Don Víctor: Este Casanova no tiene desperdicio: cada vez que lo lee uno, encuentra cosas nuevas. Según avanzo en sus Memorias, me llama la atención el gran número de cojos que aparecen por toda Europa, sobre todo entre los nobles que él trata y, además, prácticamente todos intentan disimularla con mayor o menor acierto.
Don Hugo: Es que la poliomielitis, don Víctor, debió de hacer estragos… ¿Recuerda usted que en nuestra postguerra a aquella lacra se sumó la gran cantidad de “caballeros mutilados”?
Don Víctor: Claro, don Hugo, ¿cómo olvidar a aquel tullido de la calle Serrano, al que faltaban las dos piernas?
Don Hugo: Me contó mi hermano Luis algo muy gracioso en aquellos años en que trabajó para la OMS. Tuvo que atender y acompañar a un colega japonés que me presentó un día. Como buen nipón, era la persona más educada del mundo. Igual que a usted con su lectura de Casanova, a él no le pasaron desapercibidos los muchos cojos con que se cruzaba por las calles de Madrid. Al tercer día de gestiones por la capital, le dijo a mi hermano: “He observado que en España hay muchos cojones”.
Don Hugo: ¡Cuánto le he agradecido siempre, don Víctor, que me invitara tantas veces a ir con usted al Campo del Gas, a las veladas boxísticas, animadas por Bobby Deglané!
Don Víctor: ¡Qué recuerdos, don Hugo!… ¡Y cómo quedó atrás toda aquella efervescencia de los Urtain, Pepito Legrá, Carrasco, Dum Dum Pacheco, Perico Fernández…!
Don Hugo: ¡Con qué ilusión volvimos al boxeo años más tarde cuando apareció Poli Díaz!
Don Víctor: ¡Y qué poco nos duró el último púgil popular!
Don Hugo: Recuerdo que en una entrevista del Marca, el periodista le reprochaba su falta de técnica, a lo cual él respondió que “pa qué quería él la técnica, si ganaba todos los combates por KO”…
Don Víctor: Lo clava usted, don Hugo; podría haberse dedicado a caricato.
Don Hugo: … y ahí estuvo su tendón de Aquiles porque, dígame usted, don Víctor, ¿qué es la técnica sino la mejor garantía de una carrera larga y fructuosa?
Don Víctor: Evidentemente, la técnica exige un largo y laborioso aprendizaje, no exento de sacrificios, que proporciona al cabo la maestría en el oficio, al tiempo que forja la perseverancia, la voluntad, la templanza y la fortaleza moral y mental, condiciones de la madurez de la persona.
Don Hugo: Me está usted describiendo la formación de un artesano medieval, que no es sino el mismo proceso que hemos seguido tan largamente hasta hace poco quienes hemos culminado los estudios en la universidad.
Don Víctor: Como que estudiantes y catedráticos formaban también un mismo gremio.
Don Hugo: No lo pudo resumir mejor Fortuny, a quien sólo le falló su tiempo: “Pensar como artista, trabajar como artesano”.
Don Víctor: Hoy, don Hugo, le toca a usted empezar.
Don Hugo: Indiscutiblemente, el primero es don Miguel de Unam1.
Don Víctor: Voy yo: el segundo, don Benito Pérez Gal2.
Don Hugo: Al más grande le falla el apellido: don Miguel de Cervan3.
Don Víctor: Il Tasso, don Tor4.
Don Hugo: Eso no vale; no es español.
Don Víctor: Tengo un suplente adecuado: Luca de Tena, Tor4.
Don Hugo: Benavente, Ja5.
Don Víctor: Descartamos entonces a Freud, don 6mundo…
Don Hugo: Bueno, bueno, siempre puede hacerse una excepción…
Don Víctor: No, no, don Hugo, seamos rigurosos. ¿Qué le parecen los 6ses de Sevilla?
Don Hugo: Pues sí, don Víctor, porque a mí me emocionan seis mil veces más que los marineritos cantores de Viena… Prosigamos: los 7 niños de Écija.
Don Víctor: ¡Casticismo puro!… Nuestro Premio Nobel, don Severo 8a.
Don Hugo: ¡Qué mala suerte! Me ha tocado el nueve… ¿Valdría la periodista 9s Herrero?
Don Víctor: Si no tiene nada mejor…
Don Hugo: Le propongo un arreglo: usted me acepta Juan Ramón Jiménez, O9nse Universal, y le debo una.
Don Víctor: Aceptado sin que sirva de precedente… El Cid Campeador, Rodrigo 10 de Vivar.
Don Hugo: El descubridor y conquistador de la Florida, Juan P11 de León.
Don Víctor: Si usted me lo permite, don Hugo, me voy a cobrar lo que me debe de antes.
Don Hugo: Concedido. El que paga, descansa.
Don Víctor: Aunque sea una española de ficción, le propongo 12inea del Toboso.
Don Hugo: Punto en boca… Jacome13, el insigne escultor naturalizado aquí.
Don Víctor: Los Reyes 14licos… y usted me perdone.
Don Hugo: ¡Bravo, don Víctor!, a estas alturas, ya no es cosa de andarse con remilgos… Seguro que a usted se le hubiera ocurrido Thomas de 15, pero por ahí ya no iba yo a pasar, que se trata de un inglés y, para más inri, opiómano… ¡Los Hermanos Álvarez 15ro!
Don Víctor: ¡Mi turno, don Hugo! Una candidatura abierta: cualquier arzobispo de una Archi16 española.
Don Hugo: No seré yo quien rechace a ninguno de los Príncipes de nuestra Iglesia, ni siquiera a monseñor Cañizares… Me toca: no hay más que un Juan Ruiz, el Arci17 de Hita.
Don Víctor: Sólo se me ocurre apelar a los 18 borrachos de Guadalajara, con la condición de que sean de la marca Hernando.
Don Hugo: Vamos a cerrar los ojos porque propongo que lleguemos por lo menos a 20… La Virgen de las 19s, patrona de Ibiza.
Don Víctor: El filósofo Manuel García Mor20.
Don Hugo: ¡Uf, hemos llegado a puerto, aunque hayamos de reconocer que un poco borrachos a partir de los bizcochos!
Don Víctor: Creo que era Liszt quien despreciaba la música de los zíngaros pues, en su opinión, no hacían más que desvirtuar el folklore húngaro.
Don Hugo: Sí, hasta el punto de que cuando nos los mencionan, lo primero que nos viene a la cabeza es un grupo de gitanos haciendo bailar, con sus violines, a las aldeanas en la fiesta del vino nuevo.
Don Víctor: En cualquier caso no ha trascendido ninguna creación elevada de aquella gitanización… por eso le proponía yo que miráramos de organizar una excursión a Hungría para cerciorarnos por nosotros mismos.
Don Hugo: Ya me gustaría poder desmentir a Liszt, que era tan engreído, pero me temo que habremos de darle la razón por esta vez… En cambio, qué acierto el de Falla, Lorca, Juan Ramón y Ortega y Munilla, junto a todos lo demás, reconociendo a tiempo el valor cimero y único de nuestro flamenco en el folklore europeo.
Don Víctor: Ningún gitano ha brillado en el mundo más que el gitano español.
Don Hugo: Tenga usted en cuenta que llegan a España en el siglo XV y hallan, no digo un sustrato, sino un contexto cultural muy orientalizante, no sólo por la presencia de moriscos y judíos, sino porque los cristianos habían adoptado muchos de sus ritos y costumbres.
Don Víctor: ¿No tomaron la Petenera directamente de los hebreos españoles?
Don Hugo (cantando): ¿Ánde vas, bella judía / tan compuesta y a deshora?/ Voy en busca de Rebeco / Voy a ver a mi Rebeco / Que está en la sinagoga. / ¿Ánde vas, bella judía / tan compuesta y a deshora?
Don Víctor: Además es que, frente al nomadismo crónico de los otros gitanos, el español pronto crea asentamientos permanentes y se hace con oficios propios, como la fragua y la trata de caballerías.
Don Hugo: Qué duda cabe que nuestros gitanos encontraron en España una especie de tierra prometida en la que su arte pudiera arraigar y florecer. Ya lo dijo Federico García Lorca, que el gitano andaluz era “lo más elevado, lo más profundo y lo más aristocrático”.
Don Víctor: Sí, don Hugo, hasta que llegó la Ilustración con las rebajas y las persecuciones… y, sin embargo, fue entonces cuando eclosionó el flamenco.
Don Hugo: Fíjese, don Víctor, que la única vez en que me enfrenté a mis padres fue, recién acabada la guerra, cuando tras haber vuelto de ver un espectáculo flamenco, les espeté que por qué “no me habían nacido gitano”.
Don Víctor: ¡Atiza!
Don Hugo: A mis padres les entró la risa y se pusieron a cantar al alimón (cantando por soleares): Como los judíos tú eres/ Tú eres como los judíos…
Don Víctor y don Hugo (cantando): Que aunque te quemen la ropa / Puesta en er cuerpo / No niegas de lo que has sío.
Don Víctor: No, no, hemos de hacer noche allí porque la misa empieza a las nueve.
Don Hugo: ¡Ah, qué bien! Tengo que decírselo a Dolores y también que reserve mesa para cuatro la noche anterior en la Venta de Aires.
Don Víctor: Lástima que ya no esté Dupré porque este plan le hubiera encantado.
Don Hugo: Es una maravilla, de ésas que sólo quedan en España. ¡Esto sí que va a ser viajar a la Edad Media, don Víctor!
Don Víctor: ¡Por privilegio papal, que Alfonso VI, que se las quería dar de más papista que el Papa, casi nos deja sin el rito mozárabe!
Don Hugo: Bueno, tengo entendido que sometió aquella cuestión a ordalía, lo cual no deja de ser una solución muy coherente con los presupuestos que se manejaban entonces.
Don Víctor: Ah, ¿pero no sabe usted que salió que el rito toledano prevaleciera sobre el romano?, ¿que, echando los dos libros al fuego, saltó fuera el mozárabe y se quemó el gregoriano?
Don Hugo: ¡Atiza!, ¡y cómo entonces pudo torcer el resultado?
Don Víctor: Pues, don Hugo, ¿cómo habría de ser? Como cualquier independentista con sus referéndums: si lo pierdo, lo vuelvo a convocar hasta que por fin salga lo que yo quiero.
Don Hugo: Ahora me explico por qué siempre le ha tenido usted tanta inquina al pobre Alfonso VI, con la de beneficios que trajo a Castilla y a la Cristiandad.
Don Hugo: Sí, sí, muy buen político, pero ¡político al fin y al cabo!
Don Hugo: Don Víctor, como usted, me temía lo peor: un montaje de esos geniales, los actores vestidos de mamarrachos y un texto deturpado según las ideologías a la moda. ¡Pues no!
Don Víctor: Sí, pero seguro que los actores, como viene siendo habitual, más que declamar con buena escuela, emitían mucho aire y poco sonido; enfatizaban con voz gutural en lugar de proyectarla; amén de eludir la necesaria musculación de las consonantes y de extraviar al espectador con una prosodia incongruente.
Don Hugo: Nada de eso, don Víctor, y además se les entendía perfectamente.
Don Víctor: Bueno, bueno, don Hugo, pero ¿a que adolecían de afectaciones motrices tale como revolcarse y rodar por el suelo a la mínima, levantar la pata inopinadamente, dar saltitos y carreritas, poner «carusas»…?
Don Hugo: Calle, calle, que tampoco en eso tengo queja. Fue una función impecable, respetuosa con el texto y con su espíritu. La pega me asaltó después cuando, ya en casa, tranquilamente sentado en el sillón, leí los comentarios del programa antes de archivarlo. La investigadora Juana Escabias…
Don Víctor: ¡Sí, hombre, la autora de “La puta de las mil noches”!
Don Hugo: La misma. Escuche: “Algunos investigadores han acusado a Ana Caro de Mallén de falta de feminismo porque las protagonistas de sus obras anhelan el amor de un hombre”.
Don Víctor: Hace muy bien doña Juana en censurar a esos ridículos mojigatos. ¡Qué plaga, Señor! ¡Cuánto fiscal vocacional está haciendo méritos para cuando por fin se constituya el muevo Tribunal de la Inquisición!
Don Hugo: Calle, calle, que esto no era lo malo. A lo que iba es a que la propia Juana Escabias establece que “No es pertinente aplicar juicios de valor, basados en parámetros del siglo XXI, a la mentalidad de una sociedad de la que nos separan casi cinco siglos”.
Don Víctor: ¡Arrea! Ahora van a prohibir en nuestra especie la coyunda entre el hombre y la mujer… ¡como en el mundo feliz de Huxley!
Don Hugo: Yo les pondría de penitencia que asistieran a una representación subtitulada de “La prohibición de amar” de Wagner.
Don Víctor: Ahí los tiene usted, don Hugo, con la barba sobre el hombro, como aquellos conquistadores en América, siempre bajo la amenaza de los indígenas acechantes.
Don Hugo: Como que en el momento más inesperado, sale el indio flechero a darles rebatos.
Don Víctor: En el caso de los españoles, cabe hablar de épica; no así en el de estos manteros, hombres de negocios, diría yo.
Don Hugo: Cierto, don Víctor, pero aunque las circunstancias sean muy distintas y estos negros no estén amenazados de muerte, no dude usted de que los mecanismos psicológicos son idénticos: la ansiedad permanente ante una situación de riesgo, con sus correspondientes mímicas.
Don Víctor: Esto me trae a la mente aquello que cuenta Montaigne de aquel fugitivo que, tan desgastado por una huida constante y un terror invasivo…
Don Hugo: Muy bien, don Víctor: ¡”invasivo”! y no “pervasivo” como suelo leer en las traducciones de los Psychological Abstracts.
Don Víctor: … a ser capturado y castigado, decidió, a la postre, entregarse aun con la seguridad de estar destinado a la pena capital.
Don Hugo: Claro, ¿no nos pasamos toda la vida corriendo y haciendo quiebros a la Muerte hasta que al final “descansamos en paz”?
Don Hugo: Mire, don Víctor, ya lo he encontrado: “Me niego a traducir esta parte del parlamento para no herir la sensibilidad del lector”. Recordará usted cosas como ésta cuando leyera de joven a Aristófanes.
Don Víctor: Y otras aún más indignantes todavía cuando suplantaban alguna obscenidad con una insultante inanidad.
Don Hugo: También mire que nos reíamos con las traducciones eufemísticas del pobre Astrana Marín en las Obras Completas de Guillermo Shakespeare.
Don Víctor: Sí, claro, con la diferencia de que entonces los estudiantes nos burlábamos de aquellas falsificaciones mientras que ahora ¿a ver quién es guapo que se ríe de que hayan tachado la palabra “gordo” de un bestseller de moda?
Don Hugo: Bien dice Shakespeare -y espero que no lo hayan “cancelado”- que “el bellaco, bajo su máscara, se nos presenta como persona honorable”.
Don Víctor: Recuerdo que esa frase sí que la tradujo muy bien Astrana Marín…
Don Hugo: El ascenso y proliferación de este autoritarismo adoctrinador es la nueva Inquisición que restringe nuestra libertad de acción, expresión y pensamiento.
Don Víctor: Para este viaje, don Hugo, ¡no hacían falta alforjas!
Don Hugo: No me negará usted, don Víctor, que los países escandinavos hayan construido unas social-democracias que equilibran la garantía de la libertad individual con un Estado protector que aminore las diferencias sociales, prestando así unos magníficos servicios públicos.
Don Víctor: Sí, claro, y no sólo ellos, don Hugo. Acuérdese de la Inglaterra de los laboristas, de la Francia de las 30 Gloriosas, y tantos otros vecinos.
Don Hugo: La eliminación de la pobreza no estorbó el desarrollo económico ni la libre iniciativa empresarial.
Don Víctor: Sí, pero se les ha reprochado la alta presión fiscal… ¡Pobre Bergman!
Don Hugo: ¿Y qué es eso comparado con el desorden y la irrealidad de un sistema que no tenga otra estructura que las comunas anarquistas, o que no ponga coto a la codicia ilimitada y al abuso de los ricos liberales?
Don Víctor: Claro, don Hugo, tampoco olvide usted la tiranía que practicaban por igual comunistas y fascistas… Ahora bien, considere el mapamundi: ¿en qué proporción se extendió a escala planetaria el estado de bienestar?
Don Hugo: Es cierto que no pudo implantarse ni en la décima parte del globo. Aquello de los suecos no ha dejado de ser un piso piloto, con todas sus comodidades, de una promoción inmobiliaria rodeada de extensísimas favelas. Sí, don Víctor, ¡pero por algo se empieza!
Don Víctor: Aquella pequeña parte del mundo la componían países privilegiados en el reparto del trabajo a escala mundial, con el consiguiente superávit en la balanza de pagos: todas eran, en aquellos años sesenta, naciones desarrolladas que vendían caro y compraban barato.
Don Hugo: ¡Jugaban con ventaja!… Me gustaría pensar, no obstante, que, aunque sin tanta prosperidad, el modelo pudiera universalizarse.
Don Víctor: Desengáñese, don Hugo, no van a permitir ni siquiera el intento. ¡Que si la globalización es muy buena!, ¡que si aquello no sería sostenible!, ¡que está usted pasado de moda!, ¡que a mí no me venga usted con cuentos, que prefiero no enterarme de nada!, ¡que si los políticos son todos unos corruptos!, ¡que para cuatro días que vive uno!…
Don Hugo: Entonces, don Víctor… ¡estamos cayendo ya en la casilla del liberalismo y, además, en su extremo más aguzado!
Don Víctor: ¡Y lo peor es que la única alternativa que se alza hoy en día por todas partes es el fascismo!… pero olvidaba el argumento de más peso, que es, como decía Tono, que “¡algo habrán hecho los pobres para ser tan pobres!”