La bella armera

Don Víctor: Hojeando ayer el Burda que había comprado Julita, di en pensar en aquel poema de Villon sobre los lamentos de la bella armera…

Don Hugo: Disculpe, don Víctor, pero no alcanzo a ver qué relación…

Don Víctor: … ya anciana, evoca sus encantos físicos de cuando muchacha. Y vi que algunos rasgos de aquella mujer gótica no estaban ya presentes en las modelos actuales.

Don Hugo: ¿Cómo es eso, don Víctor? Cuando contemplo una buena escultura del siglo XIII, siempre la encuentro atractiva, y estoy seguro de que cuando me preste usted ese Burda para Dolores, también me ocurrirá lo mismo con sus modelos.

Don Víctor: Claro, en ellas encontrará usted las mismas extremidades longilíneas, las mismas facciones menudas, el idéntico talle fino, los muslos firmes y bien torneados.

Don Hugo: No así tratándose de atletas y bailarinas.

Don Víctor: Claro, don Hugo, pero es que antes las mujeres no competían y las bailarinas practicaban el estilizado ballet clásico.

Don Hugo: ¿Y el pecho?

Don Víctor: Los mismos senos pequeños y altos.

Don Hugo: Eso será en el Burda porque ahora las actrices recurren a la cirugía y se colocan unas prótesis desproporcionadas, incitando al consumo erótico… pero, entonces, don Víctor, dígame: ¿dónde estriba la diferencia?, ¿es que es gótico el Burda?

Don Víctor: En hombros y caderas. Si en aquélla, los primeros eran estrechos, la belleza actual consagra una espalda atlética. En cuanto a las caderas, es al revés: han de ser escurridas.

Don Hugo: En definitiva, que cabría hablar de una masculinización del canon femenino.

Don Víctor: Claro, don Hugo, hoy en día la mujer sale a trabajar, toma las riendas de su propia vida, hace deporte, combate en la guerra y administra empresas y naciones enteras… ¿Qué lugar queda para la gracilidad y exquisitez exigidas a la dama gótica, a aquellas actitudes afectadas y al inestable ritmo sigmoidal de la figura?

Don Hugo: El cuerpo no puede por menos que reflejar tantos cambios mentales y antropológicos.

¡De toda la vida!

Don Víctor: ¡Ya hubiera querido Théophile Gautier, con este solazo que cae sobre España, probar un gazpacho como éste y no el que le dieron en Granada!

Don Hugo: Pero, don Víctor, ¡si allí lo preparan estupendamente!, ¡como que no vale nada esa vega que tienen!

Don Víctor: Ahora que somos todos ricos, don Hugo… que en su tiempo sólo lo tomaban los pobres con los más sencillos ingredientes: agua, vinagre, ajo y sal… ¡sin tomate!

Don Hugo: Tiene usted razón, don Víctor… ¡y nos creemos que nos vamos a tomar un plato tal y como existió desde siempre!…

Don Víctor: … como tantas recetas de bacalao… o de bonito…

Don Hugo: … como si en Italia hubiera habido pasta al pomodoro, ni focaccia, ni pizzas ni nada que llevara tomate hasta hace cuatro días…

Don Víctor: El tomate empezó a popularizarse con la subida de los marselleses a París en 1793 y, sin embargo, vivimos, como diría usted mismo, don Hugo, en la “creencia inconsciente” de que es ingrediente conocido por aquí desde Indíbil y Mandonio.

Don Hugo: Como lo que me dijo mi nieto Rafita, con sólo tres años, cuando le pregunté si tenía que comprarle el Cola-Cao Turbo o el original, o el Noir, o el 0%, o… y me cortó: ¡Quiero Cola-Cao, ¡el de toda la vida!”

Entrecejo

Don Víctor: ¡Ahora lo he visto, don Hugo! ¡Está por fin claro!

Don Hugo: El sexto chacra, o Ajna, es el centro de la intuición, de la visión, de la adivinación, de la imaginación…

Don Víctor: ¡Claro, el centro del arte!… justo donde me lo ha pintado usted.

Don Hugo: Representa el conocimiento interno, la aproximación a nuestra verdad emocional, mental y espiritual.

Don Víctor: ¡Caramba con todo cuanto puede focalizar el entrecejo!

Don Hugo: Y dígame, don Víctor, ¿le ha ayudado con eso que tanto le intriga de Velázquez y de Kraus?

Don Víctor: Ha sido una revelación. Ahora comprendo por qué me he quedado tantas veces absorto, perdido en las miradas de Sebastián de Morra y de Esopo, y atraído magnéticamente por sus entrecejos, como si allí brillara un misterio inaprehensible.

Don Hugo: Tal vez ahora cobre sentido aquello que me decía usted de que, por momentos, la pintura de Velázquez parece pensada, proyectada desde la mente, sin intervención de la mano.

Don Víctor: Y también las palabras de Kraus sobre cómo el cantante ha de imaginarse que su voz brota no de la boca, sino precisamente del entrecejo. Uno cree oír los pensamientos de sus personajes en alas de la música.

Don Hugo: Como que la voz se “enmascara” y queda allí arriba, por encima del orifico bucal.

Don Víctor: Se ha transfigurado, es ya puro espíritu.

Ardides de bárbaro

Don Hugo: Tenía que ser Racine quien diera con la expresión “décocher la flèche des Parthes”, “disparar la flecha de los partos”.

Don Víctor: Sí, don Hugo, era fama que aquellos bárbaros del Asia Anterior fingían la huida para estimular la persecución del enemigo, que se creía así victorioso; luego, dejándose ganar terreno, se daban la vuelta en sus monturas y los acribillaban a flechazos.

Don Hugo: Sin duda, don Víctor, una imagen bélica que traduce un ataque moral…

Don Víctor: … como aquello de “Ay qué tío, ay qué tío” de la Blanca doble, del maestro Guerrero.

Don Hugo y don Víctor (cantando:) “Ay qué tío, ay qué tío,

                                                                 Qué pullazo le ha metío…”

Crines y barbas

Don Víctor: Acabo de leer “Mear sangre”, la autobiografía de Dum Dum Pacheco, el campeón de peso wélter.

Don Hugo: ¡Atiza!

Don Víctor: Es que me lo encareció mucho mi hija Celia.

Don Hugo: ¡Pero si es restauradora, no uróloga!

Don Víctor: Cuenta que la noche previa a uno de sus combates más importantes, estuvo practicando sexo derramándose en exceso y que, al día siguiente, en el ring, apenas podía mantenerse en pie.

Don Hugo: Claro, don Víctor, es aquello que proclamaba Dominguín, que “cada cicatriz de mi cuerpo lleva el nombre de una mujer”.

Don Víctor: No en vano Nicolai Gedda se abstenía de sexo la víspera de una representación.

Don Hugo: Como los equipos de fútbol, que se concentran antes del partido y alejan así toda tentación.

Don Víctor: Sí, igual que san Jerónimo… pero, vamos a cuentas, don Hugo, creo que esta impresión de Dum Dum expresa una creencia acendrada, la que presenta a la mujer como succionadora de la energía del hombre, como peligro para su integridad.

Don Hugo: Sí, la mujer vampiresa… ¡la femme fatale!

Don Víctor: La que nos corta el cabello mientras dormimos para que así perdamos nuestro vigor…

Don Hugo: … o el trono como el pobre Wamba, al que afeitaron las barbas…

Don Víctor: … y ya no era nadie.

Don Hugo: Mucho se guardó el Cid de perder la suya, tan “vellida”, convirtiendo su destierro en definitivo y encerrando a doña Jimena en el monasterio de Cardeña.

Don Víctor: Y Carlomagno, el de la “barba florida”, se cubrió las espaldas con su sobrino Roldán, no fuera a ser que el rey moro le atacara por la retaguardia y añadiera la suya a las otras barbas cristianas con las que se iba confeccionando su victoriosa capa.

Don Hugo: Como aquellos pobres obispos ortodoxos del Asia menor a quienes los turcos se las arrancaron con sus manos.

Don Víctor: Sí, cuando la katastrofí.

Don Hugo: Por eso siempre me ha parecido a mí que ese Wamba sin barbas de la Plaza de Oriente es un aviso para todos los reyes que fueran habitando el Palacio Real.

Don Víctor: ¡Y bien que cuida su barba ahora el buen rey don Felipe VI!

Don Hugo: Fíjese usted, don Víctor, cómo Dalila, esquilando la cabeza al hirsuto Sansón, está en realidad castrándolo.

Don Víctor: ¡Hombre, don Hugo!

Don Hugo: Déjeme usted acabar, don Víctor… La cabellera es transposición simbólica del vello púbico y éste, a su vez, representación del sexo y de la genésica energía sexual. Quien nos hurte las barbas y las crines, nos está privando de la virilidad y convirtiéndonos en peleles inanes, en un hazmerreír. Y es que, inconscientemente, Dum Dum ha dado en el clavo con uno de sus directos a la mandíbula.

Don Víctor: “Cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar”, como decía Wamba.

Don Hugo y don Víctor (cantando:)” No juegues el corazón

                                                                  A una carta de mujer,

                                                                  Que te puede suceder

                                                                  Lo que le sucedió a Sansón”.

Goscinny

Don Hugo: No siga usted repasando los Astérix, don Víctor, que están aquí muy bien en su casa, aunque ya no haya niños. Le agradezco el ofrecimiento, pero, total, yo voy comprando religiosamente a mis nietos todos los libros uno por uno.

Don Víctor: A mí lo que me tiene asombrado es la impronta tan poderosa que ha dejado el bachillerato en los guiones y textos de Goscinny. Mire lo que dice este romano cuando César manumite a un caudillo bárbaro y pelirrojo, que trae encadenado en su triunfo: “Il affranchit le rubicond”.

Don Hugo: Ese juego de palabras es intraducible: dice a la vez que ha franqueado el Rubicón…

Don Víctor: Sí, el célebre Alea jacta est.

Don Hugo: … y que libera al rubicundo.

Don Víctor: ¡Tantas horas de estudio y traducción de “La guerra de las Galias” en aquellos institutos nunca dieron un fruto tan jugoso y tan fresco como este calembour!

Don Hugo: Claro, don Víctor, aquel bachillerato propone al alumno una visión panorámica dall´alto in giù del mundo y la realidad.

Don Víctor: Aquel bachillerato hizo de un niño como él, de padres polacos y criado en Argentina, un verdadero galo con su socarronería, su penetración intelectual, su joie de vivre…

Don Hugo: No en vano fue al colegio francés y luego al liceo de Buenos Aires.

Don Víctor: El puchero de Goscinny siempre es sabroso, sustancioso, alimenticio y apetitoso.

Don Hugo: Cada frase encierra en su interior un rico tuétano que luego se deshace en la boca exaltando el ánimo y fertilizando el entendimiento.

Don Víctor: Don Hugo, vamos a seguir un ratito más con los Astérix y mañana, en su casa, pasaremos revista a los Lucky Luke.

Don Hugo: Sí, y, pasado, volvemos aquí y la emprendemos con el pequeño Nicolás, que la maternelle también tiene su importancia.

América

Don Víctor: Ahora que empieza a amanecer, se ve la línea de costa, tal y como habíamos previsto.

Don Hugo: Me estoy preguntando qué pasaba por las cabezas de los conquistadores cuando avistaban por primera vez estas tierras.

Don Víctor: Sobre eso mismo reflexionó Salvador de Madariaga: aquellos barbados tenían presentes las historias que se contaban en sus casas de la conquista de Granada, donde estuvieron muchos de sus padres. Y, por otro lado, ¿qué otras lecturas les ocupaban con mayor deleite que las novelas de caballería?

Don Hugo: Ellos mismos se vieron convertidos en caballeros andantes… “que ningunas escrituras que están escritas en el mundo ni en hechos hazañosos humanos, ha habido hombres que más reinos y señoríos hayan ganado como nosotros, los verdaderos conquistadores, para nuestro rey y señor”

Don Víctor: ¿Esto es de Bernal Díaz del Castillo, verdad, don Hugo?… es que me dice usted que es del Quijote y me lo creo.

Don Hugo: Si es que, para colmo, los malvados de las novelas -ogros, caballeros felones, gigantes, nigromantes, mujeres pérfidas, encarnaciones de Satanás- hallan su réplica en las torpezas y crueldades de algunos pueblos indígenas, con sus caciques traidores, sus sodomitas que “se embudan”, su antropofagia, sus venenos, sus rituales sangrientos, esas extracciones de corazones aún palpitantes…

Don Víctor: Su misión entonces se les antojaba muy clara: restablecer el orden natural y las leyes de Dios.

Don Hugo: Para Fernández de Oviedo, la proeza de Colón supera a la del mismo Heracles: ¿qué es el estrecho de Gibraltar comparado con la anchura del océano?

Don Víctor: ¡Hay tantas cosas maravillosas de las novelas de caballería que se hacen realidad en aquellas tierras!

Don Hugo: El País del Preste Juan se adivinaba cerca a partir de las noticias indígenas sobre una fuente de eterna juventud…

Don Víctor: …una comarca en que al cacique se le recubre de oro cada año… un país donde el oro abunda tanto como el agua.

Don Hugo: Sí, don Víctor, y otra tierra poblada por gigantes patagonios que se protegen de los rayos solares a la sombra de sus grandes pies alzados…

Don Víctor: … y magos que exhalan humo por bocas y narices.

Don Hugo: Hay una ínsula enseñoreada por bellísimas mujeres flecheras que dan muerte a los hombres.

Don Víctor: ¿No da Calafia, reina de las Amazonas en “Las Sergas de Esplandián”, su nombre a California?

Don Hugo: Fabulosas criaturas del bestiario medieval: lagartos gigantescos y osos hormigueros…

Don Víctor: … peces voladores y oseznos perezosos que cantan según la escala musical…

Don Hugo: … pero también monos aulladores…

Don Víctor: … el agua de una fruta inmensa y acorazada con el aspecto de un coco, que es filtro que otorga la beatitud a quien la beba.

Don Hugo: Y qué decir de aquel lugar encantado de la Nueva España en que crecía “un árbol que en medio de la siesta, por recio sol que hiciese, parecía que la sombra del árbol refrescaba el corazón y caía de él como rocío muy delgado que confortaba las cabezas”.

Depresión

Don Hugo: No se engañe usted, don Víctor: ésta no es más que la casa “exógena” de Shakespeare. Ni está probado que viviera aquí ni la colección de muebles y objetos que hay reunidos tiene otro mérito que ser de su época… pero ya verá qué bonita es.

Don Víctor: Entonces eso que me decía usted de la depresión exógena, ¿no es tampoco de Shakespeare?

Don Hugo: No, lo he leído en otro elisabethiano: Thomas Kyd, en “The Spanish tragedy”. Dice Hieronimo, mariscal del ejército del rey de España, dirigiéndose a un viejo suplicante cuyo hijo ha sido también asesinado: “Eres la viva imagen de mi dolor: / En tu rostro puedo leer mis cuitas. / Tus ojos henchidos de lágrimas, tus mejillas descoloridas, / Tu perturbada frente, y tus trémulos labios / Musitan tristes palabras bruscamente desgajadas / Por la fuerza de los suspiros que tu espíritu exhala; / Y todo este llanto es por tu hijo / Y  el mismo dolor me aflige a mí por  el mío”.

Don Víctor: ¿Y cree usted, don Hugo, que este padre podrá rehacer su vida después de que le hayan muerto al hijo?

Don Hugo: Aunque en general las depresiones exógenas tienen mejor pronóstico que las endógenas, este caso es demasiado grave, y, tras llevar a cabo la venganza, el personaje acaba por apuñalarse. ¡Por algo se trata de una tragedia!

Don Víctor: Pero usted siempre me dice que el que describe muy bien la melancolía morbosa es Shakespeare.

Don Hugo: Sí, ¡pero la endógena!… ésa la encontramos en sus obras, pero no aquí entre tantos cachivaches de prendería… Hamlet representa la melancolía por antonomasia y por ello cautivó a los románticos.

Don Víctor: Ahora la llamamos “depresión”, como si se tratara de una coyuntura económica. Los medievales la llamaron “acedia”.

Don Hugo: No sólo se halla el célebre monólogo del dilema entre ser o no ser, sino que la obra está salpicada de pensamientos negros. Fíjese en éste, don Víctor: “Qué fastidiosos, desmarridos, arrasados e inútiles / se me antojan todos los usos de este mundo”.

Don Víctor: ¡Apabullante!… Como para sacar a Vittorio Gassman del lecho en que lo tuvo postrado una tremenda depresión y obligarlo a encarnar al príncipe danés.

Don Hugo: Si ningún poeta expresó con tal lucidez el spleen como Baudelaire, qué otro dramaturgo sino Shakespeare para adentrarse en la depresión. Escuche esto otro: “Nada en este mundo me reporta alegría. / La vida es tan tediosa como una repetida historia enojando el embotado oído de un hombre amodorrado; / Y la vergüenza amarga emponzoña todo dulce sabor de la existencia, /Tanto, que así tan sólo fructifican ya la turbación y la aspereza”.

Don Víctor: ¿Esto no lo dice Lewis, el Delfín de Francia?

Don Hugo: Sí, en “King John”, pero, aunque el personaje sea francés, las palabras se las presta un inglés.

Don Víctor: Con lo cual la depresión del pobre heredero de la corona de Francia es doble: por un lado, endógeno-gala, y por otro, exógeno-inglesa.

Don Hugo: Ahora me explico por qué Hegel prefería este drama entre todos.

Estremecimiento

Don Hugo: Pero, don Víctor, si está usted sudando, jadeante, pálido… es cierto que el ambiente de la sala estaba muy cargado… Habría que quejarse a la Superintendencia de la Galería Uffizi… ¿Quiere usted que nos acerquemos a una casa de pronto soccorso?

Don Víctor: No es eso, don Hugo… y ya se me está pasando… Debería usted imaginárselo. Me ha atacado de manera fulminante el estremecimiento del arte.

Don Hugo: Déjeme usted que le mire la nuca, don Víctor…. ¡Lo que me temía! Completamente erizado el vello, tal y como describe Konrad Lorenz hablando de los primates superiores y su capacidad para una emoción cuasi humana ante algo que los supera.

Don Víctor: Y qué paradoja, ¿verdad, don Hugo?, que Goethe identifique este “estremecimiento ante lo enorme” como lo mejor de lo humano.

Don Hugo: La reacción que ha tenido usted está completamente justificada y revela su extraordinaria sensibilidad. Sobre la atracción irresistible que le han inspirado las obras maestras, ha acabado por imponerse el temor al tremendum… se trata de esa ambivalencia emocional que tan bien describe Rudolf Otto.

Don Víctor: Disculpe usted, don Hugo, pero necesito llorar…

Don Hugo: ¡Venga usted a mis brazos, compañero esteta!… si aún va a acabar usted por contagiarme esa temblequera ante la “majestad”.

Don Víctor: Ya me he calmado algo, pero ¡qué escalofrío que siento!

Don Hugo: ¡Escalofrío! El término que emplea el maestro Kraus y que, por desgracia, pasa desapercibido cuando le entretienen preguntándole por la técnica.

Don Víctor: Eso son los filisteos que no encuentran más que la descripción de los medios objetivos imprescindibles, pero no suficientes, para alcanzar esa transfiguración que nos regala el verdadero artista.

Don Hugo: ¿Recuerda usted lo que contaba Victoria de los Ángeles a propósito del “Werther”?

Don Víctor: ¡Claro, cómo olvidarlo!… que, cuando cayó el telón, allí se quedó abrazada con Kraus, llorando los dos.

Don Hugo: Cómo lamenté que no me acompañara usted a la corrida en que Julio Aparicio hijo cuajó una faena tan sublime que acabó llorando y casi se desmaya tras la estocada. ¡Aquello fue todo un delirio!

Don Víctor: Claro, tenga usted en cuenta cómo Berenson afirma que la auténtica obra de arte supone para el espectador un constatable aumento de vitalidad.

Don Hugo: ¡El entusiasmo del espectador sigue al estro del artista!

Don Víctor: En definitiva, don Hugo, que todo esto viene a ser un mentís empírico a Auguste Comte: por mucho que se analice, cuantifique, escriba y defina, la Razón siempre se quedará corta para explicar lo inefable. ¡El misterio existe!

Don Hugo: Esto es como el amor. Si ya lo dijo Lope: “Quien lo probó, lo sabe”. No se puede demostrar… al fin y al cabo, el arte es sublimación de la energía sexual.

Don Víctor: Comprenderá usted ahora por qué insistí tanto en que viniéramos usted y yo tan temprano sin las señoras… me temía que me pudiera ocurrir esto y no quería que me vieran así.

El gran desfase

Don Hugo: Creo que fueron los Neandertales quienes aplicaron una vara de fresno a una punta de sílex, pudiendo así golpear a dos metros de distancia.

Don Víctor: Enseguida los arrinconaron nuestros abuelos Cromagnon con el arco y la flecha, como Robin Hood.

Don Hugo: Y los indios flecheros del Amazonas emponzoñaron las puntas con filtros mortales.

Don Víctor: Las espadas de hierro pudieron luego quebrantar a las de bronce.

Don Hugo: Ideados por la ciencia poliorcética, catapultas, arietes gigantescos y torres rodantes pusieron en jaque las urbes amuralladas.

Don Víctor: Incluso las invasiones bárbaras, que arruinaron el mundo clásico, nos trajeron los estribos, haciendo imparables las cargas de caballería.

Don Hugo: Al correr de los siglos, don Quijote se lamenta de cómo las pólvoras permiten a un cobarde matar desde la distancia, sin exponerse.

Don Víctor: Y ahí se acelera todo: la demoledora artillería, tan onerosa, encumbró a los grandes Estados territoriales, anulando las repúblicas y pequeños principados medievales.

Don Hugo: Los vapores acorazados se enseñorearon de los océanos y forzaron estrechos y puertos.

Don Víctor: La aviación se apoderó luego de los cielos y batió vastos territorios antes de que los infantes tuvieran opción a combatir.

Don Hugo: La bomba atómica, los misiles balísticos… en fin el arte de la guerra creció siempre sin desfallecer y sin olvidar ninguno de sus adelantos. ¡Qué contraste entre este progreso que tanto poder otorga y el de nuestro acervo moral, siempre estancado cuando no presa de desfallecimientos abismales!

Don Víctor: ¡Qué poco reconfortante ha sido nuestro siglo porque, dígame usted, don Hugo, ¿qué fueron aquellos campos de exterminio sino la taylorización del crimen?

Don Hugo: Claro, don Víctor, la cosa pintó mal desde el principio, empezando por crucificar a Cristo.