Como Gárate

Don Hugo: Reconociendo que la equipación, como dicen ahora, le queda grande a su nieto, ¡qué buena maña que se da el condenado en el área rival!

Don Víctor: Sí, este Miguelito tiene muy buen regate en corto y además es elegante y muy técnico…

Don Hugo: … encima con la camiseta del Atleti, parece como si habláramos de Gárate.

Don Víctor: ¡Ojalá! Echo de menos a aquellos jugadores serios que, tras marcar un gol, se limitaban a agradecer con un apretón de manos el pase del compañero.

Don Hugo: Hoy en día, sin embargo, marcan un gol y que si la piscina, que si el avión, que si el chupete, que si el anillito de casado, que si la mirada a los caídos “que hacen guardia sobre los luceros”…

Don Víctor: No se propase usted, don Hugo, que de eso no han oído hablar, pero es cierto que parecen haber ensayado más las celebraciones que las jugadas de estrategia.

Don Hugo: Si hasta traen preparada una camiseta debajo, con la dedicatoria escrita.

Don Víctor: Son como niños que venden la piel del oso antes de habérsela cobrado… pura puerilidad.

Don Hugo: … puerilidad que ha calado prácticamente en todas las ocasiones de la vida pública, lo mismo entre políticos que artistas, intelectuales, empresarios, manifestantes de todos los sectores profesionales…

Don Víctor: ¡Gol del niño!

Don Hugo: ¡Y qué golazo! Choque usted esos cinco, don Víctor.

Parte y todo

Don Hugo: No me diga usted, don Víctor, que después de los cientos de veces en que hemos venido al Prado, me trae usted a ver… ¡la Maja desnuda!… Si quiere usted,  le hago una foto y todo. ¡Como si fuera un japonés!

Don Víctor: Este cuadro, don Hugo… ¡habría que exhibirlo tapándole la cara!

Don Hugo: ¡Quite usted esa mano, que va a saltar la alarma!

Don Víctor: Esa cara malogra el que podría haber sido uno de los mejores desnudos de la pintura occidental, venecianos incluidos.

Don Hugo: Pues sí, habría venido muy bien un buen desnudo español, ¡al menos uno!, que es que todos, los importábamos… y ahora que lo dice, es cierto que la cara desmerece bastante…

Don Víctor: Peor: mata el cuadro.

Don Hugo: Hombre, no exagere usted, don Víctor… que ese cuerpo, ya hubiera querido pintarlo Ingres…

Don Víctor: No le digo a usted que no, don Hugo, pero Ingres nunca olvidó que el cuadro es uno y que no puede haber parte mala que rompa la armonía del todo.

Don Hugo: Entonces… ¿qué solución cabe?

Don Víctor: Paciencia y barajar. Con Goya, no queda más remedio que aguantarse. Es capaz de lo mejor y de lo peor, de lo sorprendente y de lo más vulgar, de un virtuosismo deslumbrante como del descuido más desmañado.

Don Hugo: Mire usted, don Víctor, si me trae usted aquí para que nos enfademos, para eso mejor nos vamos al Reina Sofía.

Potemkinismo

Don Víctor: Está la Gran Vía como nunca, don Hugo, ahora que han terminado de arreglarla. Desde chico me gustó este escaparate siempre moderno y optimista.

Don Hugo: Incluso en los años cuarenta, nos parecía el colmo del cosmopolitismo.

Don Víctor: No hay nada igual en España. ¡Si es que es Nueva York en Madrid!

Don Hugo: Lo malo, don Víctor, es que no se puede hacer una tortilla sin cascar huevos. Asómese usted a esta bocacalle. Dígame si no parece la boca del lobo.

Don Víctor: Es cierto: la política de relumbrón siempre se queda corta en sus reformas y descuida lo que no está a la vista.

Don Hugo: Ojalá fuera sólo eso. Estas altísimas murallas de edificios tan ambiciosos, y algunos bellos, echan su sombra sobre el caserío del contorno, condenándolo a la degradación…

Don Víctor: ¡Pobres personajes de Chueca que se reían de la modernidad y del esnobismo de los cursis, a punto de ser aplastados por el progreso!

Don Hugo: Para mí es el más grandioso ejemplo de potemkinismo.

Don Víctor: ¿Qué tienen que ver aquí Eisenstein y su acorazado?

Don Hugo: No, me refiero al ministro aquel de Catalina la Grande que, cuando la zarina se desplazaba por el Imperio, disponía a lo largo de su ruta bellos decorados que disfrazaran las míseras aldeas con simulacros de basílicas, fortalezas, palacios, graneros y molinos.

Don Víctor: Aquí al menos nos reímos, pero a los pobres mujiks me los imagino llorando a la sombra de aquellas escenografías.

Enanos

Don Hugo: Contemplo a este enano, don Víctor,  y quedo sobrecogido. Me pierdo en su mirada y me entran ganas de llorar.

Don Víctor: Mirándole uno aprende lo que es un ser humano.

Don Hugo: Si a los hombres de nuestra época nos consideraran según la imagen que de nosotros da el arte, estos enanos de Velázquez resultarían auténticos gigantes a nuestro lado.

Don Víctor: Espero que no sea así, don Hugo. Me gustaría creer que el arte no tiene porqué dar la medida real del hombre de su tiempo.

Don Hugo: Pues, por desgracia, yo me temo que sí, don Víctor.

Don Víctor: Me viene ahora a la mente aquello que decía Tucídides a propósito de la monumentalidad de Atenas en contraste con Esparta: en el futuro sus ruinas respectivas darán una idea equivocada de su verdadera fuerza.

Don Hugo: Claro, ahí queda la Acrópolis, mientras que Esparta… ¡búsquela usted con lupa!

Don Víctor: Sí, sí… ¡pero venció Esparta!

Don Hugo: Y qué más da: Se Atene piange, Sparta non ride.

Don Víctor: Pues si el pobre enano está triste, ¡cómo no habremos de estar nosotros!

Correcto, pero…

Don Hugo: ¿Sabía usted, don Víctor, que nos hemos quedado hechos un par de tontos, usted y yo?

Don Víctor: ¿Cómo es eso, don Hugo?, ¿qué me dice usted?

Don Hugo: Usted lo sabrá de primera mano, que estuvo compartiendo mesa y manteles con el belga del Real…

Don Víctor: ¡No me hable usted! Menudo compromiso… ¡si yo no quería ir!

Don Hugo: ¡De ninguna manera!…Usted era el que tenía que estar allí, que es el que más sabe.

Don Víctor: Menos que usted.

Don Hugo: El que no pintaba nada allí, era ése…

Don Víctor: Pues no se lo pierda, estuvo repitiendo durante toda la cena aquello de los “espectadores inteligentes”.

Don Hugo: Sí, lo que leí en la prensa… En definitiva que quien no guste de sus montajes rutinariamente provocadores o de sus incorrecciones políticamente correctas, ése es un tonto redomado.

Don Víctor: Sí, si me estoy acordando ahora de las risitas complacientes con que se acogió aquello de que desde luego él no pensaba, ni por asomo, montar cosas como la “Aída” de Verdi.

Don Hugo: Pero vamos a ver, don Víctor, ante ese desdén ¡que clama al Cielo! y esa estulticia, ¿cómo pudo usted contenerse? Vamos, yo estoy allí… ¡y la armo!

Don Víctor: Bueno, yo estuve correcto… pero frío.

Don Hugo: Don Víctor, ¡no esperaba menos de usted!

El Doncel

Don Víctor: ¿Acaso será un libro de horas?

Don Hugo: Por la postura, me inclino por una lectura profana…

Don Víctor: ¿Guillermo de Aquitania, quizá?

Don Hugo: ¿La Ilíada?

Don Víctor: Fíjese usted, don Hugo, cómo aquellos guerreros tenían a gala ser también poetas.

Don Hugo: Sí, de Ricardo Corazón de León a nuestro Garcilaso.

Don Víctor: Cervantes, en la controversia clásica de la pluma y la espada, otorga la supremacía a esta última. Soldado, ¡lo primero!

Don Hugo: No obstante, don Víctor, el mismo Cervantes parece casi desdecirse cuando denuncia cómo cualquier cobarde provisto de una escopeta, podría abatir al mismísimo Cid Campeador.

Don Víctor: Claro, es que los avances tecnológicos desterraron la épica de la guerra, hicieron innecesario el valor personal e injustificada la nobleza.

Don Hugo: ¡Craso error!

Don Víctor: ¿Con qué me sale usted ahora, don Hugo?, ¿es que acaso se me ha vuelto usted carlista?

Don Hugo: No se chancee usted, don Víctor, y concédame que en la guerra de hoy en día siguen siendo imprescindibles, a la postre, ese valor personal al que usted alude y por tanto también el arrojo en el combate, por más tecnología que se emplee.

Don Víctor: Pues sí, don Hugo, le concedo razón porque, al final, mientras no llegue la infantería, no concluye la campaña.

Don Hugo: Y los infantes se la juegan, aunque actualmente estén olvidados de los poetas.

Don Víctor: Y menospreciados… pues dígame usted si alguien se atreve hoy en día a mentar la soga en casa del ahorcado.

Don Hugo: En definitiva, que ni el más chalado atribuiría la preponderancia a la espada.

Don Víctor: Todo eso está muy bien… pero qué no daría yo por saber qué diantres está leyendo el buen doncel… 

Cuatro Caminos

Don Hugo: Cuánto no ha mejorado esta glorieta… sin embargo, echa uno casi en falta ese escalextric tan feo y tan sucio y ese suelo permanentemente levantado… ¡vamos que parecía el frente de la Ciudad Universitaria!

Don Víctor: Aquí siempre había obreros… bueno, ¿en qué calle de Madrid no los encontraría uno?

Don Hugo: Lo que yo les envidiaba de pequeño…  se pasaban la vida haciendo lo que para nosotros era el recreo…

Don Víctor: Hablando a voces…

Don Hugo: … comiendo bocadillos…

Don Víctor: … piropeando a las chavalas…

Don Hugo: … jugando con el agua y la arena, haciendo cemento…

Don Víctor: … cantando a voz en cuello…

Don Hugo: ¡y hasta se hacían los coros!

Don Víctor: … encendiendo fogatas…

Don Hugo: Recuerdo que alguna vez llegamos a hacerlas nosotros en el parque, pero venía el guripa aquel, vestido de guardabosques, y … pies, ¿para qué os quiero?

Don Víctor: … esos obreros nunca tenían frío, siempre en manga corta…

Don Hugo: … y, sobre todo, ¡siempre contentos!

Don Víctor: Sí, don Hugo, pero ¿qué ha sido de ellos, adónde fueron?

Don Hugo: Parece usted Jorge Manrique, don Víctor… Pregúntese usted “¿qué se hicieron?”

Don Víctor: Se los llevó lo boyante de nuestras finanzas, esas ranas hinchadas…

Don Hugo: Claro, pero el caso es que han vuelto las vacas flacas y ellos, sin embargo, no llegan…

Don Víctor: ¡Ay!… “verduras de las eras”.

Lopetegui

Don Hugo: Hace tiempo que no me habla usted, don Víctor, de aquel amigo suyo, Lopetegui.

Don Víctor: Pobrecillo, va dando tumbos de médico en médico y no dan con su dolencia. Está muy pocho…

Don Hugo: Pero bueno… ¡si yo creía que eso de caer enfermo no iba con los fanáticos!

Don Víctor: Es verdad… si tiene usted razón, don Hugo… este Lopetegui es un tipo muy acabado de fanático.

Don Hugo: Sí, pero no se trata de un fanático cualquiera… en realidad estaríamos ante un fanático bien orientado…

Don Víctor: ¿Bien orientado?

Don Hugo: Vamos a cuentas, don Víctor: defiende la tauromaquia a capa y estoque…

Don Víctor: Si hasta estuvo en Barcelona y todo en la última de la Monumental, con lo malito que estaba ya el pobre.

Don Hugo: … llora a moco tendido cuando oye cantar a Alfredo Kraus…

Don Víctor: Si hasta fue a abuchear a Plácido Domingo cuando cantó la “Luisa Fernanda” en el Real.

Don Hugo: … idolatra a Pasolini y hasta lo eleva a los altares…

Don Víctor: Si le gusta “Porcile” y todo… que no sé yo qué puede entender él ahí.

Don Hugo: … defiende en las circunstancias más difíciles, sin achantarse nunca, la unidad de España…

Don Víctor: Todavía no sé cómo salió vivo de aquella herriko taberna.

Don Hugo: … en definitiva, un fanático ¡atinado!

Bufones

Don Víctor: Los de Ribera, qué duda cabe, son sólo monstruos.

Don Hugo: ¡Pobre barbuda!…

Don Víctor: Sobre todo, ¡pobre marido!

Don Hugo: Y de la monstrua de Carreño, ¿qué se puede decir?

Don Víctor: Pero, don Hugo, ¿usted cree que los bufones no eran más que monstruos en medio del brillo de la Corte?, ¿puro claroscuro barroco?

Don Hugo: Con los bufones convivían los monarcas; eran “familiares” del propio Rey… ¡cuidado con meterse con ellos!

Don Víctor: Pero entonces… ¿qué buscaban los Reyes en su compañía?… ellos, los Monarcas, que acaparaban las más bellas obras de arte, ¿por qué posaban sus miradas en aquellos seres deformes y tarados?…

Don Hugo: … ¿es que acaso necesitaban ser crueles?…

Don Víctor: … ¿es que acaso carecían de otros entretenimientos que aquellas grotescas improvisaciones?…

Don Hugo: … cuando los Lope, los Calderón, etc. estrenaban en palacio…

Don Víctor: … ¿qué le podrían decir a Felipe IV las trifulcas entre el bufón don Juan de Austria y Barbarroja?…

Don Hugo: … pues sí, no tendrían nada qué contarle Spínola o el Cardenal Infante…

Don Víctor: … para mí, que todo esto responde a algo más profundo. ¿No serían aquellos pobrecillos, espejo de la indigencia de los propios Reyes… humanos ante todo?

Don Hugo: Es cierto, don Hugo… ¿Y no son los retratos de bufones que pintara Velázquez, dignos de reyes, la prueba de la redención del desvalido género humano?

Don Víctor: Cuando les miran a los ojos, perciben en ellos su propia desnudez… por más que los cortesanos se rieran tanto.

Don Hugo: “Cortigiani, vile razza dannata!”

Bichón y francachelas

Don Víctor: Tratándose del Duque de Mantua, siempre le superpongo el rostro de don Alfredo, con permiso de don Tiziano.

Don Hugo: Ya lo dijo el embajador de Francia, cuando le concedieron la Legión de Honor: que Kraus fue el mejor Duque de Mantua que diera la ópera.

Don Víctor: ¡Vaya pájaro de cuenta que debía de ser el tal Duque!… Acusar de liviano y voluble a todo el sexo femenino cuando él era un donjuán.

Don Hugo: Sí, don Víctor, se trata del mecanismo de defensa llamado “proyección”; así, para ocultarme a mí mismo mis defectos, los traslado, o sea proyecto, magnificándolos de paso, en los demás.

Don Víctor: Pues vaya un descubrimiento, don Hugo… si eso ya lo diagnosticó Jesucristo hace más de dos mil años con lo de la paja y la viga…

Don Hugo: Lo mismo aparece también en “Los claveles” del Maestro Serrano, cuando el tal Fernando, que no hace más que dar achares a la pobre Rosa, que está colada por él, canta aquello de “Mujeres, mariposillas locas que jugáis con los quereres y vais de flor en flor…”

Don Víctor: Sí, pero el verdadero Duque de Mantua tampoco se engañaría tanto a sí mismo cuando encargó semejante retrato para buscar esposa. Este rosario que lleva al cuello significa el arrepentimiento por su vida de calavera.

Don Hugo: Claro, y el bichón maltés, el más fiel de los perros, es sin duda promesa de fidelidad.

Don Víctor: ¡No más francachelas!

Don Hugo: Y lo mejor de todo es que probablemente fuera sincero en sus buenos propósitos.

Don Víctor: Como sincero es cuando canta el “Parmi veder le lagrime”, por más que su inconstancia le lleve a olvidar enseguida a Gilda por Maddalena.

Don Hugo: Me lo estoy imaginando, muy contrito, ordenar a su bufón que ya no cante “La donna è mobile”, sino aquello del payaso Ramper: “Un automóvile, dos automóviles, tres automóviles… y un sidecar…”