Don Hugo: Represéntese usted de este lado de la columna del rey, la ciudad de Varsovia reconstruida a partir de unas vedute que hubiera tomado el reflexivo Braque…
Don Víctor: Me imagino algo así como las vistas de l´Estaque, pero más a lo grande.
Don Hugo: ,,, y de este otro lado, contemple lo que ve: la minuciosa recomposición del casco viejo a partir de las pinturas del concienzudo Canaletto.
Don Víctor: Creo que los urbanistas polacos eligieron al pintor adecuado.
Don Hugo: Yo quería demostrarle, don Víctor, que mucho más que crear, las vanguardias destruyeron… ¡si es que, probablemente, no había más remedio!… las podas de los jardineros impresionistas, simbolistas, nabis y todos los demás, no bastaban y seguramente se imponía la tala vanguardista.
Don Víctor: Lo malo, don Hugo, es que, tras la tala, ha venido la desertización donde antaño había vergeles.
Don Hugo: Precisamente, don Víctor: concéntrese usted de nuevo en “Demoliciones Braque” y verá Varsovia bombardeada.
Don Hugo: Era leer en el metro “asiento reservado a los caballeros mutilados” y me imaginaba, acomodándose muy ceremoniosamente, al capitán Chinchilla.
Don Víctor: ¡Ah, el de “Gil Blas”! Yo también lo admiré desde adolescente cuando leí aquel libro: ingenioso, grave, de intachable moralidad y muy delicado en punto de honra…
Don Hugo: … amén de modesto…
Don Víctor: Él, que había dejado un ojo en Nápoles…
Don Hugo: … un brazo en Lombardía…
Don Víctor: … y una pierna en Flandes…
Don Hugo: … y mil chirlos que le condecoraban el rostro.
Don Víctor: Y a pesar de todo vivía en la indigencia sin recompensa alguna ni reproche a su rey.
Don Hugo: Más de un capitán mutilado habría conocido Lesage, pero no deja de sorprender esta premonición de nuestro Blas de Lezo…
Don Víctor: … de nuestro Millán Astray.
Don Hugo: Sí y no, don Víctor, pues ¿se imagina usted al capitán Chinchilla o a Blas de Lezo, dando el brazo, como padrino de bodas, a la Celia Gámez?
Don Víctor: Pues mire, don Hugo, me parece a mí… ¡que también lo harían!
Don Víctor: Una de las cosas que más temo, don Hugo, es que un día, en las lecturas de la misa, me larguen la historieta de Sansón. Tengo pensado, en cuanto me dé cuenta de qué se trata, ponerme en pie y, como si estuviera indispuesto, salirme a la calle a toda prisa.
Don Hugo: ¡Vaya susto que le va a dar usted a Julita!… pero, don Víctor, ¿qué manía le ha entrado a usted ahora?…
Don Víctor: ¡Qué va!… Si esto me viene ya, creo yo, desde mi primera comunión. Además, con Julita ya lo tengo hablado: con susurrarle “Sansón”, ya lo entenderá.
Don Hugo: Le he visto muy callado allá adentro, don Víctor: esto de cortarse el pelo, para mí, que le ha resucitado un conflicto adormecido y mal resuelto…. ¡Mire que hemos ido veces a la peluquería!, pero cuénteme, cuénteme…
Don Víctor: En primer lugar, don Hugo, ¿cómo todo un señor juez de primera instancia de Israel, designado por Dios, puede llegar a ser tan tonto que la filistea Dalila le intente sonsacar el secreto de su fuerza por tres veces y que él no sospeche nada?
Don Hugo: ¡Claro que se da cuenta!, ¡si por tres veces la engaña!… cada vez que Dalila lo intenta, ora atándole con cuerdas de arco mojadas, ora con cuerdas nuevas y, al final, anudando con hilos del telar sus siete trenzas y asegurándolas con una clavija, para que lo asalten los filisteos, Sansón puede siempre con todos.
Don Víctor: Ahí tiene usted las pruebas de la condición traidora de su amante… y, a pesar de ello, le llega a revelar, al final, la verdadera y única manera de acabar con su fuerza: raparlo.
Don Hugo: Hombre, don Víctor, es que Sansón es un claro ejemplo de la prepotencia del narcisismo aún no desgajado de la dependencia de la madre y esta Dalila no sería más que la posterior erotización, en la fase genital y última del desarrollo psico-libidinal, de aquélla como fuente de placer adulto. Y, claro, una madre siempre querrá saber, pero nunca traiciona.
Don Víctor: Calle, calle, que hay más. En segundo lugar, ya pelado, lo ciegan y lo ponen a mover él solito la muela de una tahona… ¿En qué cabeza cabe si ya no tenía vigor?
Don Hugo: Eso es irrebatible.
Don Víctor: Y en tercer lugar: ¿cómo, si ya no es un secreto que su fuerza estriba en su melena, dejan que le crezca de nuevo, en lugar de llevarlo al peluquero?
Don Hugo: Indudablemente, don Víctor, ¡un mal guión!
Don Víctor: Y entonces, don Hugo, cuando proclamen al final del relato: “Palabra de Dios”, ¿cómo voy yo a darlo por bueno y, para más inri, alabarlo?
Don Víctor: Ahora resulta que José Luis Moreno es malísimo. No sé… ¡que decidan los tribunales! No obstante, salga lo que salga, su labor al frente del Calderón ha sido encomiable.
Don Hugo: Es cierto. Fue la única alternativa privada con continuidad al oficial teatro de la Zarzuela.
Don Víctor: Cuántos años no habremos disfrutado yendo a sus temporadas líricas, ¿verdad, don Hugo?
Don Hugo: Sí, y viendo además lo que todos queremos ver: los títulos más populares, buenos cantantes, cuerpo de baile excelente y actores graciosos, con una buena orquesta.
Don Víctor: ¡No quiero ni pensar en el presupuesto que supone todo eso y los riesgos que asumió!
Don Hugo: Es aquello de que “por un perro que maté, ya me llaman mataperro”, olvidando mis muchas otras facetas e incluso si salvé vidas de otros muchos perros.
Don Víctor: Parece que nos falta tiempo para sumarnos a una buena lapidación en cuanto que se nos brinde el menor pretexto.
Don Hugo: Fíjese la simpatía que me inspirará a mí Alfonso Sastre por su postura política y las atrocidades que fue capaz de justificar públicamente y, sin embargo, ¿no le he dicho muchas veces a usted cuánto me gustaría que repusieran “La taberna fantástica”, por ser de gran calidad?
Don Víctor: Ahora me hace usted dudar porque tengo ya medio escrita una carta al director de ABC pidiendo que se recojan firmas para retirar el Caravaggio del Museo del Prado por ser la obra de un asesino.
Don Hugo: ¡Calle, don Víctor, no ve que era homosexual!
Don Víctor: ¡Desde lo alto de este trono, cuarenta y cinco siglos contemplan las mudanzas en la compostura de los gobernantes!
Don Hugo: Cuando Napoleón dirigió la mirada de sus soldados hacia el pináculo de las pirámides, quería hacer de ellos unos héroes, tal y como lo era él mismo.
Don Víctor: Sí, y por el camino hemos pasado de un monarca que se sujetaba siempre bajo el peso de la mirada de la divinidad, a unos políticos a quienes el ojo de la televisión obliga a observar unas actitudes que no lleguen siquiera a ser las propias de una persona adulta.
Don Hugo: Esta última degeneración ya se anunciaba con aquella asombrosa permanencia de una boba sonrisa de azafata pegada a la cara de los políticos yanquis, desde que salían de casa hasta que se recogían. Y aquello ya empezó a llamarnos la atención en los años cincuenta.
Don Víctor: ¡Y eso que teníamos a Solís!
Don Hugo: Botó Maragall ante las multitudes como si hubiera marcado un gol, cuando se proclamó a Barcelona sede de los Juegos Olímpicos.
Don Víctor: Y botó Rajoy en el balcón de Génova en la noche de su victoria.
Don Hugo: Bailaron la Macarena los candidatos demócratas norteamericanos para así poder ganar las elecciones presidenciales.
Don Víctor: Y bailó Iceta al ritmo de Queen en su campaña electoral.
Don Hugo: Se despeinó Jordi Pujol en el Dragón Khan de Port Aventura, como si fuera un mozalbete.
Don Víctor: Y le ganó por la mano Albert Rivera como copiloto del mediático Calleja en un rally automovilístico.
Don Hugo: Es verdad. Últimamente acuden a hacer payasadas a los propios estudios de televisión. Recuerde usted a la Cifuentes en el programa de Motos en que se aludió a su tatuaje secreto, como si de una actriz porno se tratara.
Don Víctor: ¡Qué ganas tengo de que emitan esa serie tan bonita que está rodando Sánchez con su “Vivir cada día” en el palacio de La Moncloa y alrededor del mundo!
Don Hugo: Y lo peor es que detrás de todo este circo, no hay nada; todo es disfraz, señuelo para bobos y cotilleo para sedicentes analistas. La política se lleva en secreto y, al exterior, en estos momentos, sólo aflora una lamentable e hipócrita impostación afectiva.
Don Víctor: ¿Qué nos quedará por ver, don Hugo?… Quién sabe si, de cara a las próximas elecciones, no estará ya el mismo Sánchez ensayando, echándose a correr haciendo el Falcon por los pasillos de La Moncloa…
Don Hugo: Sí, don Vícto r,y a Feijóo me lo imagino lanzándose en plancha sobre la mullida alfombra de los prados gallegos y luego a todos sus barones tirándosele encima, recreando así las suaves lomas hercinianas de aquella tierra.
Don Víctor: Fue salir a escena Edgardo vestido a la usanza española, destocarse de su chambergo, y Madame Bovary casi se desmaya.
Don Hugo: En su época imperial, España exhalaba su aliento fecundador por todo el orbe…
Don Víctor: ¡Y vaya fiato! Cuánto alargó aquel interminable calderón.
Don Hugo: Al final acabó con la cara congestionada y prácticamente cianótica.
Don Víctor: Claro, don Hugo, fue tanta su desmesura que sus pulmones quedaron dañados.
Don Hugo: En los siglos siguientes, hubo que inspirar casi como asmático, a pequeñas boqueadas entrecortadas.
Don Víctor: Nos está costando recuperar nuestra antigua capacidad torácica… pero vamos bien: cada vez absorbemos más cosas de fuera… ¿Que está usted ansioso o somatiza en exceso?…
Don Hugo: ¡Pues a practicar yoga!
Don Víctor: ¿Que tiene usted gana?
Don Hugo: ¡Pues despáchese con un wok tailandés, un sushi japonés o unos ceviches peruanos!
Don Víctor: ¿Que quiere usted divertirse?
Don Hugo: ¡Qué mejor que un espectáculo de danza del vientre!
Don Víctor: Y si le da a usted pereza salir, pues se queda en casa viendo una serie coreana.
Don Hugo: ¿Que tiene usted frío?
Don Víctor: Pues a comprar ropa hecha en el Extremo Oriente.
Don Hugo: Y para colmo, ya no somos nosotros los que mandamos jesuitas al fin del mundo.
Don Víctor: Ahora son los demás los que vienen a vernos. Fíjese usted en cómo está Madrid: ¡Si parece la ONU!
Don Hugo: Sí, don Víctor, del centrifuguismo heroico de siglos pretéritos, nos hemos acomodado al centripetismo consumista.
Don Hugo: ¡Y fue añadirle al título original: “y cambio climático”, e ipso facto le publicaron su estudio sobre las ardillas, rechazado hasta aquel momento!
Don Víctor: Si es que hoy en día todo cuanto no contemple la sostenibilidad, no interesa.
Don Hugo: Toda obra de arte que no se conciba desde la “perspectiva de género” deja de tener salida.
Don Víctor: ¿Se ha enterado usted, don Hugo, de los apuros de la colección Wallace a la hora de exhibir la flamante restauración del columpio de Fragonnard ante la avalancha de críticas por parte de sesudos analistas que consideran la obra un atentado a la condición femenina?
Don Hugo: ¡Como que van a tener que pedir perdón, don Víctor!
Don Víctor: Las consignas actuales son: enaltecer al nacionalismo irredento…
Don Hugo: … y deshacer los Estados inclusivos.
Don Víctor: Reivindicar el indigenismo como paradigma del paraíso en la tierra…
Don Hugo: … y denigrar la integración de aquellos pueblos en la civilización mundial.
Don Víctor: Fomentar la victimización predicando como superación lo que no es más que manifestación de la debilidad y la envidia…
Don Hugo: … y no dejar al héroe libre para cumplir con su obligación.
Don Víctor: Exaltar los derechos del animal…
Don Hugo: … rebajando al ser humano a la condición de “humano”, haciéndolo así un animal más.
Don Víctor: ¡Y el peor de todos por haber resultado el más eficaz en la merienda de negros que son los ecosistemas!
Don Hugo: Y no olvide usted, don Víctor, lo novedoso del encumbramiento de lo trans.
Don Víctor: Nuestra libertad, por no decir nuestro capricho, nos ha de permitir nombrarnos como nos venga en gana, a despecho de todo determinismo biológico.
Don Hugo: En definitiva, que estos diez mandamientos se resumen en dos: Amarás la contradicción entre todos ellos y al fracaso como a ti mismo… (cantando:) “No he tenío más remedio…
Don Víctor y don Hugo (cantando:) “…No voy a tené más remedio / Que agachá la cabesita / Y desí lo blanco eh negro”.
Don Hugo: ¿Se acuerda usted, don Víctor, de aquel arranque del verano del 71 cuando por las calles de Madrid se vio a unas cuantas jovencitas caminar descalzas?
Don Víctor: ¡Es cierto!… fue tan fugaz aquello que llegué a pensar que acaso lo hubiera soñado. Nadie me lo había mencionado nunca…
Don Hugo: Claro que fue cierto. Yo atribuyo aquel fenómeno a Sandie Shaw, que por aquel entonces salía siempre descalza a cantar…. Y creo que a la postre combinaba mal lo negro de las plantas de los pies con la luminosa belleza de todas ellas.
Don Víctor: Casan mejor esos pies sucios con la ruda vida de los apóstoles que pintara Caravaggio… ¡Y qué cuidado que pusieron algunos pintores en representarlos limpios y frescos tras la escena del lavatorio!
Don Hugo: ¡Como que esos pies acababan de comulgar, don Víctor!
Don Víctor: De ese andar descalzos por los caminos tomaron ejemplo, con razón, las órdenes mendicantes descalzas.
Don Hugo: El héroe de todos los descalzos es, sin duda alguna, Abebe Bikila. ¡Aquél sí que fue un gran deportista!
Don Víctor: ¿Sabe qué ha declarado Elsa Pataky para explicar por qué su vida es un éxito?
Don Hugo: Recurriendo a Adler y su célebre teoría, imagino que su corta estatura queda compensada con creces por ese vigor físico que tanto le envidian las otras mujeres.
Don Víctor: Pues ella afirma que su familia, sus animales y andar descalza son los verdaderos motivos.
Don Hugo: ¡Pero si ella presta su carita y su cuerpo para la propaganda de la marca de calzado Gioseppo!… ¡Que no se entere su patrón, a ver si vamos a tener un disgusto!… En cualquier caso, no anda desencaminada la chica. ¿No tomaba el grandullón Anteo toda su fuerza del contacto con la tierra, su madre, y Heracles sólo pudo derrotarlo una vez que lo alzó del suelo y lo crujió en el aire?
Don Víctor: Tiene razón, don Hugo. Anteo era en eso igual a Abebe Bikila.
Don Hugo: Lloran los concursantes de la tele porque han pasado el corte.
Don Víctor: Lloran los ganadores de los Óscar.
Don Hugo: Lloran los famosos cuando nombran a sus madres.
Don Víctor: ¡Pero si llora hasta el implacable doctor Sánchez!
Don Hugo: Hoy en día es obligado llorar en público cuando hasta hace bien poco no se podía ni sollozar ante los demás.
Don Víctor: Imagínese llorando a di Stefano, Manolo Santana, Pepe Blanco, el alcalde de Belmez cuando ganó “Un millón para el mejor”, Gary Cooper, Tom Jones, Girón de Velasco o Pepe Solís…
Don Hugo: ¿Qué habría pensado la gente?… ¡Les habrían perdido el respeto!
Don Víctor: Aunque sí que gimoteó Arias Navarro en la televisión con aquello de “Españoles, Franco… ¡ha muerto!”, pero claro tenga usted en cuenta, don Hugo, que al pobre se le moría el régimen. Aquello no era moco de pavo…
Don Hugo: En la Historia las lágrimas van y vienen. Lloraron los románticos acordándose de las lágrimas de Lanzarote y Ginebra. Antes lloraron los héroes homéricos…
Don Víctor: Sí, y tras ellos, el gran Pericles, defendiendo, frente a los areopagitas, a su amada Aspasia de las acusaciones de impiedad y proxenitismo. Escuche, don Hugo, cuanto al respecto dice el antiguo Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano: “… la tomó en sus brazos… la besó repetidas veces, le bañó el rostro de lágrimas, y consiguió salvarla. Tales actos de amorosa demencia no aminoraron el prestigio de que el defensor disfrutaba”.
Don Hugo: Lloró Cristo, que al fin y al cabo fue un sofista helenístico. Y también aprendió a llorar San Pedro.
Don Víctor: En cambio no lloraron ni el hombre de Cromagnon, ni los asirios, ni los romanos, ni las hordas bárbaras, ni los neoclásicos, ni los positivistas, ni los totalitarios del siglo XX.
Don Hugo: ¿Recuerda usted, don Víctor, aquella canción de Raphaël, que preparamos con Isidro Cuenca para la fiesta que le dimos al bueno de Lopetegui cuando se recuperó de su último zorrocotroco? (cantando:) Yo pensé también un día / que los hombres nunca lloran / porque es una cobardía / que ninguno debe hacer, / que por muchos sufrimientos / que haya dentro de sus vidas, / en los hombres hay heridas que nunca se dejan ver…
Don Víctor y don Hugo (cantando:) pero tu adiós definitivo / me ha debido trastornar. / Fue tanto amor el que he perdido…
Don Hugo: Don Víctor, déjeme que dé yo el do de pecho final, con calderón y todo… (cantando:) … que me he puesto en un rincón ¡a llorAAAAAAr!
Don Víctor: ¿Recuerda usted, don Hugo, aquel don Hipólito Santesmases, el que era director general de algo…?
Don Hugo: ¡Sí, hombre, don Víctor, aquél que le pasó a usted las entradas para los Festivales de España y fuimos a Mérida y disfrutamos tanto!… ¡Será ya muy mayor!, o incluso habrá muerto…
Don Víctor: ¡Hace mucho, don Hugo!, pero me acuerdo de él cada vez que una mujer denuncia una conducta machista a través del Metoo.
Don Hugo: Sí, toda actriz que se precie, ha de denunciar como mínimo un toqueteo.
Don Víctor: Muchas más cosas me lo recuerdan… por ejemplo, a los congoleños, que tanto celebraban el “Tintín en el Congo”, los intelectuales les han prohibido que les guste.
Don Hugo: No, si ahora resulta que no se puede reprimir la venta ambulante de artículos falsificados porque, como la ejercen negros, la policía española es racista.
Don Víctor: Y cuidado con decir ni una palabra del terrorismo islámico, ni la menor broma al respecto.
Don Hugo: Sí, la última vez que vi “El asombro de Damasco”, habían censurado la canción de Alimón. Fíjese usted… ¡más gazmoños que los turiferarios del Caudillo!
Don Víctor: Las futbolistas se sienten discriminadas por la poca atención que les dedican los medios.
Don Hugo: Sí, sí, reclaman cifras tan escandalosas como un Messi y hacer tantas ridiculeces como ellos para celebrar los goles.
Don Víctor: La clase media se queja de ser la única en pagar impuestos.
Don Hugo: Envidia las evasiones de los ricos y la economía sumergida de los pobres.
Don Víctor: No hay profesional que no se lamente de que su profesión se haya deteriorado tanto que se haya convertido en la más maltratada, ni disuada a sus hijos para que la ejerzan.
Don Hugo: ¡Incluso los artistas paniaguados a quienes el Estado nunca da lo bastante!
Don Víctor: Ahora las bellas han de ofenderse ante un piropo si no quieren ser tachadas de cómplices del machismo.
Don Hugo: Por eso me ha gustado tanto la sinceridad de Brigitte Bardot al proclamar con orgullo que le encantaba que, de joven, le alabasen su culito.
Don Víctor: Ahora resulta que los jubilados vascos no hacen más que manifestarse por la insuficiencia e indignidad de sus pensiones.
Don Hugo: Están aún más agraviados que los jóvenes cuyos salarios no les permiten emanciparse.
Don Víctor: ¡Encima de que les hemos robado dos años de vida con la pandemia!
Don Hugo: ¡Sí, se ve que las autoridades se han propasado impidiéndoles ensuciar y emborracharse en sus botellones!… si, al fin y al cabo, el corona-virus no les atañe. ¡Es cosa de viejos!
Don Víctor: Los cómicos no pueden meterse con nadie y se están quedando sin público. ¡Ya ni se pueden imitar acentos regionales!
Don Hugo: ¿A ver quién es el guapo que ahora, en el Reino Unido, se atreve a montar “Henry V”, en que aparecen los risibles capitanes irlandés, escocés, y galés, con su inglés macarrónico?… En ningún sitio hacían tanta gracia todas estas exageraciones como en las patrias chicas respectivas, porque el público se reconocía.
Don Víctor: Los catalanistas no soportan tener la misma autonomía que las demás regiones españolas.
Don Hugo: ¡Pero si la tienen mayor que los Länder alemanes!
Don Víctor: Lo ”trans” arremete contra el sistema binario ¡sobre el que se asientan la Naturaleza y la cultura!
Don Hugo: Ya no se puede hablar de “sexo”, sino de “género”. Se exige la edificación de una nueva antropología, disparatada, caprichosa, voluntarista y totalitaria.
Don Víctor: Animalismo y veganismo, malhumorados, usurpan el trono abandonado por la religión.
Don Hugo: Nos está cayendo encima todo un diluvio de nuevos pecados con sus prohibiciones y tabúes correspondientes: ir a los toros, criar gallinas, comer chuletas, montar a caballo, ir a cazar, adiestrar animales circenses…
Don Víctor: No lo entiendo… en cambio, ¡está bien visto tener mascotas y es uno mejor persona y todo!
Don Hugo: Pero, dígame, don Víctor, ¿qué pinta en todo esto don Hipólito, que era tan campechanote?
Don Víctor: No se lo había contado, don Hugo; me afeó, muy disgustado, que comprara el “Astérix en Hispania” a mis hijos.
Don Hugo: ¡Atiza!, ¿y eso…?
Don Víctor: Estaba haciendo gestiones para que fuera retirado de las librerías por ofender gravemente a España y a su régimen del 18 de julio.
Don Hugo: ¡Trágame, tierra!… ¿Y cuáles eran esos agravios?
Don Víctor: Los hombres, que son unos chulos, no dan ni clavo; las carreteras son todo baches; la religión es escarnecida con la exhibición de constantes procesiones; los niños son todos unos malcriados…
Don Hugo: Ya veo… ¡la eterna conspiración judeo-masónica!