Matías López

Don Hugo: Fíjese, don Víctor, una lata de chocolate «Matías López».
Don Víctor: ¿Chocolate, dice usted?… ¿Ése que tomábamos en la postguerra?
Don Hugo: ¿Sabe usted lo que el propio fabricante contestó a un adulador que le sugería echar menos cacao a su chocolate?
Don Víctor: No acierto a imaginarlo, don Hugo.
Don Hugo: «¿Echar menos cacao?… Hijo mío, eso es imposible».

Épica y lírica

Don Víctor: Para mí, don Hugo, que Don Juan, en el fondo, no es hombre de amor.
Don Hugo: No me diga, don Víctor… pues entonces… ¡apaga y vámonos!
Don Víctor: Verdaderamente, ¿le parece sensible a lo lírico?
Don Hugo: Toda la vida anda corriendo tras la última bella que acaba de inflamar su corazón.
Don Víctor: Yo lo veo más bien como un hombre de guerra. ¿Recuerda usted esa verdadera arenga que dirige a su criado Sganarelle?
Don Hugo: ¿El de Molière?
Don Víctor: En efecto. La conquista de la dama le lleva a ensartar toda una panoplia de terminología militar. Mire la lista: «réduire, combattre, rendre les armes, forcer pied à pied, résistance, opposer, vaincre, être maître, conquête, triompher de la résistance, ambition de conquérant, de victoire en victoire…» ¡Si hasta llega a compararse con el mismísimo Alejandro!
Don Hugo: Mucho antes que Molière, nuestro buen Arcipreste lo dijo ya, poniéndolo en boca de doña Venus… A ver si recuerdo bien…

Con arte se quebrantan los coraçones duros,
tómanse las çibdades, derríbanse los muros,
cahen las torres fuertes, álçanse pesos duros»

Don Víctor: ¡Me ha matado!
Don Hugo: El drama de don Juan es que es incapaz de disfrutar de lo conquistado; enseguida se aburre y añora volver de campaña… no nos engañemos, don Víctor… todos somos Don Juan.
Don Víctor: ¡No me falte a Dolores, que se le calienta a usted la boca!
Don Hugo: No es eso. Lo que yo digo es que el hombre occidental, que es el único al que entiendo, participa de esa misma dualidad que desgarra a Don Juan: en la paz añora la guerra y en la guerra suspira por la paz.
Don Víctor: Tiene usted, razón, don Hugo. Esa es nuestra crónica insatisfacción: la dialéctica entre épica y lírica.

Sé feliz

Don Hugo: Menos mal, don Víctor, que ya han quitado de la salida de Brunete aquel cartel que rezaba: «Adonde quiera que vayas, recuérdanos. Sé feliz».
Don Víctor: ¡Vaya con Brunete! Se conoce que pasó por allí «¡Viva la gente!» para el pregón de las fiestas…
Don Hugo: En cambio el otro día fui al parking municipal de Pozuelo y pone: «Feliz aparcamiento».
Don Víctor: Créame, don Hugo, hoy en día la felicidad obligatoria es el pensamiento único.
Don Hugo: Ya se adelantó el bueno de don Léon Blum con aquello de que «queremos individuos felices y no ciudadanos útiles».
Don Víctor: Pero lo suyo tiene un pase porque eran otros tiempos y la condición obrera, lamentable.
Don Hugo: Antes teníamos la decencia de desearnos felicidad sólo en las fechas señaladas: Navidad y cumpleaños…
Don Víctor: ¿Dónde acaba y dónde empieza esa felicidad?… Si parece un carrusel que nunca se fuera a detener… un carnaval permanente… a la postre una rueda satánica.
Don Hugo: Es el señuelo de una falsa felicidad permanente. Los espíritus quedan estragados de tan empachoso producto de consumo.
Don Víctor: Y la felicidad, como tal, ¡devaluada!
Don Hugo: Desnaturalizada…
Don Víctor: Suplantada… y ¡anulada!

Estrés

Don Víctor: ¡Si ahora hasta resulta que Cristo tuvo estrés!
Don Hugo: Como que sudó sangre…
Don Víctor: ¡Estrés, estrés!… ¿qué es el estrés?…
Don Hugo: ¿Exceso de preocupaciones o de trabajo?
Don Víctor: Eso es agotamiento… eso es surménage.
Don Hugo: ¿Sentirse muy presionado, acuciado?
Don Víctor: Eso es agobio.
Don Hugo: ¿Un no hallarse, un sin vivir?
Don Víctor: Eso es desasosiego.
Don Hugo: ¿Un recelo, un temor generalizado?
Don Víctor: Vamos, que se me hacen los dedos huéspedes…
Don Hugo: ¿Un estar nervioso?
Don Víctor: Comején, desazón.
Don Hugo: ¿Es acaso la ansiedad… la angustia?
Don Víctor: A este paso, acabaremos hablando del estrés existencial de Kierkegaard y de Sartre…
Don Hugo: Estrés también sería la «indefensión aprendida»: tras una serie de conductas siempre castigadas, se cae en la depresión y en la parálisis psíquica.
Don Víctor: Mire, don Hugo, estrés es todo y no es nada… ¿No hablamos ahora de estrés de la banca?…
Don Hugo: Sí, don Víctor, y hasta ¡de estrés hídrico!
Don Víctor: ¡Si hasta los toros tienen estrés!…
Don Hugo: Sí, y por eso se caen tanto.

La batalla de Madrid

Don Hugo: Diecisiete refugiados llegamos a tener aquí, don Víctor…
Don Víctor: ¿Y cuando había bombardeo?
Don Hugo: Bajábamos a la botica de mi tío Cecilio con los demás vecinos de la casa. Allí fue donde a una monja se le cayó en la cabeza un frasco de «mierda del diablo»
Don Víctor: ¡Precisamente! Pero, dígame, don Hugo, ¿los refugiados eran todos parientes, como en mi casa?
Don Hugo: Sólo las Cucas, dos beatas siempre de negro… Como mi padre salía a comprar los víveres que podía en el mercado negro, luego, cuando le pagaban, en más de una ocasión le reprocharon que se estaba poniendo muy «carero».
Don Víctor: ¡Encima, como si el pobre, que se jugaba la vida por todos, les estuviera sisando!
Don Hugo: Yo me reí mucho cuando las Cucas, una mañana, dijeron que había habido mucho movimiento en el frente por la noche… mucho bombardeo… Todos sabíamos que se trataba del tío Cayetano que, mientras paseaba fumando por el pasillo, iba peyéndose con estruendo…
Don Víctor: ¡Bélico!

italianos

Don Hugo: Le juro a usted, don Víctor, que el otro día sí que lo encontré. ¡Monferrato estaba por aquí!… No lo he soñado…
Don Víctor: ¿Pero no es cierto, don Hugo, que se quedó usted dormido mientras lo buscaba?
Don Hugo: Es igual. En cualquier caso Monferrato es piedra de toque del nacionalismo italiano, tanto para Tassoni como para Boccalini.
Don Víctor: Lo que me maravilla es que inventaran antes que nadie el nacionalismo en pleno siglo XVII.
Don Hugo: ¡Y que luego fueran tan negligentes como para unificarse más tarde que nadie!
Don Víctor (cantando): «Siamo tutti una sola famiglia!»
Don Hugo: El bueno de Mazzini no inventó nada. La novedad fue Garibaldi, el brazo ejecutor, que era lo que faltaba.
Don Víctor: El mismo Alessandro Tassoni ya lo había dejado formulado: «abbandonano la difesa della patria per unirsi agli stranieri nemici».
Don Hugo (cantando): «Guerra, guerra allo stranier!»
Don Víctor: Claro… porque estaba Garibaldi detrás, que si no Verdi habría tenido que cantarle al claro de luna…
Don Hugo: Pues fíjese lo que dice Trainao Boccalini, que con sólo ponerse un par de gregüescos sevillanos, los italianos se fingen «buoni spagnoli»; y con un cuello de encajes de Cambrai, «perfetti francesi».
Don Víctor: ¿No es este Boccalini el que llama a sus compatriotas «monos» por su conducta de imitación?
Don Hugo: El mismo, por más que diga que «nell´intimo del cuor loro serbano vivissimo l´odio antico».
Don Víctor: Vamos, como para un coro de Verdi.
Don Hugo: Pero entre tanto el pueblo llano se avenía a todo: «Con la Francia o con la Spagna, pur che si magna».

Agua de coco

Don Víctor: ¿Cuántos años hará, don Hugo, que no vemos a un torero echar mano al botijo?
Don Hugo: Ni a los empleados del metro ni a los albañiles. Todo son esas botellitas de plástico que saben mal.
Don Víctor: Recuerdo cómo en «Fortunata y Jacinta» se establece una discusión sobre cuál de las aguas madrileñas surte mejor a los botijos, ya no sé si la de la Fuente del Berro o la de la Fuente Castellana, o si la del Santo…
Don Hugo: Creo recordar que sobre todas la del Lozoya.
Don Víctor: ¡Cómo parodian aquellas polémicas la de don Hilarión y don Sebastián con sus aguas purgantes y otras porquerías!
Don Hugo: Sea como sea, yo añoro aquella agua del Madrid de nuestra juventud…
Don Víctor: Lo único que sigue siendo igual es el agua de coco. El mismo placer que cuando éramos niños…
Don Hugo: No dice usted nada, don Víctor… ¡el agua de coco!
Don Víctor: Creo recordar que el militar y cronista de Indias Gonzalo Fernández de Oviedo la pone por las nubes, como la mejor que se pueda beber nunca.
Don Hugo: Claro, don Víctor, vaya propaganda que le hace. Si llega a decir que, una vez bebida, «ninguna cosa ni parte queda en el hombre que deje de sentir consolación y maravilloso contentamiento». No queda ahí la cosa, que añade: «cierto parece cosa de excelencia que todo lo que sobre la tierra se pueda gustar».
Don Víctor: Lo vio muy bien Ramón en una de sus greguerías, que «los cocos tienen dentro agua de oasis», que es como decir que es el agua del Paraíso…
Don Hugo: ¡La que bebían nuestros primeros padres!

¿Clásico o romántico?

Don Hugo: ¿Es usted clásico o romántico, don Víctor?
Don Víctor: Esta vez sí que me pone usted en un brete, don Hugo. A mí me gusta lo equilibrado, lo armonioso, en suma…
Don Hugo: Parece entonces que la cosa se define.
Don Víctor: Me gusta la nobleza en las creaciones del arte; me gusta lo bello que es a la vez lo verdadero; me gusta lo eterno, lo imperecedero.
Don Hugo: Más claro, agua. Es usted un clásico como la copa de un pino.
Don Víctor: Pero… y esta manera de vivirlo tan cargada de emoción, este anhelo y esta lacerante ansiedad ante la carencia de todo ello… imposible de colmar… ¿no es puro romanticismo?
Don Hugo: Parece, en efecto, romántica esa nostalgia de la clásica Edad de Oro…
Don Víctor: ¿Qué soy yo entonces, don Hugo?… Y, por cierto, ¿usted qué es?…
Don Hugo: Pues ni lo uno ni lo otro, don Víctor.
Don Víctor: Eso , don Hugo, no me lo creo porque no es usted un filisteo.
Don Hugo: Es que yo soy… ¡paleolítico!
Don Víctor: ¿Por qué lo dice? ¿Porque siempre es usted a quien llaman en la familia a la hora de matar bichos?
Don Hugo: Eso además, pero sobre todo porque puedo pasarme mucho tiempo sin comer y me revienta picar entre horas. En cambio, cuando me pongo, me muestro ansioso y como más de lo que debo. No aguanto ni la inactividad ni quedarme en casa, sino que me pasaría la vida merodeando al aire libre. Todo ello, indudablemente, secuela del cansancio de la caverna, tras miles de años de glaciación.
Don Víctor: Claro, tanto tiempo encerrado en casa debe de ser aburridísimo.
Don Hugo: Pues de ahí me viene también esta manía de estar siempre pintando monas. Que si no me diera vergüenza, andaría dibujando monigotes en las paredes.
Don Víctor: Caramba, don Hugo, lo suyo sí que es antiguo… ¡Si es de mucho más rancio abolengo que no lo mío!

Lágrimas y estrellas

Don Víctor: Las lágrimas de San Lorenzo… ¡qué noche tan especial!… El otro día, don Hugo, me preguntaba usted por qué lloro. A veces leyendo a Tasso doy en llorar pensando en cómo la vida le pagó con el encierro cuando él liberó para todos nosotros la misma Jerusalén.
Don Hugo: Mejor suerte le cupo en cambio a su coetáneo y compatriota Ariosto. Si hasta Casanova llegó a convencer al propio Voltaire de la superioridad del poeta emiliano sobre el mismísimo Homero.
Don Víctor: Lloré también una vez en que me quedé solo en San Carlino alle Quattro Fontane cavilando sobre el decepcionado Borromini cuyo genio se vio postergado hasta el punto de caer en la desesperación y el suicidio.
Don Hugo: Ya podía haberle echado una manita el afortunado Bernini que se lo llevaba todo.
Don Víctor: Ciertos versos de Nerval hacen que se me salten las lágrimas…
Don Hugo: ¿El soneto «El Desdichado» quizás?
Don Víctor: ¿Lo tiene usted, don Hugo? Últimamente no encuentro ese volumen; para mí que Julita me lo tiene escondido.
Don Hugo: Es verdad, el pobre Nerval también se suicidó, ahorcándose. No puedo menos de pensar en la gloria en vida que rodeó mientras tanto a Víctor Hugo.
Don Víctor: Si por llorar, a veces, hasta el recogimiento contemplativo de algunos cuadros de Juan Gris, me humedecen los ojos. ¿Ha encontrado usted, don Hugo, alguna vez belleza y meditación en el cubismo fuera de una pintura de Gris?
Don Hugo: Lleva usted más razón que un santo, don Víctor. Imposible encontrarlas, por ejemplo, en las del glorioso Picasso que lo relegó a la sombra.
Don Víctor: ¿Se puede usted creer que acabara muriendo en la miseria este pobre Gris?
Don Hugo: Usted lo ha dicho, don Víctor. ¡Gris se hizo llamar y no José Victoriano González-Pérez, como era su auténtico nombre! Para mí, está bien claro; por asociación de ideas y de palabras, «gris» evoca ocultación, depresión y la penumbra del fracaso. No es cierto que unos hombres nazcan con estrella y otros estrellados, sino que su muerte es el resultado de una elección vital que lleva a exponerse a unos determinados estímulos, y no a otros, y a darles unas respuestas determinadas.
Don Víctor: Entonces… ¿estos destinos no son injustos?… Entonces… ¿no tengo que llorar?
Don Hugo: Llore usted, don Víctor, y yo le admiro por ello. Su sensibilidad le lleva a penetrar hasta donde pocos llegan. Yo no lloro nunca.

San Felipe el Real

Don Víctor: ¡No paso de aquí! ¡No paso de aquí!
Don Hugo: ¡Calle y venga conmigo, que parece usted el Roberto de «Bohemios»!
Don Víctor: ¿Adónde me lleva usted, don Hugo? Aborrezco el juego y aún más el ambiente del juego.
Don Hugo: La curiosidad científica, don Víctor… ¡la experimentación! Aquí no venimos a jugar sino a conocer.
Don Víctor: Me trae usted al Infierno. Y no precisamente como Virgilio a Dante… ¡Además no tengo suelto!
Don Hugo: No se apure, que invito yo y lleva usted razón en lo del Infierno. Figúrese: este santo claustro es un lugar de recogimiento a salvo del bullicio de la Villa que nos rodea a pocos metros para que desde aquí se eleven las mentes y las almas al Cielo.
Don Víctor: ¿Pero qué me dice usted? ¿Aquí, en medio del repiqueteo de la bola sobre la ruleta, la charanga electrónica de las máquinas tragaperras y el tintineo de las monedas en cascada?… ¿Oración, elevación?…
Don Hugo: ¡Silencio! ¡Un respeto! Nos hallamos en el claustro del convento de San Felipe el Real… aquí lo tiene todavía en pie, en medio de las casas de Cordero, superviviente al incendio de 1718, al saqueo de la francesada y a la desamortización de Mendizábal… aunque ultrajado, eso sí, por estos execrables juegos de azar.
Don Víctor: Ahora veo adónde íbamos a parar, don Hugo. El contraste es admirable y da vértigo. Lástima que tenga que desengañarle: estos sólidos pilares y estas nobles arcadas ya no son los del convento. Todo fue derruido. Estas maquinitas no desmienten, sino que incluso homenajean, muy coherentemente, el origen de esta opulenta arquitectura decimonónica: Cordero levantó sus viviendas de alquiler con el fruto del gordo de la lotería.
Don Hugo: Entonces, don Víctor… ¿tampoco me tiene que gustar?