La perspectiva cómica

Don Hugo: Y uno por uno, ¿cuál de ellos no se enamoraría más de una vez?

Don Víctor: Con tal de hacernos reír, ¡cuánto no rebajarían el sentimiento amoroso, tan espiritualizado, con todas sus ridículas torpezas y delirantes exageraciones!

Don Hugo: Consiguieron reducir a lo gestual, con una sofisticadísima técnica, de manera que lo entendieran hasta los niños, lo que tan literariamente analizara el criado Speed en “Los dos gentilhombres de Verona”, de Shakespeare.

Don Víctor: Sí, cómo el amor transmuta a aquéllos que lo padecen. Quienes antes reían con restallantes carcajadas; caminaban como caminan los leones; ayunaban porque acababan de banquetearse; miraban con tristeza sólo cuando andaban cortos de dinero…

Don Hugo: ¡Qué bien lo recuerda usted, don Víctor!… Pues sí, desde que se enamoran, se retuercen los brazos como desdichados, la emoción empaña su canto como el de los petirrojos; deambulan solos como los apestados; sollozan como una niñita que acabase de enterrar a su  abuela; ayunan como quien observa una dieta; miran furtivamente como temiendo ser robados; hablan gimiendo como un pordiosero a la puerta de un templo…

Don Víctor: Es, en definitiva, la esencia de lo cómico, don Hugo: cómo Shakespeare, con su escritura, y aquellos cómicos, con sus pantomimas, separan el grano de la paja, depuran, distinguen, acendran y, por último, exasperan las conductas arquetípicas del enamoramiento. Su estilización nos hace patente lo que la realidad emborrona.

Don Hugo: Sólo tomando distancia de la realidad, somos capaces de entenderla.

Don Víctor: Es la verdad de lo cómico, tan denostado por aquellos tontos que carecen de sentido del humor.

Estilo

Don Hugo: Pocos edificios habrá en Madrid tan determinados por un estilo como este teatro Pavón.

Don Víctor: “Un don sin técnica no es más que una sucia manía”, que dice Brassens refiriéndose a cierta prostituta principiante. Ovidio hubiera dicho que, para ser una buena profesional, le faltaba estilo.

Don Hugo: Admito que, para tener estilo, la técnica es condición necesaria, pero no suficiente.

Don Víctor: ¿Algo así como ocurre con Giulio Romano?

Don Hugo: Sí, con sus extravíos estéticos.

Don Víctor: Pero entonces, don Hugo, dígame: ¿qué se requiere para que de verdad una época, un movimiento, un artista sean poseedores de un verdadero estilo?

Don Hugo: ¿Y me lo pregunta usted, don Víctor?… pero si se lo sabe usted mejor que yo… se requiere el carácter que les falta a los que sólo son capaces de imitar la manera. El que resulta de la necesidad urgente de posesión.

Don Víctor: Sí, don Hugo, el fuego telúrico que le quema las entrañas al artista y no lo deja vivir. Ex abundantia cordis, os loquitur. Y, hablando de artistas, quien dice “boca”, dice también “mano”.

Don Hugo: Claro, ésa es la vitalidad de la que carecerían, por ejemplo, los pre-rafaelitas, hechizados en una fascinación esterilizante.

Don Víctor: ¡Les falta la verdadera pasión!

Don Hugo: ¡Si lo tiene escrito Pasolini, que “la desesperación sustituye a la gracia y la maniera al estilo”!

Placeres de elección

Don Hugo: Empecemos por la número uno. ¿Qué me diría usted del público que hace la cola en esa taquilla?

Don Víctor: Parece que predominan las mujeres, ¿verdad?

Don Hugo: Bien visto, don Víctor… ¿Y en la segunda?

Don Víctor: Veo más de una melena canosa, unas cuantas barbas, mujeres con leotardos y zapato bajo, mochilas y muchas gafas de miope.

Don Hugo: Algo querrá decir todo eso, ¿no le parece?… ¿Y la tercera?

Don Víctor: Es donde más gente se agolpa y veo más jóvenes que en las otras.

Don Hugo: Entonces, una vez más… ¡Víctor Hugo tenía razón, maldita sea!

Don Víctor: Don Hugo, ¡no entiendo nada!, ¿qué película venimos a ver nosotros?

Don Hugo: De eso se trata, don Víctor. En este ciclo de “Volvamos al cine”, la taquilla uno vende entradas para “La mujer de al lado”, de Truffaut.

Don Víctor: Excelente película, pero es que ya vinimos a verla hace dos meses con las señoras…

Don Hugo: Sostiene Víctor Hugo que la tragedia es el género femenino por excelencia.

Don Víctor: ¿Acaso sea porque expresa la pasión, procura sobre todo emociones y se dirige al corazón?

Don Hugo: ¡Lo ve usted!… La segunda taquilla es para “To be or not to be”, de Lubistch.

Don Víctor: ¡Hombre, don Hugo, vaya una película para cinéfilos! Una comedia que instruye, descubre los caracteres, evidencia las flaquezas del género humano, y hace vivir en escena a auténticas personas. El espectador, más que sentir, reflexiona.

Don Hugo: ¡El intelectual, tal y como establece Víctor Hugo!

Don Víctor: ¿Y cuál es la película de la taquilla número tres?, ¿qué dice Víctor Hugo de esa cola tan nutrida?

Don Hugo: Han venido a ver “El hombre de Río”, de Philippe de Broca, que es pura acción, puro desenfado, diversión absoluta.

Don Víctor: Seguro que a eso Víctor Hugo lo llamaría “la foule”.

Don Hugo: Una vez más, don Víctor, ha dado usted en el clavo: la multitud se pirra por el melodrama. ¡Qué razón tiene Galdós cuando afirma que “el teatro es y ha sido siempre el arte destinado por excelencia a toda la multitud que porta en su seno los diversos caracteres de la familia humana, desde el ser refinado que sabe mucho y siente poco hasta el iletrado que ignora todo y siente con pujante intensidad”! Y, claro, quien dice “teatro”, dice “cine”, que en aquellos tiempos el arte de los Lumière balbuceaba aún.

Don Víctor: Don Hugo, me ha dejado usted rendido. No quiero ya pensar ni sufrir… ¡Vamos a sacar dos entradas para “El hombre de Río”, que me han dicho que Belmondo está sembrado y la Dorléac, muy guapa!

Don Hugo: Eso, y las señoras que vayan a ver “La mujer de al lado”.

El tercer ojo

Don Hugo: No podía evitar el sonreírme  cuando veía a mis hijos con aquellos libros tan de moda de Lobsang Rampa.

Don Víctor: ¡Claro, don Hugo, “El tercer ojo”!

Don Hugo: Siempre me venía a la mente la aventura de Heracles con los Cercopes.

Don Víctor: ¡Ah, aquellos gnomos tan traviesos, que eran hermanos, y que quisieron asaltar precisamente al héroe más fuerte, ellos que eran tan canijos!

Don Hugo: Claro, don Víctor, Hércules los ata como conejos a un palo y se los lleva; y, como iban boca abajo y sus cabezas quedaban a la altura de los poderosos glúteos del héroe, le vieron el ojete y no pudieron contener la risa.

Don Víctor: Claro, ya lo recuerdo… cómo no serían de guasones y de salaos aquellos insensatos que el propio Heracles se contagió de sus carcajadas y acabó por liberarlos.

Don Hugo: Es lo mismo que hizo aquel catedrático de Anatomía. Le habían recomendado al que luego fuera doctor Rey, que no tenía ni idea y que además era aún más guasón que los Cercopes, y le quiso plantear una pregunta facilona: “¿Cuántos ojos posee el cuerpo humano?”. Rey respondió, impertérrito, que tres; a lo cual el catedrático, concedió que sí si se tenía en cuenta el de la conciencia. Entonces, Rey, ni corto ni perezoso, exclamó: “¡Ah, entonces, cuatro!”.

Dios cómplice

Don Víctor: Lo que más lamento de todo, don Hugo, es que el pobre Dupré no llegara a tiempo de ver publicado su ensayo sobre la complicidad y protección divina de ciertos amores adúlteros en la literatura medieval.

Don Hugo: ¡Qué bien se las ingeniaban aquellos abogados de la fin´amor para torcer las prescripciones de la Santa Madre Iglesia!

Don Víctor: ¿Cómo era aquello de unos amantes que concertaron su primera cita en el transcurso de veinte comuniones?

Don Hugo: El monaguillo, que se había prendado de la malmaridada Flamenca, le musitaba tan sólo dos sílabas cada vez que le presentaba el salterio para que lo besara, cuando ahora nos damos la paz. A cada misa el mensaje se iba completando con las respuestas alentadoras que intercalaba la muchacha.

Don Víctor: Así que al cabo de aquel interminable telegrama, pudieron finalmente envolverse el uno en el otro al abrigo de los baños.

Don Hugo: ¡Y no fue Dios para fulminarlos en uno de aquellos sacrílegos secreteos!

Don Víctor: Claro, don Hugo, es que es infinitamente misericordioso y ve más allá de las hipócritas convenciones sociales.

Don Hugo: Concedo que en aquel caso se contentó con abstenerse, pero ¿se acuerda usted, don Víctor, de aquello que nos hizo ensayar el bueno de Dupré a partir del “Tristán e Iseo” de Béroul?

Don Víctor: Claro, don Hugo, la ordalía en el páramo de la Blanche Lande. Pienso a menudo en ello y me encantaría que fuéramos de excursión por allí.

Don Hugo: No sólo ante su esposo, el rey Marc, y su corte, sino también ante el mismo Arturo y sus caballeros de la Tabla Redonda, Iseo ha de jurar que jamás fue infiel. Empuña un hierro al rojo vivo y lo transporta avanzando nueve pasos. Al soltarlo, la palma de su mano se halla tan sana como al principio.

Don Víctor: Pero, ¿cuál era la fórmula del juramento?

Don Hugo: Lo que nos hizo cantar Dupré en el Instituto Francés y es que la taimada Iseo previene a Tristán para que, disfrazado de leproso, se llegue hasta el vado que ella había de franquear. Para no ensuciar su vestido, conmina a ese gafo a que la pase a caballito a la otra orilla.

Don Víctor: ¡Ah, claro, así pudo decir que nunca hombre alguno había estado entre sus piernas, salvo su esposo y, claro está, ese pobre malato!

Don Hugo: ¡No sabía nada la tía!… ¡Lo que no aprenderían los jesuitas, que eran tan leídos, de estas medias verdades de Béroul! Deberían beatificarlo como precursor de la reserva mental.

Don Hugo: Es cierto que ahí Dios fue cómplice activo, puesto que obró el milagro que exculpaba a la adúltera.

Don Hugo (cantando:) Qu´entre mes cuises n´entra home,

Don Víctor y don Hugo (cantando:) Fors le ladre qui fist sorsome

                                                                Et li rois Marc mes esposez.

A vueltas con los olores

Don Víctor: ¿Cómo respondería usted, don Hugo, a estas preguntas de Blaise Cendrars? Una: “El olfato es atávico, ¿se trata de un sentido en vías de regresión?” Segunda: “¿Un buen olfato, un olfato muy desarrollado es un signo de degeneración?”

Don Hugo: Todo aquello que tenga relación con los sentidos, halla en Baudelaire su más certera expresión. Cuántas veces me vienen a la memoria esos versos suyos: “Se dan perfumes frescos como carnes de niño, / Suaves como los oboes, verdes como las praderas, / Y otros corrompidos, ricos y triunfantes / Poseedores en su expansión de las cosas infinitas”

Don Víctor: Pero, Cendrars acusa, seguramente, la mala prensa de que sufre todo lo olfativo en nuestra civilización…

Don Hugo: Claro, don Víctor. Lo primero que se enseña al niño es eso de “Nene, caca”. El olfato es, en la jerga psicoanalítica, “sentido de aproximación”, caracterizado por su inmediatez, espontaneidad y animalidad, que, tal y como establece Marcuse, actúa sobre las zonas erógenas en beneficio del placer y, por tanto, de no practicarse su represión, erotizaría al organismo hasta el punto de desestabilizar el edificio civilizatorio y la posibilidad del trabajo alienado sobre el que se sustentan el principio de realidad y la cultura.

Don Víctor: ¿No me dijo usted una vez, don Hugo, que la posición bípeda, característica del ser humano, lo aleja del suelo, atenuando así su olfato, sometido en consecuencia al tabú impuesto al placer corporal?

Don Hugo: Muy bien, don Víctor. Eso es lo que dice Freud… ¡y hasta se queda corto! Yo voy más allá: nuestra estación bípeda, ampliando nuestras perspectivas y permitiéndonos mirar lejos y aspirar a lo alto…

Don Víctor: ¡Ya lo tengo!… ¡También nos espiritualiza como especie!

Don Hugo: Fíjese en lo que me contó el doctor Planes-Bellmunt: como hubieran bañado y desinfectado a su señora cuando la ingresaron en el hospital, protestó airado aquel gitano: “¿Quién l´ha quitao a mi muhé el oló a hembra?”

Don Víctor: ¡Dichoso él, hombre todavía libre de nuestros prejuicios estéticos!

Don Hugo: En cambio, ¡qué acibarado rencor el de Cela cuando, sometiéndose a todo, dice que las mujeres huelen a pescado!

Don Víctor: En eso se parece a aquellos navegantes portugueses que evoca Cendrars, olisqueando los vientos marinos para corregir el rumbo.

Don Hugo: Sí, ¡a ver si olía a bacalao y hacerse así una buena brandada!

Don Víctor: ¡Con qué nostalgia recuerda Jorge Manrique a aquellas damas: “sus tocados, sus vestidos, sus olores”!

Don Hugo: Nada delicado es, en cambio, el sinvergüenza de Don Juan, quien entra en escena mirando a todas partes y canta aquello de (cantando:) Mi par sentir odor di femmina.

Don Víctor: A mí lo que me pasa es que el hecho de que una muchacha tan angelical como Gwyneth Paltrow pregone un nuevo perfume que reproduce el olor de su vagina, me hace el efecto de que acaban de romper el séptimo sello.                                                

Don Hugo: ¡Quia, don Víctor! No es más que una involución filogenética, esto es, una regresión a la etapa primitiva

Don Víctor: ¡Maldito Süskind!

Montes

Don Hugo: Ya hemos llegado al pie, don Víctor. Ahora empieza el bosque.

Don Víctor: Dígame usted, don Hugo, ¿no se ha sentido usted observado desde arriba siempre que se encuentra en las inmediaciones de un monte?

Don Hugo: Eso lo debió de sentir el hombre desde que empezara a cobrar conciencia del mundo.

Don Víctor: Claro, fíjese usted en cómo ya los caldeos, que vivían en la llanura de Mesopotamia, sentían la necesidad de elevar zigurats, en definitiva montañas artificiales.

Don Hugo: Claro, había que improvisar un asiento a los dioses.

Don Víctor: ¿De quién, sino de ellos, recibían los reyes los mandatos divinos? También Moisés tuvo que subir a la montaña por sus Mandamientos.

Don Hugo: Claro, si es que las romerías no son sino la cristianización de aquellos ritos y ofrendas paganos. Hay que peregrinar al monte -aunque éste no se llame Ararat, ni Sinaí, ni Tabor-, y el festejo tiene lugar en torno a la ermita, que no dentro.

Don Víctor: Hombre, claro, no nos vamos a colar en la morada divina… Si acaso se entreabre la puerta para que les entre la música y el humo de los asados. Lo mismito que en el Partenón de la Acrópolis.

Don Hugo: ¡Ánimo, don Víctor, que estoy seguro de que allí arriba nos aguarda algo muy grande!

Don Víctor: Pero entonces, ¿de verdad está usted seguro de que éste es también un monte sagrado?

Pregón

Don Víctor: Ya fue mala pata que se nos muriera el viejo profesor habiendo aplazado varias veces la audiencia que teníamos concertada.

Don Hugo: Fue una lástima porque la idea era muy buena y los alcaldes que siguieron fueron todos inasequibles.

Don Víctor: Imagínese una mañanita de diario en la Plaza Mayor o en la misma Plaza de la Villa y un actor bien dotado vocalmente recitando como se debe aquellos floridos bandos del alcalde…

Don Hugo: ¡Si hasta habrían sido toda una atracción turística!

Don Víctor: Don Hugo, ¿ha oído usted el pregón gitano por Manolo Caracol?

Don Hugo: Claro, don Víctor, el que encarece las virtudes de la uva de Los Palacios.

Don Víctor: Es todo un mundo el que se nos ha ido. El ruido del tráfico y la megafonía ahuyentaron los ancestrales pregones de viva voz.

Don Hugo: Hoy en día, el único pregón que subsiste es el impersonal, frío y pregrabado de la furgoneta del tapicero.

Don Víctor: En los mercados parece como si les diera vergüenza gritar…

Don Hugo: Han perdido la alegría y la frescura que les eran propias.

Don Víctor: Yo es que creo que los tenderos ya ni saben levantar la voz espontáneamente a los resonadores naturales, como hacía también la gente de los pueblos acostumbrada a hablarse a distancia.

Don Hugo: Es lo que va del ciego que recitaba romances al empleado de la Once, silencioso y triste en su garita.

Remoquetes

Don Víctor: En comparación con ellos, ¿qué valor tienen los Fernán Caballero, Gabriela Mistral, George Sand?

Don Hugo: Y en el otro lado, los Clarín, Azorín, Rubén Darío…

Don Víctor: O los Voltaire, Molière, Mishima…

Don Hugo: Y los grandilocuentes Pablo Neruda, Blaise Cendrars y el Conde de Lautréamont. ¡Qué pseudónimos tan bonitos todos y tan enaltecedores!

Don Víctor: Como que son gratis y se los pusieron ellos mismos…

Don Hugo: Por eso le hablaba yo, don Víctor, de la superioridad de los flamencos y toreros cuando no son ellos mismos quienes se han rebautizado.

Don Víctor: Claro, don Hugo, el que la gente sea quien les haya adjudicado el remoquete, indica que son alguien, que se habla de ellos, que se los conoce y reconoce.

Don Hugo: La Chunga, la Contrahecha, la Polaca, Agujetas, el Perro de Paterna, Terremoto de Jerez, el Rerre, la Piriñaca, Chato de Cádiz…

Don Víctor: Costillares, Gordito, Cúchares, Lagartijo, Frascuelo, Bombita, Machaquito, Cocherito de Bilbao, Gallo, Cagancho, Bienvenida…

Don Hugo: Todos, ¡héroes del pueblo!

Yeyé

Don Víctor (cantando): She loves you ye ye ye

                                               She loves you ye ye ye

Don Hugo: Claro, claro, don Víctor, eso es lo que todo el mundo se cree en España, que nuestros yeyés de la chica yeyé vienen del “yes” inglés de los Beatles, pero antes que ellos el primer “ye ye” lo introdujo Johnny Halliday en una canción en francés… y no dijo “oui, oui”.

Don Víctor: ¡Arrea!… pero se referiría al “yes”  inglés…

Don Hugo: Estoy convencido de que no. La inspiración viene de otro lado: de las canciones africanas como las que recogió Blaise Cendrars en su “Antología negra”. Allí ya encuentra usted el “ye ye” y el contexto es la francofonía africana.

Don Víctor: Eso sí que no me lo esperaba, pero me parece muy plausible que Halliday bebiera de la inspiración negra, buscando su propio ámbito cultural.

Don Hugo: Y no olvide las Antillas francesas, con una importantísima población negra.

Don Víctor: ¿Entonces los Beatles copiaron a Johnny Halliday?

Don Hugo: Hombre, don Víctor, tanto como copiar… Digamos que asimilaron el “ye” negro a su socorrido, reiterativo y afirmativo “yes”.

Don Víctor: Ya veo… ¿cómo era esa canción de Johnny Halliday que a las señoras tanto gustaba?

Don Hugo (cantando): Je cherche une fille….

Don Víctor y don Hugo (cantando): Je cherche une fille ye ye ye

                                                                    Pour l´emmener

      faire un p´tit tour

      dans le ciné