Cuentos para niños

Don Víctor: ¡Desde lo alto de este trono, cuarenta y cinco siglos contemplan las mudanzas en la compostura de los gobernantes!

Don Hugo: Cuando Napoleón dirigió la mirada de sus soldados hacia el pináculo de las pirámides, quería hacer de ellos unos héroes, tal y como lo era él mismo.

Don Víctor: Sí, y por el camino hemos pasado de un monarca que se sujetaba siempre bajo el peso de la mirada de la divinidad, a unos políticos a quienes el ojo de la televisión obliga a observar unas actitudes que no lleguen siquiera a ser las propias de una persona adulta.

Don Hugo: Esta última degeneración ya se anunciaba con aquella asombrosa permanencia de una boba sonrisa de azafata pegada a la cara de los políticos yanquis, desde que salían de casa hasta que se recogían. Y aquello ya empezó a llamarnos la atención en los años cincuenta.

Don Víctor: ¡Y eso que teníamos a Solís!

Don Hugo: Botó Maragall ante las multitudes como si hubiera marcado un gol, cuando se proclamó a Barcelona sede de los Juegos Olímpicos.

Don Víctor: Y botó Rajoy en el balcón de Génova en la noche de su victoria.

Don Hugo: Bailaron la Macarena los candidatos demócratas norteamericanos para así poder ganar las elecciones presidenciales.

Don Víctor: Y bailó Iceta al ritmo de Queen en su campaña electoral.

Don Hugo: Se despeinó Jordi Pujol en el Dragón Khan de Port Aventura, como si fuera un mozalbete.

Don Víctor: Y le ganó por la mano Albert Rivera como copiloto del mediático Calleja en un rally automovilístico.

Don Hugo: Es verdad. Últimamente acuden a hacer payasadas a los propios estudios de televisión. Recuerde usted a la Cifuentes en el programa de Motos en que se aludió a su tatuaje secreto, como si de una actriz porno se tratara.

Don Víctor: ¡Qué ganas tengo de que emitan esa serie tan bonita que está rodando Sánchez con su “Vivir cada día” en el palacio de La Moncloa y alrededor del mundo!

Don Hugo: Y lo peor es que detrás de todo este circo, no hay nada; todo es disfraz, señuelo para bobos y cotilleo para sedicentes analistas. La política se lleva en secreto y, al exterior, en estos momentos, sólo aflora una lamentable e hipócrita impostación afectiva.

Don Víctor: ¿Qué nos quedará por ver, don Hugo?… Quién sabe si, de cara a las próximas elecciones, no estará ya el mismo Sánchez ensayando, echándose a correr haciendo el Falcon por los pasillos de La Moncloa…

Don Hugo: Sí, don Vícto r,y a Feijóo me lo imagino lanzándose en plancha sobre la mullida alfombra de los prados gallegos y luego a todos sus barones tirándosele encima, recreando así las suaves lomas hercinianas de aquella tierra.

El nuevo centripetismo

Don Víctor: Fue salir a escena Edgardo vestido a la usanza española, destocarse de su chambergo, y Madame Bovary casi se desmaya.

Don Hugo: En su época imperial, España exhalaba su aliento fecundador por todo el orbe…

Don Víctor: ¡Y vaya fiato! Cuánto alargó aquel interminable calderón.

Don Hugo: Al final acabó con la cara congestionada y prácticamente cianótica.

Don Víctor: Claro, don Hugo, fue tanta su desmesura que sus pulmones quedaron dañados.

Don Hugo: En los siglos siguientes, hubo que inspirar casi como asmático, a pequeñas boqueadas entrecortadas.

Don Víctor: Nos está costando recuperar nuestra antigua capacidad torácica… pero vamos bien: cada vez absorbemos más cosas de fuera… ¿Que está usted ansioso o somatiza en exceso?…

Don Hugo: ¡Pues a practicar yoga!

Don Víctor: ¿Que tiene usted gana?

Don Hugo: ¡Pues despáchese con un wok tailandés, un sushi japonés o unos ceviches peruanos!

Don Víctor: ¿Que quiere usted divertirse?

Don Hugo: ¡Qué mejor que un espectáculo de danza del vientre!

Don Víctor: Y si le da a usted pereza salir, pues se queda en casa viendo una serie coreana.

Don Hugo: ¿Que tiene usted frío?

Don Víctor: Pues a comprar ropa hecha en el Extremo Oriente.

Don Hugo: Y para colmo, ya no somos nosotros los que mandamos jesuitas al fin del mundo.

Don Víctor: Ahora son los demás los que vienen a vernos. Fíjese usted en cómo está Madrid: ¡Si parece la ONU!

Don Hugo: Sí, don Víctor, del centrifuguismo heroico de siglos pretéritos, nos hemos acomodado al centripetismo consumista.

Lo blanco es negro

Don Hugo: ¡Y fue añadirle al título original: “y cambio climático”, e ipso facto le publicaron su estudio sobre las ardillas, rechazado hasta aquel momento!

Don Víctor: Si es que hoy en día todo cuanto no contemple la sostenibilidad, no interesa.

Don Hugo: Toda obra de arte que no se conciba desde la “perspectiva de género” deja de tener salida.

Don Víctor: ¿Se ha enterado usted, don Hugo, de los apuros de la colección Wallace a la hora de exhibir la flamante restauración del columpio de Fragonnard ante la avalancha de críticas por parte de sesudos analistas que consideran la obra un atentado a la condición femenina?

Don Hugo: ¡Como que van a tener que pedir perdón, don Víctor!

Don Víctor: Las consignas actuales son: enaltecer al nacionalismo irredento…

Don Hugo: … y deshacer los Estados inclusivos.

Don Víctor: Reivindicar el indigenismo como paradigma del paraíso en la tierra…

Don Hugo: … y denigrar la integración de aquellos pueblos en la civilización mundial.

Don Víctor: Fomentar la victimización predicando como superación lo que no es más que manifestación de la debilidad y la envidia…

Don Hugo: … y no dejar al héroe libre para cumplir con su obligación.

Don Víctor: Exaltar los derechos del animal…

Don Hugo: … rebajando al ser humano a la condición de “humano”, haciéndolo así un animal más.

Don Víctor: ¡Y el peor de todos por haber resultado el más eficaz en la merienda de negros que son los ecosistemas!

Don Hugo: Y no olvide usted, don Víctor, lo novedoso del encumbramiento de lo trans.

Don Víctor: Nuestra libertad, por no decir nuestro capricho, nos ha de permitir nombrarnos como nos venga en gana, a despecho de todo determinismo biológico.

Don Hugo: En definitiva, que estos diez mandamientos se resumen en dos: Amarás la contradicción entre todos ellos y al fracaso como a ti mismo… (cantando:) “No he tenío más remedio…

Don Víctor y don Hugo (cantando:) “…No voy a tené más remedio / Que agachá la cabesita / Y desí lo blanco eh negro”.

Elsa Pataky entre Anteo y Abebe Bikila

Don Hugo: ¿Se acuerda usted, don Víctor, de aquel arranque del verano del 71 cuando por las calles de Madrid se vio a unas cuantas jovencitas caminar descalzas?

Don Víctor: ¡Es cierto!… fue tan fugaz aquello que llegué a pensar que acaso lo hubiera soñado. Nadie me lo había mencionado nunca…

Don Hugo: Claro que fue cierto. Yo atribuyo aquel fenómeno a Sandie Shaw, que por aquel entonces salía siempre descalza a cantar…. Y creo que a la postre combinaba mal lo negro de las plantas de los pies con la luminosa belleza de todas ellas.

Don Víctor: Casan mejor esos pies sucios con la ruda vida de los apóstoles que pintara Caravaggio… ¡Y qué cuidado que pusieron algunos pintores en representarlos limpios y frescos tras la escena del lavatorio!

Don Hugo: ¡Como que esos pies acababan de comulgar, don Víctor!

Don Víctor: De ese andar descalzos por los caminos tomaron ejemplo, con razón, las órdenes mendicantes descalzas.

Don Hugo: El héroe de todos los descalzos es, sin duda alguna, Abebe Bikila. ¡Aquél sí que fue un gran deportista!

Don Víctor: ¿Sabe qué ha declarado Elsa Pataky para explicar por qué su vida es un éxito?

Don Hugo: Recurriendo a Adler y su célebre teoría, imagino que su corta estatura queda compensada con creces por ese vigor físico que tanto le envidian las otras mujeres.

Don Víctor: Pues ella afirma que su familia, sus animales y andar descalza son los verdaderos motivos.

Don Hugo: ¡Pero si ella presta su carita y su cuerpo para la propaganda de la marca de calzado Gioseppo!… ¡Que no se entere su patrón, a ver si vamos a tener un disgusto!… En cualquier caso, no anda desencaminada la chica. ¿No tomaba el grandullón Anteo toda su fuerza del contacto con la tierra, su madre, y Heracles sólo pudo derrotarlo una vez que lo alzó del suelo y lo crujió en el aire?

Don Víctor: Tiene razón, don Hugo. Anteo era en eso igual a Abebe Bikila. 

Llorar

Don Hugo: Llora Sergio Ramos por irse del Madrid.

Don Víctor: Llora Federer derrotado por Nadal.

Don Hugo: Llora Luis Suárez por ganar la Liga.

Don Víctor: Llora Bustamante.

Don Hugo: Lloran los concursantes de la tele porque han pasado el corte.

Don Víctor: Lloran los ganadores de los Óscar.

Don Hugo: Lloran los famosos cuando nombran a sus madres.

Don Víctor: ¡Pero si llora hasta el implacable doctor Sánchez!

Don Hugo: Hoy en día es obligado llorar en público cuando hasta hace bien poco no se podía ni sollozar ante los demás.

Don Víctor: Imagínese llorando a di Stefano, Manolo Santana, Pepe Blanco, el alcalde de Belmez cuando ganó “Un millón para el mejor”, Gary Cooper, Tom Jones, Girón de Velasco o Pepe Solís…

Don Hugo: ¿Qué habría pensado la gente?… ¡Les habrían perdido el respeto!

Don Víctor: Aunque sí que gimoteó Arias Navarro en la televisión con aquello de “Españoles, Franco… ¡ha muerto!”, pero claro tenga usted en cuenta, don Hugo, que al pobre se le moría el régimen. Aquello no era moco de pavo…

Don Hugo: En la Historia las lágrimas van y vienen. Lloraron los románticos acordándose de las lágrimas de Lanzarote y Ginebra. Antes lloraron los héroes homéricos…

Don Víctor: Sí, y tras ellos, el gran Pericles, defendiendo, frente a los areopagitas, a su amada Aspasia de las acusaciones de impiedad y proxenitismo. Escuche, don Hugo, cuanto al respecto dice el antiguo Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano: “… la tomó en sus brazos… la besó repetidas veces, le bañó el rostro de lágrimas, y consiguió salvarla. Tales actos de amorosa demencia no aminoraron el prestigio de que el defensor disfrutaba”.

Don Hugo: Lloró Cristo, que al fin y al cabo fue un sofista helenístico. Y también aprendió a llorar San Pedro.

Don Víctor: En cambio no lloraron ni el hombre de Cromagnon, ni los asirios, ni los romanos, ni las hordas bárbaras, ni los neoclásicos, ni los positivistas, ni los totalitarios del siglo XX.

Don Hugo: ¿Recuerda usted, don Víctor, aquella canción de Raphaël, que preparamos con Isidro Cuenca para la fiesta que le dimos al bueno de Lopetegui cuando se recuperó de su último zorrocotroco? (cantando:) Yo pensé también un día / que los hombres nunca lloran / porque es una cobardía / que ninguno debe hacer, / que por muchos sufrimientos / que haya dentro de sus vidas, / en los hombres hay heridas que nunca se dejan ver…

Don Víctor y don Hugo (cantando:) pero tu adiós definitivo / me ha debido trastornar. / Fue tanto amor el que he perdido…

Don Hugo: Don Víctor, déjeme que dé yo el do de pecho final, con calderón y todo… (cantando:) … que me he puesto en un rincón ¡a llorAAAAAAr!                                                        

Agravios

Don Víctor: ¿Recuerda usted, don Hugo, aquel don Hipólito Santesmases, el que era director general de algo…?

Don Hugo: ¡Sí, hombre, don Víctor, aquél que le pasó a usted las entradas para los Festivales de España y fuimos a Mérida y disfrutamos tanto!… ¡Será ya muy mayor!, o incluso habrá muerto…

Don Víctor: ¡Hace mucho, don Hugo!, pero me acuerdo de él cada vez que una mujer denuncia una conducta machista a través del Metoo.

Don Hugo: Sí, toda actriz que se precie, ha de denunciar como mínimo un toqueteo.

Don Víctor: Muchas más cosas me lo recuerdan… por ejemplo, a los congoleños, que tanto celebraban el “Tintín en el Congo”, los intelectuales les han prohibido que les guste.

Don Hugo: No, si ahora resulta que no se puede reprimir la venta ambulante de artículos falsificados porque, como la ejercen negros, la policía española es racista.

Don Víctor: Y cuidado con decir ni una palabra del terrorismo islámico, ni la menor broma al respecto.

Don Hugo: Sí, la última vez que vi “El asombro de Damasco”, habían censurado la canción de Alimón. Fíjese usted… ¡más gazmoños que los turiferarios del Caudillo!

Don Víctor: Las futbolistas se sienten discriminadas por la poca atención que les dedican los medios.

Don Hugo: Sí, sí, reclaman cifras tan escandalosas como un Messi y hacer tantas ridiculeces como ellos para celebrar los goles.

Don Víctor: La clase media se queja de ser la única en pagar impuestos.

Don Hugo: Envidia las evasiones de los ricos y la economía sumergida de los pobres.

Don Víctor: No hay profesional que no se lamente de que su profesión se haya deteriorado tanto que se haya convertido en la más maltratada, ni disuada a sus hijos para que la ejerzan.

Don Hugo: ¡Incluso los artistas paniaguados a quienes el Estado nunca da lo bastante!

Don Víctor: Ahora las bellas han de ofenderse ante un piropo si no quieren ser tachadas de cómplices del machismo.

Don Hugo: Por eso me ha gustado tanto la sinceridad de Brigitte Bardot al proclamar con orgullo que le encantaba que, de joven, le alabasen su culito.

Don Víctor: Ahora resulta que los jubilados vascos no hacen más que manifestarse por la insuficiencia e indignidad de sus pensiones.

Don Hugo: Están aún más agraviados que los jóvenes cuyos salarios no les permiten emanciparse.

Don Víctor: ¡Encima de que les hemos robado dos años de vida con la pandemia!

Don Hugo: ¡Sí, se ve que las autoridades se han propasado impidiéndoles ensuciar y emborracharse en sus botellones!… si, al fin y al cabo, el corona-virus no les atañe. ¡Es cosa de viejos!

Don Víctor: Los cómicos no pueden meterse con nadie y se están quedando sin público. ¡Ya ni se pueden imitar acentos regionales!

Don Hugo: ¿A ver quién es el guapo que ahora, en el Reino Unido, se atreve a montar “Henry V”, en que aparecen los risibles capitanes irlandés, escocés, y galés, con su inglés macarrónico?… En ningún sitio hacían tanta gracia todas estas exageraciones como en las patrias chicas respectivas, porque el público se reconocía.

Don Víctor: Los catalanistas no soportan tener la misma autonomía que las demás regiones españolas.

Don Hugo: ¡Pero si la tienen mayor que los Länder alemanes!                            

Don Víctor: Lo ”trans” arremete contra el sistema binario ¡sobre el que se asientan la Naturaleza y la cultura!                                                   

Don Hugo: Ya no se puede hablar de “sexo”, sino de “género”. Se exige la edificación de una nueva antropología, disparatada, caprichosa, voluntarista y totalitaria.

Don Víctor: Animalismo y veganismo, malhumorados, usurpan el trono abandonado por la religión.

Don Hugo: Nos está cayendo encima todo un diluvio de nuevos pecados con sus prohibiciones y tabúes correspondientes: ir a los toros, criar gallinas, comer chuletas, montar a caballo, ir a cazar, adiestrar animales circenses…

Don Víctor: No lo entiendo… en cambio, ¡está bien visto tener mascotas y es uno mejor persona y todo!

Don Hugo: Pero, dígame, don Víctor, ¿qué pinta en todo esto don Hipólito, que era tan campechanote?

Don Víctor: No se lo había contado, don Hugo; me afeó, muy disgustado, que comprara el “Astérix en Hispania” a mis hijos.

Don Hugo: ¡Atiza!, ¿y eso…?

Don Víctor: Estaba haciendo gestiones para que fuera retirado de las librerías por ofender gravemente a España y a su régimen del 18 de julio.

Don Hugo: ¡Trágame, tierra!… ¿Y cuáles eran esos agravios?

Don Víctor: Los hombres, que son unos chulos, no dan ni clavo; las carreteras son todo baches; la religión es escarnecida con la exhibición de constantes procesiones; los niños son todos unos malcriados…

Don Hugo: Ya veo… ¡la eterna conspiración judeo-masónica!

Hacer trampas

Don Víctor: Atento, don Hugo, que ya sólo queda una vuelta.

Don Hugo: Un comentario más, don Víctor, y ya sólo atiendo al cronómetro… Lo que le estaba diciendo es que, en cuanto acabe la competición, me voy al hotel a seguir con mi comedia ática en la que Tiresias, mediocre atleta, al cambiar de sexo, arrasa en cuantas pruebas acomete.

Don Víctor: O sea que, en su obra, Tiresias acaba por jubilar a Eufemiano Fuentes, a las atletas alemanas del Este, a Armstrong, a los actuales deportistas rusos y al charcutero de Alberto Contador.

Don Hugo: Claro, es que aquello era hacer trampas y el Comité Internacional no podía más que sancionarlo.

Don Víctor: En cambio, se ve que trasplantar un cuerpo entero de un sexo al otro es menos grave que los anabolizantes, las hormonas masculinas y las transfusiones de sangre oxigenada…

Don Hugo: Ahí voy yo con mi comedia, don Víctor, que a ver quién es el guapo que se atreve hoy en Atenas a poner la menor traba a los transexuales, a riesgo de indisponer al mismísimo Zeus, que ya sabe usted como se las gasta…

Don Víctor: ¿Qué le dice Boadella, se la monta o no?

¿Quién lo iba a decir?

Don Víctor: ¡Qué sabrosa conversación hemos tenido los cuatro con esto de la novela bizantina, con sus viajes, sus raptos, desapariciones, insospechados reencuentros con parientes perdidos y dados por muertos…!

Don Hugo: Es que lo que tienen estos antiguos puertos griegos, tan evocadores.

Don Víctor: ¿Cómo no reconocer en todo ello la mano de los dioses o el dictamen del Destino, al igual que en la tragedia clásica?

Don Hugo: Toda nuestra cultura está impregnada de ese sentido. Sin ir más lejos, don Víctor, me viene ahora a la memoria un relato de Maupassant. Y me dirá usted: “¿qué relación tiene el bueno de don Guy con Esquilo?… ¡Pues mucha!

Don Víctor: Pero, don Hugo, si yo, en principio, no lo niego…

Don Hugo: Hace bien. Figúrese usted a un marinero en un lupanar. Tras la prestación sexual, entabla conversación con la prostituta; atando cabos y anudando coincidencias, llegan a reconocerse como hermanos, separados mucho tiempo ha. Y lloran amargamente. ¿No se están riendo de nosotros los dioses crueles?

Don Víctor: ¡Pero si eso también lo tiene Agujetas en su fandango “Con un puñal la maté”! (cantando:) Con un puñal la maté…

Don Hugo y don Víctor (cantando:) Con un puñal yo fui y la maté / a una mujer de la vía / y cuando estaba en su agonía / nos dimos a conocer / y era hermana mía.

Decamerón

Don Víctor: Estoy convencido de que las mujeres cervantinas se han empapado del espíritu del Decamerón cuando, con tanta desenvoltura e incluso con vehemencia, se plantan ante las convenciones y reivindican su libertad de conducta y pensamiento.

Don Hugo: Siempre tuve claro que el Decamerón constituye un desquite de las fuerzas naturales, oprimidas por las fuerzas civilizatorias, reforzadas, a su vez, por lo que Marcuse llama la “sobre-represión”.

Don Víctor: O sea que una represión reducida a sus límites razonables, le parece necesaria…

Don Hugo: Claro, don Víctor, sin un soberano principio de realidad, el caos se impondría y se desmoronaría el edificio de la civilización; pero de lo que se trataría, sería de eliminar toda represión superflua generada por la explotación del hombre por el hombre.

Don Víctor: El Decamerón, don Hugo, me parece otorgar a las mujeres una tribuna desde la que denunciar el poder omnímodo de padres y hermanos, los matrimonios forzosos y de conveniencia, la reducción de su sexo a mera mercancía…

Don Hugo: … y desde la que clamar por un amor sincero y libre entre iguales.

Don Víctor: También es el Decamerón un alegato a favor de la juventud que ve cómo sus impulsos amorosos son obstaculizados por el egoísmo prosaico de los viejos.

Don Hugo: El arte es siempre compensatorio de las deficiencias y sinsabores que nos impone la vida en sociedad. En el Decamerón, aquellos jóvenes que huyen de la peste y que narran las distintas historias, entregados al placer y a la dicha, crean una comunidad de seres felices y parejos. Sí, claramente, esta novela ejerce una función onírica, que es la de compensar, mediante la imaginación, una existencia marcada por las obligaciones.

Don Víctor: En definitiva, que se trata de una revancha del amor.

Don Hugo: Sí, recrea un mundo de seres libres aislados en un paraíso y actualizando todas sus potencialidades. Lo que dejaban fuera es todo cuanto expone Sade por boca de Eugénie de Franval: “Las mujeres… falsas, celosas, imperiosas, coquetas o devotas… los maridos pérfidos, inconstantes, crueles o déspotas, éste es el resumen todos los individuos de la tierra”.

¿Quién se acuerda del comunismo?

Don Víctor: Yo no sé por qué fue caer la Unión Soviética y hacernos creer que ya no había comunismo en el mundo. De hecho, los países  comunistas que quedaron, han renunciado a hacer propaganda de su sistema político como si esperaran conseguir la supremacía discretamente, por la vía de los hechos, comprándolo todo.

Don Hugo: Ciertamente, don Víctor, pero es que además les estamos ayudando mucho por un sencillo mecanismo de defensa psíquico: si yo niego u oculto u orillo lo ansiógeno, lo ansiógeno no existe y puedo seguir viviendo tan tranquilo. El lobo o no está o vive en una montaña tan lejana, que hasta que llegue…

Don Víctor: Eso de la distancia sería cuando se derrumbó la URSS, porque lo que es ahora mismo… ¡hay chinos por todas partes!

Don Hugo: Parece como si quisiéramos convencernos de que todo va a seguir siempre como está y eso es imposible.

Don Víctor: Y tan imposible, don Hugo, cuando los americanos se están replegando y renuncian ya a salvar el mundo, y cuando nosotros asistimos, resignados, al desmantelamiento metódico de todos los pilares de nuestra civilización…

Don Hugo: O sea, don Víctor, que tenía razón Marco Bellocchio cuando hizo aquella película…

Don Víctor: Sí, “La Cina è vicina”.