ejemplo, a un autor olvidado hoy en día como pueda ser Felipe Trigo.

Don Víctor: Muchas veces me he preguntado, a la vista de los escaparates de las librerías, por qué lee la gente que todavía lee…

Don Hugo: Y bien, ¿ha llegado usted a alguna conclusión?

Don Víctor: No sé, don Hugo, no sé… lo que constato es que cada vez se prescinde más de los autores clásicos…

Don Hugo: Claro, don Víctor, es mucho más arduo e incómodo acercarse a la obra de arte consagrada porque ya desde el momento de su creación suponía una exigencia intelectual al receptor y es que además el paso del tiempo le añade distancia formal y contextual.

Don Víctor: Es verdad… ¡qué trabajo!… pero, entonces, ¿para qué echarse encima la tarea de leer?

Don Hugo: Creo que habría que establecer una clara distinción entre amor por la literatura y compulsión a la lectura.

Don Víctor: Siga usted, don Hugo, que empiezo a percibir una luz…

Don Hugo: El lector compulsivo busca que el libro llene su tiempo, que lo entretenga sin exigirle, mientras que el amante de la literatura pide guerra: que lo sacudan, que le metan en problemas, que lo arrebaten, que le hagan dudar y reflexionar…

Don Víctor: ¡Que le cambien la vida!

Don Hugo: Ante esta cultura fácil del entretenimiento, del consumo y de la mercantilización de las artes, afirma Pasolini que, para llegar a determinadas conclusiones, se ha de ser «un hombre antiguo que haya leído a los clásicos y recogido las uvas de la viña».

Hablando de lo divino y lo humano

Don Hugo: ¿Dónde estaríamos si no hubiera sido por él?

Don Víctor: Ni pensar en uno de aquellos picnics al sol y junto al río en compañía de rotundas mujeres, con botella de Burdeos y buen queso de Brie en la baguette…

Don Hugo: Sí, las películas de Renoir, trasunto de los desnudos al aire libre que pintara su tío.

Don Víctor: Renuncie usted a esas hembras tan apabullantemente carnales que se recortan monumentales contra un luminoso cielo, en el Veronés…

Don Hugo: Olvídese usted de quedar arrasado ante las lágrimas del ángel de Antonello que sostiene el cuerpo de Cristo muerto.

Don Víctor: ¡En las antípodas de ese seco conceptualismo teológico, incomprensible e inalcanzable para la piedad popular!…

Don Hugo: La soberbia intelectual de los reformistas protestantes encuentra el éxtasis de Santa Teresa de Bernini tan obsceno como la mano de su Hades hundiéndose en la muelle cadera de la bellísima Perséfone.

Don Víctor: ¡Execrable paganismo!… y, sin embargo, ¿no somos todos carne de la misma carne que aquellas esculturas palpitantes?…

Don Hugo: No en vano esos infelices, negando la Eucaristía, ¿no están negando la carne?

Don Víctor: Nosotros conciliamos nuestra naturaleza humana, compartida con Cristo, con su divinidad…

Don Hugo: … que tan bien expresan nuestras artes.

Don Víctor: Por eso, don Hugo, me insiste usted tanto en lo de San Platón de Constantinopla.

Don Hugo: Claro, don Víctor, ¿quién como él no luchara con ánimo invicto contra el mismísimo emperador iconoclasta Constantino Coprónimo?