
Don Hugo: Aproveche usted, don Víctor, llévese todo cuanto pueda, que estas ediciones antiguas se nos acaban y las versiones nuevas… ya sabe usted cómo vienen: podadas, esterilizadas, desinfectadas, descafeinadas, desnatadas…
Don Víctor: ¡Castradas!
Don Hugo: ¿Dónde quedan aquellos turcos sodomitas de Cervantes…
Don Víctor: … aquellos judíos odiados por el buen cristiano viejo de Sancho Panza…
Don Hugo: … aquellos moriscos avarientos como Ricote…
Don Víctor: … aquellos gitanos ladrones y embaucadores de «La gitanilla»?
Don Hugo: ¿Aquellos judíos que ponen bombas en «El país del oro negro» de Tintín?
Don Víctor: Lo leí el otro día con mis nietas y han soplado aquel pasaje y también el de la patada en el trasero a los musulmanes orantes en la duna.
Don Hugo: ¿Pero eso también?… Entonces, ¿qué han dejado?
Don Víctor: De lo que no van a dejar nada, don Hugo, es de «Tintín en el Congo», que lo van a poner en el Índice por racista.
Don Hugo: Yo, de mayor, «querer ser bula-matari como Tintín».
Don Víctor: Y, sin embargo, para poder vender en China, van a cambiar el título de «Tintín en el Tíbet».
Don Hugo: ¿Ah sí?
Don Víctor: Sí, «Tintín en el Tíbet… ¡chino!»
Don Hugo: Y ya no podemos ni merendar como negros, ni hacer el indio, ni dejarnos engañar como a chinos… ¡Si hasta, colmo de los colmos, han denunciado a Dante Alighieri ante la Unesco por racista, por machista y por fascista!
Don Víctor: Es como si a todos nos pasara lo que al pobre Tasso; con tantos melindres de si esto ofenderá a los clérigos, de si aquello resultará impío, de si rayará la irreverencia…
Don Hugo: … Vamos, ¡que no había manera de pulir y expurgar la «Jerusalén liberada»!… Nuestra época adolece de delirio paranoide, don Víctor. En cualquier momento aparece un nuevo Savonarola y nos ponemos todos a levantar piras en las plazas…
Don Víctor: pues sí, don Hugo, como el pobre Botticelli quemando sus gloriosos desnudos.








