¡Voy alláaaaaaaa!

Don Víctor: Siempre que paso por la Red de San Luis, echo de menos el quiosco del metro que un mal día quitaron de en medio.

Don Hugo: ¡Cómo ha cambiado Madrid, don Víctor! ¡Qué distinta era la vida! ¿Recuerda usted oír por la noche las palmadas de los que llamaban al sereno?

Don Víctor: ¡Cómo no, don Hugo!… Y de las voces cuando se anunciaban: «¡Ya va!»

Don Hugo: El entrañable Francisco de la «Verbena de la Paloma» estuvo vigente hasta los primeros setenta.

Don Víctor: Me gusta mucho ponerme la versión con Somoza. ¡Qué voz tan ronca, pero qué expansión de noche sideral!

Don Hugo y don Víctor: ¡Voy alláaaa!

Don Hugo: La orquesta envuelve con un nocturno evocador de distancias infinitas el aullido interminable del sereno, náufrago en la inmensidad. Sólo la música puede expresarlo.

Don Víctor: Y la pintura cuando apaga las luces y recurre a la tiniebla: los objetos y las distancias se vuelven imprecisas e inconmensurables. Se alejan y se agigantan.

Don Hugo: Yo también añoro aquel Madrid de entonces. Por lo menos en lo que tenía de tan habitado, de tan acompañado, de tan hospitalario. Todo el mundo en su sitio y no había sitio que no tuviera su gente. Los portales estaban siempre abiertos de día  porque toda una familia vivía allí para atender aquella puerta.

Don Víctor: Y cuando todos se iban a dormir, aún venía el sereno a atender a los noctámbulos.

Don Hugo: Qué organización tan solícita la de aquella sociedad donde la ciudad se parecía a la casa y los vecinos a la familia.

Risas

Don Hugo: Entonces, según usted, don Víctor, yo represento el humor primigenio, paradisíaco, inocente.

Don Víctor: Lo digo por oposición a mí, don Hugo. Esta noche, como Groucho, yo voy a presentar un humor artificioso, una verborrea que remite al intelecto y por tanto al pecado original.

Don Hugo: Es cierto que detrás de los chistes siempre está la apelación a la carencia y al error. Hay siempre un fondo de amargura.

Don Víctor: Usted con sus bufonadas de Harpo nos ha de hacer reír francamente, sin reservas ni restricciones mentales.

Don Hugo: Todo lo haré con el gesto, con la postura y el movimiento, pero acuérdese de lo que nos dijo Fava: que la risa nos hace eternos. Cuando estalla la carcajada, no existe nada más, se han abolido todos los demás asuntos.

Don Víctor: ¡Qué más pueden pedir en el baile del Círculo!… Por no haber, parece no haber ni más tiempo ni más espacio fuera de la esfera de la risa.

Don Hugo: ¡Una esfera!… La pareja que se acopla…

Don Víctor (cantando): «Due che s´amano, son tutto un mondo».

Don Hugo (cantando): «De l´Universo in memore, io vivo quasi, io vivo quasi in Ciel»

Don Víctor: ¡El tondo Doni de Miguel Ángel!

Don Hugo: ¡El mandala tibetano!

Don Víctor: ¡El Cosmos!… ¡La perfección, Dios!

Don Hugo: En ese semáforo están las señoras. Súbase usted detrás de mí y les dejaremos el sidecar.

Don Víctor: ¡Qué bien que Lopetegui nos haya dejado la moto!

Repertorio

Don Hugo: Y, dígame, don Víctor, este doctor Jiménez Díaz, con ser tan importante, ¿tendría mucho repertorio?

Don Víctor: Lo que sí me han dicho es que tenía un ojo clínico proverbial.

Don Hugo: No, si yo me refería a esos chascarrillos médicos que se cuentan en las familias.

Don Víctor: Ah, ¡es verdad!… Mi cuñado Adolfo…

Don Hugo: ¡El dermatólogo!

Don Víctor: … siempre nos ha resuelto las cenas de Nochebuena contando esas anécdotas… como cuando un paciente le quiso halagar llamándole «el mayor sifilítico de España».

Don Hugo: Pues es verdad. Mi hermano Luis cuenta de una paciente que afirmaba de su marido que era un «semental», vamos que lloraba por cualquier cosa.

Don Víctor: Y aquella otra que decía que el suyo era muy «sanguinario» ¡y que por eso se le veía siempre congestionado!

Don Hugo: Los hay que, cuando se les pregunta por la medicación que llevan, como no recuerdan los nombres…

Don Víctor: ¡Normal, don Hugo, es que vaya nombrecitos!

Don Hugo: … describen como pueden: que si «como unas peladillas blancas», que si «una cajica planchúa«…

Don Víctor: ¡Y aquél que dijo que aquellas «balicas blancas» le iban muy bien para su dolencia, pero que, sin embargo, le producían mucho ardor de estómago!

Don Hugo: ¡Ah, claro, esas «balicas blancas» eran supositorios y los ingería por la boca!

Don Víctor: ¡ Y cuántos doctores Torrino no habrá en el mundo! Es la familia, italiana seguramente, que más eminencias habrá dado a la especialidad. Como mínimo hay uno en cada hospital que se precie.

Don Hugo: ¡Los Stradivarius de la otorrinolaringología!

Don Víctor: Lo ha dicho usted, don Hugo: más largo que la meada de aquel pobre niño… La tenían que medir sus padres y ni subiéndole a la mesa de la cocina, ni llamando al pariente más alto que tenían, pudieron lograrlo con la regla. La orina siempre iba más deprisa.

Don Hugo: La última que ha contado Luis es la de una señora que preguntó en recepción por su cita con un doctor cuyo nombre no recordaba, pero que «era dermatólogo o turco».

Don Víctor: ¡Y que todo esto sea verdad!                                                                    

Civiles y militares

Don Hugo: ¿Entonces tenía razón Churchill?…

Don Víctor: Acaso sea demasiado seria para dejársela a los militares, pero también es cierto que la guerra la desencadenan los políticos…

Don Hugo: Pienso en Hitler ordenando la invasión de Rusia contra el parecer de su Estado Mayor…

Don Víctor: Churchill era al fin y al cabo mitad monje, mitad soldado, como un nuevo César, quien hizo buena parte de su cursus honorum en el ejército.

Don Hugo: No han faltado, por otra parte, militares que piensan que la política es demasiado seria para dejársela a los civiles y que se han plantado para salvar a la patria, empezando por César…

Don Víctor: … y siguiendo por Napoleón, que es el modelo de todos los que se han «pronunciado» en España y sus provincias de Ultramar, en Europa y en el mundo en general.

Don Hugo: Desde que cae el Antiguo Régimen, no queda en pie nada sagrado y la estructura política se cuestiona a cada momento. Nunca faltan buenas razones para dar un cuartelazo.

Don Víctor: Es verdad, ¿qué puede hacer un pobre rey constitucional o un presidente que no tiene otro fundamento que el apoyo coyuntural recibido recientemente en las urnas?

Don Hugo: Plantas sin raíces que vuelan al primer viento.

Don Víctor: ¿Usted cree, don Hugo, que si Luis XVI, en su huida por Varennes, hubiera viajado revestido con su traje de ceremonia, habría sido arrestado?

Don Hugo: De ninguna manera, don Víctor… ¡La forma es el símbolo!

De género chico

Don Víctor: Desengáñese usted, don Hugo, que nada permanece para siempre, por mucho que fueran cosas de «toda la vida», que parecían destinadas a sobrevivirnos.

Don Hugo: ¿Le he contado aquello de uno que, bailando el chotis, llevaba una piedra a un lado de la bragueta y se arrimaba por ahí a la chica?…

Don Víctor: ¡Valiente truco!

Don Hugo: … y cuando la chulapa quería echarse al otro lado… ¡es ahí donde te espero!

Don Víctor: Yo me sé otra menos atrevida.

Don Hugo: Cuente, cuente, don Víctor…

Don Víctor: Esto fue en una boda en La Paloma. Le dice el cura al contrayente: «Isidro, ¿aceptas por esposa a Almudena?» «Sipi». Y a la contrayente: «Almudena, ¿aceptas por esposo a Isidro?» «Naturaca». Y entonces va el cura y dice: «¡Pues vaya caldibiris!»

Guerra

Don Víctor: Me da a mí, don Hugo, que quien se esconde tras el pseudónimo de Avellaneda…

Don Hugo: ¿El del falso Quijote?

Don Víctor: ¡El mismo!… Creo que es Cristóbal Suárez de Figueroa.

Don Hugo: ¿Cuál, el que tradujo «El pastor fiel» de Guarini?

Don Víctor: Hombre, claro… ¿cuál iba a ser si no?

Don Hugo: Pues entonces yo le estoy muy agradecido porque con aquella guerra que suscitó, espoleó a don Miguel a que nos pusiera en pie la espléndida Segunda Parte.

Don Víctor: O sea, que la guerra es buena…

Don Hugo: È bella, ma incomoda.

Don Víctor: De bella, ¡nada! Ya se atrevieron a proclamarlo tanto Callot como nuestro Goya.

Don Hugo: No se lo tome usted por la tremenda, don Víctor… yo me refería, de alguna manera, a esos efectos colaterales benéficos… Ortega sostuvo que la Humanidad evoluciona gracias a la  guerra…

Don Víctor: Pues sí, claro… a mí eso de los antibióticos del doctor Fleming me parece muy bien.

Don Hugo: ¡El radar de los aeropuertos! ¡Los rayos láser! ¡La medicina nuclear! ¡La ciencia meteorológica!… que aún sigue hablando de frentes como si el  tiempo fuera cosa de trincheras…

Don Víctor: Lo que más me gusta de aquella guerra es que hizo necesaria la incorporación masiva de la mujer al trabajo, de donde hemos tenido nosotros auténticas compañeras, iguales a nosotros, y no unas criadas ni unas «santas en sus aureolas».

Don Hugo: ¡Eso es innegable! Vamos, don Víctor, que le vamos a dar la razón a Shakespeare, en «Coriolano»: «Tengamos guerra pues excede a la paz tanto como el día a la noche. La guerra es viveza y tiene la fuerza del viento. La paz es apoplejía, letargo, molicie, que si la guerra destruye a los hombres, la paz genera bastardos».

Don Víctor: ¡Caramba con don William!

Don Hugo: Y sigue: «Y si la guerra es un violador, la guerra no es más que una fábrica de cornudos».

Volare

Don Víctor: No sé, don Hugo, si podré permanecer más tiempo aquí con usted, porque envuelto en este movimiento incesante de miríadas de criaturas ingrávidas precipitándose en estos cielos, temo que pueda marearme.

Don Hugo: Aguante usted, don Víctor, que yo le tengo. Hágase a la idea de que somos como dos de esos ángeles armados de punta en blanco que se afirman marcialmente en esas sutiles nubecillas que pintara Signorelli.

Don Víctor: Me siento volando sobre ellas… La arquitectura se esfuma a nuestro alrededor… Ya no hay bóvedas, ni muros… todo es cielo y vértigo.

Don Hugo: Es verdad. Cómo pudo atreverse… Infinitos puntos de fuga… todos los escorzos imaginables… figuras que se abisman y otras que se nos vienen encima… ¡una auténtica tormenta cósmica!

Don Víctor: ¿No le parece a usted que esos personajes aterrorizados que flotan sobre algunos cielos goyescos tuvieron que nacer aquí, en Orvieto?

Don Hugo: Desde luego no se le aparecerían en la Sixtina donde el medroso Buonarrotti bien que se guarece entre sus lunetos, cornisas fingidas, arcos fajones pintados, nichos y peanas de trampantojo.

Don Víctor: Trucos de escolar para compartimentar aquella inmensidad en mil pequeños cuadros.

Don Hugo: Claro, como escultor que era, recrea pedestales donde asentar sus macizas criaturas… Aquí el único digno de ser cantado por Modugno es Luca Signorelli.  (cantando:) «Poi d´improvviso venivo dal vento rapito…

Don Hugo y don Víctor (cantando): … e incominciavo a volare nello spazio infinito!»

Cuernos

Don Víctor: ¿Y usted sabe, don Hugo, por qué San Mateo se quedó con el toro, y no San Marcos?

Don Hugo: Pues para mí, don Víctor, que fue para despistar… para ahuyentar la leyenda esa que baldona a todo un evangelista con los cuernos.

Don Víctor: De poco valió, porque el caritativo pueblo cristiano erre que erre: «La primer noche de novios / registrando por el cuarto / me encontré por un rincón / la bandera de San Marcos».

Don Hugo: Como que a los recién casados los llamaban «abanderados de San Marcos» y se decía que ya habían ingresado en la cofradía de ese santo.

Don Víctor: En las ferias de San Marcos siempre se lidiaron toros.

Don Hugo: ¡Claro!… si en Aguascalientes no hubiera mediado un milagro de ese santo, nos matan a José Tomás…

Don Víctor: Nuestro pobre evangelista no ha parado de trabajar por culpa de los cuernos… El Padre Feijoo constata cómo en algunos pueblos de Andalucía y Extremadura, por la fiesta del patrón San Marcos, el toro más bravo, apartado por los mayorales, asiste mansamente a misa la víspera de la corrida y se deja acariciar de los fieles.

Don Hugo: Anda, como en la copla aquella: «Estudiante, torero bueno, no mates a Civilón».

Don Víctor: No era el caso porque al día siguiente el toro bravo volvía por sus fueros. En cambio me acuerdo de lo que me contó un pastor anglicano en mi viaje de novios con Julita…

Don Hugo: Sí, claro, ¡en Cornualles!… Vaya un par de extravagantes que eran ustedes.

Don Víctor: … por la fiesta de San Marcos, arrastraban ante el sepulcro del evangelista a los toros más feroces atados con maromas; era pisar la piedra y poder soltarlos de sus prisiones pues quedaban mansos como corderitos.

Don Hugo: Para mí que este desvío de los cuernos hacia Marcos responde a la estrategia de preservar la honra de San José, padre putativo.

Don Víctor: «Di una assoluta inefficacia»,  tal y como dice nuestro amigo el profesor Gaggero.

Don Hugo: Vano intento. El pobre siempre fue escarnecido: en villancicos…

Don Víctor: «… y al pobre de San José le han roído los calzones…»

Don Hugo: … en la propia Iglesia Católica…

Don Víctor: … como aquel artículo de «Alfa y Omega» donde un cura ensalzaba a «San José, el consentidor»…

Don Hugo: … en el arte que siempre lo avejentó y lo relegó a un segundo plano…

Don Víctor: … El Bosco lo aparta lejos del pesebre para que se cuide de secar los pañales…

Don Hugo: Y qué mal lo lleva el pobre viejico… qué gesto tan avinagrado se le ha quedado de por vida, incluso en Rafael.

Don Víctor: Aun quisieron los franceses, a fuer de cornudos, atribuir ese patronazgo a uno de esos santos paleticos… Saint Loup, creo que se llama.

Don Hugo: Con tanto disimulo, lo único que se hace es multiplicar la nómina de los santos cornudos.

Absurdos

Don Víctor: ¿Sabe usted, don Hugo, dónde comimos Julita y yo en Florencia esta vez?

Don Hugo: Conociéndoles, no puede ser más que en el «Cocolazione» o en el «Bordino».

Don Víctor: Sí, claro, ahí también, pero me refería ahora a una pizzería nueva que se llama «La Dantesca».

Don Hugo: ¡Caramba, don Víctor, qué miedo! ¿No les pinchaban los camareros con los tenedores?

Don Víctor: Pues precisamente, don Hugo, en lugar de Infierno, el establecimiento se subtitulaba «Il Paradiso delle pizze».

Don Hugo: Ello prueba el mal uso que damos en España al adjetivo «dantesco», que propiamente es positivo, al referirse a Dante, con su ambición literaria, su grandiosidad, su platonismo, su ilimitada capacidad poética e imaginativa…

Don Víctor: ¿Y qué le parece cuando un cronista deportivo nos cuenta que una vez más el Atleti «ha obtenido una victoria pírrica»?

Don Hugo: Sí, por la mínima mínima y en el último segundo, lo que nada tiene que ver con las pérdidas que asumió el pobre Pirro, tan mal traído.

Don Víctor: ¿Y el uso exagerado de «apocalíptico»?

Don Hugo: Que convierte el Apocalipsis en el pan nuestro de cada día.

Don Víctor: ¿Y llamar «kafkiano» al menor desorden o irregularidad con que nos topamos?…

Don Hugo: Que dejaría perplejo al propio Kafka…

Don Víctor: ¡Surrealista!…

Gula

Don Hugo: Viendo a este paquidermo, don Hugo, me viene a la mente lo que dijo un día a Dolores un albañil que vino a hacer una reforma a casa. Que él se comía una sandía entera. Ante el asombro de Dolores, le explicó que «primero, me como una mitad, echo un regüeldo, y me como la otra mitad».

Don Víctor: Pues yo, don Hugo, recuerdo que en el pueblo de mi abuela había un lugareño que afirmaba que él se comía un cordero entero «a juerza ´e pan».

Don Hugo: El más Obélix de todos era aquel vasco que decía tener tanta hambre que se comería una vaca… «¡Ala, una vaca!…¿Y entonces, corderos, cuántos?», le preguntan. «¿Corderos? ¡Seis!»… «¿Y pollos?»… «¡Cuarenta!»… «¿Y pajaritos?»… «¿Pajaritos?… ¡Todos!»