Don Hugo: Ya es hora de actualizarse, don Víctor. Hace tiempo que vengo pensando en que se debería pasar del 4-2-3 al 4-1-4.
Don Víctor: Imposible, don Hugo; no salen las cuentas. Le falta un jugador. ¡Ah, ya entiendo!… Quiere usted aplicar el sistema decimal también al fútbol.
Don Hugo: ¿Qué fútbol dice usted? Le estoy hablando del enigma.
Don Víctor: Pues eso, ¡el enigma de Helenio Herrera que pensaba como usted, que era mejor jugar con diez que con once!
Don Hugo: No, hombre, no. ¡Edipo, Edipo!
Don Víctor: ¡Arrea! Otra vez con Freud…
Don Hugo: Calle y escuche, mirando a la esfinge: “¿Qué animal camina, primero, a cuatro patas; luego, sobre dos; y, por último, sustentándose en tres?”
Don Víctor: Mire que la tenía delante y que no me daba cuenta… entonces ¿por qué pasar de cuatro patas a una y luego a cuatro? ¿Es que hay un cojo de por medio?
Don Hugo: No, se trata de una actualización postural.
Don Víctor: Luego se me queja la fisioterapeuta de que no para usted de hablar, don Hugo. Yo estoy siempre callado porque creo que así la chica se concentra mejor.
Don Hugo: Precisamente hablando con ella, me surgió esta idea, que es más comprehensiva porque incluye también la vida intrauterina. Empieza el feto como un cuatro, el niño se yergue pronto como un uno y, cuando nos hagamos viejos, volveremos a plegarnos en cuatro… Ayer estuve explicando a la señorita Carmen que el cuerpo es un bucle y que acabamos como empezamos. En definitiva, el soma tiende a volver a la indefinición previa a la concepción, a esa tierra de nadie, tal y como sostiene Freud.
Don Víctor: Ya veo; no en vano los primitivos enterraban a los suyos en posición fetal… pero deje usted a Freud, hombre, y no le caliente los cascos a Carmencita… ¡no sea que nos despache y acabemos convertidos usted y yo en un cuatro antes de tiempo!
Don Hugo: Y la tal madame d´Épinay, su protectora, nunca le hizo tilín: demasiado pálida, demasiado seca y, sobre todo, plana.
Don Víctor: Pues bien que se arrimaba el buen Rousseau a su pródiga bolsa…
Don Hugo: Nada: algunos besitos fraternales, unas carantoñitas inocentes… ¡y pare usted! Ése fue todo su pago.
Don Víctor: Dígame, don Hugo, ¿usted cree que Baudelaire le habría hecho ascos a la pobre Louise Florence Pétronille?
Don Hugo: Demasiado paliducha. Baudelaire está muy por encima de Alejandro Dumas hijo y disiente también de Poe y de Constantin Guys, por más que le gustaran.
Don Víctor: Claro, es la belleza que Poe lleva al extremo de lo cadavérico y que impulsa a Armand Duval a abrir el féretro de Marguerite.
Don Hugo: ¿No sabe usted, don Víctor, que hace años llevé a término el retrato-robot de la mujer ideal baudelairiana?… ¡pero qué digo, si aún no le conocía a usted!… Una muchacha negra, mulata, o si es blanca, criolla o meridional, acariciadas por el Sol; cabello crespo y abundante; espalda elástica…
Don Víctor: ¡El pecho, el pecho!
Don Hugo: Ya llego, don Víctor: el pecho, exiguo: “poitrine garçonnière”, “gorge pointue”, “gorge aiguë”… con trazo así la pinta Baudelaire…
Don Víctor: ¡Toma , Rousseau!
Don Hugo: … y, por contraste, unas caderas rotundas y unas piernas atléticas. “Creía ver unidos por un nuevo diseño / Las caderas de la Antíope al busto de un imberbe”.
Don Víctor: ¡Caderas de amazona y pecho de efebo!
Don Hugo: Claro, tenga usted en cuenta que Rousseau perdió a su progenitora prácticamente en el parto y sintió siempre el anhelo permanente de una figura maternal que le protegiera y nutriera.
Don Víctor: O sea, que a falta de una, ¡dos bolsas!
Don Hugo: Sí, es algo tan frecuente que rezuma, más allá de la literatura, en todas las realizaciones humanas. Tenga usted en cuenta, por ejemplo, cómo la casa representa siempre el cuerpo, sobre todo el femenino. Dentro de la casa, hallamos la seguridad del claustro materno, ¿y qué son sus protuberancias de balcones sino metáforas de los pechos nutricios?
Don Víctor: El davanzale de los italianos, o sea nuestro alféizar, que chistosamente aplican a Sofía Loren.
Don Hugo: “Il y a du monde au balcon”, hay gente en el balcón, que diría Raymond Queneau, si viviera, a propósito de Emmanuelle Béart… pero a lo que iba, don Víctor: lea esta cita que le he traído porque al final va a ser su autor quien lo aclare todo.
Don Víctor (leyendo): “El número siete era una casa antigua, de tres pisos y pico. Cada piso hacía ostentación de dos balcones opulentos y redondeados, que sobresalían de la fachada como un par de hermosas tetas sin sostén”…. ¡Álvaro de Laiglesia dando de nuevo en el clavo!
Don Víctor: Esto de ambientar una exposición de arte contemporáneo con música de fondo, como para apuntalar la inconsistencia de lienzos y esculturas…
Don Hugo: ¡No olvide usted, don Víctor, las instalaciones!
Don Víctor: ¡También, también!… En definitiva, una especie de paisaje que no nos dice nada y que me hace pensar en el arte del pasado, en cómo se basta a sí mismo.
Don Hugo: Desde luego, don Víctor, pero ¿no encuentra usted que también ayuda la música renacentista, que suena siempre en el Hospital de la Santa Cruz de Toledo, al disfrute de las tallas de los imagineros y de los retablos hispano-flamencos?
Don Víctor: Y sobre todo del edificio mismo, de sus molduras platerescas, sus artesonados mudéjares, las dilatadas naves de su cruz… ¿Qué no lograrían algunos madrigales de Monteverdi en una exposición de Piero della Francesca?
Don Hugo: Tiene usted razón. Me estoy imaginando una Pasión de Bach envolviendo el Descendimiento de Van der Weyden…
Don Víctor: ¡Maravilloso, don Hugo, y una visita a Villa Barbaro afrescada por el Veronese mientras suena Vivaldi… pero me estoy temiendo que tanta exaltación no pueda derivar en furor vesánico… ¡Mejor dejémoslo estar, don Hugo!
Don Hugo: Muy bien, don Víctor, pero concédame usted, a título de hipótesis estrafalaria, una última locura: la pieza expuesta es “El caballero, la Muerte y el Diablo”, de Durero…
Don Víctor: Lo recuerdo bien: el jinete, caballero pasante armado de punta en blanco sobre estatuario corcel, sigue derecho su recto camino sin que las amenazas de la Muerte ni las solicitaciones del Gran Cabrón logren desviar siquiera su mirada…
Don Hugo: Me vienen a la mente esos versos de Ramon Llull: “Al cavaller tany cavalcar, / Escut e sella, e brocar, / Espasa e llança, e colps dar… Cavaller no tinc per cortès / Si Deus no ama més que res”
Don Víctor: … y todo ello sobre un fondo prolijo que quiere traer al primer plano montañas, frondas y lejanas fortalezas, así como animalejos, alguna calavera y piedras del camino.
Don Hugo: Olvida usted el perro que trota fiel y confiado a los flancos de la cabalgadura… ¿Qué tal si suena entonces el corrido de Jorge Torres? (cantando:) “Valiente entre los valientes / Su vida juega a la suerte. / Ni le alza pelos la Muerte / Ni el Diablo con más razón”
Don Víctor y don Hugo (cantando:) Aquí viene Jorge Torres / En su caballo retinto / Y sus pistolas al cinto, / El pecho valiente y noble / Y en la boca una canción”.
Don Hugo: No hace falta que siga usted buscando aquello que le dije, don Víctor. Ya tengo el ejemplo que necesito.
Don Víctor: ¿Eso de cómo el amor impregna y cambia la mirada de manera que todo lo embellece?
Don Hugo: Efectivamente. No adivinaría usted el autor que mejor lo expresa.
Don Víctor: ¿Español o extranjero?
Don Hugo: No se lo digo.
Don Víctor: Jugaré pues las dos cartas a cada intento…Vamos allá: ¿Horacio o Marcial?
Don Hugo: Ni tan florido ni tan seco.
Don Víctor: ¿Gottfried de Estrasburgo o nuestro Arcipreste?
Don Hugo: Ni tan cándido ni tan cínico.
Don Víctor: ¡Vaya por Dios!… Seguiré batiendo siglos hasta dar con ello. ¿Petrarca o Garcilaso?
Don Hugo: No apunte tan arriba. Ponga los pies en el suelo.
Don Víctor: Pues no sé… ¿Shakespeare o Lope?
Don Hugo: Caliente, caliente, don Víctor… pero más moderno.
Don Víctor: Ah ya… ¿Lamartine o Bécquer?
Don Hugo: Pero, don Víctor, ¡vuelve usted a despegar! Aterrice de una vez. Y además es más moderno.
Don Víctor: ¡Ya lo tengo! O es Paul Éluard o es Lorca.
Don Hugo: Mire, don Víctor, como no lo va usted a adivinar por muchas andanadas que le permita disparar, se lo voy a citar: “Cuando siente una el picotazo del enamoramiento, se pasa chanchi…”
Don Víctor: ¡Elvira Lindo!
Don Hugo: No. “…todas las cosas del mundo, incluso las más feas, las encontramos preciosas…”
Don Víctor: ¡Rosa Montero!
Don Hugo: Tampoco. “… hasta los orinales nos parecen floreros…”
Don Víctor: ¡Almudena Grandes!
Don Hugo: Agua… Prosigo. “… y las tumbas para morir, cunas para nacer…”
Don Víctor: ¡Esta vez sí que sí: Carmen Posadas!
Don Hugo: Atienda, don Víctor, que está hablando un personaje. Puede tratarse de un autor masculino. Sigo: “… y los crepúsculos, auroras…”
Don Víctor: Pues entonces, ¡ Muñoz Molina!
Don Hugo: No. Escuche: “… y los señores que gruñen, ángeles que cantan…”
Don Víctor: ¡Millás!
Don Hugo: Tampoco. Tendré que leerle un último extracto, pero no me interrumpa y reflexione: “… la vida era maravillosa, el Sol brillaba más, la gente era menos malvada, los hombres no eran guarros”.
Don Víctor: Ni Tono, ni Mihura, ni Mingote… ¡Álvaro de Laiglesia! Y la novela se titula “Fulanita y sus menganos”.
Don Hugo: ”Te alabo, Padre, porque ocultaste estas cosas a sabios e inteligentes y las revelaste a los niños”.
Don Hugo: Saque usted una papeleta al azar, don Víctor… Yo leo la primera: “A nuestro amor demos placiente y entero cumplimiento”.
Don Víctor: ¡Qué bien, don Hugo, un ratito en la Edad Media! A ver qué saco yo… “Y en uno habremos toda la noche, uno del otro, fiesta y placer”.
Don Hugo: ¡Qué suerte, don Víctor, venía que ni pintado!… “Hallé su boca sabrosa e la saliva templada”. ¡Esto es increíble! Es como si el propio Amor fuera ensartando las papeletas en su flecha al ritmo de sus pasos.
Don Víctor: “Ce fut lors que Guenièvre dit sa prière secrète avec Lancelot”…
Don Hugo: Sí, la que acaba usted de leer me la mandó Dupré. Sigamos:“E allí la doncella y Palmerín tuvieron su secreta conversación”.
Don Víctor: ¡Arrea! Fíjese lo que me ha salido: “E los dos quedaron en uno”.
Don Hugo: A ver la última… “e navegaron en ansias”… ¿qué son las ansias sino mareo febril que nos desequilibra y, paradójicamente, haciéndonos caer en lo físico, nos empuja hacia arriba en lo anímico?
Don Víctor: Sin duda alguna, don Hugo. ¿Y qué es “navegar” sino un continuo caer y remontar?
Don Hugo: Siempre me dolió que nuestra lengua, a diferencia del francés y el inglés, no recoja en una expresión esta emoción.
Don Víctor: Ese “tomber amoureux” de los franceses y “to fall in love” de los ingleses… el desfallecimiento de amor.
Don Hugo: Sí, ese abismarse hasta la extenuación, esa desintegración dionisíaca en el gran todo, la aniquilación del ser…
Don Víctor: Nos ha faltado acuñar algo a lo que nos hemos aproximado siempre… pero dígame, don Hugo, ¿no hay algo en “La Regenta” sobre “caer enamorada”?…
Don Hugo: Es verdad… “Se sentía caer en un abismo de flores. Aquello era caer, sí, pero caer al cielo… La regenta cayendo, cayendo, era feliz; sentía el mareo de la caída en las entrañas”.
Don Víctor: No puede ser, don Hugo… ¡Pues no traigo en la cartera unas entradas para que vayamos mañana a ver, con Dolores y Julita, “La Nave de Amores” de Gil y Vicente!… ¡Ay, que me está dando un mareo!
Don Hugo: Oiga, don Víctor, ¿de qué iba la primera lectura, que no me he enterado de nada?
Don Víctor: Claro, don Hugo, es que ese señor hablaba para el cuello de su camisa y pronunciaba muy mal. Yo sólo he entendido que el brazo del Señor es poderoso.
Don Hugo: Sí, hombre, pero eso ya lo traía usted sabido de antes de que acabara la guerra.
Don Víctor: Pues la señora que leyó la epístola no daba una con su prosodia errática: ¡ni un solo acento en su sitio, ni puntos ni comas, palabras encabalgadas, nulas inflexiones de voz!
Don Hugo: Sí, pero al menos su dicción era algo mejor y he podido ir reconstruyendo su discurso… pero, claro, convertido el desciframiento de la epístola en un rosario de acertijos, no he prestado demasiada atención al mensaje…
Don Víctor: Le tengo que pasar una noticia que leí en la prensa sobre un periodista que enseña a leer en misa.
Don Hugo: Estoy pensando, don Víctor, y no lo digo en broma, que la próxima vez en que vayamos juntos a misa, primero nos pasamos por la sacristía y le decimos al cura que o leemos nosotros o que nos vamos a tomar el vermú.
Don Hugo: Dígame, don Víctor, ¿son ganas de protestar por protestar o realmente ese movimiento vecinal de Tetuán en defensa de su neomudéjar tiene sentido?… porque en el caso de las Escuelas Aguirre, por ejemplo, está claro que sería una barbaridad borrar del mapa un edificio tan singular, resultado de un cuidadoso proyecto arquitectónico, de una gran inversión y de un programa decorativo muy elaborado y armonioso… pero en el caso de esas casitas de Tetuán…
Don Víctor: Es verdad que, a veces, se trata de pequeñas fachadas de edificios muy modestos que, arquitectónicamente, no son nada. Ahora bien, allí están los primores de aquellos maravillosos caravisteros, un patrimonio artesanal que sí merece todo el respeto y que es uno de los ornamentos de Madrid donde tantas vulgaridades sin carácter se acumulan.
Don Hugo: Supongo que también habrá otro elemento de tipo afectivo…
Don Víctor: ¿No será aquello de que la casa es el símbolo del cuerpo femenino?
Don Hugo: Déjese ahora de bromitas psicoanalíticas, don Víctor, que estoy hablando en serio. Quería decir que para los vecinos de estas obras tan características, forma parte de la identidad del barrio. Hace del espacio próximo un lugar antropológico lleno de connotaciones familiares, que son interiorizadas por todos.
Don Víctor: Eliminarlas sería borrar la memoria y socavar la identidad del barrio.
Don Hugo: Veo que tiene toda la razón, don Víctor. No es un capricho… No obstante, dejando aparte este caso, he de plantearle otro, y no pequeño: con lo contentos que vamos siempre a los toros y ¡es llegar a la vista de la plaza y sentir un cierto malestar!… mire que habré hecho análisis introspectivo para explicármelo, que si esa monumentalidad exenta y rotunda es la del opresor Superyo, que si su clausura sobre sí misma desencadena en mí una desazón narcisista que creo ya superada, que si…
Don Víctor: Pare usted, don Hugo, que la explicación se esconde en el primer pliegue de su discurso: Monumentalidad. ¿A que no le ocurre lo mismo cuando nos acercamos, por ejemplo, a la arena de Verona?
Don Hugo: Es verdad. Cuántas veces hemos estado y nunca he sentido ese comején.
Don Víctor: La decoración del mudéjar, tan pictórica, hecha de un prolijo claroscuro que desmaterializa los paños y esconde la estructura, dota de atractivo y pintoresquismo al quiosco, al recoleto patio porticado de pequeños pabellones con su fuente y canalillos, a la airosa torre que espejea con sus incrustaciones esmaltadas… pero enmascara y estorba la noble y grandiosa estructura de un anfiteatro a la romana. Para mí, don Hugo, que su malestar es estético.
Don Hugo: Ya veo, don Hugo, que, gracias a Dios, no era para tanto. Además, ahora que lo pienso, toda esa menuda decoración tampoco llega a disfrazar la plasmación tectónica del espíritu clásico. Ahora mismo, y de memoria, se me antoja como caprichosas colgaduras tendidas desde los balcones y ventanas en un día de fiesta.
Don Víctor: ¿Para cuándo volvemos a los toros, don Hugo?
Don Hugo: Para el día ocho, en que torea Morante, que se está convirtiendo en émulo de Gallito.
Don Víctor: Ya verá usted cómo no va a sentir la mínima molestia.
Don Hugo: Y me pregunto yo, don Víctor, ¿por qué se dirá “trabajar como un enano”?
Don Víctor: Veo que a Freud no le dio tiempo a explicarlo, pero déjeme usted, don Hugo, que sea yo quien, por una vez, imagine su respuesta.
Don Hugo: ¡No faltaba más! Por eso se lo pregunto.
Don Víctor: Dado su profundo conocimiento, no sólo de la mitología clásica sino también de la germánica, él afirmaría que se debe al submundo productivo de los laboriosos nibelungos, incansables mineros y herreros, dotados de la disciplina, el vigor y la pequeñez de las hormigas. Unos y otras se fatigan y guardan sus tesoros en el secreto de insondables subterráneos.
Don Hugo: Esto nos lleva a hundirnos en el subconsciente. El monstruoso y avaro enano no deja de ser el impulso reprimido tornándose peligrosamente bestial para el equilibrio psíquico.
Don Víctor: En el mundo medieval, lo extremo, ya sea la pequeñez del enano…
Don Hugo: El instinto regolfado se comprime y deforma.
Don Víctor: … ya sea el colosalismo del gigante…
Don Hugo: ¡El Superyo!
Don Víctor: … son siempre elementos negativos que amenazan al caballero.
Don Hugo: ¿Recuerda usted, don Víctor, aquel fichaje tan sonado del Madrid, el alemán Günter Netzer?
Don Víctor: Sí, claro un auténtico héroe tedesco.
Don Hugo: Pues los periodistas deportivos dieron en llamarle “El Nibelungo”, ya ve usted, don Víctor, … ¡a aquel buen mozo!
Don Víctor: Sería que era muy laborioso y ahorrativo… pero, en todo caso, y para que no nos motejen de nibelungos, de ninguna manera creo que debamos tomarnos el trabajo de hacernos, para los carnavales, los disfraces de Wotan y Sigfrido.
Don Víctor: Me lo imagino contando unos chistes verdes que harían enrojecer hasta al mismo general Primo de Rivera.
Don Hugo: Desde Fernando VII es proverbial la chabacanería de nuestros Borbones.
Don Víctor: ¡Farsa y licencia de la reina castiza!… y así les fue a la postre a doña Isabel II, a don Alfonso XIII y al emérito.
Don Hugo: “¡Vaya espárragos tan cojonudos!”
Don Víctor: A Fernando VII le salvó la campana de los Cien Mil Hijos de San Luis.
Don Hugo: Alfonso XII fue exquisitamente constitucional porque llegó al trono de prestado.
Don Víctor: Como nuestro Felipe VI. Ambos le tienen bien vistas las orejas al lobo.
Don Hugo: Recuerdo, don Víctor, que Madariaga escribió algunas cosas de Alfonso XIII, que a mí me recordaban a Juan Carlos I: tendencias plebeyas, la costumbre de considerar el tuteo como honor real, inclinación a mezclar los ambientes personal y oficial… acaba Madariaga por señalar lo peligroso que es todo ello para un rey moderno.
Don Víctor: ¿Y qué libro de don Salvador es ése, don Hugo? Seguro que la reina Letizia se lo ha comprado a su marido.
Don Víctor: Cómo lo sentí, don Hugo…. Fue marcharse usted del velatorio y empezó lo mejor. Hacía años que no nos reíamos tanto en la familia.
Don Hugo: Es típico de los funerales suscitar incontenibles jolgorios liberadores de una tensión psíquica inducida por la muerte del ser querido. No deja de ser un ejemplo más de las metáforas hidráulicas del psicoanálisis, tal y como con afán crítico las llama el conductista Bandura, con sus presiones y descompresiones.
Don Víctor: ¿Se refiere usted a si llorábamos de risa?
Don Hugo: En cierto modo: concentrando la presión en un lado, descomprimimos otro.
Don Víctor: Le dio a Daniel por contar una anécdota del difunto y fue empezar y no parar… Recordará usted, don Hugo, esa enorme cicatriz de mi primo Valeriano que le cubría la mejilla izquierda y que él mismo se había hecho hurgándose un grano, ¿verdad?
Don Hugo: ¡Atiza! Yo nunca me creí aquello de la selva y el zarpazo del tigre… ¡pero que se lo hiciera de esa manera!
Don Víctor: Claro, pero mis hijos, de pequeños, se lo creían a pies juntillas. Como lo de que mató a David Crockett en El Álamo: se escondió debajo de su cama y, cuando todos dormían, salió y le clavó un puñal en el pecho.
Don Hugo: ¿Y no me dijo usted, en una ocasión, que hacía creer también a sus hijos que se comía las avispas?
Don Víctor: Sí, las cazaba al vuelo en el chalé de Cercedilla, las agitaba dentro de su puño, aturdiéndolas, y, luego, poniendo la cara de perfil, simulaba tragárselas… ¡para admiración de los chavales y para indignación de Julita por su mal ejemplo!… También les fascinaba con sus cosas de bichos. Tuvo en su casa sucesivamente serpientes, lagartos, un autillo que paseaba como un nigromante sobre su hombro y, por último, en un acuario, unos zapateros que cogió en el Alberche.
Don Hugo: ¡Vaya manera de ir a menos, don Víctor!
Don Víctor: Celia nos recordó la suciedad plutónica que atesoraban por dentro los cuellos de sus camisas y el agua negra que salía de sus manos cuando venía a comer a casa y se las lavaba. Los niños hacían corro para presenciar aquel espectáculo, que tanto enorgullecía a su tío.
Don Hugo: ¿Y cómo llegaba así a su casa?
Don Víctor: Conducía una moto DKW bastante vieja por las calles de Madrid, siempre a cuerpo -aunque luego, para compensar, durmiera con seis mantas-, y con las manos pringadas de grasa… Por cierto, como también nos recordó Celia, a la mesa no usaba servilleta porque “eso es de cursis” y directamente, tras haber pelado unas gambas, se pasaba los dedos por la cabeza.
Don Hugo: Yo a eso lo llamo “fijador natural”, sin conservantes ni colorantes… una auténtica y precursora toilette sostenible.
Don Víctor: Luego Francisco recordó cómo le daban todos puñetazos en el estómago, mientras comía las lonchas de jamón de Jabugo que le ofrecíamos, sin expresar el mínimo dolor y sí el placer de degustar algo tan selecto.
Don Hugo: ¡Caracoles! Como Polifemo devorando marinos mientras le lanzan venablos enanos contra la panza…
Don Víctor: Algo así… Cada vez que venía a casa, Julita se echaba a temblar, pero para los niños era una fiesta y eso que, a veces, colocándose una moneda entre los dedos índice y corazón, les acariciaba arrastrando el canto de la moneda por la cocorota, hasta arrancarles un grito… pero ellos ¡tan felices de que luego los llamara “cretinitos”!
Don Hugo: ¿Cómo?… ¡Cretinitos!…
Don Víctor: Sí, sostenía que los bebés son auténticos cretinos, que ni hablan, ni caminan, ni razonan, miran sin ver… Recuerdo cómo doña Adela, una antigua amiga de la familia, le preguntó, una vez que vino por Madrid, por mi hermana Charito, y Valeriano le contestó que estaba muy bien, que se había casado y que tenía tres cretinitos. “¡Ay, la pobre, cómo lo siento!”, se lamentó la buena señora. También nos recordó Daniel cómo les decía, cuando iban al colegio, que no estudiaran pues aprobar estudiando no tenía mérito alguno, que eso lo hacía cualquiera. Y, a los niños varones, que nunca se les ocurriera fumar, que eso era “un vicio feminoide”.
Don Hugo: Veo que lo pasaron en grande. ¡Lástima que ayer toreara Morante y tuviera yo que marchar tan pronto!
Don Víctor: Hubo más, don Hugo. Por lo visto, en una ocasión en que estábamos tomando puré de lentejas, empezó a protestar de la mala fama de la mierda, que si la gente dice “eso es una mierda”, que “¡vaya una mierda!”, que “¡vete a la mierda!”… que él la había probado y que no estaba mala, que incluso ofrecía un cierto regustillo dulzón, nada desagradable.
Don Hugo: Esto me confirma que Julita es una santa.
Don Víctor: Atienda a lo mejor: cuando todos los veranos, los niños marchaban en tren hacia la costa, con sus abuelos, él iba a despedirlos a la estación y, apoyándose en la parte trasera del furgón, desencajando histriónicamente sus rasgos, fingía empujar todo el convoy cuando se ponía en marcha.
Don Hugo: ¡Una auténtica prueba de Hércules!
Don Víctor: Los niños, desde la ventanilla, aplaudían entusiasmados… Total, que yo también me apunté y me vi desgranando mi propio repertorio, suscitando nuevas carcajadas. Por ejemplo, ya que hablamos de cacas, recuerdo que él pasó algunos veranos en Alemania para aprender la lengua… ¡y que no aprendió nada!, y luego, a su vuelta, enseñaba a los amigos, dentro de una cajita muy coqueta, una mierda, que él presentaba como artificial, en todo igual a la biológica, ¡puesto que era auténtica!, prueba irrefutable, proclamaba, de lo avanzada que estaba la industria química pesada alemana. “Huélela, tócala con el dedo, pruébala… ¡Si es que está clavada!… ¡lo que no sean capaces de hacer estos alemanes…!” Y los amigos picaban.
Don Hugo: ¡Una prueba más de la fascinación regresiva que el excremento sigue ejerciendo en el adulto!
Don Víctor: En otra ocasión, a unas señoras de la cuestación contra el cáncer, les soltó: “De ninguna manera, señoras. Yo soy íntimo amigo del cáncer y no debo traicionarle”.
Don Hugo: ¡Vamos, que ni Ramón Gómez de la Serna!
Don Víctor: No en vano decía Julita que el primo Valeriano era el último bohemio: no quería que le regaláramos ropa ni calzado nuevos. Prefería gastar lo que desechaban sus conocidos, aunque fuera rellenando con periódico la punta de los zapatos grandes y afeitándose con las cuchillas usadas.
Don Hugo: Claro que sí, ¡desafiando al Sida como un valiente!
Don Víctor: Afirmaba que el sexo femenino no estaba oprimido y que así lo probaba el hecho de que los servicios femeninos estuvieran siempre limpios, mientras que los aseos masculinos eran auténticas zahurdas.
Don Hugo: Como boutade, no está nada mal, la verdad…
Don Víctor: Ahora, lo que nunca supimos a ciencia cierta fue de qué y cómo vivía, pero es que ¡siempre estaba contento!, y, sin embargo, ¡se quejaba de que nada le entusiasmaba vitalmente!
Don Hugo: Pero, don Víctor, ¿no logró escapar de una checa en Madrid? ¿No fue desde Mallorca a Roma al acabar la guerra para agradecer a Pío XII su apoyo a la Cruzada? ¿No estuvo a punto de perder nariz y orejas, por congelación, en una operación especial de sabotaje contra los tanques soviéticos durante su participación en la División Azul? ¿No le puso una bomba al general Varela por monárquico?… ¿No ha muerto a una edad tan avanzada, en plena caminata, a la vista ya de Santiago de Compostela?
Don Víctor: Al final, nos hizo ver Julita, que había estado llorando en un rincón, que era un superviviente de un tiempo y de una generación: mientras que Emilio Carrere, tras la guerra, se acomodó a la España que le tocaba en suerte, Valeriano, mucho más joven, siguió viviendo toda su existencia sin transigir ni adaptarse, siempre a contrapelo.