Don Víctor: ¿Ésta es la farmacia que fue de su familia? Don Hugo: Sí, la misma, la de mi pobre tío Cecilio. Don Víctor: ¿Pobre? ¿Por qué? ¿Tuvo alguna desgracia? Don Hugo: Era de carácter apocado, sin mucha iniciativa y siempre sus hermanos mayores velaron por él y encauzaron su vida. Don Víctor: Menos mal; peor podría haber sido. Don Hugo: Es que lo fue porque acabó la guerra y los hermanos se exiliaron, dejándole indefenso. Si hasta llegó a vender la farmacia para montar una droguería, ¡fíjese usted! Don Víctor: Hombre, don Hugo, a pesar de lo que pueda sugerir su nombre, es un negocio honrado. Don Hugo: Sí, don Víctor, pero es que acabó siendo el títere de su empleado, don Pascual. Si hasta las dependientas le tenían miedo a don Pascual y no al dueño. Don Víctor: Eso es ya más grave. Don Hugo: Tanto es así que don Pascual, arrogándose una autoridad que no le correspondía, supervisaba el trabajo de cada cual; se llegaba también adonde mi tío elaboraba aún específicos y, dándole unas palmaditas en el hombro, le decía, aprobador: «Veo que se le puede dejar solo, don Cecilio». Don Víctor: Y bien solo que le habían dejado sus hermanos.
Don Hugo: No encuentro en él por ninguna parte el morbo romántico… Don Víctor: Es verdad, asoma más bien el panfletario social. Don Hugo: A pesar de ello, nadie más alejado del realismo. Don Víctor: Baste con pensar en los temas: leyendas, héroes mitológicos… Don Hugo: ¿Y cómo considerar simbolistas sus construcciones mastodónticas? Don Víctor: ¿Qué opina de su línea de canto tan ampulosa? Don Hugo: A mí me recuerda a Bellini. Don Víctor: ¿Y esa orquestación tan sofisticada preñada de leitmotivs? Don Hugo: Cada uno con su significado. Don Víctor: ¿Y esa búsqueda de una inocencia…? Don Hugo: … que uno no acaba de creerse… que huele a pastiche… Don Víctor: Pues bien, don Hugo, a lo mejor a usted le parece, como a mí, que con quien tiene que ver Wagner es con los pintores pre-rafaelitas. Don Hugo: ¡Arrea! Eso, don Víctor, es lo último que esperaba yo oír… Don Víctor: Aquel canto spianato sería a la música lo que la línea pulcra es a la pintura pre-rafaelita… el riquísimo lecho orquestal es como el prolijo fondo de los cuadros, llenos de objetos preciosos cargados de connotaciones… Don Hugo: Pues es verdad… Y la pretendida naïveté, que nace vieja, es la misma en ambos casos…
Don Hugo: ¿Nunca se ha parado usted a considerar, don Víctor, hasta qué punto nos condicionan nuestros nombres? Don Víctor: En algunos casos son una cruz con la que se carga toda la vida… Don Hugo: Pues sí, pienso, por ejemplo, en mi tío Zósimo, que era tan presumido y tan guasón que, cuando se presentaba, decía: «Zósimo Zorzal, Gonzalo para las chicas». Don Víctor: Y otros, en cambio, son resultones, estimulantes y una buena propaganda para quien lo ostente… Don Hugo: Como es su caso: Víctor… o el de su hermano: Ángel. Don Víctor: ¡Y mire usted que hay también nombres raros!… Don Hugo: El más raro de todos, para mí que es «Tutto». Don Víctor: ¿Tutto? Don Hugo: Sí, ¿se acuerda usted de aquel recital que dio Pavarotti y de que usted no quiso venir conmigo?… Don Víctor: Claro que lo recuerdo, don Hugo… quizá debiera haber ido… Don Hugo: Bueno, pues al final, después de las propinas y sobre los últimos aplausos, resonó un voz estentórea: «¡Bravo Tutto!»
Don Hugo: Don Víctor, hay algunas cosas que me tienen desazonado hace tiempo y que seguro que usted me podrá aclarar… porque o me lo aclara usted o ya no queda nadie que me lo aclare… Don Víctor: Si me viene usted con algo freudiano, me temo que… Don Hugo: Quite, quite… ¿Cómo es posible que, por una parte, Hernán Cortés diga que «los españoles somos mayormente incomportables e importunos»… Don Víctor: En una palabra, indisciplinados. Don Hugo: … y, por otra parte, Avellaneda, el del Quijote apócrifo, reconozca la pronta obediencia de los españoles en la milicia?… y digo yo que tanto el uno como el otro algo sabrían de lo que hablaban… Don Víctor: La contradicción, don Hugo, es aparente: si bien el español puede ser indisciplinado, la estructura de los Tercios y la cadena de mando establecidas por el Gran Capitán, convierten a los ejércitos españoles en máquinas de vencer que imprimen un carácter tanto a la fuerza como a cada uno de sus componentes. Don Hugo: Ya está, don Víctor. ¡Que Dios le conserve a usted su clarividencia!… La siguiente… eso sí, menos ansiógena que la anterior. Dice Guicciardini que los españoles somos pobres, bárbaros, sombríos, soberbios, avaros, astutos y poco dados a las letras. Y sin embargo Castiglione nos alaba como grandes cortesanos y pone a Isabel la Católica como ejemplo de cortesía, liberalidad, honestidad y virtud. Don Víctor: Sobre este punto lo único que me atrevo a decir es que Castiglione fue un digno precursor de Pilar Primo de Rivera. Don Hugo: No me salga usted por peteneras, don Víctor; la verdad es que España, vista desde Italia, ha de parecer un país tosco y zafio… pero aún querría plantearle lo que me parece un misterio: ¿cómo es que el pintor Stornina quien, según nos dice Vasari, en Florencia era «duro e rozzo»… Don Víctor: Vamos, que parecía español… Don Hugo: … vino a trabajar a España… Don Víctor: ¡El viaje al revés! Don Hugo: … y aquí, como por arte de magia, se convirtió en «gentile e cortese»? Y cuando volvió a Florencia, resultó que todos se disputaban la amistad del que antes fuera un bellaco indeseable. Don Víctor: ¿Cómo creerlo malvado cuando uno contempla este retablo que nos dejó en Valencia?… Para mí, don Hugo, que el fondo bueno que al principio sólo afloraba en su arte -como tantas veces ocurre- acabó anegando su personalidad entera, una vez que cambió de aires. Don Hugo: ¡Acabáramos! En definitiva, que no es que le civilizara España; es que por fin salió de casa.
Don Hugo: Ya estamos en Panticosa, don Víctor. Ve usted cómo, total, diez kilómetros tampoco es para tanto. Don Víctor: ¡Por fin, don Hugo!… ¿Seguirá todavía la barbería de la que hablaba mi padre? Don Hugo: ¿Tiene fama la barbería de Panticosa? Pues, si quiere usted, nos hacemos la barba ahora mismo y de paso descansamos un rato. Don Víctor: No, es que contaban del barbero que se tenía por muy higiénico. Don Hugo: ¡Cosas de aquellos tiempos: la obsesión por la higiene de principios de siglo! Don Víctor: Pues decía este hombre que ni en su establecimiento ni en su instrumental había microbios: sumergía navajas, tijeras, peines y maquinillas en agua hirviendo y así los ahogaba a todos… Don Hugo: … y de paso los escaldaba… Don Víctor: … pero lo mejor es que por si acaso alguno le salía resistente, luego apretaba bien la navaja por los dos lados contra la correa y lo aplastaba bien «aplastadico». Don Hugo: Qué bien pensado. Así se ahorraba el autoclave de las barberías de la capital.
Don Víctor: ¿Qué le parece que me hizo Julita ayer por la tarde? Don Hugo: ¿No iban al teatro? Don Víctor: Precisamente. Y me llevó diez minutos tarde. Don Hugo: A mí también me da mucha rabia ver las cosas empezadas. Don Víctor: ¡Qué más hubiera querido yo, don Hugo, sobre todo porque habíamos invitado a mi primo, el de Vera de Bidasoa!… pero si es que no nos dejaron entrar… Don Hugo: ¡Acabáramos! ¿No pensó Julita que no se puede perturbar a los Sumos Sacerdotes de la Escena una vez han alcanzado el trance psico-místico-actoral? Don Víctor: ¡Cuánta pretenciosidad! Cualquiera diría que uno accede a la revelación de unos genios cuando en realidad son los productos escolares y clónicos de una aburrida uniformidad. Don Hugo: La verdad es que con todas sus limitaciones, aquellos cómicos de nuestra juventud que acaso nunca pisaran escuela dramática alguna, exhibían cada uno un carácter siempre identificable, personal y eficaz. Don Víctor: ¡Y qué frescura en sus nada stanislawskianas recreaciones! Don Hugo: ¡Qué Stanislawski si habían hecho todos sus primeras tablas en la revista y en el género chico! Don Víctor: ¡Y qué modestia la suya! No se podían pedir peras al olmo ni lo pretendían, pero bien que lo aguantaban todo y eran capaces de incorporar lo imprevisto! Don Hugo: ¡Vamos, don Víctor, que les pillan a ustedes ayer Garisa y Mari Santpere llegando tarde y les sacan los colores para regocijo del público y beneficio de la función! Don Víctor: ¡Y lo que habría disfrutado mi primo contándolo en Vera!
Don Víctor: Siempre que estoy viendo el fútbol, me pregunta Julita: «Pero cómo te puede entretener pasarte hora y media viendo a unos chicos corriendo detrás de una pelota? Don Hugo: Ahí es nada: ¡la eterna pelota! Nunca hubo ni habrá juguete tan perfecto… ¡Pero si es que es la esfera, don Víctor! ¡Dígaselo usted a Julita! Don Víctor: Es verdad, don Hugo… la figura perfecta, la perfección anhelada, al alcance del mortal… Don Hugo: … el movimiento perpetuo y al mismo tiempo la estabilidad inmutable… Don Víctor: Claro, ¡el andrógino primigenio de los griegos! Don Hugo: Cuántos achares no nos habrá dado, desde Adán y Eva, esa media naranja que nos falta a cada uno. Don Víctor: ¿No decía Dalí que el ser perfecto era el andrógino y por ello escogía, para sus performances, escurridas modelos sin hemisferios? Don Hugo: Claro, con su aspecto equívoco entre hombre y mujer se acercaban a aquella perdida perfección inicial. Don Víctor: Yo le veo en eso que se esquina hacia Giacometti cuando, si fuera consecuente, debería arrimarse al orondo Botero. Don Hugo: Calle, calle, don Víctor. Le voy a confesar algo: pocas mujeres me han turbado tanto, de chico, como la joven Dietrich con aquel aire que tenía entre cierto encanallamiento masculino y un aquel felino tan de mujer. Don Víctor: Pero entonces, don Hugo, ¿qué es lo que le daba a usted vértigo, que no fuera ni chicha ni limoná o que fuera precisamente chicha y limoná?
Don Hugo: Quiero que considere esta propuesta que leí hace años de un matemático inglés. A la vista de la progresión de las marcas deportivas femeninas en los últimos cincuenta años, en comparación con la progresión de las masculinas, las mujeres superarán a los varones en el plazo de cuarenta años. Don Víctor: No lo rebato si matemáticamente está demostrado… pero ¿esa verdad matemática coincide con la verdad fisiológica de nuestra especie? Don Hugo: Mucho me temo, don Víctor, que ni nuestro sesudo matemático pondría la mano en el fuego por ello. Don Víctor: Entonces, ¿a qué semejante provocación intelectual? Don Hugo: Este matemático se limita a reivindicar su perspectiva. Sin ella no sería nadie. Don Víctor: Recuerde cómo el mismo Sartre, filósofo de la libertad, llega a afirmar sin ruborizarse que, como todos escogemos libremente todo cuanto nos incumbe, incluso el mayor loco de atar habría elegido su patología. Don Hugo: Eso choca frontalmente con la perspectiva de Freud, que no es cualquier perspectiva. Don Víctor: ¿Estaría la verdad entonces en ese inalcanzable cruce entre las infinitas y muy distintas perspectivas, como sugiere Ortega? Don Hugo: ¿Quién sabe? A lo mejor estamos más cerca de lo que pensamos del punto omega que profetizara Teilhard de Chardin… Don Víctor: Sin filosofar tanto, volvamos los ojos a Josep Pla, quien no concebía lo universal si no era desde lo local. No podemos reducirnos a ser meros compiladores críticos de todos los puntos de vista. Tenemos el imperativo de ser nosotros, de avanzar hacia intuiciones y conclusiones propias, a forjarnos unos criterios… Don Hugo: … y, en definitiva, a no apearnos de nuestra perspectiva. Don Víctor: Está usted hecho todo un florentino, don Hugo… ¡Viva la perspectiva!
Don Víctor: ¿Se da usted cuenta, don Hugo, de que antes mucha gente creía que Julio Verne, Alejandro Dumas y Víctor Hugo eran grandes escritores españoles? Don Hugo: Es verdad, lo hispanizábamos todo. Así incluso nos apropiamos también de la obra de Emilio Zola. Don Víctor: Si tengo yo en casa los dramas de Guillermo Shakespeare, que editó el CSIC y no tengo, pero se llamaban así, las obras completas de Carlos Marx. Don Hugo: Sin embargo a Dostoievski siempre se le mantuvo el «Fedor». ¿Es que acaso no es Federico? ¡Vaya usted a saber! Don Víctor: Bueno, don Hugo, que pase usted muy felices fiestas. Don Hugo: Felices Pascuas a usted también, don Víctor, y ¡muy Próspero Mérimée!
Don Víctor: Le quiero decir una cosa, don Hugo. Por más que llevo años leyendo «Alfa y Omega» todas las semanas, todavía sigo sin aclararme sobre qué era aquello tan misterioso de «mundo, demonio y carne». Don Hugo: ¡Los enemigos del alma!… Le confieso a usted, don Víctor, que lo de la carne me trajo a mal traer hasta que leí a Freud. ¡Nada del filete de ternera -que, por cierto, apenas lo catábamos- ni la chuleta de cerdo!… ¡La líbido!… Don Víctor: Ya salió aquello. Don Hugo: En la represión de la carne, del instinto, del Eros, se asienta la civilización… de ahí nuestra obligación de no darnos todos los gustos y de ser sensatamente infelices. Don Víctor: ¡Ah, claro! Nos mandan a pelear contra los centauros como en las metopas griegas. No debemos ser unos animales… Don Hugo: … sino más bien unos lapitas. Don Víctor: Y sin embargo Giacomo Casanova propuso toda una teoría del orden en el desorden brutal de los instintos. Hasta esa frontera fue capaz de llegar la Ilustración. Don Hugo: Y Freud, heredero de esa misma Ilustración, lo sistematizó todo científicamente… pero a usted, ¿qué le parecía aquello otro del «mundo»? Don Víctor: Yo, de pequeñín, hacía girar el globo terráqueo y me preguntaba qué monstruo habría escondido en su interior, bajo océanos y continentes… si no sería eso el propio Infierno. Don Hugo: Quite, quite, el Demonio es otra cosa. Satanás es, en primer lugar, la soberbia y por tanto trae siempre consigo la humillación del prójimo; es la crueldad bajo todas sus formas. ¡El Anticristo, el enemigo del amor!… ¿No me diga usted, don Víctor, que no ve mil ejemplos de ello en los telediarios? Don Víctor: Claro, claro, si hasta nos advierten de que determinadas imágenes van a herir nuestra sensibilidad… pero entonces sigo a oscuras con aquello del mundo como enemigo… Don Hugo: Está claro: el mundo es la mundanidad… ¡la vanidad!… del poder, de las riquezas, de la fama… Don Víctor: Me siento hostigado por todas partes con tanto enemigo como tenemos. ¡Quién tuviera los redaños de Cristo sobre el alero del Templo o sobre lo alto de aquel monte, o, mejor aún, en el desierto!… ¡eso es, al desierto, don Hugo, que se nos viene todo el mundo encima! Don Hugo: ¿Pero adónde quiere usted ir, hombre de Dios? ¿No ve usted que los saltamontes también son carne?