Cuestiones de metodología

Don Víctor: Justamente allí, en esa esquinita, es donde dejaron la bomba.
Don Hugo: ¿Qué quiere usted que le diga, don Víctor?… en esta ocasión, yo no les quito toda la razón…
Don Víctor: Pero, a estas alturas ¿vamos a empezar a quemar iglesias y a apiolar frailes de paso, don Hugo?
Don Hugo: No, yo sólo lo decía por la parte estética… mire usted que son siempre feos y tétricos los confesionarios.
Don Víctor: Hombre, es que en esta ocasión los han hecho a juego con la catedral… de estilo birria-neogotizante… pero ¡de ahí a poner bombas!… ¡Vaya método!
Don Hugo: También lo decía porque qué duda cabe que sobran unos cuantos… si casi ya ni se usan.
Don Víctor: Cuánto se frecuentaban antes… Recuerdo lo que el cura le espetó a mi pobre cuñada, tan asidua al confesionario y tan meticulosa en la narración pormenorizada de todos y cada uno de sus pecadillos… harto ya de aquel chaparrón inextinguible de naderías, le soltó: “¡Mortales, señora, mortales!”
Don Hugo: A todo hay quien gane, don Víctor. Mi tía Matilde, apenas arrodillada y pronunciando rutinariamente el “Ave María Purísima”, proclamaba: “Los mismos pecados de siempre”; a lo cual su coadjutor de cabecera replicaba invariablemente: “La misma penitencia de siempre”
Don Víctor: Se ve que con aquel tratamiento no mejoraba nada…
Don Hugo: Hay que reconocerlo, don Víctor… las cosas como son: la Iglesia ha pecado tradicionalmente de un gran descuido en la metodología psicológica.

marzo 2013

Prisa

Don Hugo: Tal como le digo, don Víctor, ¡el monumento a la impaciencia!
Don Víctor: ¿Pero de verdad piensa usted, don Hugo, que hoy en día podemos ponernos a esperar doscientos años a que seis tilos bien criados alcancen el porte de , pongo por caso, los de la Granja?
Don Hugo: Pues antes se hacía y bien que lo disfrutamos ahora. Y esto, ¿le hace a usted disfrutar? Pues dentro de ciento cincuenta años, tampoco.
Don Víctor: Antes lo habrán fundido para chatarra… Si resulta que estas cosas eran flautas y mugían con el viento.
Don Hugo: ¿Qué me dice usted, don Víctor?
Don Víctor: Ha habido que obturarlas pues hacían la vida imposible a los vecinos y las han reducido a mero regalo para la vista.
Don Hugo: Pues, hombre, es de agradecer, pero por lo menos han ocupado este cruce deprisísima.
Don Víctor: De eso se trata. No hay tiempo que perder. Por eso nuestro héroe es ahora Usain Bolt.
Don Hugo: Qué tío más simpático.
Don Víctor: Corre tan aprisa los cien metros lisos, que si fuera capaz de mantener esa velocidad por tiempo indefinido, después de un buen almuerzo…
Don Hugo: Eso siempre es importante.
Don Víctor: … saliendo de Jamaica a las dos de la tarde, pongamos por caso, se plantaría en Nueva York ¡a las seis de la mañana!
Don Hugo: Pues le digo yo a usted lo que en el schotís del señor Macario: “¿y qué haces tan temprano en Nueva York”?

La barca de Dante

Don Hugo: Don Víctor, inténtelo usted con una mente más abierta. Yo mismo creo entrever la barca de Dante más allá de aquellas ondas procelosas…
Don Víctor: Qué quiere que le diga, don Hugo, a mí me hace el efecto de un conjunto de elementos con los que hacer un cuadro, pero esto no es un cuadro acabado.
Don Hugo: Este Dante, qué modestia y qué respeto por los antiguos a la hora de justificar su obra colosal.
Don Víctor: Yo echo de menos esa actitud en nuestra época, tan soberbia.
Don Hugo: Soberbia, cursi e ignorante, “que desprecia cuanto ignora”. Por ejemplo, ahora resulta que hay que recurrir al barbarismo «gay» para no ser tildados de carcas.
Don Víctor: Como no teníamos términos…
Don Hugo: Sarasa, invertido, mariposón…
Don Víctor: ¡y expresiones! «De la acera de enfrente», «de la cáscara amarga», «tener o asomársele a uno la pluma», «a pelo y pluma»…
Don Hugo: «a vela y a vapor», «hacerle a la carne y al pescado»…
Don Víctor: Ahora bien, don Hugo, hay que reconocer que todo eso suena a rechazo.
Don Hugo: Se lo concedo, don Víctor, pero entonces ¿por qué no emplear “homosexual”, que es palabra neutra, perfectamente correcta y de toda la vida?
Don Víctor: Tiene usted mucha razón, don Hugo, porque a mí «gay» me suena a “loca” y eso sí que puede resultar insultante.
Don Hugo: A propósito de insultos, acuérdese de aquella adaptación teatral que vimos en el “María Guerrero”, precisamente de la Divina Comedia.
Don Víctor: ¿Aquélla en que Dante y Virgilio se daban un beso de tornillo en su famosa barca?
Don Hugo: Aquélla. Digo yo que si Dante era el dante, pues Virgilio tendría que ser el ricevente.
Don Víctor: ¡Dios nos coja confesados!

Matemáticas y cerezas

Don Hugo: Este Uccello sabía de perspectiva todo lo que usted quiera, y más, pero sus caballitos siempre me parecen los del tiovivo.
Don Víctor: No se ría usted, hombre, esas formas limpias y contundentes, esos volúmenes tan sólidos, ocupan espacio y por tanto rompen el plano del cuadro. ¿Qué más da que no sean realistas?
Don Hugo: Eso se lo cuenta usted a madame Uccello porque al parecer al marido le gustaban más las rotundidades de aquellos volúmenes ficticios que los de la buena señora.
Don Víctor: ¡Calumnias de Vasari!
Don Hugo: El caso es que Freud se hace eco de esa conseja popular que opone amor a matemáticas.
Don Víctor: ¡Pero con qué monsergas me sale usted ahora, don Hugo!
Don Hugo: No, si Freud no lo sostiene, sencillamente…
Don Víctor: ¿Pero no sabe usted la anécdota del matemático Ampère?
Don Hugo: ¿Quién, el de los amperios?
Don Víctor: Sí, también le daba a la física… Cuenta en su diario cómo estuvo recogiendo cerezas con su novia…
Don Hugo: ¡Anda, cerezas! No en vano Freud afirma que son símbolo erótico.
Don Víctor: Cerezas, sí… Él se subía a los árboles y las iba arrojando a la muchacha, quien las recibía levantando la falda.
Don Hugo: Justo lo que dice Freud… ¿Lo ve usted, don Víctor?
Don Víctor: Más tarde, recostados en la hierba, Ampère comía las cerezas “que habían estado sobre los muslos de la amada”.
Don Hugo: No diga nada más, don Víctor.

Barruntos de nieve

Don Víctor: la Cierta…
Don Hugo: la Chata…
Don Víctor: la Descarnada…
Don Hugo: la Joyanca…
Don Víctor: Mire que estar llamando a la Muerte en una noche como ésta…
Don Hugo: Hablando y hablando, don Víctor, se nos ha echado la noche encima.
Don Víctor: Y vaya noche… con barruntos de nieve.
Don Hugo: Pues sí, don Víctor, ya tenemos aquí el invierno.
Don Víctor: … para invernales, usted y yo.
Don Hugo: Entre la edad y este cielo tan negro, le entran a uno unos escalofríos…
Don Víctor: … que se piensa en el Más Allá.
Don Hugo: Viéndolo acercarse da miedo, la verdad.
Don Víctor: No hombre, don Hugo, que la Gloria debe de ser cosa buena…
Don Hugo: Mire que cómo sea cierto…
Don Víctor: Y qué me dice usted del Paraíso mahometano, con unas huríes que le quitan a uno el hipo.
Don Hugo: Quite, quite, que como en casa de uno…

El infierno del ruido

Don Víctor: Calle un momento, don Hugo, que no puedo seguirle con esta televisión que nos está atronando…
Don Hugo: Si me parece que estoy oyendo a la vez el hilo musical con un chunda-chunda ratonero de Luis Cobos…
Don Víctor: … el griterío de los parroquianos pugnando por hacer oír su voz…
Don Hugo: … todos a la vez sin escucharse unos a otros…
Don Víctor: … estos bares se han convertido en un pandemonio…
Don Hugo: Por aquí tenía que darse una vueltecita Brueghel que tanto gustaba de pintar infiernos.
Don Víctor: Nuestras ciudades lo clavan: gente corriendo como alma que lleva el diablo; la noche convertida en día; estruendo por doquier; zanjas y derribos; los árboles, mustios y enrejados; mugre y violencia…
Don Hugo: ¡El Bosco, el Bosco!
Don Víctor: Si ya nos prevenía fray Luis… Llega a ver esto el pobre y le da un patatús…
Don Hugo: ¿Dónde encontrar hoy, en estos pagos, ese lugar alejado del mundanal ruido?…
Don Víctor: Don Hugo, como no salgamos pronto de aquí, voy a acabar en la casa de socorro…
Don Hugo: ¡Qué pálido se me ha puesto usted, hombre de Dios! Si parece el cadáver de Ofelia, que se lo lleva el ruido…

El chaleco de Gautier

Don Hugo: Qué quiere usted que le diga, don Víctor, bien miradas las cosas, las artes escénicas están cayendo en lo anodino…
Don Víctor: Pues sí; no hay lugar a la sorpresa ni a la emoción…
Don Hugo: Somos como autómatas. Estamos amaestrados de antemano en que la función va a ser un éxito, que para algo hemos pagado… y además lo dice “El País”.
Don Víctor: Aplaudimos cuando nos mandan; nos reímos en cuanto que nos maliciamos que pretenden hacer gracia… en definitiva, que nos aburrimos beatíficamente.
Don Hugo: En aquel palco tenía que aparecer Teófilo Gautier, con su chaleco rojo y su melena en barbecho, armando una buena escandalera.
Don Víctor: ¡Por algo hubo antaño reventadores y una claque profesional!
Don Hugo: La función del teatro era una batalla.
Don Víctor: El público no era manso, ni tragaba con lo que fuera. Se entusiasmaba, resultaba defraudado, se encrespaba, discutía, pateaba, llegaba al éxtasis. Le iba el alma en ello.
Don Hugo: ¡Estaba vivo!
Don Víctor: Usted sabe mejor que yo mismo, don Hugo, que nunca he sido precisamente nihilista, ¡Dios me libre!, pero en estas cosas me tienta la idea de un cataclismo que se lleve todo por delante y que nos haga despertar, ¡de una vez!, de este letargo letal.
Don Hugo: Vamos, que no sé si ponerme a patear al final como cuando éramos estudiantes.
Don Víctor: Como esto no se anime, me parece que usted y yo, don Hugo, acabamos en la prevención…
Don Hugo: ¡A nuestra edad!

Enanos

Don Hugo: Contemplo a este enano, don Víctor, y quedo sobrecogido. Me pierdo en su mirada y me entran ganas de llorar.
Don Víctor: Mirándole uno aprende lo que es un ser humano.
Don Hugo: Si a los hombres de nuestra época nos consideraran según la imagen que de nosotros da el arte, estos enanos de Velázquez resultarían auténticos gigantes a nuestro lado.
Don Víctor: Espero que no sea así, don Hugo. Me gustaría creer que el arte no tiene porqué dar la medida real del hombre de su tiempo.
Don Hugo: Pues, por desgracia, yo me temo que sí, don Víctor.
Don Víctor: Me viene ahora a la mente aquello que decía Tucídides a propósito de la monumentalidad de Atenas en contraste con Esparta: en el futuro sus ruinas respectivas darán una idea equivocada de su verdadera fuerza.
Don Hugo: Claro, ahí queda la Acrópolis, mientras que Esparta… ¡búsquela usted con lupa!
Don Víctor: Sí, sí… ¡pero venció Esparta!
Don Hugo: Y qué más da: Se Atene piange, Sparta non ride.
Don Víctor: Pues si el pobre enano está triste, ¡cómo no habremos de estar nosotros!

Chiquito

Don Víctor: ¡Chiquito de la Calzada!… pero ¿de verdad es tan bueno, don Hugo?
Don Hugo: Tan bueno como un nuevo Ramón.
Don Víctor: Cada vez me desorienta usted más…
Don Hugo: Si usted considera sus chistes, verá que son auténticas greguerías. A ver si adivina usted, don Víctor, de quién es esto: “Era tan mal guitarrista que se le escapó la guitarra con otro.”
Don Víctor: Parece de Chiquito, que era cantaor p´atrás.
Don Hugo: Se equivoca… Y esta otra: “Pediatría: sacar a los niños las piedritas de sus sandalias”.
Don Víctor: Esto sí que es de Chiquito. Me parece que se la he oído…
Don Hugo: Se equivoca usted otra vez… Es también de Ramón. Y es que tanto uno como otro tienen la frescura propia de una ingenuidad voluntaria en el caso de Gómez de la Serna y, en el del malagueño, de una cultura corta…
Don Víctor: Ya veo… pero también de una tradición larga.
Don Hugo: Por eso, precisamente, quiero enseñarle más cosas de Chiquito. Su gracia viene del pueblo andaluz, sin afeites de cultura oficial ni de subcultura televisiva.
Don Víctor: Quizá por eso fuera tan efímero.
Don Hugo: Lógicamente: no podía perpetuarse sin someterse a guionistas, asesores ni expertos en marketing.
Don Víctor: Es que en ese caso lo habría hecho tan mal que también hubiera desaparecido.
Don Hugo: Mire usted lo que le digo, don Víctor: Chiquito es el único humorista de verdad que ha dado España en los últimos veinte años.

Idiomas y talentos

Don Víctor: Me parece que nos hemos sentado en los asientos reservados a embarazadas y lisiados.
Don Hugo: Vamos, como aquello tan solemne de “Reservado a caballeros mutilados”.
Don Víctor: ¡Cuántas cosas habrá que han desaparecido!
Don Hugo: Por desaparecer, incluso la expresión “de antes de la guerra”.
Don Víctor: Por cierto, don Hugo, usted que pasó la guerra en Madrid como yo, ¿se acuerda de las famosas “píldoras del doctor Negrín”?
Don Hugo: Sí, ¡claro!, en mi casa las llamábamos “lentejas con carne” por la de gusanos que traían.
Don Víctor: Luego pasó la guerra y vino el moño “Arriba España”.
Don Hugo: Las cosas mejoran algo, pero recuerdo que en el mercado se pedían cantidades como “cuarto y mitad”…
Don Víctor: … y en verano metían “el género dentro por la calor”.
Don Hugo: ¿Recuerda usted, don Víctor, aquellos puestos de casquería?
Don Víctor: Naturalmente, donde se expendían “idiomas y talentos”.
Don Hugo: Es verdad, lengua y seso. ¡Cuántos años hace que no lo pruebo!
Don Víctor: Por entonces mi padre recuperó un coche que todavía tenía el “ahí te pudras”, pero nunca me dejaron ir allí con la tata.
Don Hugo: A mí me hizo mucha gracia cuando me cortaron mi primer traje de pantalón largo y chaqueta “de pedo libre”.
Don Víctor: ¡Pero si ésta es ya nuestra estación! Tenga cuidado, don Hugo, “de no introducir el pie entre coche y andén”.
Don Hugo: Mire, pues algo va quedando de aquellas fórmulas tan pintorescas.