
Don Hugo: ¡Pero también ésta está cerrada!
Don Víctor: Pues si ni siquiera la del Carmen está abierta, ya me contará usted, don Hugo, cuál va a estarlo…
Don Hugo: ¿Dónde queda lo que dijo Ramón de que en Madrid podía uno entrar siempre en las iglesias?
Don Víctor: Nos estamos quedando sin cafés, sin comercios y sin iglesias. ¡Y querrán echarnos a todos al extrarradio para poner oficinas en nuestras casas!
Don Hugo: Una iglesia siempre ha sido un refugio, lo mismo para el cristiano ferviente que para el ateo fatigado. Abrigo en invierno, oasis en el estío, asiento para las piernas cansadas, silencio y recogimiento en el ajetreo de la ciudad, paraíso de los sentidos gracias al incienso, al órgano, a los coros y al arte sacro.
Don Víctor: En definitiva, es recogerse en la casa del Padre.
Don Hugo: Un padre fenomenal: que quieres charlar, Èl te escucha encantado; que le pides consejo, Él te lo da; que, sin embargo, vienes malhumorado, pues Él te deja en paz hasta que se te pase… Vamos, un buen padre cazurro.
Don Víctor: Qué mala señal, como en el romance, que esté cerrada la puerta que siempre estuvo abierta.
Don Hugo: Menos mal, don Víctor, que este Papa no es un burócrata y se está dando cuenta : ¡las iglesias tienen que estar siempre abiertas!
Don Víctor: ¡No vaya a echar la tranca el Padre sin esperar la llegada del hijo pródigo!