El Schotís

Don Hugo: Don Víctor, ¡nuestro gozo en un pozo! Cuánto siento no haber llamado para reservar, pero ya ve que le he citado en vano…
Don Víctor: ¿Cómo es posible… en venta y, así, sin avisar?
Don Hugo: Tendremos que ir haciéndonos a la idea de que nos hemos quedado sin «El Schotís» para siempre.
Don Víctor: No me lo puedo creer… y qué va a ser ahora de los murales de Eduardo Vicente…
Don Hugo: ¡Atiza, yo que sólo pensaba en los chuletones que nos vamos a perder!
Don Víctor: Me está entrando una congoja, don Hugo… adiós a esa carne tan buena…
Don Hugo: … adiós a esos camareros tan castizos, casi de nuestra quinta…
Don Víctor: … adiós a lo que ha sido la Cava Baja para varias generaciones…
Don Hugo: La verdad es que da muchísima tristeza porque es todo un mundo el que se nos va.
Don Víctor: Ahora pienso en la melancolía que rezuman los escenarios y ambientes de Eduardo Vicente.
Don Hugo: Ya lo dijo Gerardo Diego a propósito de su pintura: «el cielo lírico sobre el puente de Segovia».
Don Víctor: Y también: «la muchacha que en cama de hierro se desviste olorosa a jabón».
Don Hugo: Me estoy maliciando que este local nos lo mudan en disco-pub muy fashion y a la obra de nuestro pintor nos la sepultan bajo los consabidos graffiti de rigor.
Don Víctor: ¡Vamos ahora mismo a la Consejería de Cultura!
Don Hugo: Sí, don Víctor, pero, primero, bajemos a Lucio, que me muero de hambre.

Gedeones

Don Víctor: Es que es un peso, que, mire usted, ya no puedo con él.
Don Hugo: ¿Pero en qué consiste exactamente esa pesadilla, don Víctor?
Don Víctor: Todas las noches, lo mismo: me veo en el Infierno y, perdóneme, don Hugo, pero usted también está allí. ¿Me va a decir usted ahora que como lo he soñado, es cierto?
Don Hugo: ¡Diantres! Vayamos por partes. En primer lugar, ¿qué habrá hecho usted, hombre de Dios, para ir al Infierno? Si acaso, usted y yo iremos, de alguna manera, como de visita, igual que Virgilio y Dante.
Don Víctor: O sea que cree usted que luego saldremos.
Don Hugo: Hombre, claro. Lo que ocurre es que todos, en nuestra existencia, vivimos uno, ¡o varios!, metafóricos descensos a los Infiernos y, como el Inconsciente es a la conciencia lo que los tiempos geológicos a la Historia, de vez en cuando, fruto de algún estímulo azaroso, se elicita desde las profundidades la respuesta a un conflicto sepultado y aparentemente muerto y…
Don Víctor: No me venga usted con cuentos, don Hugo, que Freud era ateo. Sabría lo indecible de los infiernos psíquicos, pero del nuestro, del de verdad, no tenía ni idea.
Don Hugo: Don Víctor, tranquilícese usted. ¿Se acuerda de ese buen fray Juan Gil, trinitario, que rescató a Cervantes?
Don Víctor: Ah, sí, de aquéllos que, como escribió el propio Cervantes, ¡ya no sé dónde!, «dan su libertad por la ajena y quedan cautivos por rescatar a los cautivos».
Don Hugo: Eso es de «La española inglesa».
Don Víctor: No me enrede usted, que estoy muy preocupado.
Don Hugo: A lo que iba yo, don Víctor, es a que si llegáramos al improbable mal trance de vernos en las calderas de Pedro Botero, no dude usted de que allí se presentan dos fieles gedeones.
Don Víctor: ¿Los que reparten Evangelios a la salida del Metro?
Don Hugo: Sí, tengo entendido que van al Infierno en lugar de los condenados.

Estructuras y fabulaciones

Don Hugo: Ahora no me interrumpa, don Víctor, que enseguida estoy con usted. En cuatro brochazos acabo «Dimensión imperialista del modo de producción esclavista característico del período tardo-republicano romano».
Don Víctor: Casi lo había adivinado…
Don Hugo: Ya ve, todo es ponerse y uno da enseguida con el nivel de abstracción adecuado.
Don Víctor: Le veo a usted muy travieso hoy, don Hugo. Explíqueme esta complicada puesta en escena… ¿No le da a usted apuro haber pedido permiso nada menos que al Museo del Prado para copiar de esta manera «La muerte de Viriato»?… Fíjese cómo le mira la gente…
Don Hugo: Eso pretendo, pero, por favor, don Víctor, no me comprometa usted, contándoselo a Dolores.
Don Víctor: ¡Ya lo he entendido, don Hugo! Está usted intentando poner en evidencia el arte contemporáneo.
Don Hugo: Muy al contrario, don Víctor: se trata de denunciar la ideología que aliena el significado de la Historia, reduciéndola a fabulaciones banales y anécdotas principescas que ocultan arteramente la explotación del hombre por el hombre y mostrar cómo las relaciones de producción son el motor de la evolución de las sociedades.
Don Víctor: ¡Chúpate esa mandarina!
Don Hugo: Dígame usted, don Víctor: ¿ a quién puede importarle si hubo alguna vez uno que se llamó Julio César ni quién lo mató, ni qué Rubicón había ido a cruzar; o si la hierba volvía a crecer por donde pisaba el caballo de Atila?…
Don Víctor: ¡Qué Atila!… ¡Fabulaciones, anécdotas principescas!
Don Hugo: … ni si hubo unas Cruzadas ni dónde; o un Carlos V, enfermo de gota…
Don Víctor: Vamos, que, a este paso, incluso nos quitan a de Gaulle…
Don Hugo: Ahora lo ha entendido usted. Que una vez más hemos pegado un bandazo. ¿Usted cree que a un niño de la ESO le puede decir algo cuál era la organización por sectores económicos del Imperio Bizantino con su correspondiente estratificación social y su superestructura institucional, jurídica y política, aderezado todo ello con unas cuantas imágenes de representaciones artísticas de una religión de la que lo desconoce todo?…
Don Víctor: Y visto este bloque, lo más rápidamente posible, se pasa al siguiente.
Don Víctor: Mondrian metido a historiador.

La educación es como la grasa

Don Hugo: Don Víctor, que no es por aquí; que la Capilla Sixtina queda por allá.
Don Víctor: Espere, espere, don Hugo, que ya llegamos a algo que quería enseñarle antes.
Don Hugo: Pero si es Nerón… qué poco le aprovechó que le educara el más prudente de los hombres de su tiempo…
Don Víctor: Si es que por mucho que se empeñara el pobre Séneca… con la educación pasa como con la grasa.
Don Hugo: Caramba, don Víctor… eso sí que es una comparación ¡neroniana!
Don Víctor: ¿No ve usted que hay quien, por mucha grasa que ingiera, se mantiene hecho un figurín y que más de uno, en cambio, alimentándose como San Juan Bautista, sólo cría adiposidades?
Don Hugo: Visto de cerca, cómo se conoce que a Nerón le aprovechaban las grasas bastante más que las lecciones.
Don Víctor: Y hay que ver, con lo rico que era de pequeñín, tan despierto, tan cariñoso con su madre, tan salao, tan curioso de todos los saberes…
Don Hugo: Sí, ¡una monada!… pero le ocurrió como a la mayoría que, llegados a la adolescencia, se nos adocenaron… ¡por culpa de la educación!
Don Víctor: Ésa es la tesis de Montaigne; sin embargo, Ramón y Cajal se queja de que es el rebullir de las hormonas quien nos distrae a los chicos.
Don Hugo: Cuántas horas perdidas, cuántos cuidados y cuánta energía desperdiciada en aras de la procreación… algo así viene a decir nuestro médico.
Don Víctor: ¡Cruel encrucijada! ¿A quién atender: a Afrodita o a Atenea?
Don Hugo: Según el doctor Freud, la cultura y la civilización, en definitiva la humanidad, se asientan sobre la represión de la líbido.
Don Víctor: Entonces, don Hugo, si los que se entregan a la carne, son unos brutos que descuidan el saber y, por el contrario, los que se consagran a aprender, olvidan procrear, entonces los maestros se condenan a la esterilidad para poder enseñar algo a los hijos de los sementales.
Don Hugo: ¿Será por ello por lo que Montaigne desdeña a los profesores, achacándoles un cierto afeminamiento?
Don Víctor: A la postre, entonces, Montaigne da la razón a Ramón y Cajal…
Don Hugo: Y ahora me explico por qué fue siempre la Iglesia quien se ocupó de la enseñanza.

Gil Robles y Vespasiano

Don Hugo: Mire que nos corregían veces y veces lo de anteponer una preposición a otra. Cuánto no nos insistirían los maestros de entonces.
Don Víctor: Lo que se metieron con aquel eslogan de la CEDA que decía: «¡A por el 40!»
Don Hugo: Yo, como era niño, no sabía qué era eso.
Don Víctor: El 40% necesario para ganar las elecciones en primera vuelta.
Don Hugo: ¡Ah, caramba! por eso sus rivales, tan bien enseñados como nosotros, escribían debajo: «¡A por la gramática!»
Don Víctor: Por lo menos, don Hugo, en nuestra generación, no se nos ha ocurrido bajar «a por tabaco» y dejar plantada a la señora, como tanto se ha dado después.
Don Hugo: A eso conduce la permisividad y el aggiornamento de la Real Academia…
Don Víctor: Si me aguarda un momentito, voy a aprovechar este urinario público, que bien pocos van quedando.
Don Hugo: Mire a ver si todavía queda alguna de esas pegatinas de la CEDA que proclamaban que «Todo para el Jefe».
Don Víctor: Es verdad, recuerdo cómo los de izquierdas las acumulaban en torno a los retretes… En fin, espero que a pesar de la incuria municipal, no huelan demasiado mal.
Don Hugo: Quite, quite, don Víctor, recuerde usted lo que el emperador Vespasiano dijo cuando Tito le recriminó cobrar por utilizarlos.
Don Víctor: ¡Como hacen ahora en Atocha y en el aeropuerto!
Don Hugo: Y hacen bien porque, como dijo el emperador, «el dinero no tiene olor».

Kraus torero

Don Hugo: Una verdadera lástima, don Víctor; se perdió usted lo mejor de la feria: el toro estaba ya echado y cuando sintió el verduguillo en la cerviz, en lugar de derrumbarse definitivamente, la casta lo levantó y ¡no sólo eso! sino que rompió a correr tras el matador de tal suerte que la muerte lo fulminó suspenso en el aire.
Don Víctor: ¡Qué maravilla!… Como un toro cretense…
Don Hugo: Yo de lo que me acordé fue de la leona asiria asaeteada como un San Sebastián, derrengada, pero alzándose todavía sobre las manos y elevando un postrer rugido.
Don Víctor: No sé por qué lo recuerdo ahora, don Hugo, pero quería decirle, antes de que se me olvide, que me han regalado el último recital de Kraus.
Don Hugo: ¿El de Zaragoza, al que asistimos usted y yo? ¡Qué belleza! Desde entonces no lo he vuelto a oír… Le voy a decir, don Víctor, por qué ha establecido usted en su subconsciente esa relación entre el toro encastado y bravo y don Alfredo Kraus.
Don Víctor: ¡Arrea!
Don Hugo: Porque tanto el uno como el otro saltan al ruedo al galope, acuden prestos al flamear de los capotes y rematan en tablas…
Don Víctor: Estoy recordando esas arias de bravura con las que tantas veces se presentaban sus personajes…
Don Hugo: … acomete con rabia el percal del diestro, se vuelve con presteza y nunca queda suelto…
Don Víctor: … esos ariosos dramáticos donde Kraus muerde las palabras con la mayor agresividad…
Don Hugo: … se arranca al caballo desde lejos, mete la riñonada y, sañudo, busca derribar…
Don Víctor: … en medio de tempestuosos concertantes, atacando tesituras imposibles, se impone heroico sobre el coro con un cegador sobreagudo que a todos deja en suspenso….
Don Hugo: … como es noble, no se para ante el banderillero y le espera, ni corta el terreno, ni echa la cara arriba y nunca, nunca se duele…
Don Víctor: … esa línea de canto límpida, caligráfica, sin trucos, portamentos ni aspiraciones, siempre a tono, y afinado…
Don Hugo: … en la pañosa embiste raudo y codicioso, por derecho siempre, repite además, posibilitando así la ligazón de los pases, dando pruebas en todo momento de recorrido y hondura…
Don Víctor: … ese canto legato siempre musical sobre un fiato inextinguible que regala el más noble de los fraseos…
Don Hugo: …lleva la estocada hasta los gavilanes, traga sangre, se despatarra y lucha con denuedo contra la Enemiga porque aspira a vivir siempre.
Don Víctor: Yo, a Kraus, le encontré aquella última vez herido de muerte, con el resuello menguado y débil de apoyos, especialmente cuando remató con la Jota de la Dolores.
Don Hugo: Tenga usted en cuenta que llevaba ya tomadas buenas varas, las banderillas de rigor y demasiadas tandas de muleta.
Don Víctor y don Hugo: ¡Murió embistiendo!

Plácido o la desmesura

Don Víctor: Está visto, don Hugo, que no puede uno ir a ningún sitio sin toparse con él. ¡Posee el don de la ubicuidad!
Don Hugo: Pero ¿seguro de que no se trata de un festival por vídeo-conferencia?
Don Víctor: De ninguna manera, eso no va con Él. Estos vieneses tendrán que meterse entre pecho y espalda todo un festival ad maiorem gloriam de don Plácido Domingo en carne y hueso…
Don Hugo: …que verifique cuantitativa, y por tanto científicamente, el inextinguible «domingocentrismo».
Don Víctor: ¡Qué superada queda ya aquella antigua trinidad!… No hay más que un Dios… un Dios capaz de marcar la agenda del mismísimo Rey de España y de ser en todo momento la persona indudablemente más importante.
Don Hugo: Un Dios además varias veces resucitado de hernias, neumonías y cánceres…
Don Víctor: El que toca las campanas, el que desfila en la procesión, el oficiante que eleva la Sagrada Forma, el novio en la boda y el difunto en el entierro.
Don Hugo: … el director en el foso, el apuntador en su concha, el tenor en el escenario y a veces incluso el barítono…
Don Víctor: ¡Y que vayan con cuidado las tiples, que ya anda ensayando el falsete!
Don Hugo: … el director del teatro y cualquier día ¡alcalde de Madrid!
Don Víctor: Ya no quedan personajes como éste, don Hugo. ¡Qué desmesura en todo, qué confianza en sus fuerzas, qué éxito en cuanto acomete!
Don Hugo: En nada se detiene, todo lo emprende, todo lo gana y en todo da lecciones y, sin embargo, uno por uno a todo hay quien le gane.
Don Víctor: Como personaje literario, es un titán fascinante, héroe indiscutible de la mejor novela.
Don Hugo: Lástima que le falte una cosa… saber cantar.

Don Ramón y el éntasis

Don Víctor: Estoy convencido, don Hugo, de que no respetaron ni una sola de sus indicaciones y pasaron por alto todas sus precisiones eruditas.
Don Hugo: El caso es que el hombre aguantó mecha y, según tengo entendido, honró el rodaje con su presencia hasta el final.
Don Víctor: No me explico cómo un sabio tan estudioso dejaba correr el tiempo entre técnicos y extras en tediosas repeticiones y esperas.
Don Hugo: Seguro que al final hasta le perdieron el respeto y le embromarían con que siempre estaba en medio y estorbando.
Don Víctor: ¿Se sentiría de alguna manera acompañado en su pasión cidiana…?
Don Hugo: ¡Pasión jimeniana!, diría yo más bien. Para mí que el bueno de don Ramón Menéndez Pidal se aficionó entonces al cine en pos de doña Sofía Loren.
Don Víctor: ¡Sopla! Pues es verdad… ¡Qué mujer! Digno monumento de la tierra campana.
Don Hugo: Pero si es oriunda de la Ciociaria, en el Lacio.
Don Víctor: En efecto, mas, al igual que la columna dórica nace en Grecia y se recría en la Magna Grecia, la Loren floreció en aquella misma región.
Don Hugo: Se planta majestuosa, imponente y rotunda… ¡Qué éntasis, don Víctor!
Don Víctor: Admirable éntasis acentuado por el fino talle…
Don Hugo: … y también por las volutas que hay arriba.
Don Víctor: ¿Entonces usted piensa, don Hugo, que a nuestro severo y profesoral asesor histórico le pasó lo que al viejo sátiro de Rodin que tan hechizado quedó con aquella troupe de bailarinas camboyanas?
Don Hugo: Como que las estuvo siguiendo por toda Francia hasta verlas embarcadas de vuelta a su tierra en el puerto de Marsella.
Don Víctor: Pues las camboyanas, de éntasis… ¡poco!

Exoneraciones de la carne y el espíritu

Don Hugo: Entonces, según usted, don Víctor, los arqueólogos han hecho mal no borrando estos antiguos graffiti de Pompeya.
Don Víctor: De ninguna manera, don Hugo, eso no se toca. No tenemos derecho a destruir estos testimonios de la vida cotidiana de los antiguos. Ahora, sí que me habría parecido bien que en su momento los ediles los hubieran eliminado.
Don Hugo: Reconozca que usted prefiere encontrárselos ahí, espontáneos, burdos y hasta soeces, pero con el temblor de la vida auténtica.
Don Víctor: Lo que usted quiera, pero a mí me tiene muy fastidiado el graffitero de mi barrio, con perdón de los arqueólogos de tiempos venideros. ¿No podría reservar todas esas maravillas para decorar exclusivamente el interior de su casa sin imponernos a los demás semejante degradación del espacio público?
Don Hugo: No todos lo ven así pues ¿qué me dice usted del hecho de que después de tanto perseguir al incansable Muelle que emborronó todo Madrid, Álvarez del Manzano, al final, elevara a pieza de museo un ejemplar de su extravagante firma en espiral?
Don Víctor: Al fin y al cabo no es más que una mamarrachada más en un centro público de arte contemporáneo. Con tal de que se hayan retirado de la vista los otros cien mil ejemplares, lo doy por bueno.
Don Hugo: Qué benévolo está usted hoy, don Víctor… Aprovecharé para someter a su juicio otro caso… éste en un ámbito fronterizo entre lo público y lo privado: los letreros de las letrinas de bares y facultades… No me negará usted que es algo abrumador y feísta…
Don Víctor: … pero que muy decorosamente se ciñe al acotadísimo espacio de las cabinas de los retretes, como por otra parte las exoneraciones que allí tienen lugar.
Don Hugo: Entonces, ¡usted los exonera!
Don Víctor: Pues sí señor y le daré un argumento de autoridad: lo que aconteció al buen caballero don Giacomo Casanova en sus andanzas por Suiza.
Don Hugo: Por ahí no paso, don Víctor. En Suiza no hay graffitis.
Don Víctor: Salvo por dentro de la puerta de los wáteres, don Hugo. Allí encontró el aviso que le salvó de contraer unas pestilencias venéreas: un letrero rezaba que la criada con la que iba a mantener una de sus conversaciones secretas, contagiaba ya no sé cuál de los males que se siguen de tales tratos.
Don Hugo: ¡Queden entonces libres de todo cargo esos graffiti tan preservativos!… y con ellos cuantos los acompañen, por si acaso.

¿Diez o doce?

Don Hugo: ¡Qué bien juega este chico!… pero se ha parado usted a pensar, don Víctor, a qué viene esa serie incomprensible: 15, 30, ¡40!
Don Víctor: Los ingleses parecen el tío tonto de «Los santos inocentes» que cuenta como Dios le da a entender: uno, dos, nueve, veintidós…
Don Hugo: No, no era así. Cuando el Azarías, en el cobertizo de los coches de los señoritos, desenroscaba los tapones de las válvulas de las ruedas, los juntaba luego y los contaba bien hasta once: uno, dos, tres, cuatro, cinco, etc., once, y era luego cuando desvariaba pues del once pasaba directamente al cuarenta y tres, cuarenta y cuatro y así sucesivamente. Lo recuerdo perfectamente.
Don Víctor: Desde luego, no seré yo, don Hugo, quien le contradiga en los casos de memoria… No recuerdo qué personaje, inglés claro está, reprochaba a Dios sólo una cosa: que hubiera creado al hombre con cinco dedos en cada mano, en lugar de seis.
Don Víctor: ¡Seisdedos! Como el anarquista de Casas Viejas…
Don Hugo: Bien mirado, tal vez Rodríguez Adrados diera en el clavo con aquel librito que me pasó usted…
Don Víctor: ¿Cuál, el «Sistema gentilicio decimal entre los indoeuropeos occidentales y los orígenes de Roma»?
Don Hugo: ¡Gran obra! Yo entroncaría este número mágico de nuestros diez dedos con el inconsciente colectivo junguiano…
Don Víctor: ¡Ya salió aquello!
Don Hugo: … y aunque el tres, base del doce, sea, en la perspectiva psicoanalítica…
Don Víctor: ¡Hombre, cómo iba a faltar quien tiene respuesta para todo, el doctor Freud!
Don Hugo: … número mágico por representar la trinidad genital del hombre, para mí no cabe duda de que en el diez se cifra el arquetipo numérico, al menos por lo que hace a romanos y otros pueblos emparentados con ellos.
Don Víctor: Sí, pero ¿acaso no son doce los planetas?
Don Hugo: ¿Y acaso no son diez los Mandamientos?
Don Víctor: ¡Y doce los dioses!
Don Hugo: ¡Diez fueron los meses hasta que un oportunista colara dos de matute!
Don Víctor: Doce tribus, doce apóstoles, doce trabajos de Hércules, doce horas…
Don Hugo: ¡Caramba, pero quién lo iba a decir, don Víctor defendiendo el punto de vista freudiano!… si al final me ha salido más papista que el Papa… pero acabemos de una vez. Dígame, don Víctor, usted que tanto empollaba… ¿qué notas sacaba?… ¡Dieces!
Don Víctor: ¿No le parece a usted, don Hugo, que la Historia de la Humanidad no la mueve la lucha de clases, sino la pugna entre el doce y el diez?
Don Hugo: ¡Viva el sistema métrico decimal! ¡Viva el tetrakis de Pitágoras, que «encierra el origen y raíz de la naturaleza eterna»!
Don Víctor: ¡Me cago en diez!