Depresión

Don Hugo: No se engañe usted, don Víctor: ésta no es más que la casa “exógena” de Shakespeare. Ni está probado que viviera aquí ni la colección de muebles y objetos que hay reunidos tiene otro mérito que ser de su época… pero ya verá qué bonita es.

Don Víctor: Entonces eso que me decía usted de la depresión exógena, ¿no es tampoco de Shakespeare?

Don Hugo: No, lo he leído en otro elisabethiano: Thomas Kyd, en “The Spanish tragedy”. Dice Hieronimo, mariscal del ejército del rey de España, dirigiéndose a un viejo suplicante cuyo hijo ha sido también asesinado: “Eres la viva imagen de mi dolor: / En tu rostro puedo leer mis cuitas. / Tus ojos henchidos de lágrimas, tus mejillas descoloridas, / Tu perturbada frente, y tus trémulos labios / Musitan tristes palabras bruscamente desgajadas / Por la fuerza de los suspiros que tu espíritu exhala; / Y todo este llanto es por tu hijo / Y  el mismo dolor me aflige a mí por  el mío”.

Don Víctor: ¿Y cree usted, don Hugo, que este padre podrá rehacer su vida después de que le hayan muerto al hijo?

Don Hugo: Aunque en general las depresiones exógenas tienen mejor pronóstico que las endógenas, este caso es demasiado grave, y, tras llevar a cabo la venganza, el personaje acaba por apuñalarse. ¡Por algo se trata de una tragedia!

Don Víctor: Pero usted siempre me dice que el que describe muy bien la melancolía morbosa es Shakespeare.

Don Hugo: Sí, ¡pero la endógena!… ésa la encontramos en sus obras, pero no aquí entre tantos cachivaches de prendería… Hamlet representa la melancolía por antonomasia y por ello cautivó a los románticos.

Don Víctor: Ahora la llamamos “depresión”, como si se tratara de una coyuntura económica. Los medievales la llamaron “acedia”.

Don Hugo: No sólo se halla el célebre monólogo del dilema entre ser o no ser, sino que la obra está salpicada de pensamientos negros. Fíjese en éste, don Víctor: “Qué fastidiosos, desmarridos, arrasados e inútiles / se me antojan todos los usos de este mundo”.

Don Víctor: ¡Apabullante!… Como para sacar a Vittorio Gassman del lecho en que lo tuvo postrado una tremenda depresión y obligarlo a encarnar al príncipe danés.

Don Hugo: Si ningún poeta expresó con tal lucidez el spleen como Baudelaire, qué otro dramaturgo sino Shakespeare para adentrarse en la depresión. Escuche esto otro: “Nada en este mundo me reporta alegría. / La vida es tan tediosa como una repetida historia enojando el embotado oído de un hombre amodorrado; / Y la vergüenza amarga emponzoña todo dulce sabor de la existencia, /Tanto, que así tan sólo fructifican ya la turbación y la aspereza”.

Don Víctor: ¿Esto no lo dice Lewis, el Delfín de Francia?

Don Hugo: Sí, en “King John”, pero, aunque el personaje sea francés, las palabras se las presta un inglés.

Don Víctor: Con lo cual la depresión del pobre heredero de la corona de Francia es doble: por un lado, endógeno-gala, y por otro, exógeno-inglesa.

Don Hugo: Ahora me explico por qué Hegel prefería este drama entre todos.

Estremecimiento

Don Hugo: Pero, don Víctor, si está usted sudando, jadeante, pálido… es cierto que el ambiente de la sala estaba muy cargado… Habría que quejarse a la Superintendencia de la Galería Uffizi… ¿Quiere usted que nos acerquemos a una casa de pronto soccorso?

Don Víctor: No es eso, don Hugo… y ya se me está pasando… Debería usted imaginárselo. Me ha atacado de manera fulminante el estremecimiento del arte.

Don Hugo: Déjeme usted que le mire la nuca, don Víctor…. ¡Lo que me temía! Completamente erizado el vello, tal y como describe Konrad Lorenz hablando de los primates superiores y su capacidad para una emoción cuasi humana ante algo que los supera.

Don Víctor: Y qué paradoja, ¿verdad, don Hugo?, que Goethe identifique este “estremecimiento ante lo enorme” como lo mejor de lo humano.

Don Hugo: La reacción que ha tenido usted está completamente justificada y revela su extraordinaria sensibilidad. Sobre la atracción irresistible que le han inspirado las obras maestras, ha acabado por imponerse el temor al tremendum… se trata de esa ambivalencia emocional que tan bien describe Rudolf Otto.

Don Víctor: Disculpe usted, don Hugo, pero necesito llorar…

Don Hugo: ¡Venga usted a mis brazos, compañero esteta!… si aún va a acabar usted por contagiarme esa temblequera ante la “majestad”.

Don Víctor: Ya me he calmado algo, pero ¡qué escalofrío que siento!

Don Hugo: ¡Escalofrío! El término que emplea el maestro Kraus y que, por desgracia, pasa desapercibido cuando le entretienen preguntándole por la técnica.

Don Víctor: Eso son los filisteos que no encuentran más que la descripción de los medios objetivos imprescindibles, pero no suficientes, para alcanzar esa transfiguración que nos regala el verdadero artista.

Don Hugo: ¿Recuerda usted lo que contaba Victoria de los Ángeles a propósito del “Werther”?

Don Víctor: ¡Claro, cómo olvidarlo!… que, cuando cayó el telón, allí se quedó abrazada con Kraus, llorando los dos.

Don Hugo: Cómo lamenté que no me acompañara usted a la corrida en que Julio Aparicio hijo cuajó una faena tan sublime que acabó llorando y casi se desmaya tras la estocada. ¡Aquello fue todo un delirio!

Don Víctor: Claro, tenga usted en cuenta cómo Berenson afirma que la auténtica obra de arte supone para el espectador un constatable aumento de vitalidad.

Don Hugo: ¡El entusiasmo del espectador sigue al estro del artista!

Don Víctor: En definitiva, don Hugo, que todo esto viene a ser un mentís empírico a Auguste Comte: por mucho que se analice, cuantifique, escriba y defina, la Razón siempre se quedará corta para explicar lo inefable. ¡El misterio existe!

Don Hugo: Esto es como el amor. Si ya lo dijo Lope: “Quien lo probó, lo sabe”. No se puede demostrar… al fin y al cabo, el arte es sublimación de la energía sexual.

Don Víctor: Comprenderá usted ahora por qué insistí tanto en que viniéramos usted y yo tan temprano sin las señoras… me temía que me pudiera ocurrir esto y no quería que me vieran así.

El gran desfase

Don Hugo: Creo que fueron los Neandertales quienes aplicaron una vara de fresno a una punta de sílex, pudiendo así golpear a dos metros de distancia.

Don Víctor: Enseguida los arrinconaron nuestros abuelos Cromagnon con el arco y la flecha, como Robin Hood.

Don Hugo: Y los indios flecheros del Amazonas emponzoñaron las puntas con filtros mortales.

Don Víctor: Las espadas de hierro pudieron luego quebrantar a las de bronce.

Don Hugo: Ideados por la ciencia poliorcética, catapultas, arietes gigantescos y torres rodantes pusieron en jaque las urbes amuralladas.

Don Víctor: Incluso las invasiones bárbaras, que arruinaron el mundo clásico, nos trajeron los estribos, haciendo imparables las cargas de caballería.

Don Hugo: Al correr de los siglos, don Quijote se lamenta de cómo las pólvoras permiten a un cobarde matar desde la distancia, sin exponerse.

Don Víctor: Y ahí se acelera todo: la demoledora artillería, tan onerosa, encumbró a los grandes Estados territoriales, anulando las repúblicas y pequeños principados medievales.

Don Hugo: Los vapores acorazados se enseñorearon de los océanos y forzaron estrechos y puertos.

Don Víctor: La aviación se apoderó luego de los cielos y batió vastos territorios antes de que los infantes tuvieran opción a combatir.

Don Hugo: La bomba atómica, los misiles balísticos… en fin el arte de la guerra creció siempre sin desfallecer y sin olvidar ninguno de sus adelantos. ¡Qué contraste entre este progreso que tanto poder otorga y el de nuestro acervo moral, siempre estancado cuando no presa de desfallecimientos abismales!

Don Víctor: ¡Qué poco reconfortante ha sido nuestro siglo porque, dígame usted, don Hugo, ¿qué fueron aquellos campos de exterminio sino la taylorización del crimen?

Don Hugo: Claro, don Víctor, la cosa pintó mal desde el principio, empezando por crucificar a Cristo.

Un corazón sencillo

Don Víctor: ¿Sabe usted, don Hugo, la última de Lopetegui?… ¡Pues que se ha emperrado en que Freud conocía al dedillo la obra de Galdós!

Don Hugo: No tenía otra cosa que hacer don Sigmund… ¡Bastante tenía el pobre con Goethe y los clásicos de la Antigüedad!

Don Víctor: Me puso muchos ejemplos, pero en lo que más insistió fue en esa teoría de lo compensatorio de los sueños.

Don Hugo: Sí, compensatorios, pero sin olvidar tampoco su función de realización de los deseos que la cultura y su principio de realidad nos impiden llevar a cabo durante la vigilia.

Don Víctor: Sí, sí, don Hugo… Lopetegui lo cifra en los sueños que Benina le cuenta a su ama, doña Paca, en “Misericordia”: que nos vienen del Más Allá para decirnos que en el país de los muertos impera la justicia de que no disfrutamos en esta vida.

Don Hugo: Desde el punto de vista marxista, el sueño entonces, como la religión, no dejaría de ser otro “opio del pueblo” que nos desalienta a la hora de luchar por la sociedad sin clases.

Don Víctor: Yo creo que por muy socialista que fuera Galdós, era demasiado coherente y honrado como para poner en la cabeza de la criada otros pensamientos que esa nostalgia de un mundo igualitario.

Don Hugo: Sí, don Víctor, tiene la misma psicología candorosa que la tata de “Un corazón sencillo” de Flaubert.

Don Víctor: En mi opinión, la teología de la liberación dio curso a un cristianismo impaciente, que no se conforma con aguardar la Parusía. Consciente, eso sí, de que “mi reino no es de este mundo”, pero trabajando en él para asemejarlo lo más posible al futuro y eterno.

Don Hugo: Con la salvedad de que don Benito tenía aún menos fe que aquel marinero de “La tabernera del puerto”, pienso yo que habría aplaudido estas ideas.

Amor cortés

Don Víctor: Quería preguntarle, don Hugo, ahora que estamos a solas, sobre aquella discusión tan vehemente que protagonizaron usted y el profesor Dupré, que al fin y al cabo es todo un especialista en el amor cortés…

Don Hugo: ¿Le parece que me propasé, don Víctor?… Yo lo que vengo pensando es que el amor cortés está sobrevalorado… Ciertamente nos hizo más educados, más cultos y refinados, más considerados con la condición femenina y todo lo demás… pero la manzana llevaba su gusano escondido.

Don Víctor: No lo acabo de ver, don Hugo.

Don Hugo: Es que Dupré no me dejaba hablar, recitando aquellas galeradas del lai “Équitan” y del “Lanzarote, el caballero de la carreta”.

Don Víctor: ¡Y lo hace muy bien! Qué francés medieval tan bien pronunciado… qué prosodia tan cadenciosa…

Don Hugo: Vayamos al contenido. Dice el rey Équitan a la mujer de su senescal: “Sed vos el ama y yo el sirviente, / Sed altiva y yo suplicante”.

Don Víctor: Pero, ¿no es esto una delicada cortesía amorosa que compense la debilidad de una mujer frente a un varón y allane la relación afectiva?

Don Hugo: ¿Y cuándo la reina Ginebra castiga a Lanzarote por haber dudado siquiera un instante en humillar su honra con el solo objeto de complacerla?

Don Víctor: ¿Cómo fue eso?

Don Hugo: Si es que no pude ni decirlo porque Dupré se puso a recitar entonces a Charles d´Orléans… La reina, en su crueldad, le había ordenado que subiera, como un villano, a la carreta de los condenados a la horca y se dejara conducir por un enano a la vista de todos.

Don Víctor: ¡Nunca habría imaginado que la reina Ginebra pudiera urdir tamaña afrenta!

Don Hugo: ¿No ve usted, don Víctor, cómo Sacher-Masoch exacerba aquella cortesía que sobrevivió al feudalismo, cuando se complace en someterse como esclavo a la arrogancia y el despotismo de su amante?

Don Víctor: Muy cierto. Mucho de eso he visto en algunas cosas de Strindberg: que si el varón le pide a la mujer compasión y la gracia de su vida… que si el marido ha de ser un ente subyugado y cobarde, que se sienta en deuda por todo frente a la esposa…

Don Hugo: La figura de Sade supondría una inversión radical que diera la vuelta a la tortilla. La mujer ha de ser la esclava sexual del hombre.

Don Víctor: ¡De qué manera pudo llegar a fermentar en ponzoña algo que parecía tan bello!

Don Hugo: El propio Sacher-Masoch se libera al final de la tiranía afectivo-sexual y proclama, ya supuestamente curado: “Amar, ser amado, ¡qué fortuna! Y con qué resplandor brilla esta dicha comparada con la cruel felicidad de adorar a una mujer que hace de nosotros el esclavo de una hermosa, su juguete».

Don Víctor y don Hugo (cantando:) “Porque al hombre más pintado, / ¿Quién le promete / Que una niña si se empeña, No ha de tratarlo / Como a un juguete?”

Haz la guerra y el amor también

Don Hugo: Antes leíamos a Salgari y ahora los chavales se conectan en Internet con otra pandilla a la que no conocen y se tirotean en escenarios devastados para aniquilarse mutuamente.

Don Víctor: Siempre parecidos juegos bélicos con que se estimula a los niños, como si formáramos todavía parte de sociedades guerreras.

Don Hugo: Nunca han faltado buenas razones para justificar el riesgo, la aventura, agrediendo al prójimo o al remoto. Acuérdese usted, don Víctor, del rapto de las Sabinas, por aquello de que los romanos necesitaban convertirse en un pueblo numeroso para no sucumbir en el peligroso mosaico itálico.

Don Víctor: ¡Y a quien le amarga un dulce, don Hugo, con lo guapas que fueron siempre las Sabinas!

Don Hugo: Qué duda cabe que en la base de toda empresa guerrera palpita un impulso erótico.

Don Víctor: ¡Atiza, si lo sé no digo nada, que ahora me va a sacar usted a Freud!

Don Hugo: No se preocupe usted, don Víctor, que por una vez no le voy a llevar a Viena. En esta ocasión nos quedaremos en Madrid, que era donde escribía don Benito. Según él, las guerras y revoluciones son movimientos instintivos de los pueblos en busca de mujeres.

Don Víctor: O sea, don Hugo, que, según eso, Cortés, Pizarro, Orellana y hasta el mismísimo Aguirre, so capa de evangelizar, ganar tierras para el rey y aportar tesoros para mayor gloria de Dios, lo que realmente anhelaban eran las obsequiosas Malinches.

Don Hugo: Sí, don Víctor, en realidad, sin saberlo, inconscientemente, iban en busca de la mujer, de manera tan instintiva e imperiosa como aquellos centauros arramplando con las mujeres de los Lapitas.

Don Víctor: Ahora creo que entiendo mejor eso de Alejandro Dumas: “Cherchez la femme”.

Don Hugo: Y eso no es más que la tradicional perspectiva masculina, pero hora es de que se publique este fenómeno desde el otro sesgo: “Cherchez l´homme”.

Don Víctor: Habrá que investigar si eso llega a reivindicarlo Simone de Beauvoir.

Decapitación

Don Víctor: Entonces, don Hugo, ¿cree usted que, tras la máscara de lo sicalíptico, acecha la trampa mortal?

Don Hugo: Sin duda alguna, don Víctor. Tras del estímulo vasodilatador se oculta el más terrible Thanatos paralizante.

Don Víctor: Gustave Moreau tiene una Salomé con una cabeza de Bautista suspendida en el aire, en forma de aparición, que impresiona tanto como esta puesta de sol atlántico.

Don Hugo: Sí, aquí la sangre del orto riela sobre las ondas. Fernández Flórez, perseguido y acorralado en el Madrid de los paseos y las bombas, ve con terror, el coágulo de crepúsculo colgando del dintel de la ventana tras la que se esconde.

Don Víctor: ¡Qué duda cabe que Apollinaire conocía bien esta obra de Moreau y quedaría impresionado por su truculenta mezcla de erotismo y crueldad…! De ahí el verso final de su vanguardista poema “Zone”. ¿Cómo era?… ¡Ah, sí!… “Oh Sol”.

Don Hugo: No, no, don Víctor: “Adiós Sol cuello cortado”.

Don Víctor: Claramente es la cabeza del Rey Sol mostrada al populacho en la persona de Luis XVI.

Don Hugo: ¿Y qué le parece aquello que canta Atahualpa Yupanqui en su milonga “El arriero”?

Don Víctor: Pues que, por mucho que se proclamara poeta popular, durante su estancia en París, hubo de enterarse de la poesía de vanguardia…

Don Hugo (cantando:) “Es bandera de niebla su poncho al viento / Lo saludan las flautas del pajonal…”

Don Víctor y don Hugo (cantando:) “Un degüello de soles muestra la tarde”

Corceles y palafrenes

Don Hugo: Igual que en la última secuencia de “Roma” de Fellini…

Don Víctor: Sí, cuando aquella horda de motoristas pone cerco al Coliseo, como Alarico a Roma…

Don Hugo: … cada uno con su amiga detrás.

Don Víctor: Flamean anudados a sus cuellos los foulards de las muchachas como enseñas de su amor.

Don Hugo: Y su montura futurista ruge con mayor estruendo que los corceles de los antiguos caballeros… Usted, don Víctor, ¿no llevaba en su tiempo una Vespa?

Don Víctor: No, una Lambretta. Y, a veces, llevaba detrás a Julita, pero sentada a mujeriegas. Me habría gustado mucho exhibirla como ese joven a su novia, pero acuérdese usted, don Hugo, de cómo eran aquellos tiempos…

Don Hugo: Siendo una Lambretta, era lo más apropiado, don Víctor. Al fin y al cabo, Vespas y Lambrettas, aquellos scooters, hacían figura de palafrenes para el paseo.

En pie y de frente

Don Víctor: A pesar de que fuera erróneamente restaurado en el siglo XVII, siempre me ha gustado especialmente esta copia del Diadúmeno que tenemos en el Museo del Prado.

Don Hugo: Claro, la mano está mal colocada y en lugar de anudarse la cinta por detrás, parece estar citando por bajo al toro.

Don Víctor: Sí, y además, de frente con la muleta bien planchá y dispuesto a cargar la suerte.

Don Hugo: Fíjese en cómo adelanta la pelvis, exponiendo el cuerpo con valentía.

Don Víctor: ¡Qué animal tan extraordinario el hombre que, a diferencia de los otros, camina erecto sin sustraer al peligro pecho ni vientre!

Don Hugo: Es cierto que los otros se escudan bajo la coraza de su espalda y esconden los genitales en la retaguardia.

Don Víctor: Sí, don Hugo, pero ¿cuál entre todos ellos se cobra tamañas delicias en el amor, precisamente por fundirse de frente una y otro?

Don Hugo: Somos la única especie que, durante el coito, se mira a los ojos, se besa…

Don Víctor: … completando así la esfera demediada que representa nuestra presencia exiliada en la tierra.

Don Hugo: En esto del amor, se comporta como en la lucha: parejo a la gloria que pretende obtener en el combate, es el éxtasis amoroso que ambiciona.

Don Víctor: Sí, pero tanto en uno como en otro caso, descubre toda su fragilidad.

Don Hugo: La nuestra, don Víctor, es la más intensa de las vidas posibles: nuestro arrojado cuerpo erguido es el monumento a nuestra conciencia.

Montaña rusa

Don Víctor: ¿Qué se propone usted, don Hugo, trayéndome a Port Aventura, estrictamente para montarnos en la Montaña Rusa?

Don Hugo: Pues por qué va a ser, don Víctor… ¡para que hablemos del despotismo ilustrado!

Don Víctor: ¡Arrea!… pero creo que lo adivino: el que parecía el mejor régimen nunca concebido, destinado a procurar por fin la felicidad de todos los súbditos en esta vida terrenal, sin apelación a dudosos paraísos de ultratumba, vino a precipitarse en el abismo, tan vertiginosamente como antes se encumbrara.

Don Hugo: Le ha salido a usted redondo, don Víctor. No se me marea usted fácilmente, a pesar de lo alto que estamos subiendo. Iba justo a lo que usted apunta, a por qué después de la ascensión vino tan súbita caída.

Don Víctor: Lo que dice Josep Pla, que “la vie est ondoyante”.

Don Hugo: ¡Agárrese usted bien, que esta caída es de aúpa!… El despotismo ilustrado llevaba en embrión su propia aniquilación.

Don Víctor: Después de esta caída, entiendo cómo se sintió Luis XVI camino del cadalso…. ¡Uf, ya me rehago, don Hugo!… pero ¿cómo fue posible aquello si parecía todo tan bien organizado, con los mejores como asesores?… ¡y no como los de ahora!

Don Hugo: Claro, pero la cuestión es que, puesto que todos habían de encontrar la felicidad en este mundo, parecía natural que la figura del primer ciudadano, aquél sobre cuyos hombros pesaba principalmente tan enorme responsabilidad, tuviera que alcanzarla antes que nadie. Y de ahí ¡el invento de las montañas rusas!

Don Víctor: Creía que estaba entendiéndolo todo y ahora me confunde usted.

Don Hugo: La emperatriz Catalina, ejemplo de déspota ilustrado, no lograba satisfacer su desbocada líbido en los diferentes amantes que iba desechando…

Don Víctor: ¿Ni siquiera con el imaginativo Potemkin?

Don Hugo: ¡Ni siquiera!… y, por ello, se aficionó a precipitarse sobre un trineo por pendientes nevadas, como los más temerarios de sus cosacos.

Don Víctor: Lo entiendo perfectamente sin necesidad de que me cite usted a Freud.

Don Hugo: La pega estribó entonces en que, tras el deshielo, aquel placer sustitutivo quedaba suspendido. Por ello, sus mejores físicos, los más competentes arquitectos y los más imaginativos ingenieros de su armada, concibieron enormes montañas rusas de madera sobre las que correr en carritos de ruedas.

Don Víctor: Claro, ¡y así pudo gozar todo el año!… Es que la montaña rusa es el mayor monumento al despotismo ilustrado.

Don Hugo: Y hoy en día ¡democrático!, una vez que hemos comprobado que si podemos ser todos felices en este mundo, no necesitamos someternos a un déspota.

Don Víctor: Sí, a uno más feliz que nosotros.