La Rey-Joly

Don Víctor: Pero, don Hugo, lo que más me llamó la atención es que dedicara usted la mayor parte de sus alabanzas a la magnífica pronunciación de la letra “s”.

Don Hugo: No me diga que no se le alegraban los ojitos a la Rey-Joly…

Don Víctor: ¡Toma, y a nosotros con ella!

Don Hugo: Tenga usted en cuenta, don Víctor, que la “s”, al ser una fricativa sorda, carece de resonancias, no puede subir a la máscara y torpedea la línea de canto.

Don Víctor: Es cierto, don Hugo, impone ese staccato que vuelve tan esforzado el canto en español, frente al italiano cuyos plurales terminan en una vocal.

Don Hugo: Además, tras interrumpir la fluidez melódica, obliga sin solución de continuidad a enmascarar de nuevo el sonido para que tornen a vibrar los resonadores.

Don Víctor: La Joly está en las antípodas de aquellas cantantes ventajistas que se alivian ablandando la osamenta de las consonantes.

Don Hugo: Este problema no lo tendríamos si fuéramos todos andaluces.

Don Víctor: Pues es verdad, en Andalucía la “s” final se obvia y, además, las consonantes intervocálicas desaparecen, tal y como observa Manuel Machado.

Don Hugo: “Hablar el español sin las dificultades propias del idioma”.

Don Víctor: Qué gracioso es aquello que cuenta del madrileño que, en un establecimiento de Sevilla, pregunta si hay café y le responde el camarero que “sebá tostá”.

Don Hugo: Claro, y el del Foro entendió que lo iban a tostar y que entonces no tenía tiempo… pero mire, don Víctor, a la Joly le alabé muchas otras proezas técnicas. ¿Tiene usted alguna queja?, ¿me dejé algo importante en el tintero?

Don Víctor: ¡Las piernas! A partir de ella el vals de Musetta es otra cosa.

Tatas

Don Hugo: Estaba releyendo anoche “La lozana andaluza” y luego quedé desvelado, lamentando la pérdida de aquel mundo, tan espontáneo, tan natural, tan tosco e ingenuo.

Don Víctor: ¡Tan lleno de sensualidad y de vida! Me enfadó a mí también que hayamos tenido que ser tan formales toda nuestra vida y que no haya habido medio de evitárselo tampoco a nuestros hijos ni a nuestros nietos.

Don Hugo: El caso es que cuando me tropecé con aquello de que los hombres, ante una hembra, se fijan de inmediato en sus pechos, me vino enseguida a la memoria algo que todavía había vivido yo mismo: lo mismito que decía nuestra tata Benita: “¿Qué mira el hombre a la mujer? ¡Las tetas!; ¿y la mujer al hombre? ¡La bragueta!”

Don Víctor: Yo recuerdo también las cosas que repetía nuestra tata Efigenia en relación con el comer. Cuando llegaba la hora, decía: “Vamos a hacer por la vida” y, al acabar: “Por hoy ya hemos comido, mañana Dios dirá”. Cuando nos cortaba una loncha de jamón, parodiaba la escasez vivida, poniéndola delante de nuestros ojos y preguntando: “¿Ves a padre?… ¡Ojalá no lo viera!”.

Don Hugo: Nuestra Benita censuraba siempre la holganza. Cuando veía a alguien sin hacer nada, le espetaba: “Mano sobre mano, como mujer de escribano” o “¿Qué, en la estación de Miranda?” Y también: “Ya viene la galbana por aquel cerro… A mí no me pilla, que ya la tengo”.

Don Víctor: Pues cuando nos hacíamos los remolones a la hora de levantarnos, Efigenia nos decía: “La madrugá´l pellejero: le daba el sol en el culo y creía que era un lucero”; o bien, sacudiéndonos, exclamaba: “¡Venga, que ya han pasado las burras de leche!”

Don Hugo: Luego pensé que incluso mis hijos llegaron a conocer todo aquel mundo que se translucía en los dichos de aquellas supervivientes de la España rural. “¡Come, alhaja!”, les gritaba con una brusquedad que ellos aprendieron pronto a interpretar como signo de cariño.

Don Víctor: Mis hijos también llegaron a conocer en casa a Efigenia. Cuando le pedían, después de comer, que los sacara a la terraza a jugar en la piscina inflable, su respuesta, a aquella hora, era invariablemente: “¡Ni piscina ni piscino!”

Don Hugo: ¿Recuerda usted, don Víctor, cuando Dolores atravesó aquella mala racha en que cayó en depresión y se pasaba el día llorando en la cama y a oscuras?

Don Víctor: Sí, claro, don Hugo… ¡menuda preocupación! Julita y yo pensábamos todo el rato en ustedes.

Don Hugo: Entonces todavía vivía Benita, aunque fuera ya muy mayor. Tendría usted que haberla oído contestando al teléfono cuando preguntaban por la señora: “Está tumbá”, o bien “Está en su sitio”.

Voz profunda

Don Hugo: ¡Que no, que no, don Víctor! Déjese de romanticismos… ¡que es cuestión de hercios!… La voz femenina ha disminuido en veinticinco hercios en tres décadas. Está ahora, por término medio, en doscientos seis.

Don Víctor: ¡Inapelable!

Don Hugo: Ya sabía lo que se hacía la señora Thatcher cuando se entrenaba tanto para bajar el tono de su voz en sesenta hercios…

Don Víctor: ¡Toma castaña!

Don Hugo: … y así sonar más decidida, más poderosa, con mayor autoridad.

Don Víctor: Pero fíjese usted, don Hugo, que el solterón de mi primo José Antonio procuraba no perderse ninguno de sus discursos, aunque no entendiera nada; siempre que me hablaba de ella, me decía: “Eso sí que es una mujer. Si yo la habría conocido hace cuarenta años…

Don Hugo: ¿No será que su primo leía mucho a Kawabata? Mire usted que ninguno como el japonés insiste tanto en el erotismo que asoma en la mujer de voz grave.

Don Víctor: Que yo sepa, mi primo no leyó una línea por lo menos a partir de los doce años.

Don Hugo: Sí, don Víctor, pero sea como sea, en su primo aflora espontáneamente lo que tantos artistas consiguen rescatar en su viaje a lo más telúrico de nuestra psique humana, aquello que el común de los mortales civilizados camuflan y sepultan por represión inconsciente.

Don Víctor: Me viene ahora a la mente el elogio del sensible Chéjov a propósito del atractivo que atesora la voz femenina, cuánto agradan sus personajes femeninos por sus cualidades vocales.

Don Hugo: De acuerdo, don Víctor, pero considere mejor las osadas aproximaciones de Baudelaire en su exploración poética de la voz femenina.

Don Víctor: ¿Me va usted a hablar de aquello de la voz de los gatos?

Don Hugo: No se arredre, don Víctor, o hablamos o no hablamos. Vayamos al fondo de las cosas. ¿No dijo el poeta que la mujer es un gato cerebral? Por tanto, cuando su voz es “rica y profunda”, “ahí reside su encanto y su secreto”.

Don Víctor: Una voz grave, indudablemente.

Don Hugo: Esa voz que “colma como un verso numeroso”…

Don Víctor: ¡Un alejandrino en un tetrástrofo monorrimo!… como los del Arcipreste, quien, por cierto, “con buen seso” rechaza la voz aguda en la mujer.

Don Hugo: … “regocija como un filtro” y “adormece los males más crueles”…

Don Víctor: ¡Ni que fuera la absenta!

Don Hugo: … y “contiene todos los éxtasis”.

Don Víctor: Perdóneme, pero en este momento se me impone la presencia de Marlene Dietrich.

Don Hugo: Bien visto, don Víctor. Si hasta se arrancó las muelas para que su voz sonara más muelle y crasa, tal y como, para asombro de Montaigne, llevaban a cabo algunas mujeres de su tiempo.

Don Víctor: ¡Qué poder de seducción no tendrá la voz bien manejada!

Don Hugo: Baudelaire lo formula así: “un instrumento bien afinado”.

Don Víctor: Ya lo dijo el reflexivo Plutarco, hablando de Cleopatra, que “su voz era como un instrumento de muchas cuerdas”.

Don Hugo: Y también que si Platón estableció cuatro formas de adular, ella conocía mil.

Don Víctor: Seguro que entre ellas, aquella voz triste de la amada del Cantar de los Cantares… gimiente en la lánguida indolencia que procura el lecho profundo del amor…Don Hugo: ¡La voz grave en la mujer!… ¿Cree usted, don Víctor, que acaso por eso a usted y a mí nos gusta tanto oír a las cantantes de jazz?   

Diálogo de Byron y el Arcipreste

Don Hugo: Pero, ¿podrían ser las dos, alegorías de un mismo país?

Don Víctor: Byron, don Hugo, no tiene duda: no existen en Inglaterra pies femeninos tan menudos, tan gráciles, tan expresivos, ni de tan fina hechura, como los de las gaditanas. ¡Vamos, que no piensa volver nunca más a Inglaterra!

Don Hugo: Hombre, claro, don Víctor, él comparaba los pies grandes, torpes, huesudos y anodinos de las muchachas que frecuentaba en los salones de su país, con los de las bailarinas que contempló en España.

Don Víctor: Membrudas, hirsutas, desaseadas, de anchas narices aplastadas, aparentemente sin cuello, tales son las zafias serranas de nuestro buen Arcipreste.

Don Hugo: ¿Cuál de ellas es España?

Don Víctor: Acaso las dos se den la mano como hermanas, Caín y Abel en femenino. Somos un país de extremos.

Don Hugo: Nuestro territorio presenta una faz cosida a cordilleras como chirlos espantosos, altas planicies desoladas, pero también amenos vergeles agazapados en el fondo de algunos valles o apretados a los pies de serranías costeras, donde también se abren amables ensenadas.

Don Víctor: Casi todo el país sufre los extremos de un clima rudo e inhóspito por sus rigores invernales y sus asfixiantes estíos que acentúan la irregularidad y escasez de sus precipitaciones. Sólo las estrechas franjas bajas del Levante y del Sur gozan de inviernos templados.

Don Hugo: A la precaria subsistencia de la economía mesetaria y montuna se opuso siempre el auge de las ciudades que, desde antiguo, contornean la Península por el Este y el Sur, comunicando con las grandes civilizaciones del Mediterráneo.

Don Víctor: ¿Recuerda usted lo pesado que se ponía aquel catedrático charro, amigo de Isidro Cuenca, con aquello de que ya desde la más remota antigüedad la fama de las bailarinas de Gades llegaba incluso hasta la Cólquide?

Don Hugo: ¡Cómo comparar el baile flamenco, un producto de civilización tan primoroso y estilizado, con el primitivo alarde guerrero de la jota!

Don Víctor: Aplíquese entonces el cuento también, en lo que toca al medio de vida, entre la bailarina profesionalizada desde hace milenios y las danzas festivas de las aldeanas.

Don Hugo: La serrana ha de hacer frente al frío, al lobo, a la aspereza del relieve y a la amenaza bestial de los mozos. Su cuerpo, necesariamente, ha de ser rudo y constreñido.

Don Víctor: ¡Qué distinto el de la bailarina que goza de la dulzura de unos cielos risueños y de la refrescante sombra de las almunias! Desconoce las cuestas y los riscos. Se alimenta de los tempranos del huerto y de las recetas perfumadas con las especias que le llegan del Oriente. Se viste con las sedas que apenas velan su luminoso cuerpo gozosamente florecido.

Don Hugo: ¡Y que se celebra en la cimbreante primavera de su baile!

Marrón

Don Víctor: Le tengo que traer la carta de Dupré, siempre tan meticuloso, que, con toda clase de argumentos, sostiene que nuestro “marrón” viene sin duda del francés, aplicado a un golpe, una castaña, o a algo aburrido.

Don Hugo: A mí no me ha contestado de momento más que Isidro Cuenca: viene de Salamanca, donde el “marrón” es aquella viga de la que se cuelga la matanza y los aperos. De ahí lo de “cargar con un marrón”.

Don Víctor: ¡Pero es que, don Hugo, encaja también con el “marrón” del picador cuando marra su puyazo!

Don Hugo: Sea lo que sea, es un color sin prestigio.

Don Víctor: Por algo lo escogieron los pintores realistas y los cubistas.

Don Hugo: Si no fuera por los poetas, el otoño nos parecería feo.

Don Víctor: Algo ayudan también los pintores buscando sus exaltados rojos y amarillos.

Don Hugo: ¿No le parece a usted, don Víctor, que la calima que tiñó los cielos de España, filtró su luz y amortajó tejados, calles, campos y montes y hasta la misma nieve, con su película polvorienta, no es sino la metáfora de todas las plagas que nos vienen cayendo encima?

Don Víctor: ¡Pero si, a falta de plagas, nos bastamos solos para decorar con ese marrón engrudo solanesco nuestro paisaje cotidiano! Incluso la Cervecería Alemana, que es la más ilustre de Madrid, lo tiene aplicado a mostrador, paredes, mobiliario, puertas, ventanas y escaparate.

Don Hugo: Si Antonio Machado no hubiera escrito “Campos de Castilla”, ¡qué aburrido nos resultaría atravesarla!

Don Víctor: Claro, si la mayor parte del año es la planicie marrón que imitan los modernos uniformes militares…

Don Hugo: ¡Qué humillación!

Don Víctor: La tierra inerte, el excremento, la tez terrosa del enfermo desahuciado…

Don Hugo: … la mortaja que viste en toda su vida el franciscano…

Don Víctor: ¡El color de la momia!

Don Hugo: ¿Y qué le parece a usted, don Víctor, si les llevamos a las señoras una cajita de marrons glacés de “La Pajarita” para la merienda de esta tarde?

Don Víctor: ¡Quite, quite, don Hugo, recuerde usted lo que le dijo aquel gitano que le abordó a la salida del hotel en Córdoba!

Don Hugo: Es verdad: “Zeñorito, deme uhté un trahe… ¡aunque zea marrón!”

Amores contrariados

Don Víctor: Tal como éste, debían ser los del Museo de Luarca, que estaba tan cerca del mar que, cuando aquel temporal, las olas rompieron los ventanales y los recuperaron todos.

Don Hugo: ¡Y nosotros que nos quedamos sin verlos!… Es como esas historias de sirenas que seducen a mortales y un buen día se los llevan al fondo del mar y nunca más se supo…

Don Víctor: … o también de aquellas prodigiosas ciudades ganadas al mar que desaparecieron bajo las aguas y aún las andan buscando.

Don Hugo: Desengáñese usted, don Víctor, somos criaturas de la tierra. Sólo sobre ella el agua fertiliza y nos nutre; el fuego nos calienta y posibilita nuestras industrias; el aire nos permite alentar…

Don Víctor: ¡Y qué hostil se nos muestra en cambio el mar, a despecho de su cautivadora belleza, que tanto nos imanta!

Don Hugo: Sobre todo cuando se finge pacífico, como aquel océano de los españoles después de doblar el cabo de Hornos… pero ¡en cuanto se desmelena y enfurece al estímulo del aire, da al traste con nuestras confiadas singladuras!, aunque, por mucho que el viento lo empuje, nunca logrará perturbar la ataraxia de los fondos abismales, puesto que no puede ir más allá de la epidermis de las profundísimas aguas.

Don Víctor: ¿Cómo podríamos respirar allí si hasta al mismo fuego mata?, ¿cómo podríamos cultivar cuando vela hasta la mismísima luz del Sol?

Don Hugo: Cuando fuego, tierra y aire nada pueden contra ella, ¿cómo aún no nos hemos desengañado y seguimos obstinados en ganarnos su benevolencia surcándolo con amenas ciudades flotantes de placer, acogiéndolo en puertos remansados, desplegando ante su horizonte sonrientes resorts y adornándolo con risueños paseos marítimos, jalonados de hospitalarios restaurantes donde rendir tributo a sus deliciosos frutos?

Don Víctor: ¡Ay, qué hambre que me está entrando, don Hugo!… ¡Atiza, si es ya la una y cuarto!

Don Hugo: ¡Venga, venga, a paso ligero, don Víctor, que se llena enseguida el “Mar adentro” y luego no hay mesa!

Don Víctor: Lo que no me apetece esta vez son los calamares en su tinta…

Don Juan

Don Víctor: No sé si es para tanto, don Hugo… Reconozco que el Don Juan de Zorrilla satisface con creces la demanda de acción por parte del público popular y…

Don Hugo: En cuanto al público femenino, no pretenderá usted que sea indiferente al amor puro de una jovencita resuelta a poner su vida y su salvación al tablero en aras de su amor por un hombre que supera a todos los demás en arrojo y desprecio de toda convención social y de todo mandamiento sagrado.

Don Víctor: Ya, pero para un público intelectual, que haya degustado las admoniciones cazurras de Catalinón y las sustanciosas reflexiones que le oponen sucesivamente Sganarelle y Leporello…

Don Hugo: ¿Pero qué son sino criados? ¿Cómo va a perder el tiempo don Juan debatiendo con el fámulo a quien paga? El don Juan de Zorrilla no discute, se juega la vida ante un enemigo de su talla, don Luis Mejía, muy capaz de atravesarlo de parte a parte. Y, además, el autor supera la pacata condena con que los otros autores envían directamente al Infierno al protagonista.

Don Víctor: ¡Si hasta Zorrilla se atreve a hacerlo consentir en la existencia de Dios y en aceptar la salvación de su alma!… Claro, cómo no iba a superar esta obra el test de Víctor Hugo con semejante redención romántica… Sin embargo, los anteriores…

Don Hugo: Hablemos claro, don Víctor. Al don Juan de Tirso hasta le niegan la confesión al final de la obra. Responde a una concepción teocrática de la sociedad.

Don Víctor: Yo me refería a que Molière…

Don Hugo: El de Molière se enfanga en dialécticas y razonamientos filosóficos que, en gran medida, desenfocan y alejan la esencia del protagonista, que es hombre de acción.

Don Víctor: En cambio, da Ponte resulta más equilibrado al combinar la discusión moral con los lances amorosos y de capa y espada.

Don Hugo: Ciertamente, pero en esa ópera de Mozart, don Juan se nos aparece como un libertino más de los que entonces estaban en boga, sin grandeza alguna… Lea, lea, por favor estos versos de Zorrilla que lo dicen todo.

Don Víctor: “Ah, por doquiera que fui, / la razón atropellé”

Don Hugo: ¡Toma, filósofo Molière!

Don Víctor: “la virtud escarnecí”

Don Hugo: ¡Eso va por usted, fray Téllez, por teocrático!

Don Víctor: “y a la Justicia burlé…/y pues tal mi vida fue, / no, no hay perdón para mí”

Don Hugo: Pero, como usted y yo, sabemos, don Juan se salva, para que se fastidie en su Infierno el disoluto abate da Ponte.

Don Víctor: No obstante, ¿no cree usted que Zorrilla, en el fondo…?

Don Hugo: Déjese de chácharas, don Víctor, y agarre bien la espada. ¡En guardia, que lo atravieso!

El idioma de la emoción (o La pira de Creso)

Don Víctor: Buenos días, don Hugo, ¿sabe ya que…?

Don Hugo: No siga, don Víctor… ¡por fin su hija!… Si está todo muy claro: ha dormido usted estupendamente y el sueño se ha llevado todas aquellas aprensiones suyas… ¿A que se ha desayunado usted con un apetito como ya no recordaba? ¡Vamos, que está usted hoy tan entonado que se va a comer el mundo! ¡Enhorabuena pues, don Víctor!… Bien, estaba releyendo una vez más “Sueño y mito” de Karl Abraham y quería decirle que …

Don Víctor: Pero, dígame, don Hugo, ¿cómo ha podido usted saber todo de mí, tan acertadamente, si aún no le he contado nada?

Don Hugo: Dejemos eso ya… su voz lo dice todo: ha recuperado usted el timbre habitual con todo su metal; su fiato es otra vez prosódico y no entrecortado… ¡hasta arrollador casi!, ¡y qué firmeza!… sin asomo de trémolos involuntarios.

Don Víctor: ¡Cuánta razón lleva usted, don Hugo!

Don Hugo: Y falta lo mejor: recuperó usted el soporte diafragmático y desterró todo aquel ansioso staccato.

Don Víctor: ¡Lo ha captado usted al vuelo, don Hugo!

Don Hugo: Claro, gracias al teléfono, que ha evitado que se enmascare usted tras el gesto y la actitud corporal.

Don Víctor: A usted no le puedo engañar, pero es cierto que he estado muy mal estos últimos días.

Don Hugo: La emoción se retrata en la voz hasta confundirse con ella. Es que es el barómetro y el sismógrafo de nuestra vida afectiva. Cambia de color, se debilita o robustece, se transporta, se apaga hasta extinguirse…

Don Víctor: Afortunadamente, cabe la resurrección si las situaciones cambian.

Don Hugo: ¡Naturalmente!… hasta el punto de que la emoción obra el milagro de otorgar la voz a quien nunca la tuvo: el hijo del rey Creso, mudo de nacimiento, adquirió el habla para gritar: “¡Soldado, no mates a Creso!” cuando el verdugo de Ciro se disponía a precipitarlo en la pira.

Don Víctor: Es verdad, don Hugo. Recuerdo que allá por los años sesenta leí en el ABC que un jovencito egipcio, mudo también, a la vista de una turista rubia que se exhibía en bikini en una playa de Alejandría, gritó a los cuatro vientos: “¡Alá es grande!”, como el de la pira de Creso. (cantando:) “Di quella pira l´orrendo foco / Tutte el fibre m´arse, avvampò…”

Don Hugo y don Víctor (cantando:):” Empi, spegnetela / Ch´io tra poco / Col sangue vostro la spegnerò”.

Beee

Don Hugo: Con el buen rato que nos hemos preparado, don Víctor, y es que es abrir el periódico ¡y que se me caiga de las manos!

Don Víctor: Pero, don Hugo, ¿qué es lo que dice?

Don Hugo: Nada, es la crítica a la última performance de Marina Abramovic.

Don Víctor: Hombre, don Hugo, ¡es que es usted incorregible! Le tengo dicho que no empiece el periódico por la crítica artística… ¡Si lo tenemos comprobado! ¡Vaya primero a los chistes!

Don Hugo: Es que resulta que se justifica la mayor mamarrachada, que no aporta ni descubre absolutamente nada, sino que encima pretende la novedad de ser provocadora. ¡Ya ve usted qué cosa!… Ni que estuviéramos todavía en la época de entreguerras cuando éramos niños…

Don Víctor: Pues claro, don Hugo, ¿quién “epata” ya al burgués?… si apenas quedamos y estamos ya de lo más toreado.

Don Hugo: Y si escribe usted una carta al director argumentando su opinión crítica, le tacharían ipso facto de ignorante, reaccionario, envidioso malintencionado o de todas esas cosas a la vez.

Don Víctor: No les escriba, no les escriba…

Don Hugo: El impostor culpabiliza a todo aquél que lo desenmascara para aislarlo así de la crédula multitud y obligarlo a volver al redil.

Don Víctor: Sí, y a balar con todos por la letra “be”.

Don Hugo: ¡Beeeeee!

Shakespeare y Freud

Don Víctor: Vi, don Hugo, que se quedaba usted muy callado sin querer entrar al trapo cuando Lopetegui proclamó que, “para conocer al hombre, ¡Shakespeare, y no el pelmazo de Freud!”

Don Hugo: No quise que nos diera la cena ya que celebrábamos la entrada de Dupré en el patronato, pero la rotunda afirmación de nuestro amigo es, para empezar, una simpleza.

Don Víctor: En cambio, bien que se animaron los demás: A Planes-Bellmunt le faltó tiempo para sentenciar que “donde esté López Ibor, que se quite el psicoanálisis y el conductismo americano”.

Don Hugo: Sí, y el otro doctor, Lacasa, dándonos la matraca con sus delirios marítimos: que sólo la introspección que propicia el enfrentarse a la soledad inmensa del mar, ayuda a penetrar en la esencia del hombre, y que por ello él lo tenía clarísimo: “Preguntemos a Thor Heyerdahl, el de la Kon Ti Ki”.

Don Víctor: No pudo callar entonces el padre Letamendi afirmando que aquel sentimiento de eternidad al que aludía Lacasa era el que exploraba, indudablemente con mayor fundamento y objetividad, Blaise Pascal, por no hablar de los Padres de la Iglesia, y es que cómo desvincular el conocimiento del hombre de la fuerza gravitatoria de lo trascendente.

Don Hugo: Si hasta Dupré se atrevió entonces a terciar, reivindicando que en el conocimiento del hombre, Calderón no es inferior a Shakespeare, tan filosófico y con ese punto tan español de misticismo.

Don Víctor: Y para colmo, Isidro Cuenca dio la puntilla… ¿Cómo dice sin el menor empacho que el único conocimiento que a un hombre interesa, que son las mujeres, lo enseña sólo el libro de la vida, y no la ciencia ni la literatura?… El caso es que percibí que todos quedaban defraudados al verlo a usted, don Hugo, concentrado en su rabo de toro, sin decir ni mu.

Don Hugo: Habría tenido que decirles que literatura y ciencia son dos aproximaciones distintas a la realidad, que suelen discurrir paralelamente, si bien puedan cruzarse en ocasiones.

Don Víctor: También la literatura apela al pensamiento y al razonamiento, no sólo a los sentimientos…

Don Hugo: Sí, don Víctor, pero, a diferencia de ella, la ciencia experimenta, mide, cuantifica y, finalmente, demuestra.

Don Víctor: Es verdad, don Hugo, ¡cuántas veces en las vidas literarias que vivimos vicariamente, nos encontramos ante encrucijadas, decisiones, caracteres, motivaciones, de variado peso que, indudablemente, enriquecen nuestra interpretación del ser humano, pero siempre de forma intuitiva.

Don Hugo: Dígame, don Víctor, usted que también estuvo muy calladito en aquel pasaje, ¿a cuál de los comensales le pondría la mejor nota?

Don Víctor: Si me guarda usted el secreto, don Hugo, y ahora que me ha expuesto sus razones, creo que esta vez habrá que dar un suspenso general.

Don Hugo: ¡In pectore!