Un corazón sencillo

Don Víctor: ¿Sabe usted, don Hugo, la última de Lopetegui?… ¡Pues que se ha emperrado en que Freud conocía al dedillo la obra de Galdós!

Don Hugo: No tenía otra cosa que hacer don Sigmund… ¡Bastante tenía el pobre con Goethe y los clásicos de la Antigüedad!

Don Víctor: Me puso muchos ejemplos, pero en lo que más insistió fue en esa teoría de lo compensatorio de los sueños.

Don Hugo: Sí, compensatorios, pero sin olvidar tampoco su función de realización de los deseos que la cultura y su principio de realidad nos impiden llevar a cabo durante la vigilia.

Don Víctor: Sí, sí, don Hugo… Lopetegui lo cifra en los sueños que Benina le cuenta a su ama, doña Paca, en “Misericordia”: que nos vienen del Más Allá para decirnos que en el país de los muertos impera la justicia de que no disfrutamos en esta vida.

Don Hugo: Desde el punto de vista marxista, el sueño entonces, como la religión, no dejaría de ser otro “opio del pueblo” que nos desalienta a la hora de luchar por la sociedad sin clases.

Don Víctor: Yo creo que por muy socialista que fuera Galdós, era demasiado coherente y honrado como para poner en la cabeza de la criada otros pensamientos que esa nostalgia de un mundo igualitario.

Don Hugo: Sí, don Víctor, tiene la misma psicología candorosa que la tata de “Un corazón sencillo” de Flaubert.

Don Víctor: En mi opinión, la teología de la liberación dio curso a un cristianismo impaciente, que no se conforma con aguardar la Parusía. Consciente, eso sí, de que “mi reino no es de este mundo”, pero trabajando en él para asemejarlo lo más posible al futuro y eterno.

Don Hugo: Con la salvedad de que don Benito tenía aún menos fe que aquel marinero de “La tabernera del puerto”, pienso yo que habría aplaudido estas ideas.

Amor cortés

Don Víctor: Quería preguntarle, don Hugo, ahora que estamos a solas, sobre aquella discusión tan vehemente que protagonizaron usted y el profesor Dupré, que al fin y al cabo es todo un especialista en el amor cortés…

Don Hugo: ¿Le parece que me propasé, don Víctor?… Yo lo que vengo pensando es que el amor cortés está sobrevalorado… Ciertamente nos hizo más educados, más cultos y refinados, más considerados con la condición femenina y todo lo demás… pero la manzana llevaba su gusano escondido.

Don Víctor: No lo acabo de ver, don Hugo.

Don Hugo: Es que Dupré no me dejaba hablar, recitando aquellas galeradas del lai “Équitan” y del “Lanzarote, el caballero de la carreta”.

Don Víctor: ¡Y lo hace muy bien! Qué francés medieval tan bien pronunciado… qué prosodia tan cadenciosa…

Don Hugo: Vayamos al contenido. Dice el rey Équitan a la mujer de su senescal: “Sed vos el ama y yo el sirviente, / Sed altiva y yo suplicante”.

Don Víctor: Pero, ¿no es esto una delicada cortesía amorosa que compense la debilidad de una mujer frente a un varón y allane la relación afectiva?

Don Hugo: ¿Y cuándo la reina Ginebra castiga a Lanzarote por haber dudado siquiera un instante en humillar su honra con el solo objeto de complacerla?

Don Víctor: ¿Cómo fue eso?

Don Hugo: Si es que no pude ni decirlo porque Dupré se puso a recitar entonces a Charles d´Orléans… La reina, en su crueldad, le había ordenado que subiera, como un villano, a la carreta de los condenados a la horca y se dejara conducir por un enano a la vista de todos.

Don Víctor: ¡Nunca habría imaginado que la reina Ginebra pudiera urdir tamaña afrenta!

Don Hugo: ¿No ve usted, don Víctor, cómo Sacher-Masoch exacerba aquella cortesía que sobrevivió al feudalismo, cuando se complace en someterse como esclavo a la arrogancia y el despotismo de su amante?

Don Víctor: Muy cierto. Mucho de eso he visto en algunas cosas de Strindberg: que si el varón le pide a la mujer compasión y la gracia de su vida… que si el marido ha de ser un ente subyugado y cobarde, que se sienta en deuda por todo frente a la esposa…

Don Hugo: La figura de Sade supondría una inversión radical que diera la vuelta a la tortilla. La mujer ha de ser la esclava sexual del hombre.

Don Víctor: ¡De qué manera pudo llegar a fermentar en ponzoña algo que parecía tan bello!

Don Hugo: El propio Sacher-Masoch se libera al final de la tiranía afectivo-sexual y proclama, ya supuestamente curado: “Amar, ser amado, ¡qué fortuna! Y con qué resplandor brilla esta dicha comparada con la cruel felicidad de adorar a una mujer que hace de nosotros el esclavo de una hermosa, su juguete».

Don Víctor y don Hugo (cantando:) “Porque al hombre más pintado, / ¿Quién le promete / Que una niña si se empeña, No ha de tratarlo / Como a un juguete?”

Haz la guerra y el amor también

Don Hugo: Antes leíamos a Salgari y ahora los chavales se conectan en Internet con otra pandilla a la que no conocen y se tirotean en escenarios devastados para aniquilarse mutuamente.

Don Víctor: Siempre parecidos juegos bélicos con que se estimula a los niños, como si formáramos todavía parte de sociedades guerreras.

Don Hugo: Nunca han faltado buenas razones para justificar el riesgo, la aventura, agrediendo al prójimo o al remoto. Acuérdese usted, don Víctor, del rapto de las Sabinas, por aquello de que los romanos necesitaban convertirse en un pueblo numeroso para no sucumbir en el peligroso mosaico itálico.

Don Víctor: ¡Y a quien le amarga un dulce, don Hugo, con lo guapas que fueron siempre las Sabinas!

Don Hugo: Qué duda cabe que en la base de toda empresa guerrera palpita un impulso erótico.

Don Víctor: ¡Atiza, si lo sé no digo nada, que ahora me va a sacar usted a Freud!

Don Hugo: No se preocupe usted, don Víctor, que por una vez no le voy a llevar a Viena. En esta ocasión nos quedaremos en Madrid, que era donde escribía don Benito. Según él, las guerras y revoluciones son movimientos instintivos de los pueblos en busca de mujeres.

Don Víctor: O sea, don Hugo, que, según eso, Cortés, Pizarro, Orellana y hasta el mismísimo Aguirre, so capa de evangelizar, ganar tierras para el rey y aportar tesoros para mayor gloria de Dios, lo que realmente anhelaban eran las obsequiosas Malinches.

Don Hugo: Sí, don Víctor, en realidad, sin saberlo, inconscientemente, iban en busca de la mujer, de manera tan instintiva e imperiosa como aquellos centauros arramplando con las mujeres de los Lapitas.

Don Víctor: Ahora creo que entiendo mejor eso de Alejandro Dumas: “Cherchez la femme”.

Don Hugo: Y eso no es más que la tradicional perspectiva masculina, pero hora es de que se publique este fenómeno desde el otro sesgo: “Cherchez l´homme”.

Don Víctor: Habrá que investigar si eso llega a reivindicarlo Simone de Beauvoir.

Decapitación

Don Víctor: Entonces, don Hugo, ¿cree usted que, tras la máscara de lo sicalíptico, acecha la trampa mortal?

Don Hugo: Sin duda alguna, don Víctor. Tras del estímulo vasodilatador se oculta el más terrible Thanatos paralizante.

Don Víctor: Gustave Moreau tiene una Salomé con una cabeza de Bautista suspendida en el aire, en forma de aparición, que impresiona tanto como esta puesta de sol atlántico.

Don Hugo: Sí, aquí la sangre del orto riela sobre las ondas. Fernández Flórez, perseguido y acorralado en el Madrid de los paseos y las bombas, ve con terror, el coágulo de crepúsculo colgando del dintel de la ventana tras la que se esconde.

Don Víctor: ¡Qué duda cabe que Apollinaire conocía bien esta obra de Moreau y quedaría impresionado por su truculenta mezcla de erotismo y crueldad…! De ahí el verso final de su vanguardista poema “Zone”. ¿Cómo era?… ¡Ah, sí!… “Oh Sol”.

Don Hugo: No, no, don Víctor: “Adiós Sol cuello cortado”.

Don Víctor: Claramente es la cabeza del Rey Sol mostrada al populacho en la persona de Luis XVI.

Don Hugo: ¿Y qué le parece aquello que canta Atahualpa Yupanqui en su milonga “El arriero”?

Don Víctor: Pues que, por mucho que se proclamara poeta popular, durante su estancia en París, hubo de enterarse de la poesía de vanguardia…

Don Hugo (cantando:) “Es bandera de niebla su poncho al viento / Lo saludan las flautas del pajonal…”

Don Víctor y don Hugo (cantando:) “Un degüello de soles muestra la tarde”

Corceles y palafrenes

Don Hugo: Igual que en la última secuencia de “Roma” de Fellini…

Don Víctor: Sí, cuando aquella horda de motoristas pone cerco al Coliseo, como Alarico a Roma…

Don Hugo: … cada uno con su amiga detrás.

Don Víctor: Flamean anudados a sus cuellos los foulards de las muchachas como enseñas de su amor.

Don Hugo: Y su montura futurista ruge con mayor estruendo que los corceles de los antiguos caballeros… Usted, don Víctor, ¿no llevaba en su tiempo una Vespa?

Don Víctor: No, una Lambretta. Y, a veces, llevaba detrás a Julita, pero sentada a mujeriegas. Me habría gustado mucho exhibirla como ese joven a su novia, pero acuérdese usted, don Hugo, de cómo eran aquellos tiempos…

Don Hugo: Siendo una Lambretta, era lo más apropiado, don Víctor. Al fin y al cabo, Vespas y Lambrettas, aquellos scooters, hacían figura de palafrenes para el paseo.

En pie y de frente

Don Víctor: A pesar de que fuera erróneamente restaurado en el siglo XVII, siempre me ha gustado especialmente esta copia del Diadúmeno que tenemos en el Museo del Prado.

Don Hugo: Claro, la mano está mal colocada y en lugar de anudarse la cinta por detrás, parece estar citando por bajo al toro.

Don Víctor: Sí, y además, de frente con la muleta bien planchá y dispuesto a cargar la suerte.

Don Hugo: Fíjese en cómo adelanta la pelvis, exponiendo el cuerpo con valentía.

Don Víctor: ¡Qué animal tan extraordinario el hombre que, a diferencia de los otros, camina erecto sin sustraer al peligro pecho ni vientre!

Don Hugo: Es cierto que los otros se escudan bajo la coraza de su espalda y esconden los genitales en la retaguardia.

Don Víctor: Sí, don Hugo, pero ¿cuál entre todos ellos se cobra tamañas delicias en el amor, precisamente por fundirse de frente una y otro?

Don Hugo: Somos la única especie que, durante el coito, se mira a los ojos, se besa…

Don Víctor: … completando así la esfera demediada que representa nuestra presencia exiliada en la tierra.

Don Hugo: En esto del amor, se comporta como en la lucha: parejo a la gloria que pretende obtener en el combate, es el éxtasis amoroso que ambiciona.

Don Víctor: Sí, pero tanto en uno como en otro caso, descubre toda su fragilidad.

Don Hugo: La nuestra, don Víctor, es la más intensa de las vidas posibles: nuestro arrojado cuerpo erguido es el monumento a nuestra conciencia.

Montaña rusa

Don Víctor: ¿Qué se propone usted, don Hugo, trayéndome a Port Aventura, estrictamente para montarnos en la Montaña Rusa?

Don Hugo: Pues por qué va a ser, don Víctor… ¡para que hablemos del despotismo ilustrado!

Don Víctor: ¡Arrea!… pero creo que lo adivino: el que parecía el mejor régimen nunca concebido, destinado a procurar por fin la felicidad de todos los súbditos en esta vida terrenal, sin apelación a dudosos paraísos de ultratumba, vino a precipitarse en el abismo, tan vertiginosamente como antes se encumbrara.

Don Hugo: Le ha salido a usted redondo, don Víctor. No se me marea usted fácilmente, a pesar de lo alto que estamos subiendo. Iba justo a lo que usted apunta, a por qué después de la ascensión vino tan súbita caída.

Don Víctor: Lo que dice Josep Pla, que “la vie est ondoyante”.

Don Hugo: ¡Agárrese usted bien, que esta caída es de aúpa!… El despotismo ilustrado llevaba en embrión su propia aniquilación.

Don Víctor: Después de esta caída, entiendo cómo se sintió Luis XVI camino del cadalso…. ¡Uf, ya me rehago, don Hugo!… pero ¿cómo fue posible aquello si parecía todo tan bien organizado, con los mejores como asesores?… ¡y no como los de ahora!

Don Hugo: Claro, pero la cuestión es que, puesto que todos habían de encontrar la felicidad en este mundo, parecía natural que la figura del primer ciudadano, aquél sobre cuyos hombros pesaba principalmente tan enorme responsabilidad, tuviera que alcanzarla antes que nadie. Y de ahí ¡el invento de las montañas rusas!

Don Víctor: Creía que estaba entendiéndolo todo y ahora me confunde usted.

Don Hugo: La emperatriz Catalina, ejemplo de déspota ilustrado, no lograba satisfacer su desbocada líbido en los diferentes amantes que iba desechando…

Don Víctor: ¿Ni siquiera con el imaginativo Potemkin?

Don Hugo: ¡Ni siquiera!… y, por ello, se aficionó a precipitarse sobre un trineo por pendientes nevadas, como los más temerarios de sus cosacos.

Don Víctor: Lo entiendo perfectamente sin necesidad de que me cite usted a Freud.

Don Hugo: La pega estribó entonces en que, tras el deshielo, aquel placer sustitutivo quedaba suspendido. Por ello, sus mejores físicos, los más competentes arquitectos y los más imaginativos ingenieros de su armada, concibieron enormes montañas rusas de madera sobre las que correr en carritos de ruedas.

Don Víctor: Claro, ¡y así pudo gozar todo el año!… Es que la montaña rusa es el mayor monumento al despotismo ilustrado.

Don Hugo: Y hoy en día ¡democrático!, una vez que hemos comprobado que si podemos ser todos felices en este mundo, no necesitamos someternos a un déspota.

Don Víctor: Sí, a uno más feliz que nosotros.

La perspectiva cómica

Don Hugo: Y uno por uno, ¿cuál de ellos no se enamoraría más de una vez?

Don Víctor: Con tal de hacernos reír, ¡cuánto no rebajarían el sentimiento amoroso, tan espiritualizado, con todas sus ridículas torpezas y delirantes exageraciones!

Don Hugo: Consiguieron reducir a lo gestual, con una sofisticadísima técnica, de manera que lo entendieran hasta los niños, lo que tan literariamente analizara el criado Speed en “Los dos gentilhombres de Verona”, de Shakespeare.

Don Víctor: Sí, cómo el amor transmuta a aquéllos que lo padecen. Quienes antes reían con restallantes carcajadas; caminaban como caminan los leones; ayunaban porque acababan de banquetearse; miraban con tristeza sólo cuando andaban cortos de dinero…

Don Hugo: ¡Qué bien lo recuerda usted, don Víctor!… Pues sí, desde que se enamoran, se retuercen los brazos como desdichados, la emoción empaña su canto como el de los petirrojos; deambulan solos como los apestados; sollozan como una niñita que acabase de enterrar a su  abuela; ayunan como quien observa una dieta; miran furtivamente como temiendo ser robados; hablan gimiendo como un pordiosero a la puerta de un templo…

Don Víctor: Es, en definitiva, la esencia de lo cómico, don Hugo: cómo Shakespeare, con su escritura, y aquellos cómicos, con sus pantomimas, separan el grano de la paja, depuran, distinguen, acendran y, por último, exasperan las conductas arquetípicas del enamoramiento. Su estilización nos hace patente lo que la realidad emborrona.

Don Hugo: Sólo tomando distancia de la realidad, somos capaces de entenderla.

Don Víctor: Es la verdad de lo cómico, tan denostado por aquellos tontos que carecen de sentido del humor.

Estilo

Don Hugo: Pocos edificios habrá en Madrid tan determinados por un estilo como este teatro Pavón.

Don Víctor: “Un don sin técnica no es más que una sucia manía”, que dice Brassens refiriéndose a cierta prostituta principiante. Ovidio hubiera dicho que, para ser una buena profesional, le faltaba estilo.

Don Hugo: Admito que, para tener estilo, la técnica es condición necesaria, pero no suficiente.

Don Víctor: ¿Algo así como ocurre con Giulio Romano?

Don Hugo: Sí, con sus extravíos estéticos.

Don Víctor: Pero entonces, don Hugo, dígame: ¿qué se requiere para que de verdad una época, un movimiento, un artista sean poseedores de un verdadero estilo?

Don Hugo: ¿Y me lo pregunta usted, don Víctor?… pero si se lo sabe usted mejor que yo… se requiere el carácter que les falta a los que sólo son capaces de imitar la manera. El que resulta de la necesidad urgente de posesión.

Don Víctor: Sí, don Hugo, el fuego telúrico que le quema las entrañas al artista y no lo deja vivir. Ex abundantia cordis, os loquitur. Y, hablando de artistas, quien dice “boca”, dice también “mano”.

Don Hugo: Claro, ésa es la vitalidad de la que carecerían, por ejemplo, los pre-rafaelitas, hechizados en una fascinación esterilizante.

Don Víctor: ¡Les falta la verdadera pasión!

Don Hugo: ¡Si lo tiene escrito Pasolini, que “la desesperación sustituye a la gracia y la maniera al estilo”!

Placeres de elección

Don Hugo: Empecemos por la número uno. ¿Qué me diría usted del público que hace la cola en esa taquilla?

Don Víctor: Parece que predominan las mujeres, ¿verdad?

Don Hugo: Bien visto, don Víctor… ¿Y en la segunda?

Don Víctor: Veo más de una melena canosa, unas cuantas barbas, mujeres con leotardos y zapato bajo, mochilas y muchas gafas de miope.

Don Hugo: Algo querrá decir todo eso, ¿no le parece?… ¿Y la tercera?

Don Víctor: Es donde más gente se agolpa y veo más jóvenes que en las otras.

Don Hugo: Entonces, una vez más… ¡Víctor Hugo tenía razón, maldita sea!

Don Víctor: Don Hugo, ¡no entiendo nada!, ¿qué película venimos a ver nosotros?

Don Hugo: De eso se trata, don Víctor. En este ciclo de “Volvamos al cine”, la taquilla uno vende entradas para “La mujer de al lado”, de Truffaut.

Don Víctor: Excelente película, pero es que ya vinimos a verla hace dos meses con las señoras…

Don Hugo: Sostiene Víctor Hugo que la tragedia es el género femenino por excelencia.

Don Víctor: ¿Acaso sea porque expresa la pasión, procura sobre todo emociones y se dirige al corazón?

Don Hugo: ¡Lo ve usted!… La segunda taquilla es para “To be or not to be”, de Lubistch.

Don Víctor: ¡Hombre, don Hugo, vaya una película para cinéfilos! Una comedia que instruye, descubre los caracteres, evidencia las flaquezas del género humano, y hace vivir en escena a auténticas personas. El espectador, más que sentir, reflexiona.

Don Hugo: ¡El intelectual, tal y como establece Víctor Hugo!

Don Víctor: ¿Y cuál es la película de la taquilla número tres?, ¿qué dice Víctor Hugo de esa cola tan nutrida?

Don Hugo: Han venido a ver “El hombre de Río”, de Philippe de Broca, que es pura acción, puro desenfado, diversión absoluta.

Don Víctor: Seguro que a eso Víctor Hugo lo llamaría “la foule”.

Don Hugo: Una vez más, don Víctor, ha dado usted en el clavo: la multitud se pirra por el melodrama. ¡Qué razón tiene Galdós cuando afirma que “el teatro es y ha sido siempre el arte destinado por excelencia a toda la multitud que porta en su seno los diversos caracteres de la familia humana, desde el ser refinado que sabe mucho y siente poco hasta el iletrado que ignora todo y siente con pujante intensidad”! Y, claro, quien dice “teatro”, dice “cine”, que en aquellos tiempos el arte de los Lumière balbuceaba aún.

Don Víctor: Don Hugo, me ha dejado usted rendido. No quiero ya pensar ni sufrir… ¡Vamos a sacar dos entradas para “El hombre de Río”, que me han dicho que Belmondo está sembrado y la Dorléac, muy guapa!

Don Hugo: Eso, y las señoras que vayan a ver “La mujer de al lado”.