El tercer ojo

Don Hugo: No podía evitar el sonreírme  cuando veía a mis hijos con aquellos libros tan de moda de Lobsang Rampa.

Don Víctor: ¡Claro, don Hugo, “El tercer ojo”!

Don Hugo: Siempre me venía a la mente la aventura de Heracles con los Cercopes.

Don Víctor: ¡Ah, aquellos gnomos tan traviesos, que eran hermanos, y que quisieron asaltar precisamente al héroe más fuerte, ellos que eran tan canijos!

Don Hugo: Claro, don Víctor, Hércules los ata como conejos a un palo y se los lleva; y, como iban boca abajo y sus cabezas quedaban a la altura de los poderosos glúteos del héroe, le vieron el ojete y no pudieron contener la risa.

Don Víctor: Claro, ya lo recuerdo… cómo no serían de guasones y de salaos aquellos insensatos que el propio Heracles se contagió de sus carcajadas y acabó por liberarlos.

Don Hugo: Es lo mismo que hizo aquel catedrático de Anatomía. Le habían recomendado al que luego fuera doctor Rey, que no tenía ni idea y que además era aún más guasón que los Cercopes, y le quiso plantear una pregunta facilona: “¿Cuántos ojos posee el cuerpo humano?”. Rey respondió, impertérrito, que tres; a lo cual el catedrático, concedió que sí si se tenía en cuenta el de la conciencia. Entonces, Rey, ni corto ni perezoso, exclamó: “¡Ah, entonces, cuatro!”.

Dios cómplice

Don Víctor: Lo que más lamento de todo, don Hugo, es que el pobre Dupré no llegara a tiempo de ver publicado su ensayo sobre la complicidad y protección divina de ciertos amores adúlteros en la literatura medieval.

Don Hugo: ¡Qué bien se las ingeniaban aquellos abogados de la fin´amor para torcer las prescripciones de la Santa Madre Iglesia!

Don Víctor: ¿Cómo era aquello de unos amantes que concertaron su primera cita en el transcurso de veinte comuniones?

Don Hugo: El monaguillo, que se había prendado de la malmaridada Flamenca, le musitaba tan sólo dos sílabas cada vez que le presentaba el salterio para que lo besara, cuando ahora nos damos la paz. A cada misa el mensaje se iba completando con las respuestas alentadoras que intercalaba la muchacha.

Don Víctor: Así que al cabo de aquel interminable telegrama, pudieron finalmente envolverse el uno en el otro al abrigo de los baños.

Don Hugo: ¡Y no fue Dios para fulminarlos en uno de aquellos sacrílegos secreteos!

Don Víctor: Claro, don Hugo, es que es infinitamente misericordioso y ve más allá de las hipócritas convenciones sociales.

Don Hugo: Concedo que en aquel caso se contentó con abstenerse, pero ¿se acuerda usted, don Víctor, de aquello que nos hizo ensayar el bueno de Dupré a partir del “Tristán e Iseo” de Béroul?

Don Víctor: Claro, don Hugo, la ordalía en el páramo de la Blanche Lande. Pienso a menudo en ello y me encantaría que fuéramos de excursión por allí.

Don Hugo: No sólo ante su esposo, el rey Marc, y su corte, sino también ante el mismo Arturo y sus caballeros de la Tabla Redonda, Iseo ha de jurar que jamás fue infiel. Empuña un hierro al rojo vivo y lo transporta avanzando nueve pasos. Al soltarlo, la palma de su mano se halla tan sana como al principio.

Don Víctor: Pero, ¿cuál era la fórmula del juramento?

Don Hugo: Lo que nos hizo cantar Dupré en el Instituto Francés y es que la taimada Iseo previene a Tristán para que, disfrazado de leproso, se llegue hasta el vado que ella había de franquear. Para no ensuciar su vestido, conmina a ese gafo a que la pase a caballito a la otra orilla.

Don Víctor: ¡Ah, claro, así pudo decir que nunca hombre alguno había estado entre sus piernas, salvo su esposo y, claro está, ese pobre malato!

Don Hugo: ¡No sabía nada la tía!… ¡Lo que no aprenderían los jesuitas, que eran tan leídos, de estas medias verdades de Béroul! Deberían beatificarlo como precursor de la reserva mental.

Don Hugo: Es cierto que ahí Dios fue cómplice activo, puesto que obró el milagro que exculpaba a la adúltera.

Don Hugo (cantando:) Qu´entre mes cuises n´entra home,

Don Víctor y don Hugo (cantando:) Fors le ladre qui fist sorsome

                                                                Et li rois Marc mes esposez.

A vueltas con los olores

Don Víctor: ¿Cómo respondería usted, don Hugo, a estas preguntas de Blaise Cendrars? Una: “El olfato es atávico, ¿se trata de un sentido en vías de regresión?” Segunda: “¿Un buen olfato, un olfato muy desarrollado es un signo de degeneración?”

Don Hugo: Todo aquello que tenga relación con los sentidos, halla en Baudelaire su más certera expresión. Cuántas veces me vienen a la memoria esos versos suyos: “Se dan perfumes frescos como carnes de niño, / Suaves como los oboes, verdes como las praderas, / Y otros corrompidos, ricos y triunfantes / Poseedores en su expansión de las cosas infinitas”

Don Víctor: Pero, Cendrars acusa, seguramente, la mala prensa de que sufre todo lo olfativo en nuestra civilización…

Don Hugo: Claro, don Víctor. Lo primero que se enseña al niño es eso de “Nene, caca”. El olfato es, en la jerga psicoanalítica, “sentido de aproximación”, caracterizado por su inmediatez, espontaneidad y animalidad, que, tal y como establece Marcuse, actúa sobre las zonas erógenas en beneficio del placer y, por tanto, de no practicarse su represión, erotizaría al organismo hasta el punto de desestabilizar el edificio civilizatorio y la posibilidad del trabajo alienado sobre el que se sustentan el principio de realidad y la cultura.

Don Víctor: ¿No me dijo usted una vez, don Hugo, que la posición bípeda, característica del ser humano, lo aleja del suelo, atenuando así su olfato, sometido en consecuencia al tabú impuesto al placer corporal?

Don Hugo: Muy bien, don Víctor. Eso es lo que dice Freud… ¡y hasta se queda corto! Yo voy más allá: nuestra estación bípeda, ampliando nuestras perspectivas y permitiéndonos mirar lejos y aspirar a lo alto…

Don Víctor: ¡Ya lo tengo!… ¡También nos espiritualiza como especie!

Don Hugo: Fíjese en lo que me contó el doctor Planes-Bellmunt: como hubieran bañado y desinfectado a su señora cuando la ingresaron en el hospital, protestó airado aquel gitano: “¿Quién l´ha quitao a mi muhé el oló a hembra?”

Don Víctor: ¡Dichoso él, hombre todavía libre de nuestros prejuicios estéticos!

Don Hugo: En cambio, ¡qué acibarado rencor el de Cela cuando, sometiéndose a todo, dice que las mujeres huelen a pescado!

Don Víctor: En eso se parece a aquellos navegantes portugueses que evoca Cendrars, olisqueando los vientos marinos para corregir el rumbo.

Don Hugo: Sí, ¡a ver si olía a bacalao y hacerse así una buena brandada!

Don Víctor: ¡Con qué nostalgia recuerda Jorge Manrique a aquellas damas: “sus tocados, sus vestidos, sus olores”!

Don Hugo: Nada delicado es, en cambio, el sinvergüenza de Don Juan, quien entra en escena mirando a todas partes y canta aquello de (cantando:) Mi par sentir odor di femmina.

Don Víctor: A mí lo que me pasa es que el hecho de que una muchacha tan angelical como Gwyneth Paltrow pregone un nuevo perfume que reproduce el olor de su vagina, me hace el efecto de que acaban de romper el séptimo sello.                                                

Don Hugo: ¡Quia, don Víctor! No es más que una involución filogenética, esto es, una regresión a la etapa primitiva

Don Víctor: ¡Maldito Süskind!

Montes

Don Hugo: Ya hemos llegado al pie, don Víctor. Ahora empieza el bosque.

Don Víctor: Dígame usted, don Hugo, ¿no se ha sentido usted observado desde arriba siempre que se encuentra en las inmediaciones de un monte?

Don Hugo: Eso lo debió de sentir el hombre desde que empezara a cobrar conciencia del mundo.

Don Víctor: Claro, fíjese usted en cómo ya los caldeos, que vivían en la llanura de Mesopotamia, sentían la necesidad de elevar zigurats, en definitiva montañas artificiales.

Don Hugo: Claro, había que improvisar un asiento a los dioses.

Don Víctor: ¿De quién, sino de ellos, recibían los reyes los mandatos divinos? También Moisés tuvo que subir a la montaña por sus Mandamientos.

Don Hugo: Claro, si es que las romerías no son sino la cristianización de aquellos ritos y ofrendas paganos. Hay que peregrinar al monte -aunque éste no se llame Ararat, ni Sinaí, ni Tabor-, y el festejo tiene lugar en torno a la ermita, que no dentro.

Don Víctor: Hombre, claro, no nos vamos a colar en la morada divina… Si acaso se entreabre la puerta para que les entre la música y el humo de los asados. Lo mismito que en el Partenón de la Acrópolis.

Don Hugo: ¡Ánimo, don Víctor, que estoy seguro de que allí arriba nos aguarda algo muy grande!

Don Víctor: Pero entonces, ¿de verdad está usted seguro de que éste es también un monte sagrado?

Pregón

Don Víctor: Ya fue mala pata que se nos muriera el viejo profesor habiendo aplazado varias veces la audiencia que teníamos concertada.

Don Hugo: Fue una lástima porque la idea era muy buena y los alcaldes que siguieron fueron todos inasequibles.

Don Víctor: Imagínese una mañanita de diario en la Plaza Mayor o en la misma Plaza de la Villa y un actor bien dotado vocalmente recitando como se debe aquellos floridos bandos del alcalde…

Don Hugo: ¡Si hasta habrían sido toda una atracción turística!

Don Víctor: Don Hugo, ¿ha oído usted el pregón gitano por Manolo Caracol?

Don Hugo: Claro, don Víctor, el que encarece las virtudes de la uva de Los Palacios.

Don Víctor: Es todo un mundo el que se nos ha ido. El ruido del tráfico y la megafonía ahuyentaron los ancestrales pregones de viva voz.

Don Hugo: Hoy en día, el único pregón que subsiste es el impersonal, frío y pregrabado de la furgoneta del tapicero.

Don Víctor: En los mercados parece como si les diera vergüenza gritar…

Don Hugo: Han perdido la alegría y la frescura que les eran propias.

Don Víctor: Yo es que creo que los tenderos ya ni saben levantar la voz espontáneamente a los resonadores naturales, como hacía también la gente de los pueblos acostumbrada a hablarse a distancia.

Don Hugo: Es lo que va del ciego que recitaba romances al empleado de la Once, silencioso y triste en su garita.

Remoquetes

Don Víctor: En comparación con ellos, ¿qué valor tienen los Fernán Caballero, Gabriela Mistral, George Sand?

Don Hugo: Y en el otro lado, los Clarín, Azorín, Rubén Darío…

Don Víctor: O los Voltaire, Molière, Mishima…

Don Hugo: Y los grandilocuentes Pablo Neruda, Blaise Cendrars y el Conde de Lautréamont. ¡Qué pseudónimos tan bonitos todos y tan enaltecedores!

Don Víctor: Como que son gratis y se los pusieron ellos mismos…

Don Hugo: Por eso le hablaba yo, don Víctor, de la superioridad de los flamencos y toreros cuando no son ellos mismos quienes se han rebautizado.

Don Víctor: Claro, don Hugo, el que la gente sea quien les haya adjudicado el remoquete, indica que son alguien, que se habla de ellos, que se los conoce y reconoce.

Don Hugo: La Chunga, la Contrahecha, la Polaca, Agujetas, el Perro de Paterna, Terremoto de Jerez, el Rerre, la Piriñaca, Chato de Cádiz…

Don Víctor: Costillares, Gordito, Cúchares, Lagartijo, Frascuelo, Bombita, Machaquito, Cocherito de Bilbao, Gallo, Cagancho, Bienvenida…

Don Hugo: Todos, ¡héroes del pueblo!

Yeyé

Don Víctor (cantando): She loves you ye ye ye

                                               She loves you ye ye ye

Don Hugo: Claro, claro, don Víctor, eso es lo que todo el mundo se cree en España, que nuestros yeyés de la chica yeyé vienen del “yes” inglés de los Beatles, pero antes que ellos el primer “ye ye” lo introdujo Johnny Halliday en una canción en francés… y no dijo “oui, oui”.

Don Víctor: ¡Arrea!… pero se referiría al “yes”  inglés…

Don Hugo: Estoy convencido de que no. La inspiración viene de otro lado: de las canciones africanas como las que recogió Blaise Cendrars en su “Antología negra”. Allí ya encuentra usted el “ye ye” y el contexto es la francofonía africana.

Don Víctor: Eso sí que no me lo esperaba, pero me parece muy plausible que Halliday bebiera de la inspiración negra, buscando su propio ámbito cultural.

Don Hugo: Y no olvide las Antillas francesas, con una importantísima población negra.

Don Víctor: ¿Entonces los Beatles copiaron a Johnny Halliday?

Don Hugo: Hombre, don Víctor, tanto como copiar… Digamos que asimilaron el “ye” negro a su socorrido, reiterativo y afirmativo “yes”.

Don Víctor: Ya veo… ¿cómo era esa canción de Johnny Halliday que a las señoras tanto gustaba?

Don Hugo (cantando): Je cherche une fille….

Don Víctor y don Hugo (cantando): Je cherche une fille ye ye ye

                                                                    Pour l´emmener

      faire un p´tit tour

      dans le ciné

DEPENDE DE QUIÉN LO DIGA

Don Hugo: Yo he atribuido ese atractivo a la palatización de las consonantes líquidas que llevan a una colocación de la voz femenina a la vez alta y trasera. ¡Eso le confiere un misterio, una oscuridad aterciopelada y una carnalidad que no puede más que desencadenar el deseo sexual en un oyente no catalanoparlante!

Don Víctor: Claro, ningún español más alejado de Cataluña que Galdós, pero a diferencia de tantos compatriotas, ¡qué interés pone siempre en rescatar cuanto de bueno y de bello haya en todas las personas y todos los lugares!

Don Hugo: Galdós intenta siempre comprender, sabedor de que toda conducta responde a unos condicionamientos anclados en lo más profundo de la personalidad y del inconsciente. No lo justifica todo, pero siempre intenta explicarlo. Para él, no había nada tan bello como la lengua catalana en boca de una mujer. Escuche usted bien, don Víctor: “El catalán hablado por mujer es una de las más bellas músicas de la boca humana”. Esto lo escribe en su episodio nacional “Carlos VI en la Rápita”.

Don Víctor: Sí, don Hugo, pero lea usted lo que le he subrayado de Valle Inclán a propósito de los sermones del Padre Claret en “Viva mi dueño”…

Don Hugo: A ver, a ver…“las pastosas vocales catalanas del Padre Claret”. Claro, esa “e” neutra que ensombrece y adensa la voz.

Don Víctor: He subrayado otra cosa…

Don Hugo: Ya veo: “embastecida la boca por crasos dejes catalanes”.

Don Víctor: Es como si se mascara melaza. Y usted, don Hugo, ¿a qué atribuye que dos literatos contemporáneos opinen de lo mismo algo tan opuesto?

Don Hugo: La cosa está clara, don Víctor. No es igual el catalán hablado por Teresa Gimpera que por un cura trabucaire.

PADRE E HIJO

Don Hugo: Esto sí que eran hijos, don Víctor… ¡dando la vida por el padre!

Don Víctor: Aquello queda para la Historia… fíjese en el 68… pero al menos aquellos chicos, The Doors, hacían gala de la energía exigible en toda rebelión: amor libre, nueva moral desprejuiciada basada en el placer, liberación de toda represión, consumo de estupefacientes…

Don Hugo: Y por mucho que nos empeñáramos los padres, tarde o temprano, nuestros hijos lo habían de imponer: (cantando:) ”Five to one, baby / One in five / The old get older / And the young get stronger / May take a week or may take longer / They´ve got the guns / But we´ve got the number”.

Don Víctor: ¡Qué tiempos aquellos en que los jóvenes nos ganaban por cinco a uno!… Si vieran la pirámide demográfica que nos han dejado con aquello de no tener hijos… ¡por pura comodidad!

Don Hugo: Si es que cuando se impone el principio de placer…

Don Víctor: Pero repare usted, don Hugo, en Maxime Le Forestier… ¿qué clase de proyecto vendía con sus bonitos versos y sus ojos empañados?… (cantando:) “On est tous là pour en finir, disait l´enfant, / Mais peu importe quand. / Je suis né pour aller dessous la terre / et l´oublier avant”.

Don Hugo: Éste no es un revolucionario del 68, sino más bien el profeta del pasotismo: “Como me voy a morir…”

Don Víctor: Quizás fuera más clarividente que los otros al abrazar desde el principio una actitud tan desesperanzada.

Don Hugo: Hay algo que siempre fue motivo de discusión en casa durante aquellos años y nunca les di la razón a mis hijos, pero he llegado a concluir que la actitud y el comportamiento más razonables los perfiló Cat Stevens en su “Father and son”, aunque, por favor, don Víctor, esto no lo mencione ante los míos.

Don Víctor: Y bien, don Hugo, ¿cuál es entonces esa conclusión a la que ha llegado usted?

Don Hugo: Frente a los argumentos adocenados y conformistas del padre, que no consiente en escuchar las inquietudes del hijo, lo único adulto es hacer la maleta y buscar el propio camino.

Don Víctor y don Hugo (cantando:) “Now there´s a way / And I know that I have to go away, / I Know I have to go”

Don Hugo: Calle, don Víctor, por amor de Dios, que por aquí llega mi hijo Luis. Espero que no nos haya oído, que éste no me pasa una.

MI PORTERO

Don Hugo: Si es que ya no quedan porteros como los de antes, que parecían sacados del género chico.

Don Víctor: Además ya apenas los hay. Se han convertido en automáticos.

Don Hugo: Y dígame, don Víctor, ¿todavía vive Resu, ese portero suyo tan ingenioso?

Don Víctor: Está, con su mujer, en una residencia de ancianos, pero vamos a verlo Julita y yo, todos los meses.

Don Hugo: Sólo en España ocurren estas cosas, que los vecinos se hagan amigos de los porteros.

Don Víctor: Y tanto, don Hugo. Fíjese que cuando Resu se compró una televisión en color, bajaba yo con los chicos a ver los partidos de fútbol en su casa. Resu les decía a mis hijos que los clubs de fútbol habían de representar a su ciudad sólo con futbolistas locales, “no como el Madrid, donde el portero es andaluz; el delantero centro, argentino; y el defensa central, alemán”… y luego se ponía muy serio y afirmaba con contundencia: “En cambio, en el Atleti de Bilbao, tos son vajcos”.

Don Hugo: Si tenía hasta sus ribetes de reformador social, ¿no es cierto, don Víctor?

Don Víctor: ¡Y tanto!… Sabía, por ejemplo, cómo acabar con todas las guerras…

Don Hugo: ¡Atiza!… ¡Si eso es para el Nobel!

Don Víctor: Cuando la guerra de las Malvinas, él sostenía que si la Thatcher, por un lado, y Videla, por el otro, se hubieran visto obligados a marchar en primera línea de combate, con los soldados aguijoneándoles el trasero con la bayoneta… “¡ya verá usted, don Víctor, qué pronto se acababan las guerras!”

Don Hugo: Él llegó a hacer la nuestra, ¿verdad?

Don Víctor: Sí, muy chaval… “¡con los rojos!”… Se alegró mucho con la política de Jomeini: ¿Tú has robao?, pues te corto la mano; ¿que vuelves a robar?… ¡Te corto la otra!… y ya como no robes con los pies…”

Don Hugo: ¿No poseía también la fórmula para solucionar el problema del envejecimiento poblacional?

Don Víctor: Sí, después de decir que “Mis nietos van p´arriba y yo voy p´abajo” y que como “los viejos comen, pero no trabajan…», añadía: «pues se los mata a tos y el problema queda arreglao. Muerto el perro, se acabó la rabia”.

Don Hugo: ¡Señores, qué borrico, eso es pura política de exterminio!… que afortunadamente no llegó a aplicarse a sí mismo puesto que vive ahora en una residencia…

Don Víctor: También había concebido una especie de utopía, infalible, para acabar con todos los males del mundo: que conociéramos con precisión la hora de nuestra muerte. De esa manera, nadie se atrevería a perjudicar al prójimo puesto que éste podría guardar su venganza para aplicarla, impunemente, justo antes de morir.

Don Hugo: No está mal ideada la cosa. Ahora bien, desde el punto de vista moral, más fiaba al temor que a la generosidad… Y, dígame, ¿sigue con esas ideas?

Don Víctor: Está muy desengañado. Lo mejor es que mantiene su sentido del humor.

Don Hugo: Sí, recuerdo que alguna vez estuvo usted contando algunos chascarrillos suyos…

Don Víctor: Sí, como el de las señoritas de Lecumberri, unas inquilinas muy viejas, pero obstinadas en aparentar una gran juventud, maquillándose y vistiéndose para disimular su avanzada edad. Al cabo, una de ellas, la menos joven, murió. Comentario de Resu: “Una pena, porque la semana que viene iba a hacer la primera comunión”.

Don Hugo: Cuénteme otro, don Víctor, por favor.

Don Víctor: En una ocasión, estaba su mujer muy bien trajeada en el portal. Julita le dijo que “qué guapa está usted, Carmela; ni que fuera a buscar novio”. Salta Resu: “Eso, eso, y que tenga coche pa que luego me lleve a mí a pescar al Alberche”.

Don Hugo: Uno más, por favor.

Don Víctor: Cuando Georgie Dann triunfaba con sus pegadizas canciones, Julita le preguntó por su padre, el señor Floro, que, aquejado de Parkinson, temblaba de arriba  abajo. Respuesta de Resu: “Por ahí anda, bailando el casachó”.