Don Hugo: Sí, cómo rebatirle que ahora en general estos guías tienen mejor preparación que los paleticos de antaño, pero le confieso que me aburren más. Don Víctor: Es verdad… Recuerdo el que nos tocó en el Monasterio de las Huelgas, que nos aclaraba que aquellas huelgas “no eran como las de ahora: ¡que no quieren trabajar!” Don Hugo: Sí, ya le recuerdo… ¡el de las columnas “salmónicas”! Don Víctor: ¿Y qué me dice usted de aquel otro que nos mostraba los tesoros de la catedral de Burgo de Osma, señalándolos con el diario “Marca” enrollado? Don Hugo: ¡Sí, hombre, el fichaje de Cruyff por el Barcelona superpuesto a aquella talla gótica de la Virgen con el Niño Jesús en brazos! Don Víctor: ¡Puro Dalí!, ¡Qué realce! Don Hugo: ¿Y cuando el de San Juan de Baños, impaciente por almorzar, dio una palmada y nos espetó: “¡Vamos!”? Don Víctor: Yo me quedo con el de Pastrana, más picarón que los lugareños de “Las de Villadiego”, cuando, señalándonos sus respectivos sepulcros, decía aquello de que la Duquesa de Éboli fue tan poderosa señora que, incluso muerta, “tenía al marido debajo”. Don Hugo: Qué duda cabe de que éste de Roma sabe más que todos aquéllos, pero estando usted aquí, don Víctor, ¿qué necesidad tenemos nosotros de seguir este rebaño? Don Víctor: Querrá decir estando usted, que se lo sabe mucho mejor… pero, contestando a su pregunta, la razón es por las fechas. Don Hugo: ¿Pascua?… pero es que hay algún precepto que nos obligue a sujetarnos a la grey turística? Don Víctor: Hombre, don Hugo, alguna penitencia habrá que hacer…
Don Hugo (cantando): «Señora, señora, parece mentira, parece mentira»… Hacía tiempo que no la escuchaba y he decidido que me gusta más que cualquier opereta vienesa. Prefiero la música de Vives a la de Lehár y los chascarrillos de Perrín y Palacios a las soserías de Willner, Bodanzky y Stein.
Don Víctor: ¡Cómo eran antes las cosas, don Hugo! La Generala era la esposa del general y lo mismo rezaba para la médica, la sacristana, la alcaldesa…
Don Hugo: Por algo se han resistido tanto las francesas a apearse de «juez», «médico», «ingeniero», «profesor», «arquitecto»… aunque ya empieza a cambiar la cosa, como en España. Fíjese usted que se llegaba a decir «la abogado», siendo como es la Virgen «abogada nuestra».
Don Víctor: Sin embargo, desde tiempos remotos, hubo algunas profesiones desempeñadas también por las mujeres con plena aceptación y reconocimiento. Por eso me llama la atención que ya no podamos decir «la poetisa Safo», sino «la poeta»…. ¿Acaso alguna vez fue la poetisa la mujer del poeta y la actriz, la mujer del actor?…
Don Hugo: Yo creo, don Víctor, que aquí se están extralimitando.
Don Víctor: ¡Cuánto daría ahora mismo por trasladarme a la Laconia del siglo VII antes de Cristo y pedirle a Megalóstrata, aquella poetisa espartana a la que se reconoció el privilegio de hablar en público, su opinión sobre esta cuestión!
Don Hugo: Y si Megalóstrata no se pronunciara, siempre podríamos dirigirnos a Clitágora, que gozaba de idéntico derecho y que a mí me da que sería algo más locuaz…
Don Víctor: Desde luego el padre Justo nos ha colocado en una muy difícil tesitura… Le confieso, don Hugo, que de entrada me repele.
Don Hugo: Lo comprendo bien, pero si le he traído es porque a mí me atrae inevitablemente…
Don Víctor: Admito que su ubicación en alto y su tamaño impresionen de entrada, pero ¿no le parece a usted que tiene ese aspecto endeble y viejo -antes de haberse terminado- de los grandes decorados de Hollywood?
Don Hugo: Se le concedo todo, don Víctor, pero qué arquitecto ha existido nunca ni existirá que pueda dar la imagen cabal de la verdadera Jersusalén celestial. ¿No nos pone a todos este monumento en nuestro verdadero lugar, en relación a Dios?
Don Víctor: Me ha desmontado el primer argumento, pero hay más cosas en este pastiche… ¿Qué hacemos volviendo a las galerías románicas, a los campaniles que contemplan como niños arrobados los rascacielos de la metrópolis, las desalentadoras escalinatas salidas de madre que contrarían el dogma de la accesibilidad, la acumulación desordenada de volúmenes, el quiebro caprichoso de los contornos…?
Don Hugo: Pare, pare, don Víctor… ¡Alto el fuego!… ¿Qué son todos esos excesos sino la expresión plástica ingenua y popular de esa incontenible necesidad de la plegaria incesante, de la agradecida y torrencial entrega al Creador?
Don Víctor: Es que a mis argumentos artísticos opone usted la fe del carbonero y ¿quién es nadie para meterse con la fe del otro ni para escandalizar a los pequeñuelos?… pero reconózcame que esto no deja de ser una monumental mamarrachada.
Don Hugo: ¡De ninguna manera, don Víctor! El padre Justo encarna como ninguno aquello de que por fin es piedra angular la que desecharon los arquitectos… y aquí todo cuanto se levanta hasta recortarse en el cielo fueron antes escombros. Estamos ante un monumental ejemplo de arte sostenible, perfectamente homologable a eso que a usted le gusta tanto, que es el arte povera… ¿Que es ingenuo, que no muestra un conocimiento académico ni técnico, que es espontáneo e imperfecto?… Ahí lo tiene usted. ¡Art Brut! Y bien que disfrutamos en Lausana con todo aquello que había reunido Dubuffet…
Don Víctor: Todo eso está muy bien, don Hugo, pero ¿no será mejor que lo veamos desde aquí, no vaya a ser que nos pille algún desprendimiento?
Don Hugo: Eso me preocupa a mí también, que el Ayuntamiento acabe clausurando, abandonando y finalmente derribando este gigantesco ex-voto, por el peligro que pueda entrañar para la seguridad del visitante.
Don Víctor: Esto se evitaría con sólo la firma de Gaudí como instigador.
Don Hugo: «inspirador», don Víctor… no tenga usted tan mal perder…
Don Víctor: Vamos a refugiarnos a la sombra de aquella estatua, don Hugo, a ver si me recupero un poco de estre bochorno.
Don Hugo: El mejor sitio para decirle una cosa que o la suelto o me va a estallar dentro: que desde el primer momento todos los indios fueron españoles y súbditos de la Corona.
Don Víctor: ¡Ah, claro, si es que se trata de la estatua del Inca Garcilaso de la Vega!
Don Hugo: ¿Sabe usted, don Víctor, que antepuso «Inca» a su nombre una vez que fuera a España y entonces tomara conciencia de su doble origen?
Don Víctor: No sé dónde leí que el nuevo nombre es el rótulo del hombre nuevo.
Don Hugo: Recuerdo perfectamente que escribió: «Mestizo me lo llamo yo y a boca llena, y me honro con él».
Don Víctor: Acabo de leer que en la Manila española del siglo XVII un importante noble legó toda su fortuna a su hijo mayor, que era mulato; y que esto era lo habitual, lo mismo en las más lejanas posesiones del Imperio Español que en la propia Corte…
Don Hugo: … con toda la naturalidad del mundo…
Don Víctor: ¿Quién, sino un español, podría escribir como Gonzalo Fernández de Oviedo al Emperador que » los hombres, que en una parte son negros, en otras provincias son blanquísimos, y los unos y los otros son hombres»?
Don Hugo: ¡Y que los rusos de Alexander Nevski no tienen popes!
Don Víctor: ¡En pleno siglo XIII!
Don Hugo: Pues no, ya ve usted, don Víctor; sólo los malvados teutones tenían curas y frailes. Eisenstein lo demostró en su película. ¡Si le gustaría a Enver Hoxha que decretó al ateísmo, religión oficial de Albania!
Don Víctor: Eso no es nada, don Hugo. He acudido a las fuentes con esto del Centenario y he comprobado que no hay ni rastro de la presencia de Juan Sebastián Elcano en la expedición de Magallanes.
Don Hugo: Claro, el premier Antonio Costa busca que por una vez se hable de su país apropiándose de la primera vuelta al mundo.
Don Víctor: ¡Le estoy hablando de las fuentes! Pigafetta, en su crónica, no lo nombra ni una sola vez.
Don Hugo: ¿Se acuerda usted, don Víctor, de cómo tuve que darle la razón en Sicilia con aquello de la guía Michelín, que yo la tenía en un pedestal?
Don Víctor: Es verdad, los españoles no habían pasado por aquella isla ni fortificaron Palermo, ni abrieron la Vía Maqueda, organizando la ciudad a la romana, ni los personajes de los balcones de IQuattro Canti son los reyes españoles….
Don Hugo: ¡Ni defendieron la isla de los turcos!
Don Víctor: Todos esos ocultamientos, ¿a qué obedecen?… porque están evidenciando la propia endeblez y la necesidad de suplantar a otros. Es pura impostura.
Don Hugo: No puede decirse mejor, don Víctor: esta usurpación expresa el asesinato del padre y, con su desaparición, la condena de su memoria.
Don Víctor: Entonces, Palermo edificó el casco histórico más extenso de Europa espontáneamente; muerto Magallanes, los marineros dieron la vuelta al mundo abandonándose al capricho de las corrientes marinas y de los vientos; los rusos vencieron a los teutones sin ni siquiera creer en Dios, a pesar de que Alexander Nevski fuera canonizado por la Iglesia Ortodoxa…
Don Hugo: Y yo sigo preguntándome a qué padre querrían matar los autores de ese diccionario inglés de ópera donde, entre cientos de grandes cantantes, no figura Alfredo Kraus.
Don Víctor: Cuidado, don Hugo, que nos va a atropellar un coche…
Don Hugo: Aprovechemos ahora, don Víctor. Vamos junto a la fuente de Neptuno, que es hora de proclamar desde allí cuatro cosas.
Don Víctor: ¡Espero que no sea nada malo!
Don Hugo: Ya hemos llegado. ¡Allá que voy! Uno: Tenemos la mejor sanidad del mundo. Dos: Tenemos la generación de jóvenes mejor preparada de nuestra Historia. Tres: La Alemania de entreguerras era el país más culto del mundo. Cuatro: Nadie es insustituible.
Don Víctor: ¡Cómo lo celebro por España, por Alemania y por la Humanidad en general!
Don Hugo: Entonces, don Víctor, ¿no me lo rebate usted?
Don Víctor: Es maravilla que, como dijo Felipe González, «nadie es insustituible». Prueba de ello han sido los excelentes Presidentes del Gobierno que han venido después, cada uno mejor incluso que el anterior.
Don Hugo: Veo que me ha cogido usted el aire…
Don Víctor: Tal grado de cultura llegó a alcanzar Alemania que entregó todo el poder a Hitler e hizo posible el bonito espectáculo de la Segunda Guerra Mundial.
Don Hugo: Por eso el más grande filósofo del momento, Heidegger, se adhirió al Partido Nacional-Socialista.
Don Víctor: A tal grado de preparación ha llegado nuestra juventud, especialmente en Informática e Inglés, que por fin podemos prescindir en España de la cultura y del desarrollo económico…
Don Hugo: … por mucho que les duela a los del Informe Pisa. «Ladran, luego cabalgamos».
Don Víctor: Nuestra sanidad ha conseguido que seamos el país del mundo con mayor número de muertos por habitante en la crisis pandémica…
Don Hugo: … lo que ha convertido a miles de profesionales de la sanidad en héroes nacionales.
Don Víctor: «Países Bajos no consiguen doblegar la tercera ola de la pandemia»
Don Hugo: «En Metro miramos por ti»
Don Víctor: «ONU autorizará el despliegue de cascos azules en el Cuerno de África»
Don Hugo: «Los laboratorios apremiados por OMS a un mayor dinamismo en su producción de vacunas»
Don Víctor: Pero lo malo, don Hugo, no son los titulares sino cuando hablan y redactan los textos de la misma manera: «El desencuentro entre UEFA y Real Madrid aboca el proyecto de Florentino al fracaso».
Don Hugo: Si es que está pasando al lenguaje cotidiano… Ayer, sin ir más lejos, mi frutero, que es de Brihuega, y no un entrenador yugoslavo, me espetó impertérrito: «Aprovéchese, don Hugo, que con esto de que Reino Unido ya no nos compra fruta, tenemos naranjas a muy buen precio».
Don Víctor: ¿Recuerda usted que cuando éramos chavales, Brasil era el Brasil y China, la China?
Don Hugo: Y Estados Unidos, los Estados Unidos.
Don Víctor: Empiezo a verlo todo borroso con la desaparición del artículo determinado.
Don Hugo: No está todo perdido aún, don Víctor… Todavía nos queda la India…
Don Víctor: … ¡con sus mil trescientos millones de habitantes!
Don Víctor: Buen vino, afrutado y con ese regustito tan fresco a regaliz.
Don Hugo: ¿Cuánto cree usted que me ha costado?
Don Víctor: Hombre, don Hugo, a ojo de buen cubero… entre seis y diez euros.
Don Hugo: Agárrese usted, don Víctor: ¡Un euro sesenta!… ¡y con dos meses de barrica!
Don Víctor: ¡Atiza!… Cómo han mejorado los vinos españoles desde que éramos estudiantes…
Don Hugo: Por aquel entonces, se preguntaban los enólogos franceses cómo con nuestro clima y nuestra altitud media, conseguíamos hacer un vino tan malo…
Don Víctor: … hasta que nuestros bodegueros recurrieron a ellos y se importaron aquellos métodos modernos.
Don Hugo: Hoy en día no hay vino español malo.
Don Víctor: ¿Recuerda usted cuando al bueno de Dupré le convidamos a comer y le regamos aquel cocido con ese Borsao que no llegaba a dos euros? ¡El pobre creyó que le tomábamos el pelo!
Don Hugo: Fuera como fuera, observó con gran lucidez que la relación calidad-precio de nuestro vino no tenía parangón, si bien se mostró muy crítico con los nombres que se leen en tantas etiquetas…
Don Víctor: Llevaba más razón que un santo. Fíjese usted: Palomo cojo, Con un par, Malaostia, Malafollá, Cojón de gato, Teta de vaca, ¡Ostras Pedrín!, Machoman, El gordo bastardo, etc.
Don Hugo: Ésa es la versión grosera. Existe otra cursi: Tocat de l´ala, Habla del silencio, Habla la tierra, Cachito mío, Angelitos negros, Alto Cielo…
Don Víctor: ¡Igual que Vega-Sicilia, Marqués de Murrieta, Emilio Mora, Ramón Bilbao, Federico Paternina!
Don Hugo: ¿Y por qué entonces tantos nombres ridículos?
Don Víctor: En mi opinión, don Hugo, por dos motivos. El primero, la ausencia de tradición en estos nuevos productores; en segundo lugar, por su escasa formación, que los condena al mal gusto y a la arrogancia del parvenu…
Don Hugo: … amén de su espíritu inmaduro, todavía adolescentoide.
Don Víctor: Y además creerán que son los primeros a quienes se les ha ocurrido eso de épater lebourgeois y que inauguran la provocación mediática.
Don Hugo: Así es, don Víctor, cómo pretendo desmontar a Balzac, pero antes quiero conocer su opinión al respecto.
Don Víctor: Lleva usted razón, don Hugo: todos aquellos fisiognomistas y lombrosianos pecan de rigidez y venden como ciencia algo que es tan sólo pura fantasía pseudo-científica.
Don Hugo: No desarrollan el menor fundamento que demuestre la relación de causalidad entre el carácter y la conducta, por un lado, y los rasgos fenotípicos, por otro lado.
Don Víctor: Al final, lo único que hacen es literatura, muy poco atractiva por cierto.
Don Hugo: Ahí iba yo. Si quieren hacer literatura, que la hagan bien y no la destrocen. Mi nueva nomenclatura fisiognómica es manifiestamente poética. Pretende establecer una correspondencia metafórica entre los caracteres de sugestivos personajes literarios, por una parte, con la forma y disposición de los cuernos del toro bravo, por otra.
Don Víctor: ¡Atiza, don Hugo, esto no me lo esperaba!
Don Hugo: Permítame que extienda esta pantalla y enarbole el puntero, preparados al efecto.
Don Víctor: ¡Arrea!
Don Hugo: Mi sistema se basa en oposiciones duales… Comencemos: al brocho se opone el playero, esto es, al avieso felón, reconcentrado y calculador, se contrapone el inocente desprevenido, para el cual «tout est pour le mieux dans le meilleur des mondes».
Don Víctor: Ese último es el Cándido de Voltaire. En cuanto al primero… ¿quizás Yago?
Don Hugo: Los dos me valen… Prosigamos: al acapachado enfrentaremos el cornivuelto. El primero es abúlico, tardo, indeciso y de sangre gorda.
Don Víctor: Al otro se le ve alerta, nervioso y decidido.
Don Hugo: ¡Bravo, don Víctor! Lo está usted entendiendo a la perfección.
Don Víctor: Propongo a Luis XVI frente a Marat… ¿o no valen personajes históricos?
Don Hugo: Valen perfectamente en tanto que la literatura los hizo propios… Luego están el corniapretado y el corniabierto. Si el primero sorprende por su cornada repentina de toro bravucón y bien cobarde en el fondo, el segundo pide la lid franca en campo abierto.
Don Víctor: Vamos, que está pidiendo que se le cite de lejos, como al Cid.
Don Hugo: Muy bien; pues el otro, entonces, será Vellido Dolfos… Más: el cornicerrado frente al bizco.
Don Víctor: El primero es un avaro redomado tanto de bienes como de sentimientos, mientras que el segundo es un tarambana desengañado del que nunca sabe uno cómo va a embestir.
Don Hugo: Yo había pensado en Harpagón para el primero y en Guzmán de Alfarache para el segundo… Bien: los dos siguientes: el cubeto contrapuesto al cornipaso.
Don Víctor: El primero se me antoja imposibilitado para empitonar con efectividad y como condenado a la defensa perpetua, sin el mínimo atisbo de ataque. El segundo, en cambio, tan abierto, parece querer reclamarlo todo como si todo le debiera ser dado y, si no, lo toma él con impune insolencia.
Don Hugo: Análisis irreprochable en su profunda penetración psicológica. ¡Excelente, don Víctor! Como personajes propongo al Licenciado Vidriera para el primero; en cuanto al segundo, a Don Juan… Sólo nos quedan ya el tuerto frente al zurdo.
Don Víctor: El primero me resulta acomodaticio, oportunista y tránsfuga sin escrúpulos…
Don Hugo: Sí, me parece un toro difícil de matar… ¡Talleyrand!
Don Víctor: … mientras que al zurdo se le ve venir, sabe uno de qué pie cojea: un fanático, un Trotski.
Don Hugo: En cualquier caso, todos ellos serían rechazados por defectuosos en Las Ventas.
Don Víctor: ¿Dónde están esos Amadises, esos Lanzarotes, corniveletos, amén de poderosos, codiciosos, encastados y bravos?… que tampoco se prodigan en la feria de San Isidro.