Don Hugo: Va a resultar ahora que los únicos que tenemos dinero somos los viejos. Don Víctor: Y todo ha venido de una manera… Uno piensa que hemos caído en este agujero de manera innecesaria. Don Hugo: ¡Vaya manera de administrar las vacas gordas! Don Víctor: Tanto el Estado como los bancos. Don Hugo: ¿Se acuerda usted de lo delgaditos que éramos todos los españoles en los años 40? Don Víctor: ¡Y en los 50! Lo malo es que a aquellos españoles flacos todo se les volvían pulgas. Don Hugo: Que no vuelvan nunca más esas pulgas. Don Víctor: Y ya puestos, tampoco el piojo verde.
Don Hugo: Pues mire usted, don Víctor, a mal tiempo buena cara, que a lo mejor me va a venir bien esta crisis para quitarme algunos kilitos de encima. Don Víctor: Sí que va a perder usted esos kilos de más como no aflojemos el paso… que me lleva usted que estoy perdiendo el resuello.
Don Hugo: Lo defenestrarán en cuanto pierda por primera vez. Don Víctor: Si ya ganándolo todo, ¡lo echaron por feo! Don Hugo: ¡No tenía glamour! Don Víctor: O sea que no era camelista. Don Hugo: Está lleno de defectos. Don Víctor: Pero, ¿qué me dice usted, don Hugo? Don Hugo: Que sí, hombre. Es humilde, nunca se mete con nadie, nunca echa la culpa a los demás. Don Víctor: En mi casa a eso se le llama no sacudirse las pulguitas. Don Hugo: Y además es un hombre normal, con su familia y sus hijos que hacen la primera comunión. Don Víctor: Vamos, ¡un horror para el mercado! Don Hugo: Mire usted, don Víctor, si no habrán cambiado los tiempos…pues, a pesar de todo, también esta cultura del consumo nos lleva a lo de siempre: a tirar contra el que sobresale. Don Víctor: A hacer leña del árbol caído. Don Hugo: En definitiva la manida envidia española. Don Víctor: Si es que, ¡maldita sea!, parece que tenga que triunfar siempre la irracionalidad… Don Hugo: Lo que yo digo: este hombre es un santo. Don Víctor: Y que no sea mártir.
Don Víctor: Dígame, don Hugo, ¿tenemos que transbordar ya en la próxima? Don Hugo: ¡Don Víctor, es usted el último madrileño que todavía dice «transbordar»! Don Víctor: ¿Cómo quiere usted que lo diga si no? Don Hugo: Utiliza usted demasiado vocabulario. Es hora de ir recortándolo. Ahora se dice «cambiar» para todo. Don Víctor: Lo que yo quiero saber es si hay que apearse o no en la siguiente. Don Hugo: ¡»Apearse»! No siga usted diciéndolo a ver si le ocurre como al del chiste, que se removía en el asiento y la señora, que está la pobre de pie, le pregunta: «Caballero, ¿va a usted a apearse?» y contesta: «No, voy a peerme».
Don Hugo: Don Víctor, ¡nuestro gozo en un pozo! Cuánto siento no haber llamado para reservar, pero ya ve que le he citado en vano… Don Víctor: ¿Cómo es posible… en venta y, así, sin avisar? Don Hugo: Tendremos que ir haciéndonos a la idea de que nos hemos quedado sin «El Schotís» para siempre. Don Víctor: No me lo puedo creer… y qué va a ser ahora de los murales de Eduardo Vicente… Don Hugo: ¡Atiza, yo que sólo pensaba en los chuletones que nos vamos a perder! Don Víctor: Me está entrando una congoja, don Hugo… adiós a esa carne tan buena… Don Hugo: … adiós a esos camareros tan castizos, casi de nuestra quinta… Don Víctor: … adiós a lo que ha sido la Cava Baja para varias generaciones… Don Hugo: La verdad es que da muchísima tristeza porque es todo un mundo el que se nos va. Don Víctor: Ahora pienso en la melancolía que rezuman los escenarios y ambientes de Eduardo Vicente. Don Hugo: Ya lo dijo Gerardo Diego a propósito de su pintura: «el cielo lírico sobre el puente de Segovia». Don Víctor: Y también: «la muchacha que en cama de hierro se desviste olorosa a jabón». Don Hugo: Me estoy maliciando que este local nos lo mudan en disco-pub muy fashion y a la obra de nuestro pintor nos la sepultan bajo los consabidos graffiti de rigor. Don Víctor: ¡Vamos ahora mismo a la Consejería de Cultura! Don Hugo: Sí, don Víctor, pero, primero, bajemos a Lucio, que me muero de hambre.
Don Víctor: Es que es un peso, que, mire usted, ya no puedo con él. Don Hugo: ¿Pero en qué consiste exactamente esa pesadilla, don Víctor? Don Víctor: Todas las noches, lo mismo: me veo en el Infierno y, perdóneme, don Hugo, pero usted también está allí. ¿Me va a decir usted ahora que como lo he soñado, es cierto? Don Hugo: ¡Diantres! Vayamos por partes. En primer lugar, ¿qué habrá hecho usted, hombre de Dios, para ir al Infierno? Si acaso, usted y yo iremos, de alguna manera, como de visita, igual que Virgilio y Dante. Don Víctor: O sea que cree usted que luego saldremos. Don Hugo: Hombre, claro. Lo que ocurre es que todos, en nuestra existencia, vivimos uno, ¡o varios!, metafóricos descensos a los Infiernos y, como el Inconsciente es a la conciencia lo que los tiempos geológicos a la Historia, de vez en cuando, fruto de algún estímulo azaroso, se elicita desde las profundidades la respuesta a un conflicto sepultado y aparentemente muerto y… Don Víctor: No me venga usted con cuentos, don Hugo, que Freud era ateo. Sabría lo indecible de los infiernos psíquicos, pero del nuestro, del de verdad, no tenía ni idea. Don Hugo: Don Víctor, tranquilícese usted. ¿Se acuerda de ese buen fray Juan Gil, trinitario, que rescató a Cervantes? Don Víctor: Ah, sí, de aquéllos que, como escribió el propio Cervantes, ¡ya no sé dónde!, «dan su libertad por la ajena y quedan cautivos por rescatar a los cautivos». Don Hugo: Eso es de «La española inglesa». Don Víctor: No me enrede usted, que estoy muy preocupado. Don Hugo: A lo que iba yo, don Víctor, es a que si llegáramos al improbable mal trance de vernos en las calderas de Pedro Botero, no dude usted de que allí se presentan dos fieles gedeones. Don Víctor: ¿Los que reparten Evangelios a la salida del Metro? Don Hugo: Sí, tengo entendido que van al Infierno en lugar de los condenados.
Don Hugo: Ahora no me interrumpa, don Víctor, que enseguida estoy con usted. En cuatro brochazos acabo «Dimensión imperialista del modo de producción esclavista característico del período tardo-republicano romano». Don Víctor: Casi lo había adivinado… Don Hugo: Ya ve, todo es ponerse y uno da enseguida con el nivel de abstracción adecuado. Don Víctor: Le veo a usted muy travieso hoy, don Hugo. Explíqueme esta complicada puesta en escena… ¿No le da a usted apuro haber pedido permiso nada menos que al Museo del Prado para copiar de esta manera «La muerte de Viriato»?… Fíjese cómo le mira la gente… Don Hugo: Eso pretendo, pero, por favor, don Víctor, no me comprometa usted, contándoselo a Dolores. Don Víctor: ¡Ya lo he entendido, don Hugo! Está usted intentando poner en evidencia el arte contemporáneo. Don Hugo: Muy al contrario, don Víctor: se trata de denunciar la ideología que aliena el significado de la Historia, reduciéndola a fabulaciones banales y anécdotas principescas que ocultan arteramente la explotación del hombre por el hombre y mostrar cómo las relaciones de producción son el motor de la evolución de las sociedades. Don Víctor: ¡Chúpate esa mandarina! Don Hugo: Dígame usted, don Víctor: ¿ a quién puede importarle si hubo alguna vez uno que se llamó Julio César ni quién lo mató, ni qué Rubicón había ido a cruzar; o si la hierba volvía a crecer por donde pisaba el caballo de Atila?… Don Víctor: ¡Qué Atila!… ¡Fabulaciones, anécdotas principescas! Don Hugo: … ni si hubo unas Cruzadas ni dónde; o un Carlos V, enfermo de gota… Don Víctor: Vamos, que, a este paso, incluso nos quitan a de Gaulle… Don Hugo: Ahora lo ha entendido usted. Que una vez más hemos pegado un bandazo. ¿Usted cree que a un niño de la ESO le puede decir algo cuál era la organización por sectores económicos del Imperio Bizantino con su correspondiente estratificación social y su superestructura institucional, jurídica y política, aderezado todo ello con unas cuantas imágenes de representaciones artísticas de una religión de la que lo desconoce todo?… Don Víctor: Y visto este bloque, lo más rápidamente posible, se pasa al siguiente. Don Víctor: Mondrian metido a historiador.
Don Hugo: Don Víctor, que no es por aquí; que la Capilla Sixtina queda por allá. Don Víctor: Espere, espere, don Hugo, que ya llegamos a algo que quería enseñarle antes. Don Hugo: Pero si es Nerón… qué poco le aprovechó que le educara el más prudente de los hombres de su tiempo… Don Víctor: Si es que por mucho que se empeñara el pobre Séneca… con la educación pasa como con la grasa. Don Hugo: Caramba, don Víctor… eso sí que es una comparación ¡neroniana! Don Víctor: ¿No ve usted que hay quien, por mucha grasa que ingiera, se mantiene hecho un figurín y que más de uno, en cambio, alimentándose como San Juan Bautista, sólo cría adiposidades? Don Hugo: Visto de cerca, cómo se conoce que a Nerón le aprovechaban las grasas bastante más que las lecciones. Don Víctor: Y hay que ver, con lo rico que era de pequeñín, tan despierto, tan cariñoso con su madre, tan salao, tan curioso de todos los saberes… Don Hugo: Sí, ¡una monada!… pero le ocurrió como a la mayoría que, llegados a la adolescencia, se nos adocenaron… ¡por culpa de la educación! Don Víctor: Ésa es la tesis de Montaigne; sin embargo, Ramón y Cajal se queja de que es el rebullir de las hormonas quien nos distrae a los chicos. Don Hugo: Cuántas horas perdidas, cuántos cuidados y cuánta energía desperdiciada en aras de la procreación… algo así viene a decir nuestro médico. Don Víctor: ¡Cruel encrucijada! ¿A quién atender: a Afrodita o a Atenea? Don Hugo: Según el doctor Freud, la cultura y la civilización, en definitiva la humanidad, se asientan sobre la represión de la líbido. Don Víctor: Entonces, don Hugo, si los que se entregan a la carne, son unos brutos que descuidan el saber y, por el contrario, los que se consagran a aprender, olvidan procrear, entonces los maestros se condenan a la esterilidad para poder enseñar algo a los hijos de los sementales. Don Hugo: ¿Será por ello por lo que Montaigne desdeña a los profesores, achacándoles un cierto afeminamiento? Don Víctor: A la postre, entonces, Montaigne da la razón a Ramón y Cajal… Don Hugo: Y ahora me explico por qué fue siempre la Iglesia quien se ocupó de la enseñanza.
Don Hugo: Mire que nos corregían veces y veces lo de anteponer una preposición a otra. Cuánto no nos insistirían los maestros de entonces. Don Víctor: Lo que se metieron con aquel eslogan de la CEDA que decía: «¡A por el 40!» Don Hugo: Yo, como era niño, no sabía qué era eso. Don Víctor: El 40% necesario para ganar las elecciones en primera vuelta. Don Hugo: ¡Ah, caramba! por eso sus rivales, tan bien enseñados como nosotros, escribían debajo: «¡A por la gramática!» Don Víctor: Por lo menos, don Hugo, en nuestra generación, no se nos ha ocurrido bajar «a por tabaco» y dejar plantada a la señora, como tanto se ha dado después. Don Hugo: A eso conduce la permisividad y el aggiornamento de la Real Academia… Don Víctor: Si me aguarda un momentito, voy a aprovechar este urinario público, que bien pocos van quedando. Don Hugo: Mire a ver si todavía queda alguna de esas pegatinas de la CEDA que proclamaban que «Todo para el Jefe». Don Víctor: Es verdad, recuerdo cómo los de izquierdas las acumulaban en torno a los retretes… En fin, espero que a pesar de la incuria municipal, no huelan demasiado mal. Don Hugo: Quite, quite, don Víctor, recuerde usted lo que el emperador Vespasiano dijo cuando Tito le recriminó cobrar por utilizarlos. Don Víctor: ¡Como hacen ahora en Atocha y en el aeropuerto! Don Hugo: Y hacen bien porque, como dijo el emperador, «el dinero no tiene olor».
Don Hugo: Una verdadera lástima, don Víctor; se perdió usted lo mejor de la feria: el toro estaba ya echado y cuando sintió el verduguillo en la cerviz, en lugar de derrumbarse definitivamente, la casta lo levantó y ¡no sólo eso! sino que rompió a correr tras el matador de tal suerte que la muerte lo fulminó suspenso en el aire. Don Víctor: ¡Qué maravilla!… Como un toro cretense… Don Hugo: Yo de lo que me acordé fue de la leona asiria asaeteada como un San Sebastián, derrengada, pero alzándose todavía sobre las manos y elevando un postrer rugido. Don Víctor: No sé por qué lo recuerdo ahora, don Hugo, pero quería decirle, antes de que se me olvide, que me han regalado el último recital de Kraus. Don Hugo: ¿El de Zaragoza, al que asistimos usted y yo? ¡Qué belleza! Desde entonces no lo he vuelto a oír… Le voy a decir, don Víctor, por qué ha establecido usted en su subconsciente esa relación entre el toro encastado y bravo y don Alfredo Kraus. Don Víctor: ¡Arrea! Don Hugo: Porque tanto el uno como el otro saltan al ruedo al galope, acuden prestos al flamear de los capotes y rematan en tablas… Don Víctor: Estoy recordando esas arias de bravura con las que tantas veces se presentaban sus personajes… Don Hugo: … acomete con rabia el percal del diestro, se vuelve con presteza y nunca queda suelto… Don Víctor: … esos ariosos dramáticos donde Kraus muerde las palabras con la mayor agresividad… Don Hugo: … se arranca al caballo desde lejos, mete la riñonada y, sañudo, busca derribar… Don Víctor: … en medio de tempestuosos concertantes, atacando tesituras imposibles, se impone heroico sobre el coro con un cegador sobreagudo que a todos deja en suspenso…. Don Hugo: … como es noble, no se para ante el banderillero y le espera, ni corta el terreno, ni echa la cara arriba y nunca, nunca se duele… Don Víctor: … esa línea de canto límpida, caligráfica, sin trucos, portamentos ni aspiraciones, siempre a tono, y afinado… Don Hugo: … en la pañosa embiste raudo y codicioso, por derecho siempre, repite además, posibilitando así la ligazón de los pases, dando pruebas en todo momento de recorrido y hondura… Don Víctor: … ese canto legato siempre musical sobre un fiato inextinguible que regala el más noble de los fraseos… Don Hugo: …lleva la estocada hasta los gavilanes, traga sangre, se despatarra y lucha con denuedo contra la Enemiga porque aspira a vivir siempre. Don Víctor: Yo, a Kraus, le encontré aquella última vez herido de muerte, con el resuello menguado y débil de apoyos, especialmente cuando remató con la Jota de la Dolores. Don Hugo: Tenga usted en cuenta que llevaba ya tomadas buenas varas, las banderillas de rigor y demasiadas tandas de muleta. Don Víctor y don Hugo: ¡Murió embistiendo!
Don Víctor: Está visto, don Hugo, que no puede uno ir a ningún sitio sin toparse con él. ¡Posee el don de la ubicuidad! Don Hugo: Pero ¿seguro de que no se trata de un festival por vídeo-conferencia? Don Víctor: De ninguna manera, eso no va con Él. Estos vieneses tendrán que meterse entre pecho y espalda todo un festival ad maiorem gloriam de don Plácido Domingo en carne y hueso… Don Hugo: …que verifique cuantitativa, y por tanto científicamente, el inextinguible «domingocentrismo». Don Víctor: ¡Qué superada queda ya aquella antigua trinidad!… No hay más que un Dios… un Dios capaz de marcar la agenda del mismísimo Rey de España y de ser en todo momento la persona indudablemente más importante. Don Hugo: Un Dios además varias veces resucitado de hernias, neumonías y cánceres… Don Víctor: El que toca las campanas, el que desfila en la procesión, el oficiante que eleva la Sagrada Forma, el novio en la boda y el difunto en el entierro. Don Hugo: … el director en el foso, el apuntador en su concha, el tenor en el escenario y a veces incluso el barítono… Don Víctor: ¡Y que vayan con cuidado las tiples, que ya anda ensayando el falsete! Don Hugo: … el director del teatro y cualquier día ¡alcalde de Madrid! Don Víctor: Ya no quedan personajes como éste, don Hugo. ¡Qué desmesura en todo, qué confianza en sus fuerzas, qué éxito en cuanto acomete! Don Hugo: En nada se detiene, todo lo emprende, todo lo gana y en todo da lecciones y, sin embargo, uno por uno a todo hay quien le gane. Don Víctor: Como personaje literario, es un titán fascinante, héroe indiscutible de la mejor novela. Don Hugo: Lástima que le falte una cosa… saber cantar.