Cuentos

Don Víctor: Claro, don Hugo, es que no todo va a ser Perrault, los Grimm y Andersen…

Don Hugo: Sí, sí, don Víctor, pero llevamos dos horas y media y hemos quedado en el teatro con las señoras y no vamos a llegar a tiempo.

Don Víctor: Es que no me gusta ninguno. El que no es anodino…

Don Hugo: … es aburrido. El que no es intrascendente…

Don Víctor: … entonces es estúpido. Si éste no tiene pies ni cabeza…

Don Hugo: … el otro carece de conflicto.

Don Víctor: Aquí tengo uno de un realismo tan plano…

Don Hugo: … pues yo otro políticamente correcto…

Don Víctor: … o sea cursi a más no poder.

Don Hugo: Es lo que tiene querer preservar a nuestros niños de todo trauma, todo peligro, toda ansiedad y dar cabida exclusiva  a todos los prejuicios actuales: que no haya sexismo, ni racismo, ni clasismo, ni violencia, ni crueldad…

Don Víctor: ¡Cuántos sinsorgos en definitiva!

Don Hugo: Ignoran todos esos nuevos censores que la crueldad del lobo es la crueldad del propio niño que ha de hallar salida y ser conjurada; que príncipe y princesa son el animus y el anima junguianos necesitados de rescatarse para equilibrarse; que el rey  y la reina son las figuras paternas en la formación de la personalidad…

Don Víctor: Al menos las ilustraciones son muy variadas y a cuál mejor…

Don Hugo: Eso es cierto, pero me viene a la memoria lo que dijo en casa el otro día el ilustrador Antonio Delgado, que es muy amigo de mis hijos: que los de su profesión hacen el oficio de maquilladores de muertos.

La segunda romanización

Don Hugo: O sea que está usted de acuerdo con las manifestaciones del Presidente López Obrador.

Don Víctor: Sí, estoy tan convencido como él de que el Rey Felipe VI ya está tardando demasiado en vestirse de saco y peregrinar hasta los pies de la Gran Pirámide de Tenochtitlán para subirla de rodillas escalón a escalón…

Don Hugo: Sí, y que en cada peldaño pronuncie compungido el nombre de un pueblo machacado por nuestros antepasados.

Don Víctor: Y, al llegar a la cima, se saje él mismo el pecho para arrancarse el corazón y ofrecerlo a aquellos dioses verdaderos.

Don Hugo: ¡Qué desfachatez no tendrá este hombre, don Víctor!… Este paseo por Cuzco es de lo más elocuente: los conventos que tuvieron bibliotecas con las últimas novedades de los tratadistas italianos de arquitectura…

Don Víctor: … la catedral y sus primorosas iglesias, con su producción de música sagrada y sus coros…

Don Hugo: … las universidades parejas en todo a las mejores de Europa…

Don Víctor: … este urbanismo espléndido, ordenado en damero y con grandes plazas como no existían en la Europa de los viejos cascos medievales…

Don Hugo: … la lengua unificadora que propicia la relación y la paz…

Don Víctor: … el Derecho de Gentes que hace a los indígenas súbditos del rey…

Don Hugo: … una religión que, entre otras cosas, abole el canibalismo institucionalizado…

Don Víctor: Pero, don Hugo, ¿de qué me está usted hablando, de Roma o de España?

Don Hugo: ¡Es que España llevó a cabo en América una Segunda Romanización!

Don Víctor: No sólo fueron necesarias tantas y tan bien diseñadas ciudades, sino que la fundación de escuelas y misiones transformó a los indígenas, que pudieron así integrarse en la civilización moderna…

Don Hugo: … lo que a la postre fuera garantía de su supervivencia y no de su extinción…

Don Víctor: … como ocurriera en cambio más tarde en el Norte anglo-sajón.

Don Hugo: ¿Le parece a usted que enviemos a Felipe VI los resultados de aquella encuesta que realizara en América el barón Humboldt a finales del siglo XVIII?

Don Víctor: ¿La de los indígenas y el esclavismo, donde demuestra que la población de indios y mestizos era mayoritaria y más numerosa que la que se encontraron los colonizadores españoles y que, además, había menor esclavitud negra y mejor trato que en otras colonias europeas, por ejemplo en las cercanas Jamaica y Haití?

Don Hugo: Sin olvidar que era costumbre de los propietarios españoles de esclavos manumitirlos en sus disposiciones testamentarias…

Don Víctor: Basta ya, don Hugo… Se me ocurre que sería mejor invitar a López Obrador, mexicano de segunda generación, a la tierra de su abuelo y darle un atracón de cocido montañés…

Don Hugo:… ¡A ver si revienta!

Médicas y enfermeros

Don Víctor: ¡Cómo se parece esto de «médicas y enfermeros» a aquellas inversiones carnavalescas del mundo al revés que tanto gustaron siempre!

Don Hugo: ¿Se está usted refiriendo, don Víctor, a las clásicas destrozonas? Dentro de la perspectiva psicoanálitica, cuando el hombre se disfraza de mujer en las Carnestolendas estaría satisfaciendo esa pulsión homosexual oculta en todos nosotros.

Don Víctor: Sí, pero con sus ademanes groseros y su grotesca hipertrofia de pechos y trasero, deja bien claro que no es un marica.

Don Hugo: Efectivamente. Satisface así un deseo solapado, pero preservando su integridad psíquica y social.

Don Víctor: Lo que sí le digo, don Víctor, es que en el hospital hay mayoría de personal femenino, tanto entre los médicos como entre las enfermeras.

Don Hugo: ¿Enfermeras?… Querrá usted decir «enfermeros».

Don Víctor: Ya no se sabe lo que tiene que decir uno; con estas consignas autoritarias que se apoyan en la manipulación previa del lenguaje, me siento sujeto de una reeducación maoísta en toda regla.

Don Hugo: Ha dado usted en el clavo, don Víctor. Emitiendo decretos sobre el lenguaje, manipulan el ADN de la sociedad y, sobre todo, el orden natural, dando así paso a una nueva antropología…

Don Víctor: …¡demencial!… pero discúlpeme, don Hugo, que me vuelve a apretar la vejiga…

Don Hugo: Ahí tiene usted los servicios, don Víctor… pero mire usted bien donde se mete… no se nos vaya a equivocar.

Don Víctor: Hombre, don Hugo, ¿dónde quiere que me meta?…¡pues donde está pintado el monigote ese con espada y chambergo!

Don Hugo: Eso será porque usted quiere… ¡Qué carnaval!

Cristo y Marx

Don Hugo: Me llamó por teléfono mi nieto Rafita, que estaba haciendo un trabajo para la asignatura de Religión, sólo para preguntarme si Jesucristo era comunista.

Don Víctor: ¡Atiza, don Hugo, eso le pasa a usted por estar jubilado! Tenía que habérselo preguntado a sus padres, pero, claro, ¡trabajan tanto!… bueno, ¿y qué le contestó usted?

Don Hugo: No quise irme por las ramas. Cogí al toro por los cuernos.

Don Víctor: ¡Eso es peor!… en fin dígame de una vez qué le explicó al pobre niño…

Don Hugo: Le dije que Marx estableció que, una vez superada la explotación del hombre por el hombre, en la nueva sociedad comunista, «se dará a cada cual según sus necesidades y dará cada cual según sus posibilidades»…

Don Víctor: Claro, ¡si es que eso es la parábola de los sirvientes y los denarios!… que cada uno haga fructificar sus potencialidades en beneficio de los demás.

Don Hugo: … y luego le comparé ese aserto con los Hechos de los Apóstoles, en concreto cuando San Pedro reclama que diera «cada uno según sus facultades».

Don Víctor: ¡Pues entonces como San Agustín!, quien sostiene que «cada uno reciba de los otros aquello que necesite». El caso, don Hugo, es que parece usted abrazar la teoría de la Liberación, que se ha quedado ya tan anticuada.

Don Hugo: ¡Será por ese motivo!… Esto no se lo dije a mi nieto para que no le tomara manía su profesor, pero es que Cristo bien afirmó que no venía a traer la paz, sino la disensión y la guerra… Bueno, todo esto a cuento de este cartel que me ha recordado la pregunta que me hiciera Rafita. A mí es el que más me gusta de toda la exposición.

Don Víctor: Ah, pero ¿ahora lee usted el ruso?

Don Hugo: Eso es lo bueno, don Víctor, que basta con la imagen para entender que se llama a las obreras a empuñar las armas para defender la Revolución.

Don Víctor: Claro, por si acaso fueran analfabetas: «A cada uno según su necesidad»… Yo lo que veo es que su nieto habrá sacado la conclusión no de que Cristo fuera marxista, sino de que Marx era cristiano.

Sub-proletarios

Don Víctor: Mire, don Hugo, lo traigo escrito porque hay pasajes en estos textos de Pasolini, metido a crítico cinematográfico, que me hacen pensar en nuestros pícaros… Vea si no se le podría aplicar lo siguiente a, por ejemplo, Guzmán de Alfarache: «Aquí estoy yo, pobre que conoce el mundo de verdad, el mundo de los malandrines, de los diestros, de la mala vida, del honor; allá estás tú, rico, ¡pobre rico!, que no sabes nada del mundo, un marmolillo, bueno para que te roben en cuanto se ofrezca la ocasión».

Don Hugo (cantando): «Y aquí estoy al pelo / pues sirvo a un abuelo, / que el pobre está lelo, / y yo soy el ama…»

Don Víctor: Tiene usted razón. También estos sub-proletarios de los que habla Pasolini, los encontramos en nuestro género chico.

Don Hugo: Y esta otra cita les es aplicable  a los personajes de la zarzuela: «… la ironía blasfema de las bromas lo es todo. Sergio Citti tan sólo puede expresarse lingüísticamente por medio de la réplica instantánea que exige una grandísima rapidez de reflejos».

Don Víctor: ¡Y eso me lo recita usted sin necesidad de chuleta!

Don Hugo: En algo habré trastocado el texto, pero creo que sí se refiere a Sergio Citti… ¿Y no le parece a usted, don Víctor, que están los zanni de la Commedia dell´Arte también en sintonía con todo esto?

Don Víctor: No lo sé, don Hugo… los encuentro mucho más alegres y optimistas que nuestros pícaros, la verdad…

Don Hugo: Sí y no… Pasolini lo explica con meridiana claridad: «No espera absolutamente nada de la sociedad. Se las apaña como puede, toma de la vida aquello que se presenta. Su pesimismo absoluto y total le consiente el ser alegre»… ¿No le parece lo mismo que lo que dice su Guzmán?,  «que los pobres no tenían qué temer ni qué perder, pues aun traen sobrada la vida».

Don Víctor: ¡Atiza! No había caído… A este Pasolini no se le escapa una… Dice también Guzmán: «Nacido soy; paciencia y barajar, que ya está hecho».

Don Hugo: El sub-proletario vive al margen de la sociedad y ajeno a la cosa pública, pero no por eso carece de su código de honor…

Don Víctor: ¡Como la nobleza!

Don Hugo: Exactamente igual. Una honra que se basa en compromisos personales…

Don Víctor: ¡Sí, sí!… si también lo traigo apuntado: «Concibe sólo las relaciones concretas, individuales, que son las únicas que gozan de realidad».

Don Hugo: El pacto de vasallaje vigente hoy en día en la Mafia.

Don Víctor: En fin, don Víctor, ¡cuánto no gozará uno viendo las películas de Pasolini!…

Don Hugo: … o riéndose con los desplantes del género chico…

Don Víctor: … con las battute y despropósitos de la Commedia dell´Arte…

Don Hugo: … y las trapacerías y descalabros de nuestros pícaros…

Don Víctor: Sí, sí, don Hugo, pero ¡qué bien se ven los toros desde la barrera!

Libertad y delito

Don Hugo: Se lo he traído porque creo que nadie como Burguess ha planteado el problema con tanta claridad y eficacia: «Cuando un hombre no puede elegir, deja de ser hombre».

Don Víctor: Lo comprobaré con mucho interés, don Hugo… Yo creo que en la película quedó bien recogida la protesta del sacerdote de la prisión, que para mí no podía ser más que católico.

Don Hugo: Es que yo creo que Kubrick rodó «La naranja mecáncia» justamente para exponer esta disyuntiva moral: ¿ha de prevalecer el libre albedrío o el orden?

Don Víctor: Lo que hacen con el delincuente juvenil Alex es condicionar mecánicamente su conducta sin que su voluntad tenga parte. Es inofensivo a la fuerza, pero no buena persona.

Don Hugo: ¿Y cómo se iba a escapar el pobrecillo de esa pinza del condicionamiento pavloviano y del condicionamiento skinneriano?

Don Víctor: Por una vez, y sin que sirva de precedente, le voy a pedir que aclare un poco su explicación.

Don Hugo: Con mucho gusto, don Víctor: pavloviano, o clásico, pues se le presentan simultáneamente dos estímulos que quedarán ya inevitablemente asociados en él….

Don Víctor: La violencia y las náuseas.

Don Hugo: …Skinneriano, u operante, pues una conducta, si bien sólo potencial, es castigada repetidamente, imposibilitando así su manifestación.

Don Víctor: Claro, en definitiva el gran problema de los regímenes democráticos… Antaño era mucho más fácil conformarse con el castigo. Quien manda, manda… justa o arbitrariamente. ¡Si hasta hacían a Dios cómplice de aquel estado de cosas!

Don Hugo: Y Dios, en su consabida cazurrería, nunca se pronunciaba…

Don Víctor: Y bien que se aprovechaban de ello los que mandaban… hasta que cundió la teoría del Contrato Social….

Don Hugo: La cárcel, producto de la civilización, simboliza monumentalmente esa contradicción entre la libertad inviolable del ser humano y la necesidad social de defenderse del delito.

Don Víctor: Y seguiremos por los siglos de los siglos empeñados en corregir constantemente ese equilibrio precario, inestable, discutido, y siempre insatisfactorio, entre libre albedrío y buen comportamiento.

Don Hugo: Por eso no descansaré hasta que desde la Fundación consigamos ese protocolo con el penal del Puerto, que nos vincule al certamen de cante interpretado por los propios reclusos.

Don Víctor: ¡Como que la «carcelera» es el palo flamenco que representa la sublimación de este problema!

Don Hugo y don Víctor (cantando):»Mejor quisiera estar muerto / que preso pa toa mi vía…»

Objet trouvé

Don Hugo: ¿Recuerda usted, don Víctor, aquella discusión que tuvimos sobre el objet trouvé y el ready-made, cómo no llegamos a ponernos de acuerdo?…

Don Víctor: Pienso en ello todos los días y nunca lo traigo a colación por temor a un nuevo disgusto.

Don Hugo: Creo que ya lo tengo todo arreglado. Ayer me caí del caballo que me llevaba a Damasco, de la manera más inesperada.

Don Víctor: ¡Atiza, don Hugo!, ¿no se habrá hecho usted mucho daño, verdad?

Don Hugo: Estábamos comiendo en casa unos salmonetes Dolores y yo cuando en esto que me giro a coger el salero de la camarera…

Don Víctor: ¿Pero, don Víctor, no estaban en casa?, ¿qué camarera es ésa?

Don Hugo: ¡El carrito con ruedas, don Víctor!… y vi la siguiente estampa que me sobrecogió de manera inexplicable, removiendo arcanos en mi inconsciente y generando en mi espíritu una inquietante desazón: el sofá, gris claro; sobre el sofá, desplegado como un estandarte al viento, la manta roja tal como cayó después de mi siesta del carnero; y sobre ella la mancha peluda de Cándido, nuestro gato blanco.

Don Víctor: Me estoy imaginando el contraste cromático de la luminosa bola blanca contra el intenso púrpura, enmarcado todo ello en el rectángulo del sofá, como un altar…

Don Hugo: Sí, sí, don Víctor, acaso fuera aquello lo que me conmocionara tanto: la blanca víctima sobre la sangre que baña las gradas del monumento.

Don Víctor: Es toda una puesta en escena, don Hugo, y no un simple objeto, que eso sería en cambio un ready-made. El objet trouvé tiene mal puesto el nombre.

Don Hugo: Ahora cobra pleno sentido la cita de Lautréamont: «Beau comme la rencontre fortuite sur une table de dissection d´une machine à coudre et d´un parapluie»

La homosexualidad en el teatro

Don Hugo: Ahora que tenemos bien fresca «Noche de Reyes», a ver si somos capaces de reconstruir esa cadena de travestismos que empieza con que Viola naufraga y se disfraza de jovencito…

Don Víctor: Convertida en paje del Duque de Orsino, se enamora de él…

Don Hugo: El Duque, prendado de Olivia, envía a su paje a que la corteje en su nombre…

Don Víctor: … pero el paje, que recordemos no es otro que la propia Viola, despierta en Olivia una gran pasión…

Don Hugo: … En esto que llega Sebastián, el hermano gemelo de Viola, y se enamora también él de Olivia…

Don Víctor: ¡Vaya un berenjenal!… Afortunadamente, Viola revela su auténtica identidad y el Duque la prefiere y se empareja con ella…

Don Hugo: … y Sebastián hace lo propio con Olivia.

Don Víctor: ¿Y todo este barajar de parejas y el cambio de sexo, sólo para hacer reír?

Don Hugo: Ciertamente en superficie; se trata del recurso al quid pro quo, pero veo, don Víctor, que usted, que está ya muy toreado, vislumbra algo más profundo…

Don Víctor: Me fastidia que la explicación se reduzca a aquello de que si Shakespeare era homosexual… ¡Como todos los que destacan!

Don Hugo: Hombre, tenga usted en cuenta que en «As you like it», Rosalind también se disfraza de jovencito y se hace llamar significativamente Ganímedes… Hecha esta aclaración, me resulta indudable que la pulsión sodomítica…

Don Víctor: Pero, don Hugo, ¿todavía puede usarse esa palabra?

Don Hugo: … encuentra en el teatro, al igual que en el mundo onírico, una satisfacción libre de culpa y de condena, a través de subterfugios que hacen tolerable la apariencia de que una mujer ame a otra, o un hombre a un hombre…

Don Víctor: A la postre las aguas vuelven a su cauce…

Don Hugo: … habiéndose reequilibrado las energías psíquicas y resuelto los conflictos. Pero lleva usted razón: la cosa no para en la sexualidad del propio Shakespeare. Y se lo voy a demostrar.

Don Víctor:  A quién me va a citar usted esta vez: ¿a Freud o a Jung?

Don Hugo: Nada de eso, don Víctor. Números cantan. Justamente la semana pasada acabé una estadística esclarecedora: En Tirso, autor como usted bien sabe de «Don Gil de las calzas verdes», se da travestismo en veintiuna de sus obras; en el Cervantes dramaturgo, en dos. Podría también buscarle las cifras de Calderón y de Alarcón, pero no merece la pena…

Don Víctor: Muy bien, muy bien, pero me interesaría mucho la de Lope, que era tan mujeriego.

Don Hugo: De sus cuatrocientas sesenta comedias, en ciento trece se da también el travestismo.

Don Víctor: ¡Me ha matao!

Orígenes

Don Hugo: Fue enterarme de que era sevillana y ya la miré con otros ojos. ¡Qué injustos somos sin reparar en ello, don Víctor! De pronto era más graciosa, más penetrante en sus observaciones, con más acervo cultural… ¡hasta más guapa!

Don Víctor: ¡Y era la misma que era, aquélla a quien llevaba usted tratando varias semanas! ¡Ay, don Hugo, esto de los prejucios según el origen de cada uno…!

Don Hugo: ¡Qué pícaro no ha de alardear de sus oprobiosos orígenes: su madre es indefectiblemente prostituta y su padre, desconocido, en el mejor de los casos!

Don Víctor: Hay en él una necesidad de humillarse para así, desde su inalcanzable bajeza, inmunizarse frente a la malevolencia de los demás…

Don Hugo: No puede deshonrarse más y eso le vuelve invulnerable.

Don Víctor: Así, ahora toda vileza le es lícita.

Don Hugo: Y qué pícaramente Cervantes humilla a su don Quijote haciéndole bueno, noble, enamorado y español.

Don Víctor: ¡Pero, don Hugo, si ésas son las cuatro mejores cualidades que caben en un héroe!

Don Hugo: Sí, sí, español, pero de la menos rancia de sus regiones, de la Nueva Castilla, que hasta hacía un par de generaciones, hablando deprisa, había sido tierra de moros.

Don Víctor: Es verdad, y enamorado… como quien dice por poderes o de oídas de una alta dama caballera en un pollino.

Don Hugo: Creo que me va comprendiendo usted, don Víctor… ¿Noble? Sí, pero del más bajo estrato, que antes le constriñe por todo lo que le prohíbe, que le aprovecha por cuanto no posee.

Don Víctor: ¿Y quién más bueno que él sino que todas sus proezas vengan a parar en golpes, molimientos, descalabros y todos los ridículos imaginables?

Don Hugo: Lo que le digo, don Víctor… ¡pícaro Cervantes y pícara nuestra condición humana!… que no ve en su Redentor sino un galileo, y no un judío; un carpintero, y no un sacerdote; encima amigo de las rameras, y no de las altas damas de una asociación benéfica… y, claro, al final nos lo condenan por delincuente.

Apellidos

Don Hugo: Ya se habrá enterado usted, don Víctor, de que se nos ha muerto el bueno de Dupré….

Don Víctor: Sí, ya me lo comunicó Lopetegui… y bien que lo he sentido, no sólo por lo buena persona que era, sino porque me ha faltado darle una explicación e incluso pedirle disculpas.

Don Hugo: ¿Usted, don Víctor?… ¡Si siempre se llevaron de maravilla!, lo cual era fácil con Dupré por lo educadísimo y atento que era.

Don Víctor: Es una cosa a propósito de los apellidos españoles.

Don Hugo: ¿Qué nadería va a ser ésa?… Dupré pronunciaba mal y siempre se le resistieron las jotas y nuestro acento llano, pero no se apure, que nunca dejó de agradecer sinceramente que le corrigiéramos.

Don Víctor: No es eso, don Hugo, es que me propasé cuando me habló de la influencia mora no sólo en nuestra literatura, sino en nuestras costumbres y nuestra idiosincrasia, especialmente en lo tocante a la posición social de la mujer…

Don Hugo: Claro, nuestros cafés llenos de hombres, la ausencia de mujeres profesionales o con estudios, y todas esas cosas… ¡pero eran otros tiempos!

Don Víctor: Yo le salí con aquello de que la mujer española no pierde su apellido al casarse y que todos nos llamamos con el apellido de nuestro padre y de nuestra madre…

Don Hugo: …pero, don Víctor, si eso es la pura verdad y no pueden decir lo mismo en otros países…

Don Víctor: Él quedó apabullado ante aquella evidencia y se avergonzó tanto que llegó a pedirme disculpas y a insinuar que, como reacción al enemigo islámico, habíamos defendido con ello más que nadie la dignidad de la mujer; y que retiraba todo lo dicho.

Don Hugo: ¡Qué interesante!… Fíjese usted que no he conseguido encontrar todavía nada sobre esto de nuestros apellidos en Américo Castro, pero para mí que ha de tener que ver con la necesidad de demostrar nuestra pureza de sangre, que no en vano la condición de judío se transmite por vía materna.

Don Víctor: Eso es lo que no se me ocurrió entonces, aturdido por mi triunfo dialéctico sobre semejante eminencia… Lo he pensado muchas veces después y he desperdiciado, tal vez por pereza o por vergüenza, otros encuentros que tuvimos luego.

Don Hugo: Como que yo pienso que esto que tenemos los españoles de hablar tan alto es también por demostrar que no nos traemos secreteos ni confidencias de judaizantes y que cualquiera puede oír lo que hablamos.

Don Víctor: Es que creo que también a Dupré lo apabulló el volumen de mi voz con que quise dar vehemencia a mis argumentos.

Don Hugo: ¿Y esta obsesión tan nuestra por comer el cerdo de todas las maneras imaginables, en todas las ocasiones e incluso entre horas -que no se da en ningún otro lugar del planeta-, no responde a lo mismo, a que no hay en nosotros ni rastro de moro ni de judío?

Don Víctor: ¡Cuánto nos alababa siempre nuestro jamón el pobre Dupré!

Don Hugo: ¡Anímese, don Víctor, que no hay mal que por bien no venga!… Tenemos la más deliciosa charcutería del mundo y hemos depurado la mejor raza porcina de la Historia!