España y sus regiones

Don Víctor: Seguramente sería la mejor de todas, si no fuera por esa letra.
Don Hugo: Llevo varios días dándole vueltas, pero al final no consigo tomármelo en serio; mire usted: «Aragón, la más famosa, / es de España y sus regiones».
Don Víctor: Eso empieza bien…
Don Hugo: ¡De ninguna manera, don Víctor! Hay que cambiar algunas cosas: ¿qué es eso de «España»?… cuando ahora decimos con mayor propiedad «el Estado».
Don Víctor: ¡Es verdad!… si ya lo decía Zapatero: eso de «nación española» es un concepto discutido y discutible.
Don Hugo: ¡Buena autoridad!… ¿Y qué me dice de las llamadas «regiones»? Para mí, que la palabreja la inventaría Franco, con el peor de los propósitos…
Don Víctor: Ponga usted «CCAA: Comunidades Autónomas», que es mucho más bonito.
Don Hugo: Pues en eso viene a parar la cosa, que no llevamos ni tres versos y ya nos hemos cargado la métrica. En vez de una jota, parece un monólogo de «El Ocaso de los Dioses».
Don Víctor: Pero entonces, don Hugo, ¿qué va a ser del pobre Patricio y de la moza del barrio y de los iris y de los rayos y de tanto «quiere decir»,» quiere decir» y más «quiere decir»?
Don Hugo: Pues eso, don Víctor, que la empresa es ciclópea y nos excede. Es un texto que parece sacado de la pluma de don Emilio Romero, en una de sus noches más febriles y apuradas: un artículo para ABC, un editorial para Pueblo, una carta al director del Ya, una columna para el diario Madrid, la presentación de un libro en el Club Siglo XXI…
Don Víctor: Un anacoluto, solecismos, una frase truncada, subordinaciones imposibles, un hilo errático…
Don Hugo: Desengáñese usted, don Víctor, y dejémosla de una vez. ¿Por qué no la escuchamos sin la letra, como si fuéramos de una Comunidad Autónoma con lengua propia?
Don Víctor: Cierto, don Hugo, que estos «aggiornamentos», en lugar de revitalizar la obra de arte, nos la matan.

Neo-pensamiento y neo-lengua

Don Víctor: Oso polar, lince ibérico, elefante y subjuntivo.
Don Hugo: No se guasee usted tanto, don Víctor, que la psicología es algo bastante serio… en fin, el elemento intruso es el subjuntivo… ¡qué fácil!
Don Víctor: Erróneo, don Hugo. Le he pillado. No era ése el criterio, sino el de «especies en extinción».
Don Hugo: Qué tramposo es usted. ¿Y qué tripa se le ha roto ahora al subjuntivo?
Don Víctor: Pues eso, que nos lo están matando, que cada vez se recurre menos a él, que se aburre de estar tan callado, que se nos muere de pena, como don Quijote en la cama.
Don Hugo: No había caído yo en ello, pero sí que es verdad… ¡Cuánta razón lleva usted, Don Víctor! Con el subjuntivo se nos van las hipótesis y las quimeras…
Don Víctor: … las potencialidades y las ilusiones…
Don Hugo: … la crítica y la duda…
Don Víctor: … la posibilidad y la utopía…
Don Hugo: Me he caído del caballo, como San Pablo… Esta persecución es gravísima porque nos lleva derechos a la neo-lengua de «1984»: mengua en el acervo de significados, eliminación de matices y acepciones secundarias, reducción de los tiempos verbales…
Don Víctor: Una regresión filogenética del pensamiento en toda regla… ¡la sub-lengua de una dictadura!
Don Hugo: Es como aquel personaje de Cervantes que enseñaba vizcaíno a un elefante.

Jota

Don Hugo: Esto siempre gusta. Cómo se entusiasma el público… Para mí, don Víctor, los únicos españoles con derecho a la independencia serían los pacíficos pitiusos.
Don Víctor: ¡Caramba, don Hugo…!, ¿está usted en su sano juicio?
Don Hugo: Claro, aquellas islas son las únicas que no han conocido ninguna variante de la jota.
Don Víctor: Ahora le entiendo; por eso, la más famosa de todas, la aragonesa, tuvo la virtud de suscitar tanto fervor patriótico en la España de la Restauración.
Don Hugo: «La Dolores» del maestro Bretón, las de «Los de Aragón» y la de «El trust de los tenorios» del maestro Serrano…
Don Víctor: … y la que fue un fenómeno: la de «El Dúo de la Africana», de Fernández Caballero. Leyendo periódicos viejos de la época del estreno, hablan como de efecto electrificante… ¡un entusiasmo incontenible que poseía sistemáticamente a los auditorios allá donde se representara!
Don Hugo: Lo que yo llamaría «mesmerismo patriótico».
Don Víctor: Yo pienso, don Hugo, que si don Isidoro Macabich hubiera gozado de una vida aún más larga, nos habría aportado al menos algún rastro de jota ibicenca , si bien tímidamente escondida tras alguna alteración rítmica acorde con las viejísimas danzas de los isleños.
Don Hugo: Me lo ha puesto usted en bandeja, don Víctor… ni siquiera los pitiusos tienen derecho a la independencia.

Lamento de gigante

Don Hugo: ¡Ay, don Víctor, qué lástima da ver estos trozos de la madre de todas las civilizaciones!
Don Víctor: Y por si fuera poco, don Hugo, y no estuvieran suficientemente machacados los pobres, todavía los hemos triturado más y los hemos dispersado en la última guerra.
Don Hugo: Tenga usted en cuenta, don Víctor, que había que concentrarse en proteger el Ministerio del Petróleo.
Don Víctor: Claro, nuestra ministra nos prometió que bajaría muchísimo el precio del petróleo.
Don Hugo: Había que liberar a la Humanidad de las armas de destrucción masiva.
Don Víctor: ¡Lo que ha mejorado, desde entonces, la seguridad en todo el mundo!, ¡Qué éxito!
Don Hugo: Y no olvide usted que había que exportar la democracia a esos bárbaros de tan antigua civilización.
Don Víctor: El telediario da buena prueba de ello cada día.
Don Hugo: La imagen del campeón Al Jaburi derrumbando a golpes de mazo la estatua de Sadam Huseín me recuerda la lucha del gigante Enkidu contra Gilgamesh.
Don Víctor: Pero tenga usted en cuenta, don Hugo, que Sadam no era precisamente un héroe, sino un tío muy malo.
Don Hugo: No sé por qué será, pero últimamente el halterófilo Al Jaburi anda por ahí lamentándose de que «contra Sadam Huseín se vivía mejor».

Jeriñac

Don Víctor: Se lo voy a poner ahora mismo, don Hugo, a ver si está el vals del policía.
Don Hugo: Como no trae fecha, todo puede ser.
Don Víctor: Tanta fanfarria y tanta retórica imperial y anda que no tuvimos que aguantar un continuo espulgo de miserias y pequeñeces, incluso en estas inocentes zarzuelas de antes de la guerra.
Don Hugo: Y si no, cortaban el número completo, como en el vals este que hace mofa de la figura del policía…
Don Víctor: … que, por cierto, ni usted ni yo hemos oído nunca.
Don Hugo: … daban el cambiazo con un término que desvirtuaba el sentido.
Don Víctor: Sí, «reservistas» por «socialistas»…
Don Hugo: … en «El bateo» de Chueca.
Don Víctor: …»pollito bien» por «Victoria Kent»…
Don Hugo: … en «Las Leandras» del maestro Alonso.
Don Víctor: «no anda sola» por «no duerme sola»…
Don Hugo: … en el chotis de la Lola.
Don Víctor: ¡Puf, es que, claro, todo eso era tan peligroso!
Don Hugo: Fíjese usted, don Víctor, que hasta se convocó un concurso nacional, muy bien dotado, para desterrar de nuestro vocabulario nacional la palabra extranjera «coñac».
Don Víctor: Ah sí, me acuerdo de aquel infeliz que entra en un café y cuando le preguntan qué desea, contesta el neologismo vencedor: «JERIÑAC». Entonces el camarero le indica: «La puerta del fondo, a la izquierda».

Calamares en Atocha

Don Víctor: Y la fuente de la alcachofa, don Hugo, ¿dónde va?
Don Hugo: Ahí, don Víctor, en el centro de la glorieta.
Don Víctor: Pero, ¿no estaba en el Retiro?
Don Hugo: Es que es una réplica en bronce. La tenemos duplicada.
Don Víctor: Qué contento se pondría don Ventura Rodríguez de ver doblada su irónica cosecha. ¡Vaya manera de ensalzar el producto estrella de su pueblo, Ciempozuelos!
Don Hugo: A esta hermana pequeña se la conoce castizamente como la «Parturienta»; ya sabe usted, eso de que «rompe aguas al alba y da luz de noche»… Voy a ver si encuentro una bombillita por ahí…
Don Víctor: Tenga usted.
Don Hugo: A ver si me ayuda ahora usted con esto. Aquí traigo la rotonda de la estación de Moneo y el Observatorio de Villanueva.
Don Víctor: Qué bien ha hecho el navarro en homenajear al mejor de los neoclásicos… Ahora bien, don Hugo, no le parece que la estación vieja le ha quedado a usted un poquito hundida.
Don Hugo: Es que, por desgracia, las reformas nos la han ahogado, como al Panteón de Roma.
Don Víctor: Hablando de Roma, veo que ya ha iniciado usted el famoso tridente de Atocha, a imagen del que parte de la Piazza del Popolo.
Don Hugo: ¡Ay Roma! Ésa sí que sería una gran maqueta…
Don Víctor: Con este trajín y a estas horas, me está entrando un apetito… que de buena gana me comería un bocadillo de calamares.
Don Hugo: ¡A la romana! Vamos, don Víctor, bajémonos al Brillante.

Alma italiana

Don Hugo: Me tiene usted en ascuas con lo de Durero: cómo es posible que, siendo alemán, fuera capaz de pintar un cuerpo.
Don Víctor: Es sólo un barrunto, don Hugo, pero no me lo saco de la cabeza…
Don Hugo: No me salga usted ahora con que fue a aprender a Italia… porque ahí iban todos y, salvo algunos españoles, ninguno se enteraba de gran cosa y menos los tedescos.
Don Víctor: Parece que Miguel Ángel reconoce los adelantos de Berruguete y de Almedina… y más tarde también los flamencos aprovecharán lo suyo, pero le doy la razón.
Don Hugo: Entonces, don Víctor, ¿cómo explica usted lo inexplicable?
Don Víctor: En mi última convalecencia pasé muchas horas estudiando todos sus grabados y, tras mucho comparar, combinar figuras de unos con otros, solaparlos… vinieron a enfrentarse ante mis ojos un autorretrato suyo, por un lado, y, por otro, el Demonio tentando a Cristo.
Don Hugo: No en vano Durero se representó alguna vez que parecía la Santa Faz del lienzo de la Verónica.
Don Víctor: No quise ver más y quedé postrado varios días…
Don Hugo: No lo dude, don Víctor, es un caso indiscutible de insight místico.
Don Víctor: Yo, en mi flaqueza, creí que era como una revelación…
Don Hugo: Pero, don Víctor, vaya usted al grano de una vez, que parece como si me fuera usted a morir con el secreto.
Don Víctor: Durero vendió su alma a Mefistófeles para ser italiano el resto de sus días.
Don Hugo: ¡Acabáramos!

Châteaux en Espagne

Don Víctor: «Estos, Fabio, ¡ay dolor! que ves ahora / Campos de soledad, mustio collado,/ Fueron un tiempo Itálica famosa…»
Don Hugo: Sí, y luego que si la «lastimosa reliquia» y que si «sólo quedan memorias funerales» y que «de todo apenas quedan las señales» y que si «a su gran pesadumbre se rindieron» y que al final, como ocurre siempre en España, todo lo invade el «amarillo jaramago»….no, si ya le veo venir, don Víctor. ¡Y cuánta razón no llevará usted una vez más!
Don Víctor: ¡Cuántas veces, don Hugo, nos habremos creído los españoles que ya se había acabado de una vez con el caciquismo!
Don Hugo: Desengañémonos, don Víctor, que el caciquismo es como Frégoli, que a cada momento vuelve con un disfraz nuevo.
Don Víctor: ¿De lagarterana quizá?
Don Hugo: Va usted bien… últimamente de comunidad autónoma. Coloque usted a sus nepotes y búsquese unos cientos más, creando una red de intereses a costa del flamante presupuesto transferido…
Don Víctor: ¡Cuántas más transferencias, mejor servicio al ciudadano!
Don Hugo: … láncese usted, alegremente, a construir y construir… débale a todos los bancos y gane usted así poderosos valedores.
Don Víctor: Con semejante auge, qué contento va a estar el pueblo: trabajo y especulación al alcance de todos los españoles.
Don Hugo: Perdone usted: ¡sólo de los de nuestra autonomía!
Don Víctor: Y cuando no quede más leña que quemar, quéjese usted de Madrid…
Don Hugo: … que Madrid ya se quejará de la Merkel… ¿Por qué Boadella no habrá sacado un montaje de «Los caciques» de Arniches?
Don Víctor: Demasiado fácil, ¿qué podría aportar aquí don Albert?
Don Hugo: Hay una frase de don Julián, el médico rural, aquel tan raro por ser honrado y discreto, que no tiene desperdicio: «un caciquismo que despoja, aniquila, envilece… que vive agarrado a estos pueblos como la hiedra a las ruinas.»
Don Víctor: Pues sí que va a tener usted razón, don Hugo, con lo de Boadella: ¿por qué no fantasear sobre el arte quimérico de construir ruinas modernas, monumentales espejismos arquitectónicos que nunca se utilizarán: el Hospital Oncológico de Villaviciosa de Odón, la Ciudad del Circo en Alcorcón, el aeropuerto de Ciudad Real, el de Castellón, el Museo…
Don Hugo: Des châteaux en Espagne!

Blanco y negro

Don Hugo: Nos decía ayer a Dolores y a mí nuestra hija que le gustan muchísimo más nuestras fotos de boda que las suyas.
Don Víctor: Y eso que las de su niña serán bien grandes y en color.
Don Hugo: Precisamente. Dice que el blanco y negro tiene una poesía y un misterio que se pierde con el color.
Don Víctor: La verdad es que la realidad que vemos, abriendo simplemente los ojos, no es nada artística: es sobreabundante en estímulos cromáticos, es prolija, desordenada, confusa, hasta sucia si me permite la expresión.
Don Hugo: No siempre, don Víctor; concédame que hay lugares muy bonitos…
Don Víctor: Pero porque seleccionamos según miramos; desechamos gran parte de lo que estamos viendo y nos imaginamos incluso la hermosa vista que podríamos componer. Delacroix mismo confesaba que era incapaz de representar todo lo que tenía delante y que para pintar un cuadro tenía que hacer previamente limpieza.
Don Hugo: Vamos, que siempre es necesaria una estilización… y al fotógrafo, en cuanto que abre el objetivo, se le cuela todo.
Don Víctor: Exactamente, pero en cambio, el blanco y negro se limita a las tonalidades, prescindiendo de las diferencias cromáticas, que es lo que encontramos, por ejemplo, en la base de los paisajes de Corot.
Don Hugo: Por algo son tan misteriosos y casi hipnóticos… Se me parecen a mis sueños, que son en blanco y negro.
Don Víctor: Fíjese, don Hugo, que la vida en blanco y negro, como al parecer ven los perros, nos resultaría mortecina, al igual que una grisalla flamenca, pero el pintor puede engalanar su representación con colores escogidos y armonizados cuidadosamente, gracias a que ha eliminado infinidad de elementos superfluos.
Don Hugo: Claro, don Víctor: una cosa es la vida y otra, bien distinta, el arte; y dentro de éste, una cosa es la pintura y otra la fotografía, cada cual con sus exigencias.
Don Víctor: Eso es lo que le va a decir usted a su hija, que tiene mucha razón y que si quiere arte, que mande revelar todo el reportaje en blanco y negro.

Ya no hay úlceras

Don Víctor: Usted, don Hugo, ¿cuándo se enteró de que existía el colesterol?
Don Hugo: ¡Arrea!… Sólo acierto a decirle que con Franco no había colesterol… y que últimamente resulta que hay colesterol bueno y colesterol malo.
Don Víctor: Lo que sí que había, especialmente desde el desarrollismo y el pluriempleo, era úlceras de estómago.
Don Hugo: Y ya por entonces bien que empezaban a atizar los infartos.
Don Víctor: ¿Se da cuenta de lo que cambian las cosas, que ahora la plaga es el cáncer?
Don Hugo: Pues sí, don Víctor… ¿Quién se acuerda ya de las úlceras?… ¿Infartos?… Bueno, sí, alguno sigue habiendo.
Don Víctor: Creíamos que una cosa era la biología y que otra, la sociedad…
Don Hugo: La realidad demuestra lo contrario. ¿Qué si no son las enfermedades psicosomáticas? La expresión de esa interrelación íntima entre ambos ámbitos.
Don Víctor: Pero entonces, ¿la enfermedad cambia como la moda en el vestir, como la tecnología, como los gustos por los espectáculos, como la estructura económica?…
Don Hugo: Hasta ese punto antropomorfiza el mundo el ser humano.
Don Víctor: Entonces, nuestro cuerpo es social…