Don Víctor: ¿Qué habría dicho Delvaux ante este monumento, él que tantas veces en sus pinturas parecía evocar los ocasos de Claude Lorrain, con esas ágoras sonámbulas tan suyas remojando sus basamentos en el mar?
Don Hugo: Seguro que habría reconocido la influencia del francés, pero aquí a escala real, con un colosalismo que se parece a esas propiedades inglesas donde el paisaje se acomoda a las fantasías de Poussin.
Don Víctor: ¿Tendrían en cuenta quienes idearon todo este conjunto la vinculación del Lorena con este palacio y jardines del Buen Retiro?
Don Hugo: ¿Cómo, pero es que estuvo acá?
Don Víctor: Ni él ni Delvaux, pero Felipe IV bien que le encargó por lo menos cuatro lienzos de gran formato para la decoración del palacio y de alguna de las ermitas.
Don Hugo: ¡Atiza!… Me parece más que probable esa relación que apunta usted, don Víctor, y le confieso que siempre me repateó este pastelón…
Don Víctor: ¡Espero, don Hugo, que nunca tanto como el de Vittorio Emanuele en Roma!
Don Hugo: … pero ahora que se está poniendo el sol… ¡incluso está empezando a gustarme!
Don Víctor: Funciones como la de este «Manojo de rosas» le reconcilian a uno con los directores de escena.
Don Hugo: ¡Maravillosa función!… Qué típico de aquella época que el galán sea aviador, ¿verdad, don Víctor?
Don Víctor: Todos los chicos, entonces, queríamos ser aviadores…
Don Hugo: Cómo nos fascinó el vuelo del Plus Ultra y aquellos otros, heroicos, que cruzaban los océano y saltaban de continente a continente.
Don Víctor: De niño me impresionó muchísimo cuando mis padres me llevaron a la playa de la Concha en San Sebastián para que admirara las acrobacias de un aviador italiano. El pobre acabó estrellándose contra el mar y, aunque sobrevivió, publicaron que había perdido todos sus dientes.
Don Hugo: El vuelo es, según Freud, una expresión del orgasmo… Mire, precisamente, el otro día, lo cotejaba con esta frase de Valle Inclán: «Ocupan la carlinga alegres oficiales, locos del vértigo del aire, como los héroes de la tragedia antigua del vértigo erótico».
Don Víctor: ¡Acaban de iluminarme Freud y usted mismo, don Hugo, sobre la fascinación que ejercían en Mussolini los aviones: «I motori mi danno una sensazione nuova e grandiosa di forza».
Don Hugo: Máquinas, motores atronadores, velocidad que todo lo avasalla… en definitiva, el fascismo: el atropello institucionalizado.
Don Hugo: Yo, de chico, veía esto y me parecía el no va más de la arquitectura, que en adelante las ciudades se harían todas así.
Don Víctor: ¿Se puede usted creer, don Hugo, que mi padre tuvo que prohibirme que escribiera al periódico reclamando el derribo del delicuescente merenguito que sigue ocupando la Sociedad General de Autores?
Don Hugo: Hizo bien su padre, don Víctor. Aquello, por cursi que sea, es un exponente de un estilo y de una sensibilidad… pero, claro, en aquel entonces era lógico que pensáramos así.
Don Víctor: Usted también se equivocaba creyendo que la arquitectura seguiría este nuevo clasicismo lleno de fuerza, de empuje, de tensión, de rigurosísima pureza de líneas, con algo de máquina poderosa… ¡Optimista e implacable!
Don Hugo: Es verdad, después del esculiarismo imperial, incluso a Madrid llegaron los ecos de esa arquitectura anti-arquitectónica que se desmaterializa en transparencias y reflejos… de pintura cubista.
Don Víctor: ¡Vaya plaga! A las cajas de plexiglas de Van der Rohe les suceden hoy amanerados alabeos y torsiones caprichosas que apenas atenúan la monocorde falta de ideas.
Don Hugo: ¿Qué fue de la antigua monumentalidad ante esos edificios cuya leve estructura se exhibe con un apariencia menos consistente que el mobiliario de oficina que contiene?
Don Víctor: Es el desvanecimiento anémico de la arquitectura… Y la proa del Barceló no es sino la de un acorazado encallado.
Don Hugo: ¿Y qué fue de aquel talante que tanto proclamara Zapatero?
Don Víctor: Nunca llegó a decirnos si se trataba de «buen» o de «mal» talante. Siempre quedaba yo expectante a ver si lo aclaraba.
Don Hugo: Me sacan de quicio las personas que no acaban las frases y que todo lo fían al buen entendimiento y a la responsabilidad del oyente
Don Víctor: Eso, y así, por si acaso no sueltan prenda.
Don Hugo: Claro, y por eso nos contagiamos luego todos de esa liviandad y andamos diciendo sin decir… como que Fulano estaba pletórico…
Don Víctor: ¿De qué?
Don Hugo: Esa es la cuestión, que nadie sabe de qué… si de sangre o de rencor… Sin ir más lejos, el otro día me llegó una propaganda muy interesante de Pyma, «empresa consolidadora»…
Don Víctor: ¡Atiza!
Don Hugo: ¿Y qué me dice usted de esos supuestos asesores que se han hecho imprescindibles a nuestros políticos?… ¿pero en qué les asesoran?… ¡Que declaren su especialidad!
Don Víctor: En definitiva, don Hugo, la comunicación verbal viene siendo últimamente como un coitus in…
Don Hugo: Calle, calle, don Víctor, y deje que le interrumpa a usted…. Que pueda yo pensar que iba usted a decir: «in…olvidable».
Don Hugo: ¡Don Víctor, don Víctor, déme usted albricias, que ya tengo la pieza que nos faltaba! Aquí tiene la calavera que nos ha prestado nuestro buen amigo, el doctor Planes-Bellmunt.
Don Víctor: Vamos a juntarla con las otras tres: la frasca del siglo XVII que compré en Portobello Road, la réplica del stamnos con el episodio de Ulises y las sirenas… ¡Tenga cuidado, don Hugo, que es regalo de boda!… y la daga toledana del siglo XVI, que es lo más valioso de la colección.
Don Hugo: ¿Me podrá adelantar ya algo de lo que nos piensa contar?
Don Víctor: Empecemos por el ánfora griega. ¡Déjela allí encima del piano con mucho cuidado, por favor! ¿Quién como Ulises, tan prudente como astuto, mostró alguna vez tamaña sangre fría? Estoy convencido de que Hipócrates y Galeno pensarían en él antes que en cualquier otro para el temperamento flemático.
Don Hugo: Muy cierto; ahora bien, he de decirle que el temperamento es algo innato e inmodificable. Entonces, ¿cómo es que Ulises siempre dio pruebas de iniciativa y arrojo? Pues, porque su carácter, que es fruto de la educación y sujeto a la voluntad soberana, reencauzó su personalidad hacia la acción, como era necesario.
Don Víctor: Eso está muy bien. Pasemos ahora a la daga. La daga es…
Don Hugo: ¡Bruto!
Don Víctor: ¡Anacrónica! Había pensado en Otelo.
Don Hugo: ¡Temperamento colérico! No en vano esa vesania arruinó su vida colmada de poder, gloria y amor.
Don Víctor: Si hubiera sido como Ulises, que no se encalabrinaba por nada, ni el mismísimo Yago, con todas sus mañas, le perdiera.
Don Hugo: Lo siguiente resulta evidente. Seguimos con Shakespeare, supongo…
Don Víctor: Inteligencia paralizada por la duda, inacción, tribulación y muerte: Hamlet, el melancólico.
Don Hugo: El personaje más complejo de la literatura universal: más que un Edipo, es un «Electro» pues ha de vengar al padre en la madre; es destructivo para todos, ¡pobre Ofelia!, y para sí mismo. Es la encarnación del pesimismo: ¿y si la vida futura fuera peor aún que ésta?
Don Víctor: Se las sabe usted todas, don Hugo. Estoy viendo que mi conferencia es innecesaria.
Don Hugo: A estas alturas debo adivinar que esa frasca es símbolo del temperamento sanguíneo y cuadra mejor que ningún otro sitio en una tela de Jordaens. ¡Qué opulencia sobre los manteles, qué ricos caldos, qué caras rubicundas tan congestionadas por el vino y el fuego del hogar! ¡Qué carcajadas, qué carantoñas torpes, qué algazara!
Don Víctor: Está usted a punto de desbancar a mi candidato. Yo había pensado en Sir John Falstaff. ¿Se acuerda usted, don Hugo, de cómo empieza la ópera de Verdi?
Don Hugo y don Víctor: Un´altra bottiglia di Xerès!
Don Víctor: Le veo muy sonriente, don Hugo, para no haber encontrado lo que le encargó Dolores… Y eso que nos hemos tenido que venir hasta este puesto especial del Mercado de la Cebada.
Don Hugo: Hombre, don Víctor, ¿no ha visto usted con qué gracia me ha despachado el dependiente?… «Se lamenta, caballero, ya no trabajamos ese género».
Don Víctor: Es verdad; esa réplica justifica el viaje y toda una mañana.
Don Hugo: Fíjese ahí, don Víctor: ¡»Fábrica de patatas fritas!»
Don Víctor: La Revolución Industrial a la española: una freidora y las patatas amontonadas contra la vitrina. ¡Vayamos a comprar una bolsa, don Hugo!
Don Hugo: Se ve que este mercado es la reserva espiritual del comercio madrileño…
Don Víctor: Me temo que por poco tiempo… Ya no podremos venir a descambiar un producto…
Don Hugo: Ya no nos argumentará un tendero diciéndonos «máxime más»…
Don Víctor: Ya no nos contará la verdulera que sus padres fueron guardeses en una finca del Marqués de Lozoya….
Don Hugo: Calle, calle, don Víctor, que parecemos usted y yo Jorge Manrique… ¿No cree usted que estos comerciantes al por menor y horteras madrileños son los herederos en carne y hueso de los graciosos de nuestras viejas comedias?…
Don Víctor: Es también algo propio de las capitales. En París, Londres y Roma elaboran igualmente sus manierismos… Los parisinos, con sus rimas caprichosas… los cocknies suplantando palabras de igual sonoridad… y todos, en suma, dándoselas de ingeniosos y chocantes.
Don Hugo: Mire, don Víctor, mientras sirvo unas copas, frótese usted bien los ojos y comprenderá lo que es el Op Art, con Vasarely y la estética discotequera… ¡y todo de golpe!
Don Víctor: Es verdad, don Hugo, si hasta me parece estar oyendo al bueno de David Ghetta…
Don Hugo: Seguro, don Víctor, que recuerda usted, de cuando estudiaba, cómo llamaba a la puerta el bedel, asomaba luego ante todos y se dirigía respetuosamente al profesor tras una leve inclinación de cabeza: «Señor catedrático, la hora».
Don Víctor: Claro que sí y lo malo era que el señor catedrático se entretenía todavía unos minutos con algún estrambote que rematara dignamente su lección magistral.
Don Hugo: En cambio mis hijos me contaban que la fórmula se había reducido en sus años de universidad a abrir la puerta y proclamar estentóreamente: «¡La hora!». Y sin la menor inclinación de cabeza.
Don Víctor: Eso no es nada, don Hugo. Según me dice mi nieto mayor, actualmente suena el timbre como en las fábricas.
Don Hugo: ¡Cómo ha ido progresando el arte del pregón al impulso de las nuevas tecnologías!
Don Víctor: ¿Y qué me dice usted de la profesión de bedel? ¿No ha pensado usted alguna vez, don Hugo, que equivocó su vocación?
Don Hugo: ¡Cuántas quimeras, cuántos castillos en el aire, cuántas ensoñaciones maravillosas no habríamos puesto en pie usted y yo, don Víctor, si nos hubiéramos quedado paseando los corredores de la universidad!…
Don Víctor: ¡Cuántos maravillosos crepúsculos napolitanos no habríamos admirado sentados a la puerta de una facultad de la Universidad Central!
Don Hugo: Y lo mejor de todo: nos habrían impuesto al cabo de cuarenta años de fatigas ¡la medalla del mérito en el trabajo!, como a aquel bedel que, por ya no sé qué dolencia, se pasaba toda la jornada sentado y con una pata estirada sobre otra silla.
Don Víctor: Yo estoy completamente de acuerdo en lo de «llama, verso y flor»…
Don Hugo: Obviamente: amor, poesía y belleza. ¡Si es que Raquel, la chica de «El huésped del sevillano», es todo un primor!
Don Víctor: … pero analicemos lo demás…
Don Hugo: Quite, quite, déjela estar. No hay pero que ponerle. Juan Luis tiene toda la razón en cantarla.
Don Víctor: Sí, sí, don Hugo, si tiene usted razón, pero ¿es que acaso no está bien discurrir sobre lo bello?
Don Hugo: Dígame qué está usted tramando entonces… No me vendrá usted ahora con aquello de que no es cristiana vieja…
Don Víctor: No, no, de ninguna manera, don Hugo; si como muy bien dice el Corregidor, en ella se cifran las perfecciones de ambas razas: la cristiana y la judía… pero alguna relación hay con eso…
Don Hugo: Sometamos entonces su retrato a la razón crítica…
Don Víctor: Canta Juan Luis: «Mujer de los negros ojos / La de la trenza morena…»
Don Hugo: Eso cuadra muy bien, tanto a una judía como a una castellana de Toledo.
Don Víctor: Calle, calle, que luego viene «mujer de perfil gitano…»
Don Hugo: Sería cosa de considerar algunas analogías fisionómicas: lo aguileño de la nariz, por ejemplo… Ah, no, ya lo tengo, don Víctor: ¡la petenera!, un palo flamenco gitano de clarísimo abolengo sefardí.
Don Víctor: ¡Pero si luego dice: «que tienes sangre agarena»!
Don Hugo: O quizá muy parecida. ¿No son ambos pueblos semitas?… pero, en definitiva, ¿adónde va usted con estas supuestas contradicciones?
Don Víctor: Ya acabo: «mujer de los labios rojos / Como la flor del amor».
Don Hugo: ¡Como todas las mujeres!
Don Víctor: Sí, sí, pero mire usted el remate: ¡»Mujer de cuerpo pagano»!
Don Hugo: Hombre, claro, don Víctor: Venus y las diosas antiguas. El arte recuperó entonces aquellos cuerpos glorificados que eran de auténtica carne.
Don Víctor: Sí, pero la contradicción, diga usted lo que diga, es insalvable: de las dos razas del Corregidor hemos pasado a todas las razas de Juan Luis.
Don Hugo: Pero mire usted que Cervantes dice al final de la obra: «Toledo, solar hispano, / Crisol de la raza ibera».
Don Víctor: ¡Es que este Juan Luis, más que de la raza ibera, habla de la globalización.
Don Hugo: ¡Justamente! ¿No está pintando ese retrato un enamorado? ¿Hay ocasión más ajena a la razón crítica?
Don Hugo: Mire, don Víctor, desde aquí se ve mucho mejor.
Don Víctor: Ahora es difícil imaginarse lo que sentirían los palermitanos cuando entró el Emperador que venía victorioso de Túnez.
Don Hugo: Geoestratégicamente, Sicilia era como una torre albarrana adelantada contra el frente enemigo norteafricano; mientras que, por tierra, el Turco estaba ya al acecho de Viena.
Don Víctor: Y en cuanto a las costas italianas del Adriático, puesto que ni el Papa ni los duques de Urbino ni de Ferrara las protegían debidamente, más que muralla, eran playas de desembarco.
Don Hugo: Por lo menos estaban los venecianos que hacían lo que podían…
Don Víctor: Quite, don Hugo, quite, que era Nápoles quien, cada verano, cerraba el paso a la escuadra de la Sublime Puerta.
Don Hugo: La situación era apocalíptica: en 1522 se pierde Rodas; en 1526, Hungría…
Don Víctor: Gracias al amigo Francisco I que se alió con el Turco.
Don Hugo: … y enseguida llega el primer sitio de Viena; en 1566, si no es por los españoles, también hubiera caído Malta; en cambio, en 1570, nos quitan Chipre.
Don Víctor: Ya ni Otelo supo defenderla. Menos mal que al año siguiente ganamos en Lepanto, que si no…
Don Hugo: Calle, calle, don Víctor, que en el siglo XVII las cosas no pintan mejor. En 1669 cae Creta y todavía, en 1683, vuelven a poner cerco a Viena.
Don Víctor: Durante doscientos años estuvimos todos al borde del desastre. ¿No piensa usted, don Hugo, que alguna vez Europa debiera reconocer lo que hizo España?
Don Hugo: Tiene razón nuestro amigo Chiavegato: «L´Italia avrebbe potuto diventare turca!»