
Don Hugo: Todos coinciden en tres cosas, según mi hermano Luis: ningún paciente admite que duerme mucho, que come mucho ni que habla mucho.
Don Víctor: Parece que sigamos en la Edad Media sujetos a la regla de San Benito.
Don Hugo: Pues es verdad: San Bruno prohíbe hablar. Todas las órdenes limitan y fraccionan el sueño y en cuanto a comer… ¡sopita de verduras!… y la carne ¡tasada y de Pascuas a Ramos!
Don Víctor: Alto ahí, don Hugo, que los Jerónimos bien que comen con aquello de que tienen que estar fuertes para sus muchas horas de canto.
Don Hugo: Vamos, que ahí profesaban todos los Pavarotti y Caballés antes de que se inventara la ópera.
Don Víctor: ¿Y no recomendaba Casanova, que indudablemente era un hombre muy experimentado, comer y dormir mucho para sanar de toda dolencia?
Don Hugo: Antes de conocer yo a Dolores, anduve en relaciones con una muchacha semi-existencialista de las que había entonces…
Don Víctor: Me la estoy imaginando toda de negro, con su boina terciadita sobre la melena, su jersey ajustado y su falda de tubo.
Don Hugo: Calle, don Víctor, deje usted… pues me decía que qué lástima eso de tener que dormir y desperdiciar tanto tiempo…
Don Víctor: ¿No le dijo usted que al dormir rejuvenecemos, retrasamos un poco nuestro reloj y vivimos luego con mayor energía esa vida existencial tan interesante?
Don Hugo: No, yo le contaba aquello de Nerval, para quien la vigilia era tan sólo la antesala de la auténtica vida: el sueño.
Don Víctor: Hombre, don Hugo, haberle hablado del surrealismo que era más moderno… ¡y la habría usted dislocado!
Don Hugo: Menos mal que no lo hice y menos mal que Galdós, que tanto ironizaba sobre las tertulias de café, no está aquí para ponernos tasa a la sinhueso porque, si no, usted me dirá… ¿qué hacemos aquí usted y yo tan lejos de casa?
Don Víctor: Pues sí, vaya un plan… ¡aquí pasmados mirando las cupulitas!








