Récord histórico de España

Don Víctor: Desde luego es natural que sea España, con su «Guernica», quien haya dado al mundo el icono de la guerra civil.

Don Hugo: Sí, sí, un concepto traducido en pintura.

Don Víctor: Tenemos el triste récord de ser el país con más golpes de Estado y guerras civiles del mundo entero.

Don Hugo: Claro, ya lo apunté en aquella charla que les di en la Fundación sobre la polémica que enfrentó a Américo Castro con Sánchez-Albornoz… Lo que yo pienso de todo esto es que España se construye como nación luchando por la supervivencia contra los moros, lo cual crea un carácter y unos hábitos guerreros que se vuelcan luego en la conquista de América y se prolongan en las guerras por mantener la hegemonía en Europa.

Don Víctor: En mi opinión, en cambio, la invasión francesa es la causante de todo este lío. El español aprende a echarse al monte y negar la autoridad constituida en aras de un ideal, que se pretende imponer a todos los demás. Muchos de los que luchan en las guerrillas patrióticas, vuelven a alzarse en la Primera Guerra Carlista, pero ya antes había habido malcontents, luego hubo cantonalistas… De pronunciamientos y asonadas, ¡ni hablemos!… y antes del 36, tuvimos la del 34 en Asturias.

Don Hugo: Ha pasado usted por alto el siglo XVIII, que fue más tranquilo e incluso llegamos a presumir de Ilustrados.

Don Víctor: Es el parto difícil de la España contemporánea el que lega a la criatura grandes taras y ésta del guerracivilismo es la peor.

Don Hugo: Yo le mencionaba el siglo XVIII por establecer un paralelismo entre Historia de España y ontogénesis universal. Aquel reposado siglo fue el período de latencia…

Don Víctor: ¡que engañara a Napoleón!

Don Hugo: …  comprendido entre la desordenada sexualidad infantil y la peligrosa explosión de la pubertad.

Don Víctor: Entonces, don Hugo, según usted, Napoleón nada tuvo que ver…

Don Hugo: Lo que yo sostengo es que Napoleón precipitó el advenimiento de esa pubertad que fue caótica, indecisa, arrebatada y violenta.

Don Víctor: ¿Y cree usted que esta arriscada pubertad nos va a durar aún mucho tiempo?

Don Hugo: Yo encuentro, don Víctor, que los españoles, a diferencia de otros pueblos, se hallan tan cómodamente instalados en la impune irresponsabilidad de la adolescencia que difícilmente querrán acceder a la fase adulta de la responsabilidad y del auténtico sacrificio moral.

Don Víctor: Vamos, don Hugo, que me está usted diciendo que estamos condenados a una fijación libidinal histórica.

Yves Klein, escritor

Don Víctor: “Aprovechando la necesidad del hombre por proyectar su marca fuera de sí, la línea logra introducirse en el reino hasta entonces inviolado del color”.

Don Hugo: El dilema es si hacemos arte o no hacemos arte.

Don Víctor: Sí, sí, indefectiblemente vamos a dejar nuestra marca, vamos a introducir algo que no estaba en la realidad del mundo sensible.

Don Hugo: Pero si optamos por lo contrario, ¿para qué necesitamos al señor Yves Klein?

Don Víctor: Leo otro poco más:» La línea vence arteramente y subyuga al hombre imprimiéndole un ritmo abstracto e intelectual, inmaterial y espiritual”.

Don Hugo: Claro, el ser humano, con su racionalidad, quiere poner orden en el caos natural, comprender lo que tiene delante.

Don Víctor: La línea limita, individualiza, ordena y hace reconocibles las formas.

Don Hugo: El dilema es “veo y entiendo” o “no comprendo nada y voy ciego», como sostiene Monet.

Don Víctor: Así lo comprendió Cézanne: que por el camino de los impresionistas el arte corría el peligro de llegar a la ceguera… de las cataratas a la oscuridad total… pero déjeme seguir: “La escritura representa el color avasallado por la línea de una falsa realidad: la realidad física figurativa”.

Don Hugo: Olvida don Yves la abstracción geométrica.

Don Víctor: Para él no deja de ser una dictadura… o, cuando menos, una dictablanda… Luego, de manera abstrusa, viene a decir que, por efecto de la línea, el hombre acaba perdiendo su visión interior y cómo ésta es sustituida por un vacío, atroz para unos, pero que para otros representa un acicate creativo con que llenar ese abismo. Ahora bien, no por ello, la nueva creación deja de ser expresión del alma desgarrada por…

Don Hugo: No me lo diga, don Víctor… ¡por la línea!

Don Víctor: Desde el momento en que creamos, estamos condenados a ahorcarnos con la dichosa línea… Déjeme acabar: “En el fondo el verdadero pintor del porvenir será un poeta mudo que no escribirá nada, pero que contará sin articular, en silencio, un cuadro inmenso y sin límites”.

Don Hugo: ¡El cuadro blanco sobre fondo blanco de Malévich! Entonces, en definitiva, negamos el Arte.

Don Víctor: Este discurso no sería más que la bella constatación -escrita, que no pintada- de la imposibilidad de la creación artística como plasmación de la Idea.

Don Hugo: Y ahora, don Víctor, dígame por qué hemos venido a leer todo esto encaramados en esta peligrosa azotea.

Don Víctor: Ha merecido la pena, don Hugo. Se trataba de comprobar de la manera más práctica e intensa posible el sentido de la obra de Yves Klein contra este mismo cielo madrileño que inspirara sus obras maestras.                                                                      

Doblajes

Don Hugo: Nunca entendí por qué ninguna de las academias de lenguas que conozco, no se llame “Pentecostés”.

Don Víctor: Ya puestos, lo mismo podría aplicarse a los estudios de doblaje cinematográfico.

Don Hugo: Me he pasado media vida defendiendo los buenos doblajes españoles, hasta que ya por fin Dolores, con su conocimiento de los idiomas, me convenció para que empezáramos a ir a aquellos cines de arte y ensayo a escuchar las películas en su idioma original… ¡Y ahora ya no las aguanto dobladas!

Don Víctor: La verdad es que, al margen de que tenga usted razón, el doblaje representa la cima de la traducción. Los personajes articulan en la lengua que uno quiera. ¿No es eso un milagro?

Don Hugo: Lo aparenta, don Víctor, sólo lo aparenta… Bien que tuve que admitir que no es más que una superchería pues dígame usted, don Víctor, ¿cómo disociar voz de cuerpo sin perturbar la unidad dramática que representa todo actor?

Don Víctor: Efectivamente, don Hugo, actor y personaje quedan demediados.

Don Hugo: Es una falta de respeto que no tolerarían otras profesiones.

Don Víctor: Me viene a la mente el caso de James Steward. Al pobre, en los doblajes al español, se le ha adjudicado tradicionalmente una auténtica voz de tontorrón que, junto a su aspecto desgarbado, le confería una apariencia poco favorecedora.

Don Hugo: Sí, sí, don Víctor, nunca se entiende que tenga una novia tan guapa… por muy americano que sea.

Don Víctor: Entonces, don Hugo, como me diría usted: No me tienen que gustar las películas dobladas, ¿verdad?

La muerta Eurídice

Don Hugo: Se la he hecho rectificar tres veces, pero por fin hemos acertado: ésta es la verdadera lira de Orfeo, tal y como la describen las fuentes y la reproducen los vasos griegos.

Don Víctor: ¡Pobre luthier, me lo ha traído usted por la calle de la amargura!… ¿Y le habrá costado un dineral, verdad?

Don Hugo: Eso es lo de menos para un regalo de Apolo a su hijo.

Don Víctor: ¿No cuentan también que, cuando aquellas mujeres enloquecidas segaron la cabeza de Orfeo, cayó ésta en el hueco de un caparazón de tortuga, generando un sonido estremecedor?

Don Hugo: Sea como fuere, los griegos fabricaron sus mejores liras usando esta singular caja de resonancia, como siguen haciendo hoy los artesanos de Berbería.

Don Víctor: ¡Qué mal pago tuvo con tan cruel muerte este héroe que nos enseñó la música!

Don Hugo: No fue más que el castigo ejemplar por haber transgredido los límites que nos marcan los dioses.

Don Víctor: Bien cierto, don Hugo. Su historia contiene una doble enseñanza: por un lado, la maravillosa música que es medio expresivo de la exaltación, vehículo del entusiasmo y fuerza concitadora de los poderes invisibles…

Don Hugo: Muy bien visto, don Víctor, pero el otro aspecto no es tan risueño: cuidado con entregarse en exceso a lo que no existe, ya sea pura quimera, ya sea porque murió como la amada Eurídice.

Don Víctor: Entonces los griegos ya tenían previsto el gran pecado de los románticos: amar a una sombra, a un fantasma, al pasado que ya no es e incluso que nunca existió…

Don Hugo: ¡Amar a una muerta!

Don Víctor: Las exangües y emaciadas muchachas de los relatos de Poe, catalépticas vueltas del Más Allá…

Don Hugo: ¿Quiere usted acompañarme, don Víctor, a la embajada griega a ver si saben  decirme de algún profesor experto en los antiguos modos musicales?

Don Víctor: Cuidadito, don Hugo, que todo aquello del modo dórico y otras especulaciones sólo son chaladuras de los Paniagua y otros que tal bailan. ¡Fantasmagorías que no deben engañarle precisamente a usted!… ¿Por qué no aprende a tañer el sirtaki, que es tan bonito?

Frutero chipén

Don Víctor: No se quejará usted, don Hugo, que no salimos con las manos vacías…

Don Hugo: De ninguna manera. Nada más pedirle «déme, por favor…», me ha cortado al instante y me ha soltado: «Mal empezamos. De «déme», nada… ¡Véndame!», como si me conociera de toda la vida.

Don Víctor: Es así con todo el mundo. El otro día, sin ir más lejos, se le encaró a una nueva vecina mía que le protestaba el género: «Venga, señora, váyase usted a haCer Cedilla, que es un sitio muy fresco».

Don Hugo: Le he pedido cinco alcachofas de Tudela y me ha dicho que me las iba a poner cómo le gustan las mujeres a Gurruchaga, «gordas y apretás».

Don Víctor: Y mis calabacines, tan terciados, vienen importados de Flandes.

Don Hugo: Sí, sí, si ha añadido que «hasta gastan mostachos y alabarda»… Mi melón viene de Hollywood, según me ha dicho: Melón Blando, más dulce que el Flan Sinnata.

Don Víctor: Más vale así,  porque una vez que le dije que un melón me había salido malo, que no sabía a nada, me replicó que «malo no puede ser si no sabe a na«.

Don Hugo: Mire que le he pedido que los ajos fueran españoles, que no los quería chinos, y me ha respondido que chinos tienen que ser porque sólo los trae de Chin Chon. Sin embargo, me ha alabado sus plántanos de Canarias y sus malocotrones de Calanda.

Don Víctor: Sin embargo, las manzanas que me ha puesto dice que vienen del Perú, que son Fuji y que las cultiva en su penal Fujimori para la redención de su pena.

Don Hugo: Pues mis naranjas están buenas aunque se las vea algo contraídas, pero es por los últimos fríos, porque, según me ha explicado, «los cuerpos se contraen con el frío y se dilatan con el calor» y por ese motivo, «se contraen también más matrimonios en invierno que en verano».

Don Víctor: Sí, sí, es muy sociólogo… Del zapatero de al lado dice que «está en el tabernáculo, pero que enseguida vuelve», que es que, «como es tan piadoso, está todo el día haciendo libaciones».

Don Hugo: Le voy a decir a Dolores que en adelante compraré siempre en esta frutería, aunque me quede a trasmano… Ya sabe usted, don Víctor, que a mí también me interesa mucho la sociología.

Condición hidalga de Dios

Don Hugo: Pero dígame, don Víctor, ¿qué es lo que dice exactamente Guzmán de Alfarache que le trae a usted por la calle de la amargura?

Don Víctor: “¡Bondad grande de Dios!, ¡Largueza de su condición hidalga!”

Don Hugo: Hombre, por una vez que dice algo sensato, ¿en qué le atormenta a usted?

Don Víctor: Pues eso precisamente, que me pregunto si son conciliables, con todas las consecuencias, hidalguía y cristianismo.

Don Hugo: Ya veo por dónde va usted. Si todos somos hijos de Dios, ¿cómo justificar la prepotencia del noble?… Dice Juan de Zabaleta: “La nobleza persuade soberbia, alienta a desahogos ilícitos, quita el temor de las leyes, da por preciso el duelo, arroja a las venganzas y pone nota infame al sufrimiento”.

Don Víctor: Pues ante ello, don Hugo, no haré más preguntas.

Don Hugo: De ninguna manera, don Víctor, que aún no he acabado… No acudamos al engaño de pensar sólo en la hidalguía de sangre. El propio Zabaleta nos aclara la cuestión: “El que tiene noble el cuerpo solamente, y sin nobleza el alma, no es noble cabal”.

Don Víctor: Claro, al auténtico hidalgo su hidalguía no le vendría entonces de la cuna, sino de su ánimo generoso y noble, que impulsa una conducta acorde.

Don Hugo: Le propongo contraponer a todos los errores que señala Zabaleta la conducta del cervantino Diego de Miranda.

Don Víctor: Ah sí, aquel hidalgo que tan cordialmente acoge a don Quijote en su casa… Veamos: Soberbia.

Don Hugo: “No hago alarde de las buenas obras”.

Don Víctor: Afición al duelo y a la venganza.

Don Hugo: “Procuro poner en paz los que sé que están desavenidos”

Don Víctor: Desahogos ilícitos sin temor a las leyes.

Don Hugo: También esto lo deja claro el mismo Zabaleta: “El noble que no quiera bastardear, debe servir a su rey y por tanto a Dios”.

Don Víctor: Todo eso es muy cierto, don Hugo, pero ¿no está en uno de los personajes de Lope aquello de que el hidalgo ha de despreciar al villano pues éste vive de sus manos?

Don Hugo: ¿Y entonces de qué va a vivir el pobre? Necesita ganar su sustento… Mejor que en esta exageración, volvamos al desprendimiento del hidalgo Miranda: “Son mis convites limpios y aseados, y no nada escasos”. En su largueza encontramos la virtud que aquéllos que no poseen la verdadera hidalguía transmutan en desprecio por los que han de trabajar.

Don Víctor: Creo, don Hugo, que a la postre nuestro Cervantes nos aclara mejor que la empalagosa retórica y afectada erudición de Zabaleta.

Don Hugo: Siempre me parecieron peor que villanos los duques aragoneses tan prepotentes que convierten al buen hidalgo Quijote en bufón y hazmerreír de su corte, nada más que para entretener sus perversos ocios.

Don Víctor: ¿Y qué me dice de aquel Rodolfo, joven noble, rico y poderoso, de “La fuerza de la sangre”, no contento con atropellar a unos pobres viejos, violarles a su hija Leocadia, abandonarla y olvidarla, que nunca se arrepintió ni pide perdón, sino que continúa soberbio a querer hacer siempre su voluntad por encima de las leyes humanas y divinas y que sólo accede a casarse con aquélla que deshonrara antaño porque al verla de nuevo, vuelto de Italia, torna a enamorarse? 

Don Hugo: Fíjese cómo los padres de la muchacha, hidalgos pobres, porque no buscan la venganza, porque rodean de amor a su nieto natural, porque se reconcilian con los otros abuelos cuando se descubre el caso y entregan de nuevo gozosos a su hija Leocadia y al pequeño al engreído violador sin que medie disculpa alguna… ¡éstos son los auténticos hidalgos!

Don Víctor: Para mí no cabe duda de que Cervantes es el humanista que mejor llegó a enunciar, con el conjunto de su obra, la concordatio entre el primitivismo guerrero de los godos y la civilización cristiana.

París

Don Víctor: Repare usted, don Hugo, en que las ciudades como París, ¡qué cargadas están de significados!… ¡Nos han contado tantas cosas, y hemos hablado tanto de ellas…!

Don Hugo: Sí, don Víctor, París es tantas cosas…pero quizás lo que más relevancia adquiere en el inconsciente colectivo sea la ciudad bohemia por excelencia, el Montmartre de los artistas. «Escenas de la vida bohemia» de Murger, «La Bohème» de Puccini, el «Bohemios» de Vives… A propósito, ¡qué gracia me hace aquello tan chusco de papá Gérard proponiendo al poeta y libretista Víctor que vaya «a ver a Auber»!

Don Víctor: Recuerdo que mi padre tenía un compañero llamado Pla al que apreciaba mucho y a quien debía un gran favor, y pensó aprovechar un viaje profesional a París para traerle un detalle. Cuando se despedía de nosotros, riéndose de su propio chiste, nos dijo: «Me voy a París a comprar un paraplí para Pla».

Manos

Don Víctor: Para mí está claro que el movimiento de manos y muñecas de nuestro flamenco tiene su origen en la India.

Don Hugo: Sí, pero eso son las manos como alas, como unas danzantes revoloteando en torno a la cabeza.

Don Víctor: Ya veo, don Hugo, que va usted por otro lado. ¿Se refiere al aspecto instrumental de las manos, a aquello de «Mano y cerebro en la Grecia antigua»?

Don Hugo: Tampoco a eso, sino más bien a su potencialidad afectiva.

Don Víctor: Ah, claro… ¡Che gelida manina! Cómo busca Rodolfo en la oscuridad la manita de Mimí después de orillar la fría llave caída…

Don Hugo: Siempre pensé que la canción de Pierrot, «Au clair de la lune», en su última estrofa, sugiere exactamente lo mismo: los rayos de la luna iluminan apenas y, buscando pluma y candela, se juntan las manos del amable Lubin y de la bella vecina.

Don Víctor: Por eso la puerta, al final, no tuvo más remedio que cerrarse…

Don Hugo: ¿Ha reparado usted, don Víctor, cómo en el «Fusilamiento de Torrijos» todos los condenados se estrechan fraternalmente la mano, aguardando la descarga?

Don Víctor: Me viene a la mente un pasaje del «Dominique» de Fromentin en que el personaje, perdido en la gran urbe de París, encuentra al que fuera su preceptor allá en su Poitou natal y, al estrecharle la mano, siente que «je m´appuyai sur quelqu´un».

Don Hugo: En esto, lo más tremendo que haya leído yo nunca es eso otro de «La condición humana», de Malraux, en que los dos soldados comunistas prisioneros del Kuomintang, antes de ser arrojados vivos a la caldera, pierden la pastillita de cianuro que les evitaría el suplicio. Tantean en la oscuridad como dos ciegos; no hallan la pastilla, pero lo que sí se encuentran son sus dos manos que se abrazan desesperadas ante la muerte.

Ni pop siquiera

Don Hugo: Estuve anoche releyendo a Marguerite Yourcenar y me llamó la atención cuanto afirma sobre las grandes superficies comerciales: lo inhóspito de su decoración, su ausencia de empleados, la uniformidad de los productos de trusts y monopolios y, flotando entre tanta desolación, «esa musiquilla mecánica fluyendo como jarabe de mala calidad».

Don Víctor: Musiquilla ratonera, ramplona y siempre anglosajona….

Don Hugo: ¡Pues no estaba yo viendo en la televisión ese programa que presenta los pueblos de España y sobre las imágenes de La Alberca, emborronándolas, chirriaba la voz de rata de Kylie Minogue…!

Don Víctor: Si incluso el telediario, mostrando imágenes de la Semana Santa sevillana paralizada por la peste, hacía sonar la musiquilla de Abba. ¡Ya me dirá usted, don Hugo, lo que tiene que ver con aquellas airosas torres, con la melancolía de los pasos plantados a la puerta de las iglesias, con los rincones pintorescos!…

Don Hugo: Pero, don Víctor, si ya en «Tendido cero», cuando dirigía el programa Mariví Romero, el resumen de las faenas se solía contaminar con música de rock and roll… ¡Qué les hubiera costado poner un pasodoble!

Don Víctor: ¡Ay, don Hugo!… como no todo puede seguir siendo ópera y zarzuela, me pregunto dónde quedaron Domenico Modugno, Mina, Marino Marini, Ornella Vanoni…

Don Hugo: Brassens, Brel, Aznavour, Françoise Hardy, Sylvie Vartan…

Don Víctor: Raphäel, Nino Bravo, Conchita Velasco, Marisol, Mari Trini…

Don Hugo: … si hasta el pop inglés ha quedado arrasado…

Don Víctor: Todo es ya igual, plano, chabacano, pringoso, privado de la menor calidad musical y virtud canora. Nos van convirtiendo todo espacio público y todas las producciones audiovisuales en un gigantesco economato siniestro…

Don Hugo: Sí, sí, vuelvo a Yourcenar. Escuche lo que dice:»… el estrangulamiento de la competencia acaba por dar a las tiendas capitalistas la misma lúgubre uniformidad que a los almacenes socialistas».

Don Víctor: ¿Dónde quedó el festival de San Remo?

Las primas de Musetta

Don Víctor: ¿Musetta?… Nunca pensé que se parecieran…

Don Hugo: ¡Achulapadas, traducidas al Madrid del género chico!

Don Víctor: Visita y la Mari Pepa siempre se me antojaron encarnación genuina del alma femenina del pueblo de Madrid.

Don Hugo: ¿Recuerda usted, don Víctor, lo que sentía Musetta cuando salía a pasear solita por la calle y la miraba la gente?

Don Víctor (cantando): E la bellezza mia tutta ricerca in me / da capo a pie.

Don Hugo y don Víctor (cantando): Ed assaporo allor la bramosia / sottile che dagli occhi traspira / e dai palesi vezzi intender sa / alle occulte beltà. / Così l´effluvio del desìo / tutta m´aggira, / felice mi fa, felice mi fa!

Don Víctor: ¡Maravillosa!… Lleva usted razón, don Hugo, también la Mari Pepa disfruta haciendo babear a sus vecinos enumerando los encantos que supuestamente le faltan.

Don Hugo (cantando): Palmito pa camelar, / boquita pa convencer, / y ojitos pa trastornar…

Don Víctor: ¡Picarona!… como que no se daba cuenta…

Don Hugo: «¿Es que tengo yo la culpa / de que al hacer esta alhaja, / pusiera Dios en el molde / lo mejor que le quedaba…?»

Don Víctor: Y ya veo que también Visita es otra discípula aventajada: (cantando) Soy una chula muy resalá.

Don Hugo y don Víctor (cantando): Soy un granito de pimentón… Todos los hombres, / cuando me miran, / por mí suspiran / y todos van /detrás de mí / porque me traigo unos timos hasta allí.

Don Víctor: Se ve que se llevaban entonces estas chicas jacarandosas, tanto en España como en París… Tenían a gala exhibirse, proclamar su belleza y desatar el deseo masculino.

Don Hugo: La filiación, don Víctor, es más segura que eso: «La Bohème», año 1896; «La Revoltosa», año 1897…

Don Víctor: … pero «El bateo» es ya del siglo XX…

Don Hugo: …por los pelos: 1901. Sucede a la Revoltosa sólo cuatro años después.

Don Víctor: Podría uno quedarse con la presentación frívola de estas muchachas tan simpáticas, pero repare usted en que en aquella sociedad hipócritamente victoriana, estas chicas se atreven a afirmar su independencia. Son atrevidas e incluso insolentes, osan salir a la calle sin acompañante masculino, se buscan solas el sustento, se emparejan con quien quieren, son valientes para defenderse en la vida sin tutelas…

Don Hugo: … y sobre todo no se avergüenzan nunca de ser mujeres