Protesta

Don Víctor: Debajo de ese chorro teníamos que habernos puesto entonces como protesta ante tamaña tropelía. ¿Cómo no se nos ocurriría?
Don Hugo: ¡ Buena estaba la política!… como para darse un baño en la fuente de la Cibeles…
Don Víctor: Es verdad, hubiéramos pasado por la prevención y de ahí a Carabanchel.
Don Hugo: Y quién sabe si no nos hubieran depurado y todo…
Don Víctor: Yo sólo la movería cien a doscientos metros más hacia el sur. ¿Qué les hubiera costado?… En la calle Ibiza, por ejemplo.
Don Hugo: Lo mismo que usted, don Víctor, pensó el Emperador cuando se topó dentro de la mezquita de Córdoba con la catedral, que cómo es que no la habían levantado fuera sin perturbar la belleza de lo que ya había.
Don Víctor: Y lo gracioso es que se trata de un buen edificio… ¡Vaya con la dichosa Torre de Valencia!
Don Hugo: Si le hubieran escuchado a usted, se llamaría Torre de Ibiza y hubiéramos mantenido intacta esta perspectiva barroca…
Don Víctor: ¡Pero, don Hugo, no me sea usted loco, que se va a poner perdido el traje!… Que se está mojando…

Mirarse en el espejo

Don Hugo: Me acuerdo de aquello que me decía usted de que no sabemos ni siquiera cómo saludarnos.
Don Víctor: Ni saludarnos, ni hablar con el volumen de voz adecuado, ni mantener la limpieza de los lugares públicos…
Don Hugo: … ni descansar las horas debidas, ni dejar descansar, ni ahorrar…
Don Víctor: … ni atenernos a normas, ni aceptar la autoridad…
Don Hugo: Ya lo decía Hernán Cortés, que los españoles somos mayormente incomportables e importunos.
Don Víctor: … y esa aspereza en el trato…
Don Hugo: Sí, lo que le reprocha el embajador francés a Guzmán de Alfarache, que aquí todo lo llevamos «con fieros y poca vergüenza».
Don Víctor: Cuánto se ha echado en falta en la España de estos últimos siglos una clase burguesa suficientemente amplia y sólida.
Don Hugo: Verdaderamente influyente; que marcara la pauta a toda la sociedad, como en Francia o Inglaterra.
Don Víctor: Claro, es que aquí, con una burguesía tan escuálida, nos hemos tenido que mirar en los dos ejemplos extremos: la nobleza y el pueblo, tan lejanos el uno como el otro de la moderación, la sensatez, la buena educación.
Don Hugo: Y con esta falta de mimbres nos hemos encontrado viviendo una época donde todo estaba en función de los ideales e intereses de la burguesía.
Don Víctor: Hemos tenido que improvisar un papel que no conocíamos.
Don Hugo: Sí, ¡y algunos han metido cada morcilla!
Don Víctor: ¡Vaya par de burgueses que estamos hechos usted y yo, don Hugo!
Don Hugo: ¿Usted cree, don Víctor?…

Qué feo, qué guapo

Don Hugo: A estos chicos que vienen por ahí delante, habría que decirles lo que don Quijote a su escudero: «No andes, Sancho, desceñido y flojo, que el vestido descompuesto da indicios de ánimo desmazalado».
Don Víctor: Fíjese usted qué zapatillas tan estridentes. Si le ciegan a uno…
Don Hugo: … al menos no llevan esos zapatos gastados, cuarteados y enfangados, como tantos otros.
Don Víctor: ¡Con el cuidado que tenían los personajes de Balzac en lustrarse el calzado cuando llegaban a los salones y a las fiestas porque iban siempre a pie!…
Don Hugo: Fíjese en la facha de enanos que hacen esos pantalones tan caídos…
Don Víctor: … al menos no están raídos, con sietes ni remiendos… Si ahora hasta los venden ya rajados ¡y de marca!, más caros que los otros.
Don Hugo: Con agujeros o sin ellos, ¡cómo se los ponen! Claro, si se sientan en el suelo y hasta en los bordillos de las aceras… ¡como los mendigos!
Don Víctor: Y esa ropa tan disonante exhibiendo siempre mensajes como si fueran hombres-sandwich….
Don Hugo: … la barba de varios días…
Don Víctor: … como los náufragos.
Don Hugo: … los piercings en los lugares más insospechados e incómodos…
Don Víctor: … como los aborígenes del Pacífico de que hablaba Melville.
Don Hugo: … tatuados…
Don Víctor: … como reos, con la marca de la infamia.
Don Hugo: … despeinados…
Don Víctor: … como escapados de una casa de locos.
Don Hugo: … pitañosos…
Don Víctor: … como bohemios nocherniegos.
Don Hugo: … con infinidad de pendientes…
Don Víctor: … como peligrosos filibusteros.
Don Hugo: Bien sabe usted, don Víctor, que soy enemigo de lo atildado, pero claro… de ahí a esa catadura patibularia…
Don Víctor: Pues anda que los de nuestra quinta, tampoco se quedan atrás… cómo se nos presentó el otro día el amigo Rodolfo…
Don Hugo: Pues sí, recuerdo que antaño lo conocíamos por el «Gomoso», siempre tan repeinado, tan reluciente, tan relamido…
Don Víctor: … y con la raya en el pantalón recién sacada… y ahora, ya ve usted, don Hugo, en pantalones cortos y camiseta de tirantes, enseñando los pelos…
Don Hugo: Sí, ¡un adefesio!, casi peor que estos chicos…
Don Víctor: Calle, calle, que nos van a oír y todavía vamos a tener un disgusto.

Privilegios de Stanislawski

Don Víctor: ¿Qué opinión le merecen a usted, don Hugo, esas declaraciones de José María Pou, indignado ante las constantes interrupciones del teléfono móvil durante las representaciones?
Don Hugo: Razón no le falta. La gente debiera ser más considerada y respetar el trabajo de los demás.
Don Víctor: Naturalmente, pero en el teatro y fuera del teatro: ¿respeta al barrendero quien tira la colilla en la calle?, ¿respeta al camarero quien arroja la servilleta al suelo?, ¿respeta al profesor que está explicando la lección el alumno que habla?…
Don Hugo: Es verdad, don Víctor, qué duda cabe que el del actor es un trabajo privilegiado: exige un respeto sacral que, ¡vamos!, ni en misa…
Don Víctor: Es que llegan a darse tal importancia con eso de la concentración, de la atmósfera creada, del método de Stanislawski…
Don Hugo: No hay nada que malogre más una representación que cuando los propios actores la interrumpen para regañar al público.
Don Víctor: ¿Cómo habrían salido adelante estos alfeñiques en la época de nuestros corrales de comedias cuando el público bullía de pie, hablaba, gritaba, entraba y salía e incluso arrojaba improperios y objetos al escenario?
Don Hugo: Me viene ahora a la mente esa anécdota que se contaba en casa: Teatro Jovellanos de Gijón. Se representa el Tenorio de Zorrilla. En un momento determinado doña Inés llega a donde dice: «¡Válgame el Cielo! ¿Qué escucho?», y como cuchu es mierda en bable, se levanta un espontáneo y responde a voz en cuello: «¡Cuchu ye mierda!

Salomón y los lirios

Don Hugo: Cristo se equivocó y de ahí no me apea ni el Papa Francisco.
Don Víctor: ¡Por amor de Dios, don Hugo, no se obceque usted!
Don Hugo: ¿Qué es eso de que no nos preocupemos ni del cuerpo ni del vestir ni del mañana pues ni Salomón en toda su gloria se vistió como los modestos lirios?
Don Víctor: Eso es cierto, dígame usted qué traje puede compararse a la belleza de una rosa…
Don Hugo: Muy bonito, don Víctor. Quédese usted oliendo la rosa y no haga nada, igual que un gimnosofista oriental. Como en el chotis de la Colasa: ¡a mí plin!
Don Víctor: No saque usted las cosas de quicio, don Hugo. Se trata de conceder importancia a lo que realmente la tiene: la vida más que el alimento y el cuerpo más que el vestido…
Don Hugo: Sí, sí, pero dígame usted, don Víctor, ¿no consigue el Arte que el Príncipe de los Lirios sea lirio él también y además más hermoso que los propios lirios?
Don Víctor: Sí, pero qué es el arte sino una emanación de algo mucho más grande todavía como es el espíritu del hombre, un ser natural. ¿Quién querría ser el más gallardo lirio pintado en un muro antes que el delicado pintor?
Don Hugo: Sí, sí, todo eso está muy bien, don Víctor, pero no olvide usted que el arte es sublimación… ¡de la propia Naturaleza!
Don Víctor: ¿Y cómo llegar a esa sublimación si está usted ocupado, ante todo, en procurarse alimento y vestido?

Tabaco

Don Víctor: Buenos días, don Hugo. Lo que menos me esperaba era encontrármelo fumando.
Don Hugo: No se asuste, don Víctor. Me han ofrecido este pitillo y no he querido hacerle ascos. Ya ve usted, después de tantos años…
Don Víctor: Le estoy mirando con envidia porque me huele a gloria. ¿Es rubio americano, verdad?… ¡Mire que prohibirme los puros el médico, con las virtudes sedantes que siempre tuvo el tabaco entre los indios!…
Don Hugo: ¡Cómo han cambiado las cosas! Me da nostalgia ver las películas de antaño donde todo el mundo fumaba constantemente…
Don Víctor: Pero si hasta últimamente le han quitado el cigarrillo a Lucky Luke…
Don Hugo: ¿Eso han hecho?… Si lo llevaba siempre apagado… Y ahora, qué hace: ¿vapea un cigarrillo electrónico?
Don Víctor: La tecnología del Far West no daba para tanto; así es que se conforma ahora con una inocua pajita.
Don Hugo: Bueno, al menos, la oralidad del personaje no sufre…
Don Víctor: ¡Tenía usted que sacar a Freud!
Don Hugo: Oralidad… succión, dependencia, narcisismo, infantilismo, nostalgia del seno materno, regresión en definitiva.
Don Víctor: Ya veo: el lado oculto, desvalido y enternecedor, del solitario cowboy.
Don Hugo: Y, sin embargo, ¡qué mayor imagen de la virilidad que un machote a caballo y fumando Marlboro!… ¡Qué racionalizaciones no se gastará el inconsciente para tenernos permanentemente engañados!…
Don Víctor: ¡Y también el símbolo de la feminidad! La femme fatale y la prostituta siempre están con el pitillo en la boca. Marlene Dietrich y Sara Montiel.
Don Hugo: ¡Cómo es de ambivalente la oralidad!
Don Víctor: ¿Recuerda usted aquella vez en que una señorita nos pidió fuego al salir del cine y ni Lopetegui, ni Cuenca, ni usted, ni yo fumábamos ya?
Don Hugo: Sí, y nada más darse la vuelta la señorita, soltó Cuenca: «Habrá pensado esta tía: ¡Vaya una panda de maricones!»

¡Viva Hernán Cortés!

Don Hugo: Juan Rulfo, Miguel Ángel Asturias, Alejo Carpentier, García Márquez, Vargas Llosa… ¡cómo no nos van a tener envidia italianos, franceses, alemanes e ingleses!
Don Víctor: Hombre, don Hugo, no me salga usted ahora con eso de la envidia, que ya nos dieron bastante la lata en nuestra juventud…
Don Hugo: ¿Qué otra literatura aúna nuestra cultura occidental, con su técnica literaria y su tradición, y el sustrato indígena, con su animismo y su feracidad?
Don Víctor: Y ahora nos vienen contando eso de lo bueno que es el mestizaje y la multiculturalidad, como si fuera algo nuevo y del otro mundo…
Don Hugo: … más bien del Nuevo Mundo.
Don Víctor: Y no sólo en lo literario. Repare usted en la variedad de músicas en español: corridos y rancheras…
Don Hugo: ¡Jorge Negrete!
Don Víctor: … tangos y milongas…
Don Hugo: ¡Gardel!
Don Víctor: … chacareras, carnavalitos y zambas…
Don Hugo: ¡Atahualpa Yupanqui!
Don Víctor: … boleros…
Don Hugo: ¡Machín!
Don Víctor: … negro-caribeño…
Don Hugo: ¡Pérez Prado!
Don Víctor: Al final, digo yo que algo habrá que agradecer a Pizarro y Cortés…
Don Hugo: Lo que se perdió usted ayer, don Víctor, por no ir en metro a los toros: entró en el vagón un manito vestido a lo charro con sombrero y todo, radio-cassette al hombro con sus corridos a todo trapo, y gritando con gran alegría: «¡Viva Hernán Cortés!»

Urtain, Perugino y las cotorras argentinas

Don Víctor: Desde aquí, don Hugo, en este contexto, si hasta parece digna la Almudena… con lo rematadamente fea que es de cerca.
Don Hugo: ¿Qué le hubiera costado a Felipe V encargar también a Juvara una basílica acorde?
Don Víctor: ¡Como la de Superga!… en vez de este mausoleo de pastiche. Qué bien habría encajado aquí un buen barroco italiano.
Don Hugo: Calle, don Víctor, ¿qué es ese estrépito? Si parece una película de Tarzán…¡Malditas cotorras argentinas! Vaya una plaga…
Don Víctor: ¡Y tanto!… como que están desplazando al resto de los pájaros. Éstas, desde luego, no encajan aquí ni en broma.
Don Hugo: Y sin embargo, cómo se crecen, cómo avasallan… ¡Qué desvergüenza!
Don Víctor: Es que o eso o morir en un contexto inhóspito… ¿Acaso no fue el terror a la pobreza lo que espoleó a Perugino a superarse a sí mismo y, de paso, a todos los pintores de la Umbria?
Don Hugo: En cambio, de qué modo se equivocó el pobre Urtain cuando dejó su caserío embaucado por quienes le prometieron el dinero y la gloria del ring.
Don Víctor: Ese gebo tan sano e ingenuo trasplantado a la sordidez del cine negro americano…
Don Hugo: Es como aquel aborigen de «Donde sueñan las verdes hormigas», de Herzog, que no paraba de hablar en toda la película y al que, sin embargo, llamaban el mudo…
Don Víctor: ¡El último hablante de una lengua destinada a morir con él!

La donna più bella del mondo

Don Víctor: Mire usted, don Hugo, con que me salió ayer mi nieto Miguelito: «Abuelo, ¿a que no sabes cuál es la mujer más guapa del mundo?»… Yo le contesté: «Gina Lollobrigida»… por la película aquella…
Don Hugo: Sí aquélla sobre Lina Cavalieri.
Don Víctor: Pues no; según la revista «People», este año es Gwyneth Paltrow.
Don Hugo: Hombre, don Víctor, yo preferiría a Sofía Loren, pero le digo a usted como el Cándido de «La Revoltosa», que «a ver si se va a perder la Gwyneth esa / y yo soy el gacholis que se la encuentra».
Don Víctor: ¡La más bella por sólo un año, ya ve usted!… ¿Dónde queda la espera tan prolongada del pobre Jacob?
Don Hugo: Y aún el ladino del padre de Raquel lo tuvo azacaneando siete años más de lo pactado y él sin rechistar…
Don Víctor: En un año no hubiera dado tiempo a que se armara la de Troya.
Don Hugo: ¡Helena! Ésa sí que estaba de aúpa. Mire usted la que montaron los aqueos… y los de Troya, que no la soltaban ni a la de tres.
Don Víctor: ¿Qué hubiera sido de las dilaciones del amor cortés, de la demora del deseo, del ansia permanentemente renovada y no satisfecha, de las ausencias guardadas, de los deliquios y los versos?…
Don Hugo: ¿Dónde estarían doña Ginebra y doña Iseo?
Don Víctor: Como que Sandro Botticelli y Piero di Cosimo habrían tenido que fotografiar a Simonetta Vespucci en lugar de consagrarse a sus premiosos retratos.
Don Hugo: Lo mejor de todo esto, don Víctor, es que el año que viene Miguelito creerá a pies juntillas que la mujer más guapa del mundo es otra estrella diferente.
Don Víctor: Si vamos a cuentas, don Hugo, uno reconoce en sí mismo esa evolución en el ideal de belleza: muy determinado y simple en la infancia y progresivamente más matizado y flexible… se va abarcando más.
Don Hugo: Calle, calle, que van a acabar por gustarnos las de Rubens… ¡Que nos veo venir!

Juampedrismo

Don Víctor: ¿El esclavo volsco de «Coriolano?… Pero, don Hugo, si siempre lo hemos tenido por un gran bellaco…
Don Hugo: Pues ahora encuentro que tiene razón en todo, punto por punto.
Don Víctor: ¡Viva la guerra!… ¡Qué cosa tan bonita!.. Ya puestos: ¡Viva la Muerte!
Don Hugo: Justamente lo contrario: la guerra trae multitud de bastardos…
Don Víctor: Cada vez lo pone usted mejor.
Don Hugo: … frente a la cobardía y la doblez del adulterio, en que tan pródiga es la paz…
Don Víctor: Hombre, sí, don Hugo, pero…
Don Hugo: … esa paz que es apoplejía, letargo, pereza, frente a la guerra estimulante, arrebatadora…
Don Víctor: Hombre, yo le concedo que…
Don Hugo: … la guerra que concita tan generosa fraternidad; y no como la paz que favorece el despego y hasta el odio entre quienes ya no se necesitan.
Don Víctor: Vaya una manera que tiene usted de leer a Shakespeare… Entonces estará usted a favor del restablecimiento de la mili, claro… Considere que no todos pudieron ser alféreces de complemento, como nosotros.
Don Hugo: La mili, don Víctor, no es más que una de otras tantas dificultades que venimos allanando a nuestros descendientes para que no sufran, los pobrecillos.
Don Víctor: Hombre, sí, pero me reconocerá usted que entre eso y la guerra…
Don Hugo: Lo que sí que tiene usted que admitir, don Víctor, es que entre todo lo que les evitamos y todo lo que les regalamos, hemos hecho de los jóvenes unos auténticos reyes holgazanes.
Don Víctor: Acabáramos… Esto es como los toros de antaño, fieros y encastados…¡había que lidiarlos!… Es como los toreros de antaño: con vergüenza torera; para ser alguien había que encerrarse con seis miuras.
Don Hugo: Y ahora, ya ve usted… con esos juampedros flojos, deslucidos, inofensivos e inválidos, que tanto gustan a las figuras ¡porque «se dejan»!
Don Víctor: Si es que yo creo que, como a los chicos de ahora, nos los crían con «petit suisse».