El míster

Don Hugo: ¿Y este otro, don Víctor?
Don Víctor: Hombre, don Hugo, va a llamar la atención; con ese bombín parece usted míster Pentland.
Don Hugo: ¡El primer míster de nuestro fútbol!
Don Víctor: Si algo no me gustó de que estallara la guerra fue que míster Pentland dejara el Atlético de Madrid.
Don Hugo: Era un hombre de leyenda. Doce a uno, que le metió el Bilbao al Barcelona en el 31.
Don Víctor: Y con él conseguiría además el doblete en aquella temporada.
Don Hugo: Pero ahora que nuestra selección nacional es superior a todas, cómo explicar que sigamos recurriendo por sistema a entrenadores extranjeros y que las estrellas de todos los equipos lo sean también.
Don Víctor: Es la inercia de un país con un sentimiento de inferioridad, que se pirra por poner los pies encima de la mesa con el Presidente de los Estados Unidos y ganar alguna guerra con él…
Don Hugo: … por ir de compras a Londres…
Don Víctor: … por lucir coches importados…
Don Hugo: … por aplaudir en el último musical de Broadway…
Don Víctor: … que los niños se matriculen en un país anglosajón…
Don Hugo: … veranear en un resort exóticamente igual a todos los demás…
Don Víctor: … pasar la luna de miel en Disneyland…
Don Hugo: … En cuanto a mentalidad no parece que hayamos progresado mucho con respecto a aquella mamá de una comedia de Paso que proclamaba: «Sólo casaré a mi hija con un ingeniero o con un francés».

Porrina de Badajoz y la ley de Asch

Don Víctor: ¡Es inútil, don Hugo! ¡Volvamos atrás, que no hay quien entre al metro ahora!
Don Hugo: Nos ha venido a pasar como a aquellos tíos míos que, hace sesenta años, aquí en París, confundieron el pasillo y, abrumados por una masa en sentido contrario que les increpaba, se justificaban gritando: «Pardón, pardón, nous avons équivoqué!»
Don Víctor: Qué difícil es siempre ir a contracorriente…
Don Hugo: La ley de Asch establece que el individuo, en circunstancias normales, se moverá siempre en la misma dirección que el grupo.
Don Víctor: Yo creía que esa ley se llamaba de Vicente: «¿Adónde va Vicente?…
Don Hugo: Calle usted, don Víctor, menos chufla, que ese Vicente nunca llegó a cuantificar.
Don Víctor: El experimento ya lo planteó mucho antes Cervantes con aquello del yelmo de Mambrino y acaso fuera incluso homologado por la Academia de Argamasilla.
Don Hugo: Está usted hoy de lo más guasón, don Víctor, pero reconozco que es muy interesante en ese episodio cómo el barbero está a punto de admitir, y creer, contra toda evidencia, que su bacía sea yelmo…
Don Víctor: No me diga usted, don Hugo, que se va a acordar de la cita…
Don Hugo: Es algo así como… «¿Que es posible que tanta gente honrada diga que esto no es bacía sino yelmo? Cosa parece ésta que puede poner en admiración a toda una universidad».
Don Víctor: Está pidiendo a gritos que una universidad americana venga a cuantificar.
Don Hugo: Sólo la llegada de los cuadrilleros y lo que dicen los criados, salvarán al barbero de «moverse él también en la misma dirección que el grupo».
Don Víctor: Porrina, sin llegar a creérselo, canta por bulerías aquello de que «No he tenío más remedio…
Don Hugo y don Víctor (cantando): … no voy a tené más remedio, que agachá la cabecita y decí lo blanco eh negro».

Francisco e Ignacio

Don Hugo: ¿No cree usted, don Víctor, que lo de Francisco parece un disfraz, viniendo de un jesuita?
Don Víctor: ¡Como que se iba a poner «Ignacio», con la fama de contrarreformista, manipulador de las conciencias de las élites, ambicioso…
Don Hugo: En definitiva, ¡hipócrita redomado!
Don Víctor (cantando): «Loiola, va! Ti rodi e ridi!»
Don Hugo: Es verdad, si hasta en «La Bohème» lo denuncian.
Don Víctor: ¿Pero no le parece a usted, don Hugo, que eso de destinar los conventos vacíos a pobres y refugiados no sea incluso más franciscano que los propios franciscanos?
Don Hugo: Lo mejor de todo ha sido lo de ese obispo alemán que ha perdido la cátedra y su flamante palacio, en beneficio de los indigentes. ¡Ahí le han dado!
Don Víctor: Y creo que ahora se ha puesto a limpiar la Banca Vaticana como Hércules los establos de Augias…
Don Hugo: … ¡que apestaban!
Don Víctor: Lo que busca el Papa es que la Iglesia deje de ser una empresa y vuelva a sus orígenes fraternales, caritativos y trascendentes; pero, claro, tal como es el mundo y tal como somos las personas, ¿cómo conseguirlo y al mismo tiempo garantizar su supervivencia como institución?
Don Hugo: Vamos, que es poner una vela a San Ignacio y otra a San Francisco…
Don Víctor: …»¡y no estar loco!», como cantaba Machín.

Las debilidades de Goliat, el capitán Haddock y San pedro

Don Víctor: El otro día me reprochaba Daniel que, cuando eran pequeños y les compraba tebeos los domingos, primero los leía yo y los tenía a los cuatro impacientes.
Don Hugo: Le entiendo perfectamente, don Víctor, a mí también me entusiasmaba el Capitán Trueno. ¡Cómo me reía cuando Goliat se ponía a cascar nueces haciendo chocar los cráneos de los enemigos!
Don Víctor: Goliat, como San Pedro con su espada, llevando al extremo su justiciera ley del Talión…
Don Hugo: Pero allí estaba el Capitán Trueno para templar su ira e instaurar la misericordia.
Don Víctor: Ha dado usted en el clavo, don Hugo. Siempre intuí que el buen Capitán era trasunto de Cristo.
Don Hugo: ¿No le parecen a usted otro tanto Tintín y el Capitán Haddock?
Don Víctor: Pues sí y, en realidad, aún más, puesto que el joven reportero es tan puro que ni siquiera tiene una enamorada.
Don Hugo: ¿Y que es entonces el Quijote sino un moderno evangelio laico? ¿No completa el hidalgo con sus sufrimientos la pasión del Señor tal y como lo sintiera San Pablo: «Me alegro de mis padecimientos por vosotros y suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo».
Don Víctor: Desde luego, cada día se supera usted, don Hugo… ¿Y qué me dice de Sancho Panza, que parece el cúmulo de todas las debilidades de los apóstoles?… Si es que, en definitiva, se le puede aplicar todo cuanto dice de aquéllos el padre Urteaga: vacilante en la fe, desesperanzado, mezquino e inconstante, desleal, ambicioso, cobarde pero jactancioso, egoísta, perezoso, intolerante y encima tan ignorante, el pobre…

San Juan Bautista, el precursor de la FAO

Don Hugo: Dígamelo de una vez, don Víctor, antes de que vuelvan las señoras: ¿a qué se debe esta invitación?… porque, que yo sepa, ni es su cumpleaños, ni su aniversario de boda, ni el día de la Constitución… ¿fue acaso un día como hoy cuando el buen emperador Caracalla nos concedió la ciudadanía romana a todos los habitantes del Imperio?
Don Víctor: Calle, calle, don Hugo, y aprovechemos para comer bien mientras podamos. ¿Es que acaso no ha leído usted que la FAO anda recomendando que nos alimentemos de insectos como, al parecer, hacen ya dos mil millones de personas?…
Don Hugo: ¡Todo sea por la sostenibilidad del planeta!… Esto es el escarnio de los pobres…. ¿Le he contado alguna vez, don Víctor, las chanzas del doctor Rey que trataba a los padres de nuestra tata cuando venían del pueblo? Les prohibía el consumo de caviar, ostras y langostas y que se abstuvieran de practicar golf, polo y esquí acuático.
Don Víctor: ¡Pobrecillos!… Pues la FAO lo remata alegando que este tipo de nutrición evita la obesidad.
Don Hugo: Como en el caso de San Juan Bautista en el desierto, ¡no te fastidia! Truecan la causa por el efecto.
Don Víctor: Ya llegan las señoras… Estudiemos la carta: ¿por dónde quiere que empecemos?… ¿Escarabajos, orugas, abejas, hormigas o saltamontes?
Don Hugo: ¿Y no hay cucarachas?

Vino

Don Hugo: No hay cosa más triste en esta vida, don Víctor, que tener que comer sin vino.
Don Víctor: Tiene usted más razón que un santo, don Hugo. Cuando a uno le toca viajar a un país con vino, sabe que además va a comer maravillosamente por añadidura.
Don Hugo: Y a la inversa. No en vano el primer milagro de Cristo, a instancias de su madre…
Don Víctor: … que, la verdad sea dicha, por una vez estuvo algo indiscreta…
Don Hugo: En efecto… fue la transmutación del agua en vino.
Don Víctor: Claro, y desde entonces los monjes de todas las abadías se esforzaron por emular aquel vino.
Don Hugo: O sea, la sangre de Cristo.
Don Víctor: Qué bien lo vio Gide…
Don Hugo: … a pesar de ser protestante…
Don Víctor: … pero al fin y al cabo francés… que el cristianismo es alegría, ¡es vino!
Don Hugo: Pero por Dios, don Víctor, téngase usted y seamos serios. No brinde conmigo que ahora ya no sé si decir «chin chin» o si caer de hinojos.

¡Mentira!

Don Hugo: Mire lo que dice el diario, don Víctor. Parece que todavía colea aquel caso de Eufemiano Fuentes.
Don Víctor: ¡Vaya mazazo, don Hugo! Con lo mucho que nos agradó seguir el ciclismo durante tantos años.
Don Hugo: Ya no tiene uno dónde refugiarse. Con lo que usted y yo hemos admirado también, por ejemplo, la tenacidad de Marta Domínguez…
Don Víctor: Calle, calle, que otro tanto ocurre en la política.
Don Hugo: ¿Queda algo de verdad cuando todos parecen hacer buena la máxima de Zapatero de que «las palabras están para servir a la política»?
Don Víctor: Tendrían que leer a aquel disidente checoslovaco, Ferdinand…
Don Hugo: Sí, Ferdinand Peroutka.
Don Víctor: Sí, ése. Escribió, ya no sé si en la cárcel o en el exilio, que la democracia estaba obligada a defender la herencia de las generaciones pasadas cifrada en la auténtica correspondencia entre palabras y realidad.
Don Víctor: Cómo para leer están los que nos mangonean…
Don Hugo: ¿Cómo eran esos fandangos naturales que cantaba la Sallago, ésos que nos gustaron tanto?… Empezaban por (cantando): «Mentira y más mentira / Todo es mentira…»
Don Víctor (cantando): «El sabio y el ignorante / dijo que casi todo en este mundo / es mentira»
Don Hugo y don Víctor (cantando): «El hombre más importante / se asoma al espejo / y mira las mentiras / por delante».

Autoconcepto

Don Víctor: ¿Cómo vamos a salir de este mal paso si está la autoestima de la población por los suelos?…
Don Hugo: ¿»Autoestima», dice usted? Y por qué no «amor propio», en lugar de ese término que yo reservaría únicamente al campo de la psicología.
Don Víctor: Perdone mi intrusismo, pero sin amor propio y con esa fijación en la prima de riesgo…
Don Hugo: ¿Fijación?… ¿En cuál de las distintas etapas del desarrollo psico-sexual: en la oral, acaso en la anal, en la fálica quizá o en…?
Don Víctor: Déjese de monsergas, don Hugo. Lo que yo quería decir es…
Don Hugo: Lo que usted quería decir, don Víctor, es «obsesión».
Don Víctor: Sí, obsesión por la prima de riesgo y otros indicadores económicos. Y para colmo, el narcisismo de nuestros políticos, que, en lugar de ideas…
Don Hugo: ¿Narcisismo? ¿Quiere usted decir con ello que nuestros políticos no han superado aún el primitivo período evolutivo de su afectividad infantil y son incapaces de distinguir el mundo externo y la realidad de su propio yo?
Don Víctor: Pero, don Hugo, ¿qué mosca le ha picado a usted hoy? Déjeme terminar, que me está entrando complejo de idiota.
Don Hugo: La literatura psicoanalítica sólo sanciona dos complejos: el de castración y el de Edipo/Electra; así es que, don Víctor, si usted insiste en tener complejos, ¡elija!
Don Víctor: Apiádese de una vez, hombre de Dios, que me está usted volviendo neurasténico y ¡perdón por la expresión! Ya no sé lo que me digo, pero de lo que sí estoy seguro es de que España necesita un buen psicoanalista.
Don Hugo: Muy bueno tendrá que ser, y mejor aún su contra-transferencia, para que llegue a curar semejante vesania.

Fortuna

Don Víctor: Siento decirlo, don Hugo, pero se han quedado con un palmo de narices.
Don Hugo: Pero si incluso nosotros, hace unos pocos años, nos pensábamos que nuestros hijos nunca conocerían otra cosa que progresar y progresar… Lo que hubiéramos dado nosotros, don Víctor, por haberles ahorrado este último vaivén de la fortuna…
Don Víctor: Diosa Fortuna, con razón Júpiter te llamaba «borracha».
Don Hugo: Ahí creo yo que se pasó un poco de la raya don Francisco de Quevedo.
Don Víctor: ¿Con que me sale usted ahora, don Hugo?… ¿ Es que acaso le da miedo la fortuna? ¿Vamos a volver a los conjuros y a la magia blanca?…
Don Hugo: No, desde luego que no, ni tampoco al horóscopo…
Don Víctor: … ya puestos, desechemos en general la astrología…
Don Hugo: … y, para acabar, oráculos y augurios… Al hombre no le será nunca dado conocer el destino que le depara la Fortuna….
Don Víctor: … sino trabajar para merecer lo bueno.
Don Hugo: Pero volvamos a Quevedo, don Víctor, cuando deja que la diosa se justifique: «Muchos reciben de mí lo que no saben conservar: piérdenlo ellos y dicen que yo se lo quito».
Don Víctor: Eso mismo: la Fortuna nos envió el viento favorable de la coyuntura económica mundial…
Don Hugo: … doblada para nosotros por los fondos de cohesión europeos…
Don Víctor: Y, sin embargo, ¿qué hicieron con todo ello nuestros administradores?
Don Hugo: Lo que dice Quevedo, por boca de la Ocasión, que se volvieron «presumidos, perezosos y descuidados».
Don Víctor: ¡Caramba, don Hugo, si es que se lo sabe usted todo!… Qué gran rapsoda homérico se perdió la antigua Grecia…

Amargo

Don Hugo: Le esperaba a usted más locuaz, don Víctor. ¡Quién diría que venimos de ver la pinacoteca de Brera!
Don Víctor: No sé a qué viene este decaimiento porque, la verdad, don Hugo, eso del síndrome de Stendhal no lo he padecido nunca.
Don Hugo: Ahora mismo nos pedimos usted y yo un Aperol y ¡va a ver cómo se anima!
Don Víctor: ¿Aperol? Mire usted lo que le digo: que prefiero una Coca-Cola.
Don Hugo: Pero, don Víctor, que estamos en Italia; aquí lo que toca es ese toquecito de amargo, tan estimulante.
Don Víctor: ¿Amargo?… Ahora que lo dice usted, echemos cuentas. En los últimos días, venimos tomando: cynar en el aperitivo, rúcula en la ensalada, alcachofa en los antipasti …
Don Hugo: Pues lleva usted razón: tiramisù bien cargadito de cacao, café bien amargo y su copita de amaretto.
Don Víctor: Y eso sin contar con esos helados que a usted tanto le gustan: que si la amarena, que si la spagnola…
Don Hugo: ¿Qué tendrá el sabor amargo? Ya lo decía aquella canción de San Remo (cantando): » un gusto un pò amaro / di cose perdute…
Don Hugo y don Víctor (cantando:): «… di cose lasciate / lontano da noi…»
Don Víctor: ¿Qué tendrá el carácter italiano que, aunque aparentemente se entregue sin reserva al placer que le ofrece el momento, no deja de verter su gotita amarga como para recordarse a sí mismo que…
Don Hugo: … que… pues qué va a ser, don Víctor, ¡lo de «Lucrezia Borgia»!, que «la gioia dei profani è un fumo passaggier…»
Don Víctor: ¿No sería Pasolini, por ejemplo, ese imprescindible veneno de los Borgia inoculándose en pleno corazón de la cultura italiana de post-guerra?…
Don Hugo: … que, por cierto, tanto nos gusta a usted y a mí… ¿Recuerda usted lo que dice Dappertutto, en aquel cuento de Hoffmann, cuando insta a Günther a que envenene a su familia?
Don Víctor: No lo recuerdo, don Hugo, pero de lo que sí estoy seguro es de que será bastante cínico.
Don Hugo: «pero ¿no es acaso delicioso el sabor amargo de las almendras? Y ésa es la amargura de la muerte».