MI PORTERO

Don Hugo: Si es que ya no quedan porteros como los de antes, que parecían sacados del género chico.

Don Víctor: Además ya apenas los hay. Se han convertido en automáticos.

Don Hugo: Y dígame, don Víctor, ¿todavía vive Resu, ese portero suyo tan ingenioso?

Don Víctor: Está, con su mujer, en una residencia de ancianos, pero vamos a verlo Julita y yo, todos los meses.

Don Hugo: Sólo en España ocurren estas cosas, que los vecinos se hagan amigos de los porteros.

Don Víctor: Y tanto, don Hugo. Fíjese que cuando Resu se compró una televisión en color, bajaba yo con los chicos a ver los partidos de fútbol en su casa. Resu les decía a mis hijos que los clubs de fútbol habían de representar a su ciudad sólo con futbolistas locales, “no como el Madrid, donde el portero es andaluz; el delantero centro, argentino; y el defensa central, alemán”… y luego se ponía muy serio y afirmaba con contundencia: “En cambio, en el Atleti de Bilbao, tos son vajcos”.

Don Hugo: Si tenía hasta sus ribetes de reformador social, ¿no es cierto, don Víctor?

Don Víctor: ¡Y tanto!… Sabía, por ejemplo, cómo acabar con todas las guerras…

Don Hugo: ¡Atiza!… ¡Si eso es para el Nobel!

Don Víctor: Cuando la guerra de las Malvinas, él sostenía que si la Thatcher, por un lado, y Videla, por el otro, se hubieran visto obligados a marchar en primera línea de combate, con los soldados aguijoneándoles el trasero con la bayoneta… “¡ya verá usted, don Víctor, qué pronto se acababan las guerras!”

Don Hugo: Él llegó a hacer la nuestra, ¿verdad?

Don Víctor: Sí, muy chaval… “¡con los rojos!”… Se alegró mucho con la política de Jomeini: ¿Tú has robao?, pues te corto la mano; ¿que vuelves a robar?… ¡Te corto la otra!… y ya como no robes con los pies…”

Don Hugo: ¿No poseía también la fórmula para solucionar el problema del envejecimiento poblacional?

Don Víctor: Sí, después de decir que “Mis nietos van p´arriba y yo voy p´abajo” y que como “los viejos comen, pero no trabajan…», añadía: «pues se los mata a tos y el problema queda arreglao. Muerto el perro, se acabó la rabia”.

Don Hugo: ¡Señores, qué borrico, eso es pura política de exterminio!… que afortunadamente no llegó a aplicarse a sí mismo puesto que vive ahora en una residencia…

Don Víctor: También había concebido una especie de utopía, infalible, para acabar con todos los males del mundo: que conociéramos con precisión la hora de nuestra muerte. De esa manera, nadie se atrevería a perjudicar al prójimo puesto que éste podría guardar su venganza para aplicarla, impunemente, justo antes de morir.

Don Hugo: No está mal ideada la cosa. Ahora bien, desde el punto de vista moral, más fiaba al temor que a la generosidad… Y, dígame, ¿sigue con esas ideas?

Don Víctor: Está muy desengañado. Lo mejor es que mantiene su sentido del humor.

Don Hugo: Sí, recuerdo que alguna vez estuvo usted contando algunos chascarrillos suyos…

Don Víctor: Sí, como el de las señoritas de Lecumberri, unas inquilinas muy viejas, pero obstinadas en aparentar una gran juventud, maquillándose y vistiéndose para disimular su avanzada edad. Al cabo, una de ellas, la menos joven, murió. Comentario de Resu: “Una pena, porque la semana que viene iba a hacer la primera comunión”.

Don Hugo: Cuénteme otro, don Víctor, por favor.

Don Víctor: En una ocasión, estaba su mujer muy bien trajeada en el portal. Julita le dijo que “qué guapa está usted, Carmela; ni que fuera a buscar novio”. Salta Resu: “Eso, eso, y que tenga coche pa que luego me lleve a mí a pescar al Alberche”.

Don Hugo: Uno más, por favor.

Don Víctor: Cuando Georgie Dann triunfaba con sus pegadizas canciones, Julita le preguntó por su padre, el señor Floro, que, aquejado de Parkinson, temblaba de arriba  abajo. Respuesta de Resu: “Por ahí anda, bailando el casachó”.

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